lunes, 9 de diciembre de 2019

Cuento sobre la gula: Las tres misas (Alphonse Daudet)



Cuento de Alphonse Daudet: Las tres misas

I
–¿Dos pavos trufados, Garrigú?
–Sí, mi reverendo, dos magníficos pavos rellenos de trufas, y puedo decirlo porque yo mismo ayudé a rellenarlos. Parecía que el pellejo iba a reventar al asarse, tan estirado estaba…
–¡Jesús María, y a mí que me gustan tanto las trufas! Dame pronto la sobrepelliz, Garrigú. Y ¿qué más has visto en la cocina, fuera de los pavos?
–¡Oh, una porción de cosas buenas! Desde mediodía no hemos hecho otra cosa que pelar faisanes, abubillas, ortegas, gallos silvestres. Las plumas volaban por todas partes… Después, trajeron del estanque anguilas, carpas doradas, truchas…
–¿De qué tamaño eran las truchas, Garrigú?
–De este tamaño, mi reverendo. ¡Enormes!
–¡Oh, Dios mío, me parece estarlas viendo! ¿Pusiste el vino en las vinajeras?
–Sí, mi reverendo, he puesto vino en las vinajeras… ¡Pero, caramba!, no se parece al que beberá usted después de la misa de medianoche. Si viera en el comedor del castillo los botellones que resplandecen llenos de vino de todos colores… Y la vajilla de plata, los centros de mesa cincelados, los candelabros, las flores… ¡Nunca se ha visto una cena de nochebuena semejante! El señor Marqués ha invitado a todos los señores de la vecindad. En la mesa habrá cuarenta personas, sin contar al juez ni al escribano… ¡Ah, qué suerte tiene usted, que es de la partida, mi reverendo!. Sólo con haber olfateado los hermosos pavos, el perfume me sigue a todas partes… ¡Ah!
–Vamos, vamos, hijo mío. Guardémonos del pecado de la gula, sobre todo en la noche de Navidad. Ve pronto a encender los cirios y a dar el primer toque para la misa, porque las doce se acercan y no hay que retrasarse…
Esta conversación se mantenía la nochebuena del año de gracia de mil seiscientos y tantos, entre el reverendo don Balaguer, ex prior de los Carmelitas, entonces capellán a sueldo de los señores de Trinquelague, y su monaguillo Garrigú, o lo que él creía su monaguillo Garrigú, porque deben saber que aquella noche el diablo había tomado la cara redonda y los rasgos indecisos del joven sacristán, para hacer caer mejor en la tentación al reverendo padre, haciéndole cometer un espantoso pecado de gula. Así, pues, mientras el pretendido Garrigú (¡hum, hum!) hacía repicar a todo trapo las campanas de la capilla del castillo, el reverendo acababa de ponerse la sobrepelliz en la pequeña sacristía, con el espíritu turbado ya por todas aquellas descripciones gastronómicas; y decía para sí, vistiéndose:
–¡Pavos asados… carpas doradas… truchas de este porte!
Afuera soplaba el viento de la noche, difundiendo la música de las campanas, y al propio tiempo iban apareciendo luces en la sombra, en las cuestas del monte Ventoux, en cuya cima se levantaban las viejas torres de Trinquelague. Eran las familias de los cortijeros, que iban a oír la misa del gallo en el castillo. Trepaban la cuesta, cantando, en grupos de cinco o seis, el padre adelante, linterna en mano, las mujeres envueltas en sus grandes mantos oscuros, en que se estrechaban y abrigaban sus hijos. A pesar de la hora y del frío, todo aquel buen pueblo caminaba regocijado, animado por la idea de que, al salir de misa y como todos los años, tendría la mesa puesta en las cocinas. De tiempo en tiempo, sobre la cuesta ruda, la carroza de algún señor, precedida por lacayos con antorchas, hacía resplandecer sus cristales a la luz de la luna, alguna mula trotaba agitando los cascabeles, y a la luz de las teas envueltas en la bruma, los campesinos reconocían al juez, y lo saludaban al paso:
–Buenas noches, buenas noches, maese Arnoton.
–Buenas noches, buenas noches, hijos míos.
La noche era clara, las estrellas parecían reavivadas por el frío; el cierzo picaba y la escarcha fina, deslizándose sobre los vestidos sin mojarlos, conservaba fielmente la tradición de las nochebuenas blancas de nieve. Allá, en lo alto de la cuesta, el castillo aparecía como la meta de todos los caminantes, con su enorme masa de torres, techos y coronamientos, la torre de la capilla irguiéndose en el cielo negro, y una multitud de lucecitas que parpadeaban, iban, venían, se agitaban en todas las ventanas, y parecían, sobre el fondo oscuro del edificio, chispas que corrieran por las cenizas de un papel quemado…
Una vez transpuesto el puente levadizo y la poterna, era necesario, para llegar a la capilla, atravesar el primer patio, lleno de carrozas, de criados, de sillas de mano, todo iluminado por la luz de las antorchas y las llamaradas de las cocinas.
Se oía el rumor de los asadores, el estrépito de las cacerolas, el choque de los cristales y la vajilla de plata, movidos para los preparativos de una comida, y por encima de todo aquello, se extendía un vapor tibio que olía bien, a las carnes asadas y a las hierbas perfumadas de las salsas, lo que hacía decir a los cortijeros, como al capellán, como al juez, como a todo el mundo:
–¡Qué excelente cena vamos a tener después de la misa!


II
¡Tilín!… ¡Tilín!… ¡Tilín!…
La misa de media noche comienza. En la capilla del castillo, que es una catedral en miniatura, de arcos entrecruzados y zócalos de roble que cubren las paredes, se han tendido todas las colgaduras, se han encendido todos los cirios. ¡Y cuánta gente! ¡Y qué trajes! En primer lugar, sentados en los sillones esculpidos que rodean el coro, están el señor de Trinquelague, vestido de tafetán color salmón, y a su lado los nobles señores invitados. Enfrente, en reclinatorios tapizados de terciopelo, se han instalado la anciana marquesa viuda, con su vestido de brocado color de fuego, y la joven señora de Trinquelague, con la cabeza cubierta por una alta torre de encaje, plegada a la última moda de la corte de Francia. Más abajo se ve, vestidos de negro, con grandes pelucas puntiagudas y rostros afeitados, al juez Tomás Arnoton y al escribano maese Ambroy, dos notas graves entre las sedas vistosas y los damascos recamados Luego vienen los gordos mayordomos, los pajes, los picadores, los intendentes, la dueña Bárbara, con todas sus llaves colgadas de la cintura, en un llavero de plata fina. En el fondo, sentados en escaños, están los de menor cuantía, las criadas, los cortijeros con sus familias, y más allá, al lado mismo de la puerta que abren y cierran discretamente, los señores marmitones que van, entre dos salsas, a oír un poco de misa y a llevar un olorcillo de cena a la iglesia de fiesta, entibiada con tantos cirios encendidos.
¿Es la vista de sus gorras blancas lo que tanto distrae al oficiante? ¿No sería, más bien, la campanilla de Garrigú, esa endiablada campanilla que se agita al pie del altar con infernal precipitación, y que parece estar diciendo a cada rato?
–¡Despachemos, despachemos!.. Cuánto más pronto hayamos concluido, más pronto nos sentaremos a la mesa.
El hecho es que cada vez que suena aquella campanilla del demonio, el capellán se olvida de su misa y no piensa sino en la cena. Se figura las cocinas rumorosas, los hornillos en que arde un fuego de fragua, el vaho que sale de las cacerolas entreabiertas, y entre aquel vaho dos magníficos pavos, rellenos, reventando, constelados de trufas…
O bien ve pasar filas de pajes llevando fuentes envueltas en tentador humillo, y entra con ellos en el gran salón dispuesto ya para el festín. ¡Oh delicia! Aquí está la inmensa mesa, atestada y resplandeciente, los pavos adornados con sus plumas, los faisanes abriendo sus alas rojizas, los botellones color rubí, las pirámides de frutas brillando entre las ramas verdes, y los maravillosos pescados de que hablaba Garrigú, (¡Garrigú, hum!) tendidos en un lecho de hinojo, con la escama nacarada como si acabaran de salir del agua, y con un ramilletito de hierbas aromáticas en su boca de monstruos. Tan viva es la visión de aquellas maravillas, que a don Balaguer le parece que todos aquellos platos estupendos están servidos delante de él, sobre los bordados del mantel del altar, y dos o tres veces, en lugar de decir Dominus vobiscum, llegó a decir Benedicite… Fuera de esas pequeñas equivocaciones, el buen hombre despacha el oficio divino muy concienzudamente, sin saltar una línea, sin omitir una genuflexión, y todo anda muy bien hasta el fin de la primera misa, pues ya sabéis que el día de Navidad el mismo oficiante debe celebrar tres misas consecutivas.
–¡Y va una! –se dijo el capellán, lanzando un suspiro de alivio; luego, sin perder un minuto, hizo señas a su monaguillo, o al que creía su monaguillo, y…
–¡Tilín!… ¡Tilín!… ¡Tilín!…
La segunda misa comienza, y con ella el pecado de don Balaguer.
“¡Vaya!, despachemos”, le grita con su vocecita agria la campanilla de Garrigú, y esa vez el desgraciado oficiante, entregado completamente al demonio de la gula, se lanza sobre el misal, y devora las páginas con la avidez de un espíritu sobreexcitado. Se inclina, se levanta frenéticamente, esboza apenas las señales de la cruz, las genuflexiones, acorta todos sus ademanes para acabar más ligero… Apenas si extiende los brazos cuando el Evangelio; apenas si se golpea el pecho en el Confiteor. Parece que entre el monaguillo y él apostaran a quién balbucea con más prisa. Los versículos y las respuestas se precipitan, se atropellan. Las palabras medio pronunciadas, sin abrir la boca, cosa que tomaría demasiado tiempo, terminan en murmullos incomprensibles.
Oremus… ps… ps… ps.
Mea culpa… pa… pa…
Como vendimiadores apurados pisando la uva del tonel, ambos chapuzan en el latín de la misa, enviando salpicaduras a todos lados.
–¡Dom… scum!.. –dice Balaguer.
Stutuo… –contesta Garrigú.
Y mientras tanto la campanilla sigue repiqueteando a sus oídos, como los cascabeles que se ponen a los caballos de posta para hacerlos galopar con mayor rapidez. Ya pueden ustedes darse cuenta de que una misa rezada tiene que terminar muy pronto de ese modo…
–¡Y van dos! –dijo el capellán, jadeante.
Luego, sin perder tiempo en respirar, rojo, sudando, baja a la carrera las gradas del altar, y…
–¡Tilín!… ¡Tilín!… ¡Tilín!…
Comienza la tercera misa. Ya no hay que dar sino unos cuantos pasos para llegar al comedor; pero ¡ay! a medida que se aproxima la cena, el infortunado Balaguer se siente acometido por una locura de impaciencia y de glotonería. Su visión se acentúa, las carpas doradas, los pavos asados están allí, allí… los toca… los… ¡Oh, Dios mío!... Las fuentes humean, los vinos embalsaman… Y sacudiendo su badajo endiablado, la campanilla le grita:
–¡Ligero, ligero, más ligero!…
Pero ¿cómo andar más ligero? Sus labios se mueven apenas. Ya no pronuncia las palabras… Sólo que trampeara completamente a Dios y le escamoteara su misa… ¡Y es lo que hace el desdichado! De tentación en tentación comienza por saltar un versículo, luego dos. Luego, la epístola es demasiado larga y no la termina, roza apenas el Evangelio, pasa ante el credo sin entrar en él, saltea el padrenuestro, saluda de lejos el prefacio, y a saltos y brincos se precipita en la condenación eterna, seguido siempre por el infame Garrigú, (¡Vade retro, Satanás!) que lo secunda con maravillosa comprensión, le levanta la casulla, vuelve las hojas de dos en dos, maltrata los atriles, vuelca las vinajeras, y sacude sin cesar la campanilla, cada vez más fuerte, cada vez más ligero…
¡Hay que ver la cara sorprendida de todos los concurrentes! Obligados a seguir por la mímica del sacerdote aquella misa de la que no entienden una palabra, unos se levantan cuando otros se arrodillan, se sientan cuando los demás se ponen de pie, y todas las fases de aquel oficio singular se confunden en los escaños en una multitud de actitudes diversas. La estrella de Navidad, en camino por los senderos del cielo, dirigiéndose hacia el pequeño establo, palidece de espanto al ver aquella confusión…
–El abate anda demasiado a prisa… No se le puede seguir –murmura la anciana viuda agitando la cofia con desvarío.
Maese Arnoton, con sus anteojos de acero sobre las narices, busca en su libro de misa por dónde diablos pueden ir. Pero, en el fondo, toda aquella buena gente, que piensa también en cenar, no se disgusta ni mucho menos de que la misa vaya como por la posta, y cuando don Balaguer, con la cara radiante, se vuelve hacia la concurrencia gritando con todas sus fuerzas el ¡lte missa est! todos a una voz, en la capilla, le contestan con un Deo gratias tan alegre, tan arrebatador, que parece el primer brindis en la gran mesa de la cena…


