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miércoles, 29 de mayo de 2013

Madres coraje




MADRES CORAJE
En Ida Elisabeth, novela escrita en 1932 y publicada en España en 2012 por la Editorial Palabra, Sigrid Undset aborda un tema en su época (la Europa de los años 30) muy en boga y que hoy mantiene su vigencia: la emancipación de la mujer y los muchos costes que esta conlleva. Undset, hoy en el olvido aunque fuera premio Nobel de Literatura en 1928, cuando tan solo tenía cuarenta y seis años, retrata con magistral sencillez, en un estilo que podríamos llamar clásico, el drama de una mujer joven cuya vida consiste exclusivamente en trabajar de sol a sol y en cuidar de sus hijos y de un marido pueril y perezoso. Son precisamente sus hijos, egoístas y malcriados, quienes le impiden a esta madre coraje mantener una relación con el amor de su vida y realizarse como mujer más allá de los confines de la casa.
La propia autora, como ocurre tantas veces, refleja en sus obras sus propias vicisitudes. Nacida en Holanda, aunque afincada en Noruega con su familia desde los dos años, a los dieciséis, tras la muerte de su padre, tuvo que abandonar los estudios para trabajar y ayudar a mantener a la familia. Cual Kafka en una versión nórdica y femenina, Undset compaginó el trabajo de secretaria con el de escritora, actividad artística que ejercía en sus escasos ratos libres.
Las grandes novelas –e Ida Elisabeth no está lejos de serlo– cumplen siempre una misión: nos hacen pensar. Tras leer esta novela nos sentimos obligados a comprender, o al menos recordar, el inmenso sacrificio que deben hacer las madres coraje de este mundo cruel gobernado por hombres en su –a veces infructuosa– lucha por la emancipación. 

(Artículo publicado en El Periódico Extremadura el miércoles, 29 de mayo de 2013).

LEER OTROS TEXTAMENTOS

martes, 9 de agosto de 2011

Kakfa, ese mal escritor




Desconocía que Eduardo Mendoza tuviera una opinión tan heterodoxa sobre la calidad literaria -escasa, según él- de Kafka. Imagino que llego tarde, muy tarde, a este "sarao", y que estas palabras deben de haber sembrado cierta discordia en su momento. Pero es ahora, a los postres, cuando veo este vídeo, que fue grabado durante una conferencia que Mendoza impartió (¿cuándo, ¿dónde?) sobre la teoría de la novela. El autor catalán dice -literalmente- que "Kafka era un mal escritor, y él lo sabía". 

lunes, 20 de junio de 2011

Kafka y sus precursores


Kafka con un perro. Fuente de la imagen


Publico un texto muy breve de Jorge Luis Borges, de intención ensayística, titulado "Kafka y sus precursores". Lo publico por su interés y, a modo anecdótico, porque le gusta mucho a Harold Bloom, como confiesa el crítico en el capítulo que le dedicó al autor argentino en Genios. Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares (Editorial Anagrama, 2005). Doy primero el fragmento en el que Bloom cita el breve estudio de Borges y después el texto en cuestión, que forma parte de Otras inquisiciones, obra en la que Borges compila algunas de sus reflexiones -hoy harto conocidas- sobre las que fueron sus lecturas preferidas.  

martes, 3 de mayo de 2011

Relato de Franz Kafka: "El silencio de las sirenas"




EL SILENCIO DE LAS SIRENAS


Está comprobado que métodos insuficientes, e incluso infantiles, sirven para sortear un peligro:

Para protegerse de las sirenas, Odiseo se tapó los oídos con cera e hizo que lo encadenaran al mástil mayor de su nave. Excepto los viajeros que ya habían sucumbido a sus encantos al oírlas a la distancia, muchos hubieran hecho lo mismo, si bien era sabido que ese recurso sería de poca ayuda.

domingo, 24 de abril de 2011

Ni Kafka ni Max Brod

Franz Kakfa y un amigo. Foto incluida en "Kafka. Imágenes de una vida", de Klaus Wagenbach.
   

