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domingo, 29 de diciembre de 2019

Relato navideño de Azorín: El primer milagro



Azorín

Si los ingleses tienen en el avaro Mr.Scrooge de Charles Dickens una de sus cumbres  literarias, los españoles tenemos al avaro de Azorín que domina, con su ira y arrogancia, el cuento “El primer milagro”, una historia corta de gran altura literaria, donde todo (tanto el lenguaje como la trama) es armonía y equilibrio.  
El relato navideño “El primer milagro” apareció por primera vez en el Número Almanaque (1927) de la revista Blanco y Negro.

Recordemos que Azorín no era el apellido de este ilustre escritor madrileño, miembro de la afamada Generación del 98, sino su sobrenombre. Fuera de los libros, se llamaba José Augusto Trinidad Martínez Ruiz (18663–1967). Autor prolífico como pocos, escribió ensayo, artículos de prensa, novela y más de 600 cuentos.


Cuento navideño de Azorín: El primer milagro

La tarde va declinando; se filtran los postreros destellos de sol por el angosto ventanito del sótano. Todo está en silencio. Las manos del anciano van removiendo, como si fuera una blanda masa, el montón de monedas de oro, relucientes, que está sobre la mesa. El anciano tiene una larga barba entrecana; los ojos aparecen hundidos. Los últimos fulgores del sol van desapareciendo; por el tragaluz ya sólo se escurre una débil y difusa claridad. Las monedas vuelven a la recia y sólida arca. El anciano cierra la puerta con un cerrojo, con dos, con una armella, con unas barras de hierro, y luego asciende, lento, por la angosta escalerita. Ya está en la casa. La casa se levanta en un extremo del pueblo; se halla rodeada de extenso vergel, y tiene, a un lado, una accesoria para labriegos y servidumbre. El anciano camina lentamente por la casa; su índica –el de la mano derecha– pasa y repta sobre la curvada nariz. Al pasar por un corredor ha visto el viejo una puerta abierta; esta puerta ha mandado él que esté siempre cerrada. Se detiene un momento el viejo; da una voz de pronto; le enardece la cólera; acude un criado; el viejo impropera al criado, se acerca a él, le grita en su propia cara. Tiembla el pobre servidor, y prorrumpe en palabras de excusa. Y el viejecito de la barba larga prosigue su camino. De pronto se detiene otra vez; ha visto sobre un mueble unas migajas de pan. La cosa es insólita. No puede creer el anciano lo que ven sus ojos. Llegarán, por este camino, a dispersar, destruir su hacienda. Han estado aquí, sin duda, comiendo pan –pan salido, indudablemente, de la despensa–, y han dejado caer unas migajas. Y ahora su cólera es terrible. La casa se hunde a gritos; la mujer del viejo, los hijos, los criados, todos, todos, le rodean suspensos, temblorosos, mohinos, tristes. Y el viejo prosigue con sus gritos, con sus denuestos, con sus improperios, con sus injurias.

 La hora de cenar ha llegado. Antes ha conversado el anciano con los cachicanes que llegan todas las noches de las heredades cercanas. Todos han de darle cuenta–cuenta menudísima, detallada– de la jornada diaria. No puede acostarse ningún día el viejo sin que sepa, concretamente, en qué se ha gastado el más pequeño dinero y qué es lo que han hecho, minuto por minuto, todos sus servidores. La relación de los labrantines se desliza entreverada por los gritos y denuestos del anciano. Y todos sienten ante él un profundo pavor.