III
Cinco minutos después la multitud de señores se sentaba en la gran mesa del comedor, con el capellán en medio. El castillo, iluminado de arriba abajo, retumbaba con cantos, gritos, risas, rumores, y el venerable don Balaguer clavaba el tenedor en un ala de ave, ahogando el remordimiento de su pecado bajo los torrentes del buen vino del papa, y los excelentes jugos de los manjares. Tanto comió y bebió el pobre santo varón, que aquella misma noche murió de una indigestión terrible, sin haber tenido siquiera tiempo de arrepentirse; luego, a la madrugada, llegó al cielo, todo rumoroso aun por las fiestas de la noche, y ya se imaginarán ustedes de qué manera se le recibió:
–¡Retírate de mí vista, mal cristiano! –le dijo el soberano Juez, nuestro amo y señor–. Tu falta es bastante grande para borrar una vida entera de virtud… ¡Ah, me has robado una misa de Navidad!… Pues bien: me pagarás trescientas en su lugar, y no entrarás al paraíso sino cuando hayas celebrado en tu propia capilla esas trescientas misas de Navidad, en presencia de todos cuantos han pecado por tu culpa y contigo…
Tal es la leyenda de don Balaguer, como se cuenta en el país de los olivos. Hoy el castillo de Trinquelague no existe ya, pero la capilla se mantiene aún en pie en la cumbre del monte Ventoux, entre un grupo de encinas verdes. El viento hace golpear la puerta dislocada, la hierba invade el umbral; hay nidos en los rincones del altar y en el alféizar de las altas ventanas, cuyos vidrios de colores han desaparecido ya hace mucho. Pero parece que todos los años, para nochebuena, una luz sobrenatural vaga por aquellas ruinas, y que, al acudir a las misas y a las cenas, los campesinos ven aquel espectro de capilla iluminado con cirios invisibles que arden al aire, hasta bajo la nieve y bajo el viento.
Ustedes reirán si les parece, pero un vinatero del lugar, llamado Garrigue, descendiente sin duda de Garrigú, me ha afirmado que una noche de Navidad, hallándose algo chispo, se había perdido en la montaña hacia el lado de Trinquelague, y he aquí lo que vio:
Hasta las once de la noche, nada. Todo estaba silencioso, oscuro, inanimado De pronto, a eso de medianoche, sonó una campana en lo alto de la torre, una vieja, viejísima campana que parecía hallarse a diez leguas de allí. Pronto, por el camino que sube hacia el castillo, Garrigue vio temblar luces, agitarse sombras indecisas. Bajo el portal de la capilla la gente andaba, cuchicheaba:
–Buenas noches, maese Arnoton.
–Buenas noches, buenas noches, hijos míos…
Cuando todos hubieron entrado, mi vinatero, que era muy valiente, se acercó despacito, y mirando por la puerta rota asistió a un espectáculo singular. Todos los que había visto pasar estaban colocados alrededor del coro en la nave arruinada, como si los antiguos escaños existieran todavía. Hermosas damas vestidas de brocado con cofias de encaje, señores galoneados de pies a cabeza, campesinos de chaquetas bordadas como las de nuestros abuelos, todos con aire de viejos, marchitos, empolvados, fatigados. De tiempo en tiempo, las aves nocturnas, huéspedes habituales de la capilla, despertadas por todas aquellas luces, iban a vagar en torno de los cirios cuya llama subía recta y vaga como si ardiera tras de una gasa, y lo que divertía mucho a Garrigue era cierto personaje de grandes anteojos de acero, que meneaba a cada instante su alta peluca negra, en la que uno de los pájaros se había parado, enredado en los pelos y batiendo silenciosamente las alas…
En el fondo, un viejecito de estatura infantil, de rodillas en medio del coro, agitaba desesperadamente una campanilla sin badajo y sin voz, mientras que un sacerdote, vestido de oro viejo, iba y venía ante el altar, recitando oraciones de las que no se entendía una palabra… No podía ser otro que don Balaguer, diciendo su tercera misa rezada…



La última clase. Un gran cuento de Daudet sobre la educación


viernes, 6 de diciembre de 2019

Microrrelato de Ramón Gómez de la Serna: Navidad

Era la noche de Navidad y en el fondo de la inclusa los niños cantaban villancicos desesperadamente ante el nacimiento que habían improvisado las monjas. Eran las doce, y una monja comenzó a encender las velas rojas, rosas, azules y amarillas con esa lenta prosopopeya con que se encienden las arañas de las iglesias.

En la sala del torno, la monja encargada de esperar, llena de nostalgia veía los nacimientos que vio en su infancia, y tenía los ojos llenos de pequeñas lucecitas. En eso sonó el timbre anunciador de que alguien había abandonado un niño en el torno. Ella volvió el torno y vio aparecer un recién nacido iluminado por un halo que brotaba de él como el que brota de la luciérnaga. No se atrevió a tocarlo y corrió en busca de la superiora como si fuese a avisarle un incendio.
Volvió con ella y se quedaron igualmente deslumbradas. ¿Quién era aquel hijo del amor que así resplandecía? Algo hacía sospechar la solemnidad de la noche y de la hora, pero por si aquel era un pensamiento sacrílego y todo aquello era obra de Satanás, rechazaron la sospecha. Se avisó al obispo, y entre todos decidieron ocultar al resplandeciente para evitar el cisma.

Las greguerías más allá de Ramón Gómez de la Serna


martes, 3 de diciembre de 2019

Cuento de Navidad para niños: El abeto (Hans Christian Andersen)

Imagen de 5598375 en Pixabay 


"El abeto", de Hans Christian Andersen, es un cuento para niños ambientado en la Navidad.El pobre árbol está malhumorado, crece sin disfrutar de los pequeños placeres que le concede la vida, todo lo molesta...

Solo le quedan los sueños. Pero los sueños, ya sabemos, los carga el diablo...

No te pierdas esta historia de Hans Christian Andersen: encierra una gran lección de vida.



