lunes, 20 de enero de 2014

El Diario Down

Francisco, a los veinte días de vida
Ya lo he dicho muchas veces: la propia vida es la que te pone en bandeja -te exige incluso, el menos en mi caso- los temas literarios. El nacimiento de mi primer hijo, Francisco, fue una alegría y un shock inesperado: nació con síndrome de Down. Es por ese motivo que cuando empecé a recuperarme de la noticia comencé a escribir un diario, EL DIARIO DOWN (o quizá debería decir que empecé a escribirlo para recuperarme de la noticia). 

En fin, solo quería deciros que en EL DIARIO DOWN podéis seguir, si os apetece dedicarle parte de vuestro tiempo libre, la evolución anímica de un padre de un niño con síndrome Down, un niño que pese a sus problemas de salud está haciendo muy felices a sus padres. 

domingo, 20 de octubre de 2013

Edita Nómada Cáceres

Edita ´Nómada Cáceres.
Os dejo el cartel y la nota informativa sobre Edita Nómada Cáceres, un encuentro literaria que va a tener lugar en Cáceres el 25 de noviembre de 2013. Los interesados en participar en estos actos pueden contactar con la organizadora del acto en Cáceres, María Carvajal.
La información está publicada en Aupex.

jueves, 17 de octubre de 2013

Los pies de barro de Bale

Gareth Balle. Fuente de la imagen

Dicen que a caballo regalado no le mires los dientes, pero Bale –aunque corre tanto como un solípedo– no es un caballo, y menos regalado. Teniendo en cuenta lo que costó, debería ser un jugador de amianto, indestructible, ajeno a las lesiones y a otras limitaciones que padecemos los ciudadanos de a pie. Pero ahora descubrimos que el Real Madrid se ha gastado cien millones de euros en fichar a un gigante con los pies de barro. Nunca antes un club había pagado tanto para que un dios caído viera los partidos desde el banquillo.

LOS PIES DE BARRO DE BALE

Francisco Rodríguez Criado

Poco sabía yo de Gareth Bale antes de que el Real Madrid decidiera convertirlo en el futbolista mejor pagado del mundo. Mi deseo de verlo jugar para comprobar el porqué de tanto dispendio se ha quedado por el momento en eso, en deseo. La velocidad galáctica de Bale ha sido frenada por las lesiones, y las informaciones que aseguran que sufre una hernia discal (los responsables médicos del club lo rebajan a una protrusión discal) no hacen sino aumentar las dudas.
Dicen que a caballo regalado no le mires los dientes, pero Bale –aunque corre tanto como un solípedo– no es un caballo, y menos regalado. Teniendo en cuenta lo que costó, debería ser un jugador de amianto, indestructible, ajeno a las lesiones y a otras limitaciones que padecemos los ciudadanos de a pie. Pero ahora descubrimos que el Real Madrid se ha gastado cien millones de euros en fichar a un gigante con los pies de barro.  Nunca antes un club había pagado tanto para que un dios caído viera los partidos desde el banquillo.  
Leo en la prensa que el jugador ha sufrido 27 lesiones desde que empezó su carrera y que se ha perdido 78 partidos oficiales. Con estos datos ya no sorprende que arrastre una cuasi hernia discal, lo que sorprende es que después de tantas bajas laborales haya podido convencer a Florentino Pérez de que merece la pena pagar por él más que por cualquier otro jugador del planeta.
Mientras tanto, Bale sonríe a la cámara tumbado en una camilla, parcheado con numerosos electrodos en el pecho. Mucho tendrá que demostrar este galés risueño para convencernos de que su fichaje no ha sido el mayor timo de la historia del siglo XXI. 

(Artículo publicado en El Periódico Extremadura el miércoles, 16 de octubre de 2013).

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lunes, 26 de agosto de 2013

Grandes Libros

Escritor Henry James. Fuente de la imagen

Mientras los más afortunados disfrutaban el verano, yo me he dedicado a trabajar, entre otras cosas, en un nuevo blog que hoy os presento, Grandes Libros. El título, tan alusivo, lo dice todo. Grandes Libros es un blog que difunde en reseñas breves algunas de las mejores obras de la Literatura Universal. Por el momento hay reseñas sobre libros de Dostoievski, Erich Fromm, Michael Gold, Marguerite Duras, Henry James, Oscar Wilde, Clarín, Virginia Woolf, Sigrid Undset, Lev Tolstói y Robert Louis Stevenson. 
Los textos llevan las firmas de Miguel Bravo Vadillo, José Sánchez Rincón y Francisco Rodríguez Criado. Mi pretensión es que en el futuro se vayan incorporando otros autores que quieran compartir sus impresiones con los lectores sobre grandes libros. 
Sin más preámbulos, os invito a visitar el blog de Grandes Libros (www.grandeslibros.es).