______________

 El pastor se ha retrasado un poco esta noche. El pastor regresa de los prados próximos al pueblo, todas las noches, poco antes de sentarse a la mesa el anciano. El pastor apacienta una punta de cabras y un hatillo de carneros. Cuando llega, después de la jornada, por la noche, encierra su ganado en una corraliza del huerto y se presenta al amo para dar cuenta de la jornada del día. El anciano, un poco impaciente, se ha sentado a la mesa. Le intriga la tardanza del pastor. La cosa es verdaderamente extraña. A un criado que tarda en traerle una vianda –retraso de un minuto–, el anciano le grita desaforadamente. El criado se desconcierta; un plato cae al suelo; la mujer y los hijos del viejo se muestran despavoridos; sin duda, ante esta catástrofe –la caída de un plato–, la casa se va a venir abajo con el vociferar colérico, iracundo, tempestuoso, del viejo. Y, en efecto, media hora dura la terrible cólera del anciano. El pastor aparece en la puerta; trae cara de quien va a ser ajusticiado; en mal momento va a dar cuenta de su misión del día.
–¿Ocurre alguna novedad? – pregunta el viejo al pastor
 El pastor tarda un instante en responder; con el sombrero en la mano, mira absorto, indeciso, al señor.
–Ocurrir, como ocurrir –dice al cabo–, no ocurre nada…
–Cuando tú hablas de eso modo es que ha ocurrido algo…
–Ocurrir, como ocurrir… –repite el pastor dando vueltas entre las manos al sombrero.
–¡Sois unos idiotas, mentecatos, estúpidos! ¿No sabéis hablar? ¿No tienes lengua? Habla, habla…
 Y el pastor, trémulo, habla. No ocurre novedad, no ha sucedido nada durante el día. Los carneros y las cabras han pastado, como siempre, en los prados de los alrededores. Los carneros y las cabras siguen perfectamente; han pastado bien; si, han pastado como todos los días… El viejo se impacienta.
–¡Pero, idiota, acabarás de hablar! –grita colérico.
 Y el pastor dice, repite, torna a repetir que no ha ocurrido nada. No ha ocurrido nada; pero en el establo que se halla a la salida del pueblo, junto a la era –establo y era propiedad del señor–, ha visto, cuando regresaba el pastor a casa, una cosa que no había visto antes. Ha visto que dentro del establo había gente.
 El viejo, al escuchar esas palabras, da un salto. No puede contenerse; se levanta, se acerca al pastor y le grita:
–¿Gente en el establo? ¿El establo que está junto a la era? Pero…, pero ¿es que no se respeta ya la propiedad? ¿Es que os habéis propuesto arruinarme todos?
 El establo son cuatro paredillas ruinosas; la puerta –de madera carcomida, desvencijada– puede abrirse con facilidad; una ventanita, abierta en la pared del fondo, da a la era. Ha entrado gente en el establo; se han instalado allí; pasarán allí la noche; tal vez estén viviendo allí desde hace días. Y todo esto en la propiedad, en la sagrada propiedad del viejo. Y sin pedirle a el permiso. Ahora la tormenta de cólera es tan grande, más grande, más estruendosa que antes. Sí, sí; indudablemente todos se han propuesto arruinar al pobre anciano; todos, descuidados, manirrotos, sin parar atención en la hacienda, se han propuesto que este anciano acabe en la pobreza, en la miseria. El caso de ahora es terrible; no se ha visto nunca cosa semejante; nunca ha entrado nadie en una propiedad –casa o tierra– de este viejo señor. Y el viejo señor, ante hecho tan peregrino, estupendo, decide ir él mismo a comprobar el desafuero, a remediarlo, a echar del establo a esos vagabundos.
¿Qué gente era? –le pregunta al pastor
 Pues eran…, pues eran –replica titubeante el pastor– pues era un hombre y una mujer.
¿Un hombre y una mujer? Pues ahora veréis.
 Y el viejo de la larga barba ha cogido su sombrero, ha empuñado el bastón y se ha puesto en camino hacia la era próxima al pueblo.
__________