Cuento infantil navideño de Hans Christian Andersen: El abeto


Allá en el bosque había un abeto, lindo y pequeñito. Crecía en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos.
Pero el pequeño abeto sólo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni el frescor del aire, ni atendía a los niños de la aldea, que recorrían el bosque en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando. A veces llegaban con un puchero lleno de los frutos recogidos, o con las fresas ensartadas en una paja, y, sentándose junto al menudo abeto, decían: «¡Qué pequeño y qué lindo es!». Pero el arbolito se enfurruñaba al oírlo.
Al año siguiente había ya crecido bastante, y lo mismo al otro año, pues en los abetos puede verse el número de años que tienen por los círculos de su tronco.
«¡Ay!, ¿por qué no he de ser yo tan alto como los demás? –suspiraba el arbolillo–. Podría desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo desde la copa. Los pájaros harían sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara el viento, podría mecerlas e inclinarlas con la distinción y elegancia de los otros».
Le eran indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, a la mañana y al atardecer, desfilaban en lo alto del cielo.
Cuando llegaba el invierno, y la nieve cubría el suelo con su rutilante manto blanco, muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del arbolito. ¡Lo que se enfadaba el abeto! Pero transcurrieron dos inviernos más y el abeto había crecido ya bastante para que la liebre hubiese de desviarse y darle la vuelta. «¡Oh, crecer, crecer, llegar a ser muy alto y a contar años y años: esto es lo más hermoso que hay en el mundo!», pensaba el árbol.
En otoño se presentaban indefectiblemente los leñadores y cortaban algunos de los árboles más corpulentos. La cosa ocurría todos los años, y nuestro joven abeto, que estaba ya bastante crecido, sentía entonces un escalofrío de horror, pues los magníficos y soberbios troncos se desplomaban con estridentes crujidos y gran estruendo. Los hombres cortaban las ramas, y los árboles quedaban desnudos, larguiruchos y delgados; nadie los habría reconocido. Luego eran cargados en carros arrastrados por caballos, y sacados del bosque.
¿Adónde iban? ¿Qué suerte les aguardaba?
En primavera, cuando volvieron las golondrinas y las cigüeñas, les preguntó el abeto:
–¿No saben adónde los llevaron ¿No los han visto en alguna parte?
Las golondrinas nada sabían, pero la cigüeña adoptó una actitud cavilosa y, meneando la cabeza, dijo:
–Sí, creo que sí. Al venir de Egipto, me crucé con muchos barcos nuevos, que tenían mástiles espléndidos. Juraría que eran ellos, pues olían a abeto. Me dieron muchos recuerdos para ti. ¡Llevan tan alta la cabeza, con tanta altivez!
–Ah! ¡Ojalá fuera yo lo bastante alto para poder cruzar los mares! Pero, ¿qué es el mar, y qué aspecto tiene?
–¡Sería muy largo de contar! –exclamó la cigüeña, y se alejó.
–Alégrate de ser joven –decían los rayos del sol–; alégrate de ir creciendo sano y robusto, de la vida joven que hay en ti.
Y el viento le prodigaba sus besos, y el rocío vertía sobre él sus lágrimas, pero el abeto no lo comprendía.
Al acercarse las Navidades eran cortados árboles jóvenes, árboles que ni siquiera alcanzaban la talla ni la edad de nuestro abeto, el cual no tenía un momento de quietud ni reposo; le consumía el afán de salir de allí. Aquellos arbolitos –y eran siempre los más hermosos– conservaban todo su ramaje; los cargaban en carros tirados por caballos y se los llevaban del bosque.
«¿Adónde irán éstos? –se preguntaba el abeto–. No son mayores que yo; uno es incluso más bajito. ¿Y por qué les dejan las ramas? ¿Adónde van?».
–¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos! –piaron los gorriones–. Allá, en la ciudad, hemos mirado por las ventanas. Sabemos adónde van. ¡Oh! No puedes imaginarte el esplendor y la magnificencia que les esperan. Mirando a través de los cristales vimos árboles plantados en el centro de una acogedora habitación, adornados con los objetos más preciosos: manzanas doradas, pastelillos, juguetes y centenares de velitas.
–¿Y después? –preguntó el abeto, temblando por todas sus ramas–. ¿Y después? ¿Qué sucedió después?
–Ya no vimos nada más. Pero es imposible pintar lo hermoso que era.
–¿Quién sabe si estoy destinado a recorrer también tan radiante camino? –exclamó gozoso el abeto–. Todavía es mejor que navegar por los mares. Estoy impaciente por que llegue Navidad. Ahora ya estoy tan crecido y desarrollado como los que se llevaron el año pasado. Quisiera estar ya en el carro, en la habitación calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¿Y luego? Porque claro está que luego vendrá algo aún mejor, algo más hermoso. Si no, ¿por qué me adornarían tanto? Sin duda me aguardan cosas aún más espléndidas y soberbias. Pero, ¿qué será? ¡Ay, qué sufrimiento, qué anhelo! Yo mismo no sé lo que me pasa.
–¡Gózate con nosotros! –le decían el aire y la luz del sol goza de tu lozana juventud bajo el cielo abierto.
Pero él permanecía insensible a aquellas bendiciones de la Naturaleza. Seguía creciendo, sin perder su verdor en invierno ni en verano, aquel su verdor oscuro. Las gentes, al verlo, decían: «¡Hermoso árbol!».. Y he ahí que, al llegar Navidad, fue el primero que cortaron. El hacha se hincó profundamente en su corazón; el árbol se derrumbó con un suspiro, experimentando un dolor y un desmayo que no lo dejaron pensar en la soñada felicidad. Ahora sentía tener que alejarse del lugar de su nacimiento, tener que abandonar el terruño donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus viejos y queridos compañeros, ni a las matas y flores que lo rodeaban; tal vez ni siquiera a los pájaros. La despedida no tuvo nada de agradable.
El árbol no volvió en sí hasta el momento de ser descargado en el patio junto con otros, y entonces oyó la voz de un hombre que decía:
–¡Ese es magnífico! Nos quedaremos con él.
Y se acercaron los criados vestidos de gala y transportaron el abeto a una hermosa y espaciosa sala. De todas las paredes colgaban cuadros, y junto a la gran estufa de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las tapas; había también mecedoras, sofás de seda, grandes mesas cubiertas de libros ilustrados y juguetes, que a buen seguro valdrían cien veces cien escudos; por lo menos eso decían los niños. Hincaron el abeto en un voluminoso barril lleno de arena, pero no se veía que era un barril, pues de todo su alrededor pendía una tela verde, y estaba colocado sobre una gran alfombra de mil colores. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué vendría luego?
Criados y señoritas corrían de un lado para otro y no se cansaban de colgarle adornos y más adornos. En una rama sujetaban redecillas de papeles coloreados; en otra, confites y caramelos; colgaban manzanas doradas y nueces, cual si fuesen frutos del árbol, y ataron a las ramas más de cien velitas rojas, azules y blancas. Muñecas que parecían personas vivientes –nunca había visto el árbol cosa semejante– flotaban entre el verdor, y en lo más alto de la cúspide centelleaba una estrella de metal dorado. Era realmente magnífico, increíblemente magnífico.
–Esta noche –decían todos–, esta noche sí que brillará.
«¡Oh! –pensaba el árbol–, ¡ojalá fuese ya de noche! ¡Ojalá encendiesen pronto las luces! ¿Y qué sucederá luego? ¿Acaso vendrán a verme los árboles del bosque? ¿Volarán los gorriones frente a los cristales de las ventanas? ¿Seguiré aquí todo el verano y todo el invierno, tan primorosamente adornado?».
Creía estar enterado, desde luego; pero de momento era tal su impaciencia, que sufría fuertes dolores de corteza, y para un árbol el dolor de corteza es tan malo como para nosotros el de cabeza.
Al fin encendieron las luces. ¡Qué brillo y magnificencia! El árbol temblaba de emoción por todas sus ramas; tanto, que una de las velitas prendió fuego al verde. ¡Y se puso a arder de verdad!
–¡Dios nos ampare! –exclamaron las jovencitas, corriendo a apagarlo. El árbol tuvo que esforzarse por no temblar. ¡Qué fastidio! Le disgustaba perder algo de su esplendor; todo aquel brillo lo tenía como aturdido. He aquí que entonces se abrió la puerta de par en par, y un tropel de chiquillos se precipitó en la sala, que no parecía sino que iban a derribar el árbol; les seguían, más comedidas, las personas mayores. Los pequeños se quedaron clavados en el suelo, mudos de asombro, aunque sólo por un momento; enseguida se reanudó el alborozo; gritando con todas sus fuerzas, se pusieron a bailar en torno al árbol, del que fueron descolgándose uno tras otro los regalos.
«¿Qué hacen? –pensaba el abeto–. ¿Qué ocurrirá ahora?».