 

STEPANCHIKOVO Y SUS MORADORES, Fiódor Dostoievski. Por Francisco Rodríguez Criado. 25-8-2013.

EL AMOR A LA VIDA, Erich Fromm, por Francisco Rodríguez Criado. 19-8-2013.

JUDÍOS SIN DINERO, Michael Gold, por Francisco Rodríguez Criado. 13-8-2013.

EL AMANTE, Marguerite Duras, por José Sánchez Rincón. 13-8-2013.

UN EPISODIO INTERNACIONAL, Henry James. Por Francisco Rodríguez Criado. 4-8-2013

EL RETRATO DE DORIAN GRAY. Oscar Wilde. Por Miguel Bravo Vadillo. 29-7-2013.

LA REGENTA, Clarín. Por Francisco Rodríguez Criado. 24-7-2013.

UNA HABITACIÓN PROPIA, Virginia Woolf. Por Miguel Bravo Vadillo. 

IDA ELISABETH, Sigrid Undset. Por Francisco Rodríguez Criado. 30-6-2013.

GUERRA Y PAZ, Lev Tolstói. Por Francisco Rodríguez Criado. 12-6-2013.

LA ISLA DEL TESORO, Robert Louis Stevenson. Por Francisco Rodríguez Criado 8-6-2013. 

TRAFALGAR, Benito Pérez Galdós. Por Francisco Rodríguez Criado. 9-6-2013

domingo, 4 de agosto de 2013

Cuento de Miguel Bravo Vadillo: El afilador

Afilador. Fuente de la imagen en Internet

EL AFILADOR
Miguel Bravo Vadillo 

Hoy me he levantado con ganas de releer algunos cuentos de Poe. Comencé con El gato negro. Apenas había leído unas líneas –“Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma”, nos confesaba el narrador–, cuando los monótonos acordes con los que se presenta el afilador callejero llegaron a mi oído a través de la ventana abierta de mi estudio. Recordé entonces que tenía un cuchillo que afilar, y salí a la calle en busca de aquel que mejor sabe hacer su oficio.
Era el afilador un hombre de abatida figura, enjuto de carnes, de piel morena y curtida. Sus ropas, holgadas ya para su reducido esqueleto, estaban sucias y raídas. Rondaría los cincuenta años. Una barba descuidada, de unos tres o cuatro días, dejaba entrever, más que ocultar, las penurias de su rostro. Peinaba hacia atrás su cabello ceniciento, por lo que su augusta frente quedaba por completo al descubierto; esa frente en la que se labraban algunos surcos cuando el afilador, inclinada la cabeza hacia delante, miraba directo a los ojos de quien esto escribe. Parecía un afilador de otra época, casi un personaje velazqueño.
Antes de comenzar la tarea echó un trago de vino de una vieja bota que llevaba colgada en el manillar. Bebió sin invitarme, pero no lo tomé a mal porque enseguida sospeché que aquel caldo no debía de ser del que aclara las ideas. Luego, al par que pedaleaba y hacía girar la rueda de amolar, me contó que de joven había sido músico (aunque ya nadie lo diría viendo sus manos) y que tuvo que vender el violín para comprar la herrumbrosa bicicleta y la siringa de plástico, la cual había aprendido a tocar sin despegarse el pitillo de los labios. Me hizo una demostración, y sonrió orgulloso, mostrando una hilera desigual de dientes ennegrecidos. Tampoco el cigarrillo perdía el equilibrio con sus risas y parloteos. Era un hombre que, al verlo, arrumbado bajo el triste sol de noviembre, daban ganas de invitarlo a una sopa caliente.
Pensaba yo en la sopa cuando miró por encima de mi cabeza, como si detrás de mí hubiese una figura alta y poderosa. Abrió sus ojos desmesuradamente y tembló el cigarrillo, que, ahora sí, cayó al suelo. Yo sentí un escalofrío en la nuca, pero al girarme no pude ver nada (ni a nadie) que justificara aquel terrorífico asombro. El hombre continuó su labor sin volver a mirarme, ni a abrir la boca; y poco después, cabizbajo, me entregó el cuchillo perfectamente afilado. Pregunté cuánto le debía. Me respondió que invitaba la casa, y se marchó como alma que lleva el diablo. Qué buen tipo, pensé; pero volví a mi estudio con una rara sensación de desasosiego. Una repentina curiosidad me hizo mirar por la ventana y vi cómo el afilador se alejaba calle abajo, montado en su bicicleta, gesticulando como si hablara con su sombra.
Me senté a mi mesa de trabajo, pero no pude dejar de pensar en algunas supersticiones que todavía perviven en mi pueblo. Por lo visto, la llegada de un afilador siempre anuncia lluvias. Y es así que, indefectiblemente, llueve a los pocos días. Pero para algunos, los más agoreros, también es vaticinio de alguna muerte. Ese mal agüero está extendido por muchos pueblos de esta región, y sé de uno, cuyo nombre prefiero no citar, en que sus habitantes han prohibido la entrada a los afiladores ambulantes. Aunque parezca mentira, desde entonces (y hace seis años de eso) allí no ha muerto nadie. Ya lo llaman el pueblo de los inmortales. Sin embargo, cuando lo pronostica el hombre del tiempo, se sigue viniendo el cielo abajo, tal y como ocurría antes de tan extravagante prohibición.
¿Pero qué vería detrás de mí ese afilador velazqueño, a través de su vino turbio? Quizá una inquietante borrasca, quizá el rostro huesudo de La Muerte esperando su turno para afilar la guadaña. ¿Por qué no preguntarle?, me dije, y salí en su busca. Recorrí todo el pueblo con mi coche, pero ya no pude encontrarlo. Tal parecía que se lo hubiese tragado la tierra.
Ahora anochece y un fatídico presentimiento aflige el centro mismo de mi alma mientras pienso en la siniestra figura del afilador alejándose horizonte abajo, arrastrando tras sí el destino incierto de los hombres.