 La noche es clara, límpida, diáfana; brillan –como las moneditas de oro antes– las estrellitas en el cielo. Todo está sosegado; el silencio es grato, profundo. El anciano va caminando solo, nerviosamente, vibrando de cólera. Da fuertes golpazos con el callado en el suelo. La silueta del establo ante la blancura de la era, se percibe a lo lejos, sobre el cielo de un azul oscuro. Ya va llegando el anciano a las paredillas ruinosas. La puerta está cerrada. La mano del viejo pasa y repasa por la luenga barba. No quiere el viejo penetrar de pronto por la puerta. Se detiene un momento, y luego, despacito, se va acercando a la ventanita que da a la era. Se ve dentro un vivo resplandor. El anciano va a aplicar su cara hacia la ventana. Y sus ojuelos vivarachos están cerca del angosto hueco. La mirada del anciano penetra en lo interior. Y, de repente, el viejo lanza un grito, un grito que se esfuerza, un segundo después, por reprimir. La sorpresa ha paralizado los movimientos del anciano. A la sorpresa sucede la admiración, a la admiración, la estupefacción profunda. Todo el cuerpo del anciano está clavado junto a la pared con sólida inmovilidad. La respiración del viejo es anhelosa. Jamás ha visto el viejo lo que ha visto ahora; esto que el anciano contempla no lo han contemplado, sin duda, nunca ojos humanos. No se aparta la mirada del viejo del interior del establo. Pasan los minutos, pasan las horas insensiblemente. El espectáculo es maravilloso, sorprendente. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Cómo medir el tiempo ante tan peregrino espectáculo? Tiene la sensación el anciano de que han pasado muchas horas, muchos días, muchos años… El tiempo no es nada al lado de esta maravilla, única en la tierra.