Las velas se consumían, y al llegar a las ramas eran apagadas. Y cuando todas quedaron extinguidas, se dio permiso a los niños para que se lanzasen al saqueo del árbol. ¡Oh, y cómo se lanzaron! Todas las ramas crujían; de no haber estado sujeto al techo por la cúspide con la estrella dorada, seguramente lo habrían derribado.
Los chiquillos saltaban por el salón con sus juguetes, y nadie se preocupaba ya del árbol, aparte la vieja ama, que, acercándose a él, se puso a mirar por entre las ramas. Pero sólo lo hacía por si había quedado olvidado un higo o una manzana.
–¡Un cuento, un cuento! –gritaron de pronto, los pequeños, y condujeron hasta el abeto a un hombre bajito y rollizo.
El hombre se sentó debajo de la copa.
–Pues así estamos en el bosque –dijo–, y el árbol puede sacar provecho, si escucha. Pero os contaré sólo un cuento y no más. ¿Prefieren el de Ivede–Avede o el de Klumpe–Dumpe, que se cayó por las escaleras y, no obstante, fue ensalzado y obtuvo a la princesa? ¿Qué os parece? Es un cuento muy bonito.
–¡Ivede–Avede! –pidieron unos, mientras los otros gritaban–: ¡Klumpe–Dumpe!
¡Menudo griterío y alboroto se armó! Sólo el abeto permanecía callado, pensando: «¿y yo, no cuento para nada? ¿No tengo ningún papel en todo esto?». Claro que tenía un papel, y bien que lo había desempeñado.
El hombre contó el cuento de Klumpe–Dumpe, que se cayó por las escaleras y, sin embargo, fue ensalzado y obtuvo a la princesa. Y los niños aplaudieron, gritando: «¡Otro, otro!». Y querían oír también el de Ivede–Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Klumpe–Dumpe. El abeto seguía silencioso y pensativo; nunca las aves del bosque habían contado una cosa igual. «Klumpe–Dumpe se cayó por las escaleras y, con todo, obtuvo a la princesa. De modo que así va el mundo» –pensó, creyendo que el relato era verdad, pues el narrador era un hombre muy afable–. Quién sabe. Tal vez yo me caiga también por las escaleras y gane a una princesa». Y se alegró ante la idea de que al día siguiente volverían a colgarle luces y juguetes, oro y frutas.
«Mañana no voy a temblar –pensó–. Disfrutaré al verme tan engalanado. Mañana volveré a escuchar la historia de KlumpeDumpe, y quizá, también la de Ivede–Avede». Y el árbol se pasó toda la noche silencioso y sumido en sus pensamientos.
Por la mañana se presentaron los criados y la muchacha.
«Ya empieza otra vez la fiesta», pensó el abeto. Pero he aquí que lo sacaron de la habitación y, arrastrándolo escaleras arriba, lo dejaron en un rincón oscuro, al que no llegaba la luz del día.
«¿Qué significa esto? –se preguntó el árbol–. ¿Qué voy a hacer aquí? ¿Qué es lo que voy a oír desde aquí?». Y, apoyándose contra la pared, venga cavilar y más cavilar. Y por cierto que tuvo tiempo sobrado, pues iban transcurriendo los días y las noches sin que nadie se presentara; y cuando alguien lo hacía, era sólo para depositar grandes cajas en el rincón. El árbol quedó completamente ocultado; ¿era posible que se hubieran olvidado de él?
«Ahora es invierno allá fuera –pensó–. La tierra está dura y cubierta de nieve; los hombres no pueden plantarme; por eso me guardarán aquí, seguramente hasta la primavera. ¡Qué considerados son, y qué buenos! ¡Lástima que sea esto tan oscuro y tan solitario! No se ve ni un mísero lebrato. Bien considerado, el bosque tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por el manto de nieve; pero entonces yo no podía soportarlo. ¡Esta soledad de ahora sí que es terrible!».
«Pip, pip», murmuró un ratoncillo, asomando quedamente, seguido a poco de otro; y, husmeando el abeto, se ocultaron entre sus ramas.
–¡Hace un frío de espanto! –dijeron–. Pero aquí se está bien. ¿Verdad, viejo abeto?
–¡Yo no soy viejo! –protestó el árbol–. Hay otros que son mucho más viejos que yo.
–¿De dónde vienes? ¿Y qué sabes? –preguntaron los ratoncillos. Eran terriblemente curiosos–. Háblanos del más bello lugar de la Tierra. ¿Has estado en él? ¿Has estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y jamones colgando del techo, donde se baila a la luz de la vela y donde uno entra flaco y sale gordo?
–No lo conozco –respondió el árbol–; pero, en cambio, conozco el bosque, donde brilla el sol y cantan los pájaros–. Y les contó toda su infancia; y los ratoncillos, que jamás oyeran semejantes maravillas, lo escucharon y luego exclamaron:
–¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido!
–¿Yo? –replicó el árbol; y se puso a reflexionar sobre lo que acababa de contarles–. Sí; en el fondo, aquéllos fueron tiempos dichosos.
Pero a continuación les relató la Nochebuena, cuando lo habían adornado con dulces y velillas.
–¡Oh! –repitieron los ratones–, ¡y qué feliz has sido, viejo abeto!
–¡Digo que no soy viejo! –repitió el árbol–. Hasta este invierno no he salido del bosque. Estoy en lo mejor de la edad, sólo que he dado un gran estirón.
–¡Y qué bien sabes contar! –prosiguieron los ratoncillos; y a la noche siguiente volvieron con otros cuatro, para que oyesen también al árbol; y éste, cuanto más contaba, más se acordaba de todo y pensaba: «La verdad es que eran tiempos agradables aquéllos. Pero tal vez volverán, tal vez volverán. Klumpe–Dumpe se cayó por las escaleras y, no obstante, obtuvo a la princesa; quizás yo también consiga una». Y, de repente, el abeto se acordó de un abedul lindo y pequeñín de su bosque; para él era una auténtica y bella princesa.
–¿Quién es Klumpe–Dumpe? –preguntaron los ratoncillos. Entonces el abeto les narró toda la historia, sin dejarse una sola palabra; y los animales, de puro gozo, sentían ganas de trepar hasta la cima del árbol. La noche siguiente acudieron en mayor número aún, y el domingo se presentaron incluso dos ratas; pero a éstas el cuento no les pareció interesante, lo cual entristeció a los ratoncillos, que desde aquel momento lo tuvieron también en menos.
–¿Y no sabe usted más que un cuento? –inquirieron las ratas.
–Sólo sé éste –respondió el árbol–. Lo oí en la noche más feliz de mi vida; pero entonces no me daba cuenta de mi felicidad.
–Pero si es una historia la mar de aburrida. ¿No sabe ninguna de tocino y de velas de sebo? ¿Ninguna de despensas?
–No –confesó el árbol.
–Entonces, muchas gracias –replicaron las ratas, y se marcharon a reunirse con sus congéneres.
Al fin, los ratoncillos dejaron también de acudir, y el abeto suspiró: «¡Tan agradable como era tener aquí a esos traviesos ratoncillos, escuchando mis relatos! Ahora no tengo ni eso. Cuando salga de aquí, me resarciré del tiempo perdido».
Pero ¿iba a salir realmente? Pues sí; una buena mañana se presentaron unos hombres y comenzaron a rebuscar por el desván. Apartaron las cajas y sacaron el árbol al exterior. Cierto que lo tiraron al suelo sin muchos miramientos, pero un criado lo arrastró hacia la escalera, donde brillaba la luz del día.
«¡La vida empieza de nuevo!», pensó el árbol, sintiendo en el cuerpo el contacto del aire fresco y de los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo sucedía muy rápidamente; el abeto se olvidó de sí mismo: ¡había tanto que ver a su alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, que era una ascua de flores; las rosas colgaban, frescas o fragantes, por encima de la diminuta verja; estaban en flor los tilos, y las golondrinas chillaban, volando: «¡Quirrevirrevit, ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al abeto.
«¡Ahora a vivir!», pensó éste alborozado, y extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas y amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos. La estrella de oropel seguía aún en su cúspide, y relucía a la luz del sol.
En el patio jugaban algunos de aquellos alegres muchachuelos que por Nochebuena estuvieron bailando en torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella dorada.
–¡Miren lo que hay todavía en este abeto, tan feo y viejo! –exclamó, subiéndose por las ramas y haciéndolas crujir bajo sus botas.
El árbol, al contemplar aquella magnificencia de flores y aquella lozanía del jardín y compararlas con su propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncillos que tan a gusto habían escuchado el cuento de Klumpe–Dumpe.
«¡Todo pasó, todo pasó! –dijo el pobre abeto–. ¿Por qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha terminado».
Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol a pedazos, formando con ellos un montón de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y pensaba en la Nochebuena y en KlumpeDumpe, el único cuento que oyera en su vida y que había aprendido a contar.
Y así hasta que estuvo del todo consumido.
Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el cuento: ¡adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos.