NI KAFKA NI MAX BROD
Francisco Rodríguez Criado 
A la vuelta de mi estancia en Brasil me contaron con todo detalle el asunto de mi amigo M., quien, sintiéndose víctima de un galopante cáncer de pulmón, le había entregado una pila de manuscritos inéditos al que entonces era su editor. A mi amigo, en su día un famoso escritor, le habían hospitalizado por segunda vez en dos semanas y eso, a su juicio, bien merecía una decisión trascendental.
–Si de veras me aprecias –le dijo solemnemente al editor al tiempo que una corpulenta enfermera entraba en la habitación para suministrarle la medicación–, hazme un favor: quema todos mis manuscritos. No valen nada y no me gustaría, una vez muerto, verlos publicados por algún familiar desaprensivo.
El editor se preguntó en voz alta cómo podría el moribundo ver publicados sus trabajos después de muerto. El enfermo, que empezaba a sentir el efecto adormecedor de los brebajes, obvió el comentario irónico –no exento de argumentos, todo hay que decirlo– y, agotando sus últimas energías, consiguió forzar una promesa por parte de su interlocutor de que sus deseos serían cumplidos. “No temas, que no te fallaré”. En un gesto de agradecimiento, mi amigo le cogió cariñosamente la mano antes de rendirse al sueño. 
El editor, que demostró ser no un ángel de la guardia sino simplemente eso, un editor, cumplió su palabra. Esa misma tarde pasó por el piso de M. y recogió todos sus papeles, que quemó sin contemplaciones al día siguiente durante la celebración de una barbacoa familiar. Ni siquiera les echó un vistazo, hacía tiempo que le aburría leer cualquier frase que viniera firmada por su representado, a quien consideraba off the record un escritor sin futuro. (Lo tenía por un escritor malogrado que “ya no aportaba beneficios a su editorial”). Estaba convencido de que, como había confesado el propio autor en un momento de debilidad, aquellos manuscritos “no valían nada”.  

Pero mi amigo no murió. Para su desazón no era cáncer lo que padecía sino una molesta aunque reparable pulmonía. En tiempos de Dostoievski le hubieran recetado unos emplastes y una instancia en la costa rusa, el último refugio para los personajes de la novela decimonónica. Pero ahora, gracias a los últimos avances médicos, regresó al mundo sin hacer el menor esfuerzo por su parte. Había esquivado la muerte sin mirarle siquiera a los ojos, perdiendo así una oportunidad de oro de alcanzar la posteridad. Nunca le perdonó al editor aquella infidelidad, un hombre –según quedó demostrado– a quien no se le puede confiar un último deseo.
“Lo que más me duele es que mis textos se han echado a perder junto a unas cintas de lomo y unos choricillos a la brasa”, solía quejarse, malherido.
Mi amigo, como todo artista, se consideraba un genio. Y había pensado que aquellos folios eran obras maestras que, para deleite del lector avezado, deberían haber pasado a la imprenta el mismo día de su muerte. Pero no tuvo suerte. El avaro destino ni siquiera permitió que fuera impresa la esquela de su defunción.
Estaba furioso. Muy furioso.
–Le digo que queme mis trabajos y los quema. ¡Será imbécil! Años y años de sacrificio…
–¡Qué quiere! Ni él es Kafka ni yo soy Max Brod –se defendía el editor en el Gran Casino ante las miradas acusadoras de distinguidos miembros del mundillo literario y de un busto en bronce de García Lorca a nuestras espaldas–. ¿Quería o no quería que quemara aquellos folios? Qué culpa tengo yo si él no se aclara…
Bien mirado, razón no le faltaba al editor. En cierta manera lo que había hecho mi amigo, sin saberlo, era dejar las ovejas a recaudo del lobo. Reflexionemos: ¿qué necesidad tenía de un tercero para eliminar sus escritos cuando él mismo podría haberlo hecho por su propia cuenta antes de ingresar en el hospital por segunda vez?
El asunto hizo mella en el espíritu de los tertulianos del Gran Casino, sede oficial de la chismografía cultural local. Creo –aunque no lo reconozcamos abiertamente– que aquel suceso nos hizo abrir los ojos. Intuyo que cada uno de nosotros se hizo la promesa, en el hipotético caso de que alguna vez decidiéramos destruir nuestros manuscritos inéditos, de enviarlos sin demora a un editor o a algún concurso literario después de inscribirlos en el Registro de la Propiedad Intelectual.
Nadie podrá reprocharnos tantas precauciones: quién sabe si, llevado por un concepto erróneo de la amistad o del deber, algún advenedizo podría tomarse la libertad de llevar a cabo nuestros más abnegados deseos.

(Relato incluido en Un elefante en Harrods, De la Luna Libros, Mérida, 2006).


sábado, 13 de noviembre de 2010

Parábola de Kafka: "Ante la ley"


Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Microrrelato de Franz Kafka: "La partida"

Pintura de Ernest Decals. Fuente de la imagen

LA PARTIDA
Franz Kakfa

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fui al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta y le pregunté al sirviente qué significaba. Él no sabía nada ni escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó:
-¿Adónde va el patrón?
-No lo sé -le dije-, simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta.
-¿Así que usted conoce su meta? -preguntó.
-Sí -repliqué-, te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta.

jueves, 4 de marzo de 2010

Para conocer mejor a Kafka


En esta entrevista, Niels Bokhove, coeditar del libro Einmal ein grosser Zeichner, que recoge algunos de los grabados de Kafka, responde a las preguntas de Pilar García Velasco y nos acerca aún más la figura del escritor checo.
La entrevista y la imagen de Kafka están tomadas del espacio literario Libros colgados.

Pilar García Velasco

Cuando se habla de Kafka, generalmente se alude a su universo literario; su vocación temprana por el dibujo –en realidad, el joven Kafka deseaba ser dibujante, no escritor– es poco conocida. ¿Cuál es el origen de esa vocación?