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 Regresaba lentamente, absorto, meditativo, el vio a su casa de la ciudad. Han tardado en abrirle la puerta, y él no ha dicho nada. Dentro de la casa, una criada ha dejado caer la vela cuando iba alumbrándole, y él no ha tenido ni la más leve palabra de reproche. Con la cabeza baja, reconcentrado, iba andando por los corredores como un fantasma. Su mujer, que le ha recibido en una sala, al hacer un movimiento brusco, ha derribado un mueble; han caído al suelo unas figuritas, y se han roto. El anciano no ha dicho nada. La sorpresa ha paralizado a la esposa del caballero. La sorpresa, el asombro ante la insólita mansedumbre del viejo ha sobrecogido a todos. El anciano, encerrado en un profundo mutismo, se ha sentado en un sillón. Sentado, ha dejado caer la cabeza sobre el pecho, ha estado meditando un largo rato. Le han llamado después –como se llama a un durmiente–, y él, con mansedumbre, con bondad, dócilmente cual un niño, se ha dejado llevar hasta la cama y ha consentido que le fueran desnudando. Y a la mañana siguiente, el viejo ha continuado silencioso, absorto; a unos pobres que han llamado a la puerta les ha entregado un puñado de monedas de plata. De su boca no sale ni la más leve palabra de cólera. La estupefacción es profunda en todos. De un monstruo se ha trocado en un niño el viejo señor. Su mujer, los hijos, están alarmados; no pueden imaginar tal cambio; algo grave debe de ocurrirle al viejo; durante su paseo, por la noche, a la era, al establo, algo ha debido de ocurrirle. Esta mansedumbre de ahora es acaso más terrible que las cóleras de antes; acaso pueda ser nuncio este abatimiento de algún grave mal. Todos miran, observan, examinan al anciano en silencio, recelosos, inquietos. No se deciden a interrogarle; él se obstina en su mutismo. Y la mujer, al cabo, dulcemente, con precauciones, interroga al anciano. El coloquio es largo, prolijo; el viejo no accede a revelar su secreto. Y al cabo, tras el mucho porfiar, con dulzura, de la mujer ha puesto, para hablar, para hacer la revelación suprema, sus labios. El asombro se pinta en la cara de la esposa.
¡Tres reyes y un niño! –exclama sin poder contenerse.
 Y el anciano le indica que calle, poniéndose el índice de través en la boca. Sí, sí, la mujer callará. Callará, pero pensará siempre lo que está pensando ahora. No sabe la buena señora qué es peor, si lo de antes –la cólera de antes– o esta locura, sí, locura, de ahora. ¡Tres reyes en un establo y un niño! Evidentemente; durante su paseo nocturno debió de ocurrirle algo al anciano. Poco a poco se difunde por la casa la noticia de que la mujer del anciano conoce el secreto de éste; preguntan los hijos a la madre; la madre se resiste a hablar; al cabo, pegando la boca al oído de la hija, revela el secreto del padre. Y la exclamación no se hace esperar.
–¡Qué locura! ¡Pobre!
 La servidumbre se entera de que los hijos conocen la causa del mutismo del señor; no se atreven, por lo pronto, a interrogar a los hijos; al cabo, una sirvienta anciana, que lleva en la casa treinta años, pregunta a la hija. Y la hija, poniendo sus labios a la par del oído de la anciana, le dice unas palabras.
–¡Oh, qué locura! ¡Pobre, pobre señor! –exclama la vieja.
 Poco a poco la noticia se ha ido difundiendo por toda la casa. Sí; el señor está loco; padece una singular locura; todos mueven a un lado la cabeza tristemente, compasivamente, cuando hablan del anciano. ¡Tres reyes y un niño en un establo! ¡Pobre señor!
 Y el viejo de la larga barba, sin impaciencias, sin irritación, sin cóleras, va viendo, en profundo sosiego, cómo pasan los días. A la mansedumbre se junta en su persona la persona la liberalidad. Da de su dinero a los pobres, a los necesitados; tiene palabras dulces para todos, exorables. Y todos en la casa, asombrados, recelosos, entristecidos –sí, entristecidos–, le miran con mirada larga y piadosa. El señor se ha vuelto loco; no puede ser de otra manera. ¡Tres reyes en un establo! La mujer, inquieta, va a buscar a un famoso doctor. Este doctor es un hombre muy sabio; conoce las propiedades de los simples, de las piedras y las plantas. Cuando ha entrado el doctor a la casa le han conducido a presencia del viejo; ha dejado éste hacer al doctor; parecía un niño, un niño dócil y débil. El doctor le ha ido examinando; le interrogaba sobre la vida, sobre sus costumbres, sobre su alimentación. El anciano sonríe con dulzura. Y cuando le ha revelado su secreto al doctor, después de un prolijo interrogatorio, el doctor ha movido la cabeza, asistiendo, como se asiente, para no desazonarlo, a los despropósitos de un loco.
–Sí, sí –decía el doctor–. Sí, sí; es posible. Sí, sí; tres reyes y un niño en un establo.
 Y otra vez tornaba a mover la cabeza. Y cuando se han despedido, en el zaguán, a la mujer del anciano, que le interrogaba ansiosamente, ha dicho:
–Locura pacífica, sí; una locura pacífica. Nada de peligro; ningún cuidado. Loco, sí, pero pacífico.
 Esperemos… 


miércoles, 19 de diciembre de 2012

CERTAMEN DE RELATO BREVE NAVIDEÑO DEL AYUNTAMIENTO DE CAMBRE


Casa consistorial de Cambre, La Coruña. Fuente de la imagen en Internet

Os dejo las bases de este concurso de relato breve de temática navideña que organiza el Ayuntamiento de Cambre, La Coruña. 
Último día de inscripción: 21 de diciembre de 2012.
Premio: 300 euros

martes, 13 de marzo de 2012

"Mi reloj", por Francisco Montero


reloj
Reloj. Fuente de la imagen en Internet

MI RELOJ
Francisco Montero

Tengo un reloj que cambia con el tiempo, meteorológico, quiero decir.
En verano, trotón y ligero. No hay quien lo pare. Sus agujas son como plumas de ave. ¡El tiempo vuela!
En invierno se vuelve plomizo y perezoso. No consigo que se anime con el calor de las llamas en el hogar.
Lleva tanto tiempo en casa –años, me refiero-, que le creo capaz de latir al mismo compás conmigo. No hay intención alguna en él de marcharse y dejarlo a mi cuidado. Supongo. No es mi reloj tan cuco como eso.