Miguel Bravo Vadillo nace en Badajoz en 1971. Es colaborador habitual de la revista cinematográfica Versión Original, editada por la Fundación ReBross de Cáceres. En los últimos años ha publicado poemas y cuentos en la colección El vuelo de la palabra, editada por el ayuntamiento de Badajoz. Fue uno de los autores seleccionados para la 4ª entrega de “3X3 Colección de poesía”, que dirige Antonio Gómez y publica la Editora Regional de Extremadura. En 2013 Ediciones Vitruvio ha publicado su poemario Destellos.



martes, 30 de julio de 2013

Becarios de la Generación Perdida

Becario. Fuente de la imagen en Internet
 
BECARIOS DE LA GENERACIÓN PERDIDA

El Diccionario de la Real Academia Española define “becario” como “persona que disfruta de una beca para estudios”. Un enunciado que por tibio nos sabe a poco. En realidad, desde que la sociedad moderna le ha dado la espalda a la minería, no hay trabajo más duro que el del becario, ese aprendiz de pez que lucha por abrirse camino en un mundo laboral donde gobiernan los tiburones.

Según las estadísticas, los graduados españoles son los que más tardan, de toda Europa, en encontrar su primer empleo. El becario español no busca pues una oportunidad, busca un milagro: encontrar un primer trabajo tiene mal pronóstico en un país donde cinco millones de personas han perdido el que temen haya sido su último empleo.

Pero luchar es sobrevivir, y el becario, como el lince ibérico, sigue dando batalla. Quizá algún día triunfe en su profesión, gane mucho dinero y prestigio, pero por ahora tendrá que soportar convertirse en el chivo expiatorio de la empresa (si algo sale mal, suya será gran parte de la culpa), trabajar mucho para cobrar poco o nada, rendir sin cotizar a la Seguridad Social, y escuchar los discursos paternalistas de sus jefes y compañeros.

Rajoy y Rubalcaba, siempre en pie de guerra, han firmado –para nuestra sorpresa– un pacto, el primero de la legislatura, para poner en marcha un plan europeo de empleo juvenil. No son tiempos para creer en las promesas de los políticos, pero parece una buena noticia que ambos líderes hayan fumado la pipa de la paz para tratar de darles una salida a estos jóvenes que conforman lo que algunos empiezan a denominar, en términos laborales, la “generación perdida”.


(Artículo publicado en El Periódico Extremadura el domingo, 28 de julio de 2013).

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