Cuento navideño de Francis Bret Hart: Navidad en la familia de Dick Splinder



La Navidad es triste para los pobres (relato de John Cheever)


martes, 26 de noviembre de 2019

Cuento navideño de Francis Bret Hart: Navidad en la familia de Dick Splinder

Escritor Francis Bret Harte


Navidad en la familia de Dick Splinder, un cuento de Francis Bret Harte

Reinó la sorpresa y, en ciertos casos, el desencanto, en Rough and Ready, cuando se supo que Dick Spindler se disponía a celebrar una fiesta de Navidad “familiar” en su propia casa. Del hombre que acababa de hallar un magnífico filón en su mina bien se esperaba que aprovecharía su primera oportunidad para celebrar su buena fortuna, pero que la fiesta asumiría contornos tradicionales, anticuados y respetables no era lo que esperaban en Rough and Ready, donde se creyó que era un tanto presumido. No había media docena de familias en Rough and Ready; jamás nadie supo antes que Spindler tenía parientes y esta llegada de forasteros al poblado parecía indicar, por lo menos, una carencia de espíritu público. Sugirió uno de sus críticos:
 —Bien podría haber brindado a los muchachos —que habían trabajado junto a él en las zanjas durante el día y difundían mentiras con él alrededor del fogón durante la noche— una mesa abundante con qué hartarse y guardar las sobras para la vieja banda de los Spindler, como lo hacen otras familias. Cuando el viejo Scudder celebró la construcción de su casa, el año pasado, su familia vivió durante una semana de lo que quedaba del festín, después que los muchachos hubieron bailado y consumido todo lo mejor esa noche —y los Scudder ni siquiera eran extraños.
Era evidente, también, que prevalecía una sensación de inquietud hacia la actitud de Spindler, que denotaba una profana inclinación por la minoría de lo selecto y respetable, a la vez que un alejamiento, sin la excusa del matrimonio, de la mayoría de los solteros joviales e independientes de Rough and Ready.
—Si estuviera detrás de una chica e hiciera proyectos, lo entendería —afirmaba otro crítico.
 —No estés tan seguro de que no lo está —dijo el Tío Jim Starbuck, seriamente.
 —Verás que, en el fondo de esta reunión “familiar”, hay alguna de estas mujeres, hechas sólo para esto y para crear dificultades.
Este sombrío vaticinio entrañaba cierta verdad, pero no de la índole que el misógino suponía. En efecto, Spindler había visitado hacía algunas noches la casa del reverendo señor Saltover. Como la señora de Saltover sufría en estos momentos una de sus “tremendas jaquecas”, lo transfirió a la cortesía de su hermana viuda, la señora Huldy Price, quien le prodigó de buen grado la atención práctica y crítica que compartió con la media que estaba zurciendo. Era una mujer de treinta y cinco años, de singular vigor e inteligencia práctica, que cierta vez había traído subrepticiamente a su casa a su esposo herido en una refriega en la frontera, y con apacible serenidad sirvió café para sus burlados perseguidores, mientras su cónyuge yacía escondido, a buen recaudo, en el desván; caminó cuatro millas en busca de la asistencia médica que llegó demasiado tarde para salvarlo, y lo enterró secretamente en su propio solar, con un solo testigo, salvando así su posición y propiedad en aquella comunidad alocada, que creía que se había escapado. Muy poco de esta ímproba experiencia podía advertirse ahora en sus turgentes mejillas morenas, en sus serenos ojos negros, tras las zarzas de sus tiesas pestañas, en su figura regordeta o en su risa franca y audaz, que surgió con la tenue intensidad de una sonrisa, cuando dio la bienvenida al señor Spindler.
—No lo había visto desde “hacía siglos”, pero imaginaba que estaría muy ocupado arreglando la nueva casa.
—Bueno... sí —dijo Spindler, con un leve titubeo—, estoy pensando en efectuar una especie de reunión de Navidad con mis... —estaba por decir “amigos” pero lo cambió por “parientes” y finalmente se decidió por “familiares”, por ser más correcto en la casa de un predicador.
La señora de Price pensó que eso era muy buena idea. Navidad era la época más razonable para reunir a la familia y “ver quién está aquí y quién está allá, quién se está poniendo viejo y quién no y quién está muerto y enterrado. Dichosos aquellos que podían disfrutar de la posición que les permitía hacerlo y ser felices”. La invencible filosofía de la viuda quizá la llevaba más allá de cualquier recuerdo peligroso de la solitaria tumba de Kansas y, sosteniendo a la luz su labor de calceta, dirigió una fugaz y alegre mirada al turbado rostro del señor Spindler, quien estaba al lado del hogar.
—Bueno, no puedo decir mucho sobre eso —contestó Spindler, todavía incómodo—, pues, como ve, no estoy muy versado en esas cosas.
—¿Cuánto hace que los vio? —preguntó la señora Price, aparentemente dirigiéndose a la media. Spindler se rio débilmente.
—Bueno, ya que hablamos de eso... ¡nunca los he visto!
La señora Price puso la media sobre la falda y abrió sus ojos francos ante Spindler.
—¿Nunca los vio? —repitió—. Entonces, ¿no son parientes cercanos?
—Hay tres primos —dijo Spindler, contándolos con los dedos—, un medio tío, una especie de cuñado, eso es, el hermano del segundo esposo de mi cuñada, y un sobrino. Eso hace seis.
—Pero si no los ha visto supongo que le han escrito —insinuó la señora Price.
—Casi todos me han escrito pidiéndome dinero, viendo mi nombre en los diarios, porque había encontrado un valioso filón —replicó Spindler, con parquedad—, y solo sé sus direcciones.
—¡Oh! —exclamó la señora Price, volviendo a su media.
Algo en el tono de su exclamación aumentó el embarazo de Spindler, pero también tuvo la virtud de exasperarlo.
—Usted ve, señora Price —dijo abruptamente—, tendría que decirle que, según presumo, se trata de esos amigos que “no han progresado”, y me parece que lo más correcto que puedo hacer, porque “he progresado”, es darles una especie de fiesta de Navidad. Algo semejante a lo que su cuñado estaba diciendo el último domingo en el pulpito, sobre la paz y la buena voluntad entre los hombres.
La señora Price miró nuevamente a su interlocutor, cuyo rostro perplejo y amarillento delataba cierta duda, aunque también una suerte de determinación, con respecto a las perspectivas que le deparaba lo dicho.
—Una muy buena idea, señor Spindler, y que, además, lo honra —dijo gravemente.
—Estoy muy contento de oírselo decir, señora Price —repuso con un acento de gran alivio—, pues pensaba pedirle un gran favor. Usted ve —cayó en su titubeo de antes—, eso es... lo que pasa es... esta clase de cosas me es más bien extraña, fuera de mi dominio... y le iba a preguntar si tendría algún inconveniente en ocuparse de todo este asunto y dirigirlo por mí.
—¿Dirigirlo por usted? —dijo la señora Price, con una rápida mirada por debajo del borde de sus pestañas. ¡Hombre de Dios! ¿En qué está pensando?
—Ocuparse de todo el trabajo por mí —se apresuró a decir Spindler, con nerviosa desesperación—. Arreglar todo y prepararlo para lo demás... pedir todo lo que necesita y arreglar los dormitorios... yo puedo salir del paso mientras usted lo hace... después ayudarme a recibir a los invitados y sentarse a la cabecera de la mesa... como si fuera la dueña.
—Pero —objetó la señora Price, con una risa franca—, esa es la obligación de uno de sus parientes... su sobrina, por ejemplo... o prima, si una de ellas es mujer.
—Como le dije —insistió Spindler—, me son extraños; no los conozco, pero a usted sí. Facilitaría las cosas para ellos... y para mí. Los presentaría.... Una mujer de su experiencia allanaría todas esas nimias dificultades —continuó Spindler, con un vago recuerdo de la historia de Kansas —y pondría a todos sobre terciopelo. ¡No diga “No”, señora Price! Estoy contando con usted.
La sinceridad e insistencia de un hombre pueden ir muy lejos hasta con la mejor de las mujeres. La señora Price, que al principio había recibido el pedido de Spindler con divertida originalidad, empezaba ahora a sentir una secreta inclinación hacia el mismo. Y, por supuesto, empezó a señalar objeciones.
—Me temo que no va a servir —dijo pensativamente, cayendo en la cuenta de que sí podría prestar su colaboración, con eficiencia—, usted ve, prometí pasar la Navidad en Sacramento con mis sobrinas de Baltimore. Y después hay que consultar al señor Saltover y a mi hermana.
Pero aquí, en el rostro del señor Spindler, se hizo evidente una desazón tan grande, que la viuda declaró que “lo pensaría”, reacción ésta que el señor Spindler pareció considerar casi tan semejante a “hablar del asunto nuevamente” que la señora Price empezó a creerlo ella misma cuando él se marchó lleno de esperanzas.
Lo “pensó” lo suficiente para ir a Sacramento y excusarse ante sus sobrinas. Pero allí se permitió “hablar del asunto”, para infinito deleite de aquellas muchachas de Baltimore, que calificaban esta extravagancia de Spindler como “californiana y excéntrica”. De tal suerte, no fue raro que las noticias volvieran, a su debido tiempo, a Rough and Ready y sus viejos compañeros supieran por primera vez que él nunca había visto a sus parientes y que serían doblemente extraños. Esto no acrecentó su popularidad, ni tampoco deploró tener que expresar la noticia de que sus parientes tal vez eran pobres y que el reverendo señor Saltover había aprobado su proceder y comparado con el festín del poderoso, al cual se invitaba a lisiados y a ciegos. En realidad, la alusión suponía agregar hipocresía y un toque de popularidad a la defección de Spindler, pues se discutía que él podría haber agasajado al “Ojizarco Joe” o el “Patituerto Billy” —que una vez había sido “mascado” por un oso, mientras exploraba una veta aurífera— si hubiera sido sincero. Sea como fuere, Spindler hizo caso omiso de estas críticas, en su alegría por el apoyo que el señor Saltover daba a sus planes y la aceptación de la señora Price para actuar como ama de casa. En efecto, le propuso que las invitaciones aludieran también a esta circunstancia feliz, diciendo “por gentil asentimiento del reverendo señor Saltover”, con garantía de su buena voluntad, pero la viuda no quiso saber nada de eso. Las invitaciones fueron debidamente escritas y despachadas.
