martes, 16 de diciembre de 2014

Comentario de "Germinal", de Émile Zola


Fotograma de la película Germinal, basada en la obra de Zola e interpretada por Gérard Dupardieu


Germinal, de Émile ZolaCapítulo I (fragmento)

En la pelada llanura y en una noche sin estrellas, de una oscuridad y un espesor de tinta, un hombre avanzaba solo por la carretera de Marchiennes a Montsou; diez kilómetros sin una sola curva a través de los campos de remolacha. Hacia adelante no le era posible ver la negrura del suelo, y tampoco tenía la menor sensación del inmenso y uniforme horizonte si no era por el continuo azote del viento propio del mes de marzo, amplias y frías ráfagas que cruzaban como sobre un mar luego de barrer leguas y más leguas de marjales (1) y tierras desnudas. Sin la sombra de un árbol bajo el ancho cielo, la calzada se tendía con la rectitud de un malecón entre el espesor de la niebla.

El hombre había salido de Marchiennes hacia las dos. Andaba a grandes zancadas y tiritando bajo la delgada tela de algodón de su chaqueta y su pantalón de pana. Lo que más le molestaba era un pequeño paquete que llevaba envuelto con un pañuelo a cuadros, y procurando apretarlo contra sus costados, ahora con un codo y luego con el otro, para poderse meter las manos en los bolsillos, las cuales, entumecidas por el recio viento del este, sentía como si le sangrasen.

Una sola idea cabía en su cabeza de obrero sin trabajo y sin techo: la esperanza de que el frío sería menos crudo al amanecer. Venía avanzando así desde hacía una hora cuando a su izquierda, a dos kilómetros de Montsou, advirtió el rojizo llamear de tres hogueras que ardían al aire libre y como si colgasen del espacio. Vaciló al principio, asaltado por el miedo, pero no puso resistir a la dolorosa e imperiosa necesidad de calentarse las manos un momento.

Un camino transversal se hundía en aquel lugar y todo desapareció a su alrededor. El hombre tenía a su derecha una empalizada, una especie de pared de gruesos tablones cerrando una línea férrea, mientras que hacia la izquierda se alzaba un talud sembrado, rematado por imprecisos aguilones que a primera vista le hicieron suponer que se trataba de una aldea de techumbres bajas y uniformes.

Avanzó unos doscientos pasos. De pronto, en un recodo del camino y ya más cerca, reaparecieron los fuegos, sin que alcanzase a comprender mejor que antes, la razón de que ardiesen tan alto bajo aquel mortecino cielo, semejando humeantes lunas.

Pero el caso es que, a ras de suelo, otro espectáculo le obligó a detenerse. Tratábase de un espeso bloque, una serie de construcciones bajas, de entre las cuales sobresalía la silueta de una chimenea de fábrica; raros resplandores escapaban de un grupo de ennegrecidas ventanas, (y) cinco o seis tristes linternas aparecían colgadas de unos armazones cuyo sucio y oscurecido maderamen dibujaba en forma imprecisa los perfiles de unos gigantescos caballetes; y de entre esa fantástica aparición envuelta por la oscuridad y la humareda, solo brotaba un ruido, la respiración fuerte y prolongada de un escape de vapor que no se veía de dónde procedía.

El hombre comprendió entonces que se hallaba ante una mina.
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*** Primeros párrafos del Cap. I de la novela “Germinal” de Émile Zola. Ediciones Olympia, 1995.

Nota 1: Marjales: terrenos bajos y pantanosos. Zona de turbas, cubiertas por espesas cañas.

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Síntesis de la novela Germinal

Germinal es una epopeya. El libro, escrito por Emile Zola y publicado en 1885, describe y cuenta la vida de los mineros del carbón en el norte de Francia en plena crisis industrial. Étienne Lantier es uno de los personajes principales. Hijo de Gervaise Macquart y de su amante Lantier, el joven se hace despedir de su anterior trabajo de maquinista tras darle unos golpes a su capataz. Cesante, parte en plena crisis industrial hacia el norte de Francia, en busca de un nuevo empleo. Consigue engancharse como obrero en las minas de carbón de Montsou (casi frontera con Bélgica) y conoce en carne propia las condiciones de trabajo inhumanas de esos trabajadores. Para escribir este novela, Zola debió documentarse a fondo sobre el trabajo en las minas de carbón.