                                                                                                     

domingo, 29 de enero de 2012

Relato de Juan José Arreola: "El rinoceronte"


Rinoceronte. Fotografía: FRC

"Renuncié al amor antes de saber lo que era, porque Joshua me demostró con alegatos judiciales que el amor sólo es un cuento que sirve para entretener a las criadas. Me ofreció en cambio su protección de hombre respetable. La protección de un hombre respetable es, según Joshua, la máxima ambición de toda mujer".

lunes, 19 de diciembre de 2011

Relato de María Carvajal: "Viaje a Swansea"


Cartel del Festival de Woodstock, celebrado en Nueva York en 1969


"Tras haber presenciado la locura de Woodstock, sabíamos que ya nada iba a ser igual. Janis Joplin murió un año después. Entonces supe que nadie podía igualar la voz de aquella furia del blues. Sin embargo, Stone the Crows me recordaba demasiado a Janis. Sentí que no podía faltar a aquella cita".
M.C. 


VIAJE A SWANSEA
María Carvajal

La casualidad hizo que en 1972 mis padres tuvieran que programar una visita a Swansea para ver a la tía Helen, que estaba muy enferma. Por entonces yo tenía veinticuatro años y la idea de viajar suponía toda una aventura, aunque el motivo de este desplazamiento en cuestión no fuera agradable. Solo había salido del condado de Kent en dos ocasiones: cuando hice el viaje de fin de curso a Barcelona con mis compañeros de instituto y cuando convencí a mi madre para que me dejara ir con mi primo Liam al festival Woodstock, que se celebró en Nueva York en el 69. Ese fue el mejor viaje de mi vida, y nunca mejor dicho porque ahí me comí mi primer ácido.
La tía Helen se estaba muriendo y estaba claro que, por muchas esperanzas que quisiéramos tener, el futuro no era demasiado alentador para ella. Llegamos a su casa y el tío Brian nos abrió la puerta con los ojos llorosos. El estado de su esposa había empeorado en las últimas horas. El cáncer estaba acabando con su vida y el médico, que se encontraba allí, empezó a alertarnos del inminente final que le esperaba a la hermana de mamá.
Y tal como se había previsto, presenciamos la muerte de Helen siete horas después. Nos dio tiempo a despedirnos. Mi mamá estaba muy afectada. Yo no había tenido demasiada relación con la tía Helen, diría que en toda mi vida la habría visto no más de cinco veces.
Comenzaron a llegar familiares a los que yo apenas conocía. Allí estaba mi primo Liam, a quien no veía desde hacía tres años, en aquel festival del 69. Se alegró mucho de verme y como él tampoco había tratado mucho a la tía Helen, no parecía demasiado afectado. Liam había venido a Swansea con una segunda intención: disfrutar del concierto que Stone the Crows iba a dar la noche siguiente. Me animó a que le acompañara e incluso me dijo que él me regalaba la entrada. Sabía que mi madre me mataría si le dijese que me iba a un concierto. Estuve consolándola todo el día mientras pensaba qué excusa darle para que no se enterara de mis planes.
Tras haber presenciado la locura de Woodstock, sabíamos que ya nada iba a ser igual. Janis Joplin murió un año después. Entonces supe que nadie podía igualar la voz de aquella furia del blues. Sin embargo, Stone the Crows me recordaba demasiado a Janis. Sentí que no podía faltar a aquella cita.
No sé cómo lo hice. Le dije a mi madre que no me sentía cómoda con todos aquellos familiares extraños. En dos días regresaríamos a casa y le pedí que me dejara alojarme al menos esa noche en el hotel donde estaba Liam. Ella, que estaba demasiado triste para preocuparse por cosas tan banales, no opuso resistencia. Papá nunca decía nada, la opinión de mamá era la que validaba cualquier sugerencia o petición que se formulara en el seno familiar.
La noche siguiente me vi guardando cola para entrar en el recinto donde iba a tener lugar el concierto.
El espectáculo comenzó fuerte y el público se animó enseguida. Yo estaba asombrada por verme allí. Pero más asombrados nos quedamos cuando Leslie Harvey, el guitarrista de la banda, comenzó a hacer movimientos extraños. Siempre me había gustado ver las manos de los músicos recorriendo el mástil de su guitarra, creando melodías imposibles, haciéndome vibrar. Entonces empezaron a salir chispas de su cuerpo. La gente no era consciente de lo que estaba ocurriendo. Ni siquiera sus compañeros del grupo se dieron cuenta de lo que pasaba hasta que la guitarra emitió un sonido que se acoplaba de forma molesta. De pronto, el músico se desplomó sobre el suelo. Aquella fue su muerte, la segunda que presencié en aquel viaje.
Nunca volví a Swansea.