—Suponga —sugirió Spindler, con súbita y lóbrega aprensión—, suponga que no vienen.
—No tema usted —replicó la señora Price riendo.
—¿Y si están muertos? —continuó Spindler.
—No pueden estar todos muertos —dijo la viuda, jovialmente.
—Le escribí a otro primo político —dijo Spindler, dudosamente—, en caso de accidente, no pensé en él antes porque era rico.
—¿Y nunca lo ha visto tampoco, señor Spindler? —preguntó la viuda, con un leve tono sarcástico.
—¡Por Dios! ¡No! —respondió.
La señora Price cometió solo un error en sus preparativos para la fiesta. Había notado lo que el cándido Spindler nunca hubiera imaginado —el sentimiento que le tenían sus viejos amigos— y había sugerido, con mucho tacto, que se les tendría que enviar una invitación general para la noche.
—Puede haber refrescos también, después de la comida, juegos y música.
—Pero —dijo el sencillo anfitrión— ¿no pensarán los muchachos que les estoy jugando una mala pasada, por así decirlo, dándoles un segundo turno, como si fueran los restos después de un ataque?
—Tonterías —dijo la señora Price con decisión—. Está muy de moda en San Francisco y es lo que se debe hacer.
Ante esta decisión, Spindler, con la ciega fe que tenía en la administración de la viuda, se rindió débilmente. Un anuncio en el periódico Weekly Banner dando cuenta de que “la noche de Navidad don Ricardo Spindler se propone agasajar a sus amigos y conciudadanos en una fiesta familiar, en su propia residencia”, no sólo acrecentó la brecha entre él y sus “muchachos”, sino que despertó un profundo resentimiento, que sólo esperaba una salida. Se tenía entendido que todos asistirían, pero que iban a divertirse “con la velada” en forma que podría no coincidir con el sentido de humor de Spindler o el de sus parientes, parecía una conclusión decidida de antemano.
 Por desgracia también, ulteriores acontecimientos favorecieron la materialización de esta ironía. Algunas mañanas después de haber sido enviadas las invitaciones, Spindler, en una de sus conferencias diarias con la señora Price, sacó un diario de su bolsillo.
—Parece —dijo, mirándola con incómoda gravedad— que tendremos que sacar uno de esos nombres de la lista, Sam Spindler, y calcular que vienen sólo seis parientes.
—Ah —dijo la señora Price, con interés—, entonces, ¿ha tenido usted una respuesta en la que declinaba la invitación?
—No exactamente eso —dijo Spindler, con lentitud—, pero, por los comentarios de este diario, fue colgado la semana pasada por el Comité de Vigilancia de Yolo.
La señora Price abrió los ojos ante el rostro de Spindler, mientras le sacaba el diario de la mano.
—Pero —dijo rápidamente—, esto puede ser un error, ¡algún otro Spindler! ¡Si usted dice que nunca los ha visto!
—Creo que no es un error —dijo Spindler con sumisa gravedad—, pues el Comité devolvió mi invitación con el gentil y despectivo comentario de que lo “mandaron donde no acostumbran celebrar la Navidad”.
La señora Price emitió un sonido entrecortado, pero una mirada a los ojos serenos, meditativos e inquisitivos de Spindler le devolvió su coraje de antes.
—Bueno —dijo alegremente—, quizá haya sido mejor que no viniera.
—¿Está segura de eso, señora Price? —inquirió Spindler, con un gesto de leve preocupación—. Ahora me parece que era uno de los que podían haber sido invitados a la fiesta y así arrancado como una tea de la zarza ardiente, como dicen las Escrituras. Pero usted sabe más sobre esto.
—Señor Spindler —preguntó la señora Price repentinamente, con un leve destello en sus ojos negros—, ¿son sus... son los otros, como éste? ¿O esto... —aquí sus ojos recobraron su natural dulzura y volvió a reír, aunque de un modo ligeramente histérico— puede volver a suceder?
—Creo que estamos bastante seguros de tener seis para comer —replicó Spindler, ignorando la pregunta. Luego, como si notara algún otro significado en sus palabras, agregó con vehemencia—: Pero usted no me abandonará, señora Price, si las cosas no salen exactamente como yo pensé, ¿verdad? Como ve, yo nunca conocí en realidad a estos parientes.
La sinceridad de su intención era tan obvia y, sobre todo, parecía tener una confianza tan patética en su opinión, que ella titubeó en hacerle saber el efecto que su revelación le había causado. ¿Y cómo serían sus otros parientes? ¡Buen Dios! Sin embargo, por raro que fuese, ella se sentía tan impresionada por él y tan fascinada por su auténtico quijotismo, que tal vez, en virtud de estas complejas razones, repuso un poco duramente:
—Según veo, uno de estos primos es una dama, y luego está su sobrina. ¿Sabe algo con respecto a ellas, señor Spindler?
Su semblante se ensombreció.
—No más de lo que sé de los demás —dijo, como si se disculpara. Después de un momento de vacilación prosiguió—: Ahora que usted habla de eso, me parece haber oído decir que mi sobrina es divorciada. Pero —agregó animándose— también que era muy simpática.
La señora Price se rió parcamente y guardó silencio por algunos minutos. Después, aquella sublime mujercita lo miró. Lo que él pudo haber visto en sus ojos era más de lo que esperaba o, me temo, merecía.
—Ánimo, señor Spindler —dijo con aire varonil—. Yo estaré con usted hasta el final de esto, ¡no se preocupe! Pero no diga nada sobre... sobre ... esto del Comité de Vigilancia, a nadie. Ni sobre su sobrina... era su sobrina, ¿no?... la divorciada. Charley (el difunto señor Price) tenía una hermana un poco rara, que... ¡pero eso no tiene nada que ver! Y su sobrina quizá no venga; y, si viene, no tiene por qué presentarla a toda la concurrencia.
Cuando se despidieron. Spindler, por mero agradecimiento, le dio un efusivo apretón de manos y se demoró tanto tiempo en hacerlo que las oscuras mejillas de la viuda se sonrojaron. Un renovado vigor penetró quizá en su corazón, pues, al día siguiente, fue a Sacramento, no sin antes ordenar a Spindler que, de ninguna manera, mostrara cualquier contestación que pudiera recibir. En Sacramento, sus sobrinas volaron hacia ella con una profusión de confidencias.
—¡Queríamos tanto verte, tía Huldy, pues hemos oído algo maravilloso de tu rara fiesta de Navidad! —el corazón de la señora Price dio un vuelco, pero sus ojos se cerraron y abrieron rápidamente.
—¡Imagínatelo! Uno de los parientes perdidos del señor Spindler... un tal señor Wragg... vive en este hotel y papá lo conoce. Es una especie de medio tío, creo, y está furioso porque Spindler lo invitó. Le mostró la carta a papá; dijo que era la insolencia más grande del mundo; que Spindler era un idiota ostentoso, que había hecho un poco de dinero y que quería usarlo para entrar en la sociedad; y lo más gracioso de todo el asunto es que este medio tío y bruto entero es un advenedizo... un vulgar individuo petulante, un...
—No importa lo que sea, Kate —interrumpió la señora Price, apresuradamente—. Yo digo que su conducta es una vergüenza.
—Nosotros también —respondieron las dos chicas, vehementemente. Después de una pausa, Kate se asió las rodillas con los dedos unidos, y balanceándose hacia atrás y hacia adelante, dijo—: Milly y yo tenemos una idea, y no digas que “No”. La hemos tenido desde que ese bruto habló de esa manera. Ahora, por él sabemos más de las vinculaciones familiares de este señor Spindler que tú; y sabemos cuántas molestias tendrás que compartir con él para organizar esta fiesta. ¿Entiendes? Bueno, primeramente, queremos saber cómo es Spindler. ¿Es un salvaje?, ¿tiene barba como los mineros que vimos en el barco?
La señora Price dijo que, al contrario, era muy suave, tenía voz dulce y era más bien buen mozo.
—¿Joven o viejo?
—Joven, en realidad no es más que un muchacho, como pueden juzgar por sus acciones —replicó la señora Price, con un sugestivo aire de matrona.
Kate se llevó los impertinentes a sus hermosos ojos grises, se los puso aparatosamente sobre su nariz aguileña, y luego dijo, con una voz que fingía disgusto:
—Tía Huldy... ¡esta revelación es espantosa!
La señora Price irrumpió con esa risa franca que le era habitual, aunque su oscura mejilla se coloreó con un leve matiz bermejo.
—Si esa es la maravillosa idea que ustedes tienen, no veo la ayuda —dijo secamente.
—¡No, eso no es! Tenemos, en efecto, una idea. Ahora mira.
La señora Price “miró”. Para el observador superficial este procedimiento parecía consistir meramente en someter su cintura y hombros a los brazos de sus sobrinas, y sus oídos a las voces confidenciales y convincentes de las jóvenes.
Dos veces dijo “ni pensarlo” y “es imposible”; una vez la llamó a Kate “¡traviesa!” y finalmente dijo que “no prometería, pero que quizá escribiría”.