En ella denuncia la vida extremadamente dura de los mineros en el norte de Francia. Describe al mismo tiempo las revueltas de esos obreros, muy legítima en esa época, después de los primeros abusos. El paro deja a los trabajadores aún peor parados que al inicio. Los patronos, para romper el movimiento, usan todo tipo de métodos, como el despido masivo, el maltrato a las familias, acuden asimismo a la presencia de los militares que disparan a la turba indefensa, y reemplazan a los huelguistas y a los caídos con trabajadores traídos de Bélgica, en peores condiciones que los locales.

Sobre esta sangre, muchas familias francesas acomodadas construyeron fortuna y felicidad.

Ernesto Bustos Garrido

Lee también "La misteriosa muerte de Émile Zola". 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

50 opiniones de un corrector de estilo

Book Mountain, biblioteca municipal de Spijkenisse, Holanda. Fuente de la imagen


Con el post que publiqué ayer, "Las llaves acuáticas" (una llamada de atención a esos avisos incomprensibles que tantas veces leemos aquí y allá), la sección Opiniones de un corrector de estilo alberga ya cincuenta artículos que pretenden poner el foco en los malos usos del lenguaje español y de paso reflexionar sobre el oficio del corrector de estilo. Comencé la sección en agosto de 2012 y poco a poco, sin prisas pero sin pausa, ahí está, cumpliendo -cabe suponer- un servicio a los interesados en la corrección lingüística. 

Espero que sea de vuestro interés. 


Francisco Rodríguez Criado


domingo, 20 de octubre de 2013

Edita Nómada Cáceres

Edita ´Nómada Cáceres.
Os dejo el cartel y la nota informativa sobre Edita Nómada Cáceres, un encuentro literaria que va a tener lugar en Cáceres el 25 de noviembre de 2013. Los interesados en participar en estos actos pueden contactar con la organizadora del acto en Cáceres, María Carvajal.
La información está publicada en Aupex.