(María Carvajal, Mis días con Marcela, Rumorvisual, 2011). 

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Escribe a ciconia1@gmail.com y pide presupuesto sin compromiso. 

Nota: narrativabreve.com es un blog sin ánimo de lucro que trabaja como espacio de creación y redifusor de textos literarios, y en señal de buena voluntad indica siempre -que es posible- la fuente de los textos y las imágenes publicados. En cualquier caso, si algún autor o editor quisiera renunciar a la difusión de textos suyos que han sido publicados en este blog, no tiene más que comunicarlo en la siguiente dirección: ciconia1@gmail.com

miércoles, 27 de julio de 2011

Cuento de Giovanni Guareschi: "Tercera historia"


Niño en bicicleta. Fuente de la imagen


TERCERA HISTORIA

Giovanni Guareschi (Italia, 1908- 1968)

¿Muchachas? No; nada de muchachas. Si se trata de hacer un poco de jarana en la hostería, de cantar un rato, siempre dispuesto. Pero nada más. Ya tengo mi novia que me espera todas las tardes junto al tercer poste del telégrafo en el camino de la Fábrica. Tenía yo catorce años y regresaba a casa en bicicleta por ese camino. Un ciruelo asomaba una rama por encima de un pequeño muro y cierta vez me detuve.

Leer el cuento completo

sábado, 2 de julio de 2011

Relato de István Örkeny: "Sin perdón"


© Julio Vanzo

"Me quedé sentado una hora más junto a su cama. Hubiera querido conversar con él, pero ya no sabía de qué. Un rato después le pregunté si le dolía algo. Dijo que no. De manera que tampoco le pude hacer más preguntas en cuanto a eso. Estuvimos callados todo el tiempo. La relación entre nosotros era púdica y reservada, hablábamos sólo de hechos. Pero los hechos que ayer todavía hubiéramos podido mencionar, para hoy perdieron importancia y se convirtieron en nada. De sentimientos nunca intercambiamos palabra".


viernes, 3 de junio de 2011

El niño suicida



Mendigos. Fuente de la imagen


EL NIÑO SUICIDA
Rafael Dieste

Cuando el tabernero acabó de leer aquella noticia inquietante -un niño se había suicidado pegándose un tiro en la sien derecha- habló el vagabundo desconocido que acababa de comer muy pobremente en un rincón de la tasca marinera, y dijo:

-Yo sé la historia de ese niño.