Faltaban dos días para Navidad. Nada en el aire, cielo o paisaje de la ladera serrana delataban la época para el forastero del Este. Una fina lluvia había estado cayendo durante una semana sobre los pinos, laureles y castaños de la India, las briznas de malezas que comenzaban a brotar y las flores que abrían tímidamente sus capullos. Los serios y apacibles flancos de las colinas que habían quedado desoladas y resecas hacia el final de la sequía, cobraron vida una vez más; las silenciosas y olvidadas castañas dejaban oír el delicado susurro de los saltos y el flujo rápido del agua por riachos polvorientos mientras los ríos mayores entonaban su canto por los lechos pedregosos. Vientos del sudoeste traían el tibio perfume de la savia de los pinos esparciéndose en los bosques, o la débil y lejana fragancia de la mostacilla silvestre que medraba en los valles bajos. Pero, cual si fuese una ironía de la naturaleza, esta suave incursión de primavera en el bosque agreste sólo traía conmoción y pesares para el hombre y los sitios donde realizaba su labor. Las zanjas se desbordaban, los vados de la cañada se tornaban intransitables, las compuertas estaban sueltas y en los senderos y caminos de carretas de Rough and Ready el lodo llegaba a las rodillas. La diligencia de Sacramento que entrara al campamento por un camino de montaña traía las ruedas y las tablas atascadas y cubiertas con un pigmento viscoso, como si hubiese sido una mezcla de lodo y sangre, que desapareció cuando el vehículo vadeó el torrentoso y peligroso riacho, emergiendo luego con inmaculada pureza, dejando atrás, en Rough and Ready, el sucio barro que la cubría. Una obligada semana de ociosidad en el río “Bar” había llevado a los mineros a gozar de un solaz más acogedor en la taberna, con sus espejos, sus pinturas floridas, sus sillones y su estufa. El vaho de las botas mojadas y el humo de las pipas flotaba sobre esta última como el incienso del sacrificio en un altar, pero la actitud de los hombres era más crítica y severa que satisfecha y poco exteriorizaba de la dulzura del tiempo o de la época.
—¿Has oído si la diligencia ha traído más parientes de Spindler?
El cantinero, a quien se dirigía la pregunta de esta manera, se movió de su cómoda posición contra el mostrador y contestó:
—Por lo que yo sé, no creo.
—Y ese borrachín de primo segundo... ese pico rojo... que llegó ayer, ¿no ha estado rondando por aquí en busca de su veneno?
No —dijo el cantinero, pensativo—, me imagino que Spindler lo tendrá encerrado; está resuelto a mantenerlo sobrio hasta después de Navidad y evitar que ustedes lo molesten.
—Va a estar delirando antes de eso —replicó el primero que habló—, ¿y qué hay de ese fatigado medio sobrino que le pidió prestado veinte dólares a Yuba Bill en el camino y cuando quiso bajarse en Shootersville, Bill no lo dejó y lo llevó a casa de Spindler, cobrando del propio Spindler el dinero, antes de dejarlo ir?
—Está allá con el resto de la “fauna” —respondió el cantinero— pero me imagino que la señora Price les habrá dado de comer. Tú conoces a la vieja... esa otra prima política... a quien Joe Chandler jura que recuerda como una vieja cocinera de un restaurante chino de Stockton... apostaría cualquier cosa a que la señora Price la ha adornado con alguna de sus elegantes ropas antiguas, para hacerla parecer decente.
El Tío Jim Starbuck prorrumpió un profundo quejido y expresó:
—¿No les dije? —y volviéndose en tono suplicante a los otros, agregó—: ¡Es esa maldita viuda que está atrás de todo! Primero convenció a Spindler para efectuar la fiesta y ahora estoy seguro de que va a arreglar a esos pelagatos y prevenirlos para que nosotros no nos podamos divertir a costa de ellos. Y como la persona que está manejando todo es una mujer y no Spindler, tenemos que planear las cosas muy bien y no ser muy bruscos, no sea que alguno de los muchachos patalee...
—¡Ya lo creo! —exclamó una voz áspera pero decidida, de entre el grupo.
—Y —dijo otra voz— no por nada la señora Price vivió en el “Sangriento Kansas”.
—¿Qué programa has decidido, Tío Jim? —preguntó el cantinero ligeramente, para frenar lo que parecía presagiar una discusión peligrosa.
—Bueno —dijo Starbuck—, calculamos reunimos temprano la noche de Navidad en Hooper's Hollow, y adornarnos a la moda india; luego iremos a casa de Spindler con antorchas de pinotea para realizar una “danza de antorchas” alrededor de la casa; los que bailen y griten afuera entrarán por turno para tomar refrescos. Jake Cooledge, de Boston, dice que si alguien llegara a objetar, sólo tenemos que decir que somos “Máscaras de los Tiempos Viejos”, ¿enterados? Más tarde se oirá la canción “Esas Campanas Vespertinas de los Sábados”, ejecutada por la banda con los peroles de cateo. Después, al final, Jake Cooledge pronunciará uno de esos discursos sarcásticos, como dando la bienvenida a la familia de Spindler a la “Inauguración del Reformatorio y Casa de Pobres de Spindler”. Hizo una pausa, posiblemente a la espera de esa aprobación que, sin embargo, no pareció llegar espontáneamente—. No es mucho —agregó en tono de disculpa—, pues nos molestarán las mujeres, pero agregaremos números al programa, a medida que veamos cómo salen las cosas. Ya saben, por lo que hemos oído, todavía no están a mano todos los parientes de Spindler. Tenemos que esperar, como en los tiempos de elecciones, las cifras de los distritos lejanos. Pero... ¿qué es eso?
Era el tumulto de cascos de caballos, sobre el agua y el barro y el ruido de latigazos en el camino, frente a la puerta: ¡la diligencia de Sacramento! En un instante, todos los hombres estuvieron a la expectativa y Starbuck salió como una saeta, para detenerse en la plataforma. Hubo las usuales bienvenidas, el consabido bullicio, el apresurado ingreso a la cantina de los pasajeros sedientos y una pausa. El Tío Jim retornó, excitado y jadeante.
—¡Miren, muchachos, si esto no es lo más rico que hay! Dicen que hay dos parientes más de Spindler en la diligencia, que han venido como carga especial, consignada... ¿oyen? —consignada... ¡a Spindler!
—¿Rígidos, en ataúdes? —sugirió una voz ansiosa.
—No he podido escuchar más. Pero aquí están.
Se produjo la brusca irrupción de un grupo curioso que entró al bar riendo, conducido por Yuba Bill, el cochero. Después, el grupo se disolvió, apareciendo dos niños, un varoncito y una nena que se tenían de la mano; el mayor no representaba más de seis años. Estaban vestidos rústicamente, pero aseados, con una especie de sincronizada actitud, que sugería la formalidad de los orfelinatos filantrópicos. Lo más conspicuo de todo era una cadenita de metal, que traían alrededor del cuello, de la cual colgaban el pasaje común y las etiquetas de la poderosa empresa “Express, Wells, Fargo y Cía.” con la leyenda: “A Ricardo Spindler. Frágil. Con gran cuidado. Cobrar cuando se entrega”. Los niños levantaban de a ratos sus manecillas y tocaban las etiquetas, como para mostrarlas. Examinaron el grupo, el piso, el bar, de color dorado, y a Yuba Bill, sin temor y sin perplejidad. La manera de mirar sugería que estaban habituados a esta observación.
—Ahora, Bobby —dijo Yuba Bill, reclinándose contra el bar, con un aire medio paternal, medio directivo—, di a estos caballeros cómo has venido hasta aquí.
—Por el exprezo Fargo —respondió el niño, ceceando.
—¿De dónde?
—Red Hill, Oregon —fue la respuesta.
—¿Red Hill, Oregon? Eso está a mil millas de aquí —dijo uno de los presentes.
—Me imagino —insinuó Yuba Bill fríamente— que vinieron por diligencia hasta Portland, por barco hasta San Francisco, por barco nuevamente hasta Stockton y luego por diligencia por toda la línea. Todo por la Compañía “Express Wells y Fargo”, de agente a agente, de mensajero a mensajero. No han sido tocados ni dirigidos por nadie, sino por los agentes de la compañía; todo cuanto tuvieron como dirección son esos pasajes alrededor de sus cuellos. Y no necesitaban nada más. He llevado montones de tesoros, en otras oportunidades, caballeros y, una vez, cien mil dólares en billetes verdes, pero, ¡nunca llevé nada que fuera tan vigilado y custodiado como estos niños! El inspector de división de Stockton quería ir con ellos por la línea, pero Jim Bracy, el mensajero, dijo que lo tomaría como un reproche a su persona y renunciaría, si no se los confiaban a él, junto con los otros equipajes. Te divertiste bastante, Bobby, ¿no? Bastante para comer y tomar, ¿eh?
Los dos niños rieron suavemente, volviéronse un tanto esquivos, y luego, mirando tímidamente a Yuba Bill, dijeron:
Zi.
—¿Saben a dónde van? —preguntó Starbuck, con voz forzada.
La pequeña contestó rápida y vehementemente:
—Zí, a Nabidá y Zanta Clauz.
—¿A qué? —preguntó Starbuck
 Quien interrumpió ahora fue el niño, con aire de suficiencia:
—Ella quiere dezir el primo Dick. Él tiene Nabidá.
—¿Dónde está tu mamá?
—Muerta.
 —¿Y tu papá?
—En el hospital.
 Oyóse una risotada que venía de los más alejados, hacia cuya dirección todos miraron con disgusto, pero la risa se había acallado. Sin embargo, Yuba Bill levantó la voz desde atrás.
—Sí, ¡en el hospital! Gracioso, ¿no?... ¡un lugar divertido! Que lo pruebe, quien se rio, y en menos de cinco minutos, por Satanás que lo dejo en condiciones de ser admitido, sin que le cobren un solo centavo. —Se calló, dirigió una mirada rápida de ira a su alrededor, y luego, apoyándose contra el mostrador, hizo señas a alguien que estaba cerca de la puerta y le dijo con un tono de visible disgusto—: Tú, cuéntales a estos gaznápiros cómo pasó, Bracy. ¡Me enferman!
Bracy, el mensajero del expreso, se adelantó hacia el lugar donde se hallaba Yuba Bill y respondió al requerimiento.
—No es nada extraordinario, señores —comenzó sonriendo—, sólo que parece que un hombre llamado Spindler, que vive por aquí, mandó una invitación al padre de estos niños, para que enviara a su familia a una fiesta de Navidad. Fue una acción bastante bondadosa de Spindler, considerando que eran parientes pobres que él nunca había conocido, ¿verdad?
Hizo una pausa; algunos de los presentes interrumpieron el silencio no con palabras, sino aclarando la carraspera de sus gargantas.