Pronunció la palabra niño de un modo muy particular. Así que los cuatro bebedores de aguardiente, los cinco de albariño y el tabernero se callaron y escucharon con gesto inquisidor y atento.

miércoles, 1 de junio de 2011

Relato de August Strindberg: "Medio folio" (comentado por Blanca Ballester)



Santiago Rusiñol. Un bohemio, París, 1891. Archivo Joan Maragall, Generalitat de Catalunya

Este cuento -que yo no conocía- del gran dramaturgo sueco August Strindberg nos llega de la mano de Blanca Ballester, que lo ha traducido y comentado para la antología donde ha visto la luz: Cincuenta cuentos breves (Cátedra, 2011), en edición de Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada.
Blanca Ballester es escritora y traductora, y en la actualidad trabaja como administradora de Comisión Parlamentaria el Parlamento Europeo.

lunes, 30 de mayo de 2011

Relato de Jean-Pierre Claris de Florian: "El elefante blanco"


Elefante blanco (o albino), muy venerado en Asia. Imagen encontrada en Esacademic


EL ELEFANTE BLANCO
Jean-Pierre Claris de Florian
En varios países de Asia se venera a los elefantes, en especial los blancos. Tienen por establo un palacio, comen en recipientes de oro, todos los hombres se postran ante ellos y los pueblos luchan para arrebatarse tan preciado tesoro. Uno de estos elefantes, gran pensador, inteligente, le preguntó un buen día a uno de sus conductores por qué le rendían tantos honores, dado que en el fondo él no era más que un simple animal. 

viernes, 27 de mayo de 2011

Relato de Julio Cortázar: "Los amigos"


Carreras de caballos. Hipódromo de Lingfield Park. Fuente encontrada en Resultados Fútbol.com


LOS AMIGOS
Julio Cortázar


En ese juego todo tenía que andar rápido. Cuando el Número Uno decidió que había que liquidar a Romero y que el Número Tres se encargaría del trabajo, Bel­trán recibió la información pocos minutos más tarde. Tranquilo pero sin perder un instante, salió del café de Corrientes y Libertad y se metió en un taxi. Mien­tras se bañaba en su departamento, escuchando el no­ticioso, se acordó de que había visto por última vez a Romero en San Isidro, un día de mala suerte en las carreras.

sábado, 21 de mayo de 2011

Historias de la palma de la mano


Yasunari Kawabata (1899-1972), premio Nobel de literatura en 1968
Yasunari Kawabata (1899-1972), premio Nobel de literatura en 1968, conocido sobre todo por sus novelas (El país de la nieve, La casa de las bellas durmientes, etcétera), nos sorprende ahora -al menos a mí- con una colección de relatos muy breves, escritos entre 1921 y 1972. De los ciento cuarenta y seis relatos que escribió durante estas décadas, Austral ha recogido setenta en una económica edición de bolsillo con el título Historias de la palma de la mano, con prólogo y traducción de Amalia Sato. 
El que ahora os ofrezco, "El episodio del rostro de la muerta", es uno de mis preferidos. 

Relato de Gabriel García Márquez: "Espantos de agosto"


Castillo encantado. Imagen tomada de Videoteca Sib


ESPANTOS DE AGOSTO
Gabriel García Márquez

Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.

jueves, 19 de mayo de 2011

Cuento breve recomendado (10): "Fiesta de


FIESTA DE DISFRACES
Woody Allen
Les voy a contar una historia que les parecerá increíble. Una vez cacé un alce. Me fui de cacería a los bosques de Nueva York y cacé un alce.
Así que lo aseguré sobre el parachoques de mi automóvil y emprendí el regreso a casa por la carretera oeste. Pero lo que yo no sabía era que la bala no le había penetrado en la cabeza; sólo le había rozado el cráneo y lo había dejado inconsciente.
Justo cuando estaba cruzando el túnel el alce se despertó. Así que estaba conduciendo con un alce vivo en el parachoques, y el alce hizo señal de girar. Y en el estado de New York hay una ley que prohíbe llevar un alce vivo en el parachoques los martes, jueves y sábados. Me entró un miedo tremendo…De pronto recordé que unos amigos celebraban una fiesta de disfraces. Iré allí, me dije. Llevaré el alce y me desprenderé de él en la fiesta. Ya no sería responsabilidad mía. Así que me dirigí a la casa de la fiesta y llamé a la puerta. El alce estaba tranquilo a mi lado. Cuando el anfitrión abrió lo saludé: “Hola, ya conoces a los Solomon”. Entramos. El alce se incorporó a la fiesta. Le fue muy bien. Ligó y todo. Otro tipo se pasó hora y media tratando de venderle un seguro.
Dieron las doce de la noche y empezaron a repartir los premios a los mejores disfraces. El primer premio fue para los Berkowitz, un matrimonio disfrazado de alce. El alce quedó segundo. ¡Eso le sentó fatal! El alce y los Berkowitz cruzaron sus astas en la sala de estar y quedaron todos inconscientes. Yo me dije: “Ésta es la mía”. Me llevé al alce, lo até sobre el parachoques y salí rápidamente hacia el bosque. Pero… me había llevado a los Berkowitz. Así que estaba conduciendo con una pareja de judíos en el parachoques. Y en el estado de Nueva York hay una ley que los martes, los jueves y muy especialmente los sábados…
A la mañana siguiente, los Berkowitz despertaron en medio del bosque disfrazados de alce. Al señor Berkowitz lo cazaron, lo disecaron y lo colocaron como trofeo en el Jockey club de Nueva York. Pero les salió el tiro por la culata, porque es un club en donde no se admiten judíos.
Regreso solo a casa. Son las dos de la madrugada y la oscuridad es total. En la mitad del vestíbulo de mi edificio me encuentro con un hombre de Neanderthal. Con el arco superciliar y los nudillos velludos. Creo que aprendió a andar erguido aquella misma mañana. Había acudido a mi domicilio en busca del secreto del fuego. Un morador de los árboles a las dos de la mañana en mi vestíbulo.
Me quité el reloj y lo hice pendular ante sus ojos: los objetos brillantes los apaciguan. Se lo comió. Se me acercó y comenzó un zapateado sobre mi tráquea. Rápidamente, recurrí a un viejo truco de los indios navajos que consiste en suplicar y chillar. 

CUENTOS BREVES RECOMENDADOS POR MIGUEL DÍEZ R. 

MEMORIAS DE UN VIEJO PROFESOR. LA LECTURA EN EL AULA (PDF)


Relato de José Luis González: "La cart

miércoles, 11 de mayo de 2011

Relato de Antonio di Benedetto: "Volamos"


Fotografía: Francisco Rodríguez Criado

Como puesta ante un apacible e inofensivo misterio, que puede serlo, con ganas de hablar, que a mí me faltan, me cuenta de su gato.
Es, sí. Claro que es; pero… Ante todo, como es huérfano, recogido por compasión, se ignora su ascendencia. Es gato y le agrada el agua. De las acequias no prefiere los albañales, sino la corriente barrosa. Se lanza acezante, pisa fuerte y salpica: hunde las fauces y hace que toma, pero no toma, porque es de puro goloso que lo hace. Puede pensarse que no es un gato, que es un perro. También por su actitud indiferente en presencia de los demás gatos. Pero es que asimismo se limita a observar desde lejos a los perros y ni siquiera se enardece frente a una pelea callejera. Como al emitir la voz desafina espantosamente y además es ronco, no puede saberse si maúlla o ladra.

martes, 3 de mayo de 2011

Relato de Franz Kafka: "El silencio de las sirenas"




EL SILENCIO DE LAS SIRENAS


Está comprobado que métodos insuficientes, e incluso infantiles, sirven para sortear un peligro:

Para protegerse de las sirenas, Odiseo se tapó los oídos con cera e hizo que lo encadenaran al mástil mayor de su nave. Excepto los viajeros que ya habían sucumbido a sus encantos al oírlas a la distancia, muchos hubieran hecho lo mismo, si bien era sabido que ese recurso sería de poca ayuda.