Por lo menos —reanudó Bracy—, eso es lo que pensaron los muchachos de Red Hill, Oregon, cuando se enteraron. Como el padre se había roto una pierna y estaba internado en el hospital y la madre había fallecido hacía pocas semanas los muchachos pensaron que sería duro que los pobres niños perdieran la fiesta, sólo porque no había nadie que los trajera. Como ellos no podían acompañarlos, reunieron un poco de dinero y se les ocurrió mandarlos por diligencia. Nuestro representante en Red Hill compartió en seguida el entusiasmo de los muchachos; no quiso aceptar dinero por adelantado y dijo que los mandaría por encomienda, como cualquier otro paquete. Y lo hizo ¡y aquí están! Y eso es todo, señores; y ahora tengo que entregarlos a este Spindler, obtener su recibo y sacarles las etiquetas. Ahora tenemos que irnos; vamos, Bill, ayúdame a llevarlos.
 —Esperen —exclamó al unísono una docena de voces, mientras una docena de manos hurgaban una docena de bolsillos; lamento decir que algunas manos salieron vacías, pues era una época difícil en Rough and Ready, pero el cochero se paró ante ellos y levantó una mano en señal de advertencia.
—Ni un centavo, muchachos... ¡ni un centavo! La “Compañía Express de Wells Fargo” no se compromete a llevar oro con niños, por lo menos en el mismo contrato —se rió y luego, mirando a su alrededor, dijo confidencialmente con voz queda, aunque pudo ser oída por los niños—: Hay hasta tres bolsas de monedas de plata en la diligencia que han llovido sobre los niños desde que empezaron el viaje y que han pasado de representante a representante, de mensajero a mensajero... ¡suficiente para pagar su viaje de aquí a la China! Es hora de decir basta. Podemos estar seguros do que no van a llegar pobres a esa fiesta de Navidad.
Levantó al niño, al mismo tiempo que Yuba Bill alzó a la pequeña sobre los hombros y ambos salieron. Luego, los parroquianos salieron uno por uno de la cantina, siguiéndolos silenciosa y torpemente, y cuando el cantinero terminó de guardar los vasos y se dio vuelta, vio asombrado que el salón estaba vacío.
La casa de Spindler o más bien la “Farolería de Spindler”, como gustaban llamarla en Rough and Ready, quedaba más arriba del campamento, en una ladera desmontada, que se vengaba, empero, no produciendo ni la vegetación suficiente para cubrir los pocos tocones que no podían arrancarse.
Un gran edificio de madera en el estilo seudoclásico, que se veía con frecuencia en el oeste, con una cúpula discordante, estaba rodeado por una baranda aún más inapropiada, sostenida por columnas dóricas, que ya estaban pintorescamente cubiertas de enredaderas en flor. El señor Spindler había encomendado el amueblamiento del interior al mismo contratista que había decorado la gran sala dorada del “Eureka Saloon”, y parecía que había usado exactamente el mismo diseño y material en ambos. Había espejos dorados por toda la casa y mesas de mármol, cupidos de yeso en todos los rincones y leones de estuco diseminados por doquier. Las habilidosas manos de la señora Price habían disimulado algunos de éstos con ramas de laurel y pino, impartiendo al ambiente un ligero toque navideño. Empero había dedicado la mayor parte de su tiempo a tratar de aplacar las excentricidades de los pintorescos parientes de Spindler, a tranquilizar a la señora “tía” Martha Spindler, la anciana cocinera ya aludida, proclive a considerar el deslumbrante esplendor de la casa, como indicio de peligrosa inmoralidad; a disuadir al “primo” Morley Hewlett que confundía el aparador del comedor con un bar para “refrescos intermitentes”, y a impedir que el sobrino mentecato, Phinney Spindler, “tirase” a las botellas, desde la baranda, usase la ropa de su tío o comprase en las tiendas, a cuenta de él, diversas mercaderías. Sin embargo, la inesperada llegada de los dos niños entrañó para ella gran alivio y solaz. Escribió en seguida a sus sobrinas un breve relato de su milagroso rescate. “Creo que estos pobres chicos nos cayeron del cielo para hacer posible nuestra fiesta de Navidad, sin hablar de la simpatía que conquistó Spindler en Rough and Ready. Los va a tener aquí el mayor tiempo posible y le escribirá a su padre. ¡Pensar que estos pobres chiquitines, han viajado mil millas a “Nabidá”, como dicen ellos!... aunque los mensajeros les prodigaron tantos y tan solícitos cuidados, que sus cuerpecitos fueron literalmente colmados, como si hubiesen sido codornices. Ya ven, queridas mías, vamos a poder arreglarnos sin “ventilar” la famosa idea de ustedes. Lo lamento, pues sé que se mueren de ganas por verlo todo”.
Cualquiera que hubiese sido la idea de Kate, lo cierto es que, en ese momento, la dirección de la señora Price no necesitaba ayuda de extraños. Llegó la Navidad y el episodio de la comida transcurrió sin serio detrimento, pero todavía tenía que llegar la horda de Rough and Ready. En efecto, la señora Price bien sabía que, aunque los “muchachos” se mostraban más moderados y en realidad propensos a simpatizar con los toscos esfuerzos del anfitrión, en el aspecto de los parientes de Spindler había mucho todavía que podía excitar su sentido de lo ridículo.
Pero la fortuna volvió a sonreír en la casa de Spindler con una dramática sorpresa, aún mayor que la llegada de los niños. Frente al cambio operado en Rough and Ready, los “muchachos” habían resuelto, como deferencia hacia las mujeres y los niños, omitir la primera parte de su “programa” y se presentaron a la casa sobria y tranquilamente, como invitados comunes. Pero, antes de haber tenido tiempo de estrechar la mano de los anfitriones y conocer a los parientes, se escuchó un ruido de ruedas frente a la puerta abierta, y las luces iluminaron un carruaje y una pareja —un carruaje privado— como nunca se había visto desde que el gobernador del Estado llegó para inaugurar una nueva zanja. Se produjo luego un silencio, viéndose el resplandor del farol del carruaje sobre seda blanca, el pisar suave de un pie de raso en la terraza y en el pasillo y una verdadera visión de belleza que hacía su entrada en el recinto. Los hombres de mediana edad y los antiguos residentes en ciudades recordaron su juventud, los más jóvenes evocaron a Cenicienta y a su Príncipe. Hubo un estremecimiento y un silencio mientras esta última invitada —una chica hermosa, radiante de juventud y adornos— se llevó un delicado binóculo a los brillantes ojos y avanzó con familiaridad, con una mano extendida, hacia Dick Spindler. La señora Price emitió un sonido entrecortado y se echó para atrás, estupefacta.
—Tío Dick —dijo una risueña voz de contralto, que remedaba algo la propia voz de la señora Price, por su desembozada franqueza—, estoy encantada de haber venido, aunque un poco tarde y deploro que el señor M'Kenna no haya podido también estar presente, por asuntos de trabajo.
Todos escucharon con ansiedad, pero nadie con mayor vehemencia y estupor que el mismo dueño de casa. ¡M'Kenna! ¡El primo rico que no había contestado a la invitación! ¡Y tío Dick! ¡Era ésta, entonces, su sobrina divorciada! Y, a pesar de su gran asombro recordó que, a la verdad, nadie sino él y la señora Price lo sabían... y esa dama miraba discretamente hacia otro lado.
 —Sí —continuó la media sobrina vivamente—, vine de Sacramento con unos amigos hasta Shootersville y desde allá vine hacia aquí, y aunque debo volver esta noche, no me podría privar del placer de venir, aunque sólo fuera por una hora o dos, para honrar la invitación de mi tío, a quien no he visto desde hace años —hizo una pausa y, levantando los lentes, volvió una mirada cortés e interrogante hacia la señora Price—. ¿Una de nuestras parientes? —preguntó con una sonrisa a Spindler.
—No —contesto éste un poco turbado— es una... ¡una amiga!
La media sobrina le tendió la mano que la señora Price tomó.
Pero la bella forastera... lo que dijo e hizo, fueron las únicas cosas recordadas en Rough and Ready en aquella ocasión festiva; nadie pensó en los otros parientes, nadie se acordó de ellos ni de sus excentricidades; el mismo Spindler fue olvidado. La gente sólo se acordaba de cómo la hermosa sobrina de Spindler prodigó sus sonrisas y atenciones a todos y puso a sus pies particularmente al misógino Starbuck y al sarcástico Cooledge, que olvidó su discurso anterior; cómo se sentó al piano y cantó como un ángel, enmudeciendo a los más bulliciosos y excitados, sumiéndolos en un silencio sentimental y emotivo; cómo, con la gracia de una ninfa, dirigió con el “tío Dick” una danza de Virginia, logrando que toda la concurrencia hiciera lo propio, ansiosos por sentir un fugaz y ligero roce de su mano delicada, en los cambios del baile; cómo, cuando habían transcurrido dos horas —tiempo asaz efímero para los invitados— todos estaban en la terraza, con las cabezas descubiertas y los ojos radiantes, para ver pasar el carruaje maravilloso, que se llevaba a la princesa de las hadas. Cómo... pero este incidente nunca se conoció en Rough and Ready.
Ocurrió en el sagrado cuarto de vestir, donde la señora Price, con sus propias manos, estaba colocándole la capa a la media sobrina del señor Spindler. Aprovechando esa oportunidad para tomar a la hermosa pariente por los hombros y sacudirla violentamente, le dijo:
—Oh, sí, y está todo muy bien para ti, Kate, pues te vas y nunca volverás a ver a Rough and Ready ni al pobre Spindler; pero, ¿qué voy a hacer yo, señorita? ¿Cómo he de arreglármelas? Pues sabes que, al menos, tengo que decirle que no eres su media sobrina.
—¿Tienes que decirle? —preguntó la joven.
—¿Tengo? —repitió la viuda impacientemente—. ¿Tengo? ¡Por supuesto que tengo! ¿En qué estás pensando?
—Estaba pensando, tiíta —dijo la muchacha con audacia—, por lo que he visto y oído esta noche, si no soy su media sobrina ahora, ¡sólo será una cuestión de tiempo!
—Entonces, es mejor que esperes. Buenas noches, querida.
Y, en realidad... resultó que tenía razón.

Francis Bret Harte




La Navidad es triste para los pobres (relato de John Cheever)