domingo, 4 de agosto de 2013

Cuento de Miguel Bravo Vadillo: El afilador

Afilador. Fuente de la imagen en Internet

EL AFILADOR
Miguel Bravo Vadillo 

Hoy me he levantado con ganas de releer algunos cuentos de Poe. Comencé con El gato negro. Apenas había leído unas líneas –“Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma”, nos confesaba el narrador–, cuando los monótonos acordes con los que se presenta el afilador callejero llegaron a mi oído a través de la ventana abierta de mi estudio. Recordé entonces que tenía un cuchillo que afilar, y salí a la calle en busca de aquel que mejor sabe hacer su oficio.
Era el afilador un hombre de abatida figura, enjuto de carnes, de piel morena y curtida. Sus ropas, holgadas ya para su reducido esqueleto, estaban sucias y raídas. Rondaría los cincuenta años. Una barba descuidada, de unos tres o cuatro días, dejaba entrever, más que ocultar, las penurias de su rostro. Peinaba hacia atrás su cabello ceniciento, por lo que su augusta frente quedaba por completo al descubierto; esa frente en la que se labraban algunos surcos cuando el afilador, inclinada la cabeza hacia delante, miraba directo a los ojos de quien esto escribe. Parecía un afilador de otra época, casi un personaje velazqueño.
Antes de comenzar la tarea echó un trago de vino de una vieja bota que llevaba colgada en el manillar. Bebió sin invitarme, pero no lo tomé a mal porque enseguida sospeché que aquel caldo no debía de ser del que aclara las ideas. Luego, al par que pedaleaba y hacía girar la rueda de amolar, me contó que de joven había sido músico (aunque ya nadie lo diría viendo sus manos) y que tuvo que vender el violín para comprar la herrumbrosa bicicleta y la siringa de plástico, la cual había aprendido a tocar sin despegarse el pitillo de los labios. Me hizo una demostración, y sonrió orgulloso, mostrando una hilera desigual de dientes ennegrecidos. Tampoco el cigarrillo perdía el equilibrio con sus risas y parloteos. Era un hombre que, al verlo, arrumbado bajo el triste sol de noviembre, daban ganas de invitarlo a una sopa caliente.
Pensaba yo en la sopa cuando miró por encima de mi cabeza, como si detrás de mí hubiese una figura alta y poderosa. Abrió sus ojos desmesuradamente y tembló el cigarrillo, que, ahora sí, cayó al suelo. Yo sentí un escalofrío en la nuca, pero al girarme no pude ver nada (ni a nadie) que justificara aquel terrorífico asombro. El hombre continuó su labor sin volver a mirarme, ni a abrir la boca; y poco después, cabizbajo, me entregó el cuchillo perfectamente afilado. Pregunté cuánto le debía. Me respondió que invitaba la casa, y se marchó como alma que lleva el diablo. Qué buen tipo, pensé; pero volví a mi estudio con una rara sensación de desasosiego. Una repentina curiosidad me hizo mirar por la ventana y vi cómo el afilador se alejaba calle abajo, montado en su bicicleta, gesticulando como si hablara con su sombra.
Me senté a mi mesa de trabajo, pero no pude dejar de pensar en algunas supersticiones que todavía perviven en mi pueblo. Por lo visto, la llegada de un afilador siempre anuncia lluvias. Y es así que, indefectiblemente, llueve a los pocos días. Pero para algunos, los más agoreros, también es vaticinio de alguna muerte. Ese mal agüero está extendido por muchos pueblos de esta región, y sé de uno, cuyo nombre prefiero no citar, en que sus habitantes han prohibido la entrada a los afiladores ambulantes. Aunque parezca mentira, desde entonces (y hace seis años de eso) allí no ha muerto nadie. Ya lo llaman el pueblo de los inmortales. Sin embargo, cuando lo pronostica el hombre del tiempo, se sigue viniendo el cielo abajo, tal y como ocurría antes de tan extravagante prohibición.
¿Pero qué vería detrás de mí ese afilador velazqueño, a través de su vino turbio? Quizá una inquietante borrasca, quizá el rostro huesudo de La Muerte esperando su turno para afilar la guadaña. ¿Por qué no preguntarle?, me dije, y salí en su busca. Recorrí todo el pueblo con mi coche, pero ya no pude encontrarlo. Tal parecía que se lo hubiese tragado la tierra.
Ahora anochece y un fatídico presentimiento aflige el centro mismo de mi alma mientras pienso en la siniestra figura del afilador alejándose horizonte abajo, arrastrando tras sí el destino incierto de los hombres.



Miguel Bravo Vadillo nace en Badajoz en 1971. Es colaborador habitual de la revista cinematográfica Versión Original, editada por la Fundación ReBross de Cáceres. En los últimos años ha publicado poemas y cuentos en la colección El vuelo de la palabra, editada por el ayuntamiento de Badajoz. Fue uno de los autores seleccionados para la 4ª entrega de “3X3 Colección de poesía”, que dirige Antonio Gómez y publica la Editora Regional de Extremadura. En 2013 Ediciones Vitruvio ha publicado su poemario Destellos.



martes, 30 de julio de 2013

Becarios de la Generación Perdida

Becario. Fuente de la imagen en Internet
 
BECARIOS DE LA GENERACIÓN PERDIDA

El Diccionario de la Real Academia Española define “becario” como “persona que disfruta de una beca para estudios”. Un enunciado que por tibio nos sabe a poco. En realidad, desde que la sociedad moderna le ha dado la espalda a la minería, no hay trabajo más duro que el del becario, ese aprendiz de pez que lucha por abrirse camino en un mundo laboral donde gobiernan los tiburones.

Según las estadísticas, los graduados españoles son los que más tardan, de toda Europa, en encontrar su primer empleo. El becario español no busca pues una oportunidad, busca un milagro: encontrar un primer trabajo tiene mal pronóstico en un país donde cinco millones de personas han perdido el que temen haya sido su último empleo.

Pero luchar es sobrevivir, y el becario, como el lince ibérico, sigue dando batalla. Quizá algún día triunfe en su profesión, gane mucho dinero y prestigio, pero por ahora tendrá que soportar convertirse en el chivo expiatorio de la empresa (si algo sale mal, suya será gran parte de la culpa), trabajar mucho para cobrar poco o nada, rendir sin cotizar a la Seguridad Social, y escuchar los discursos paternalistas de sus jefes y compañeros.

Rajoy y Rubalcaba, siempre en pie de guerra, han firmado –para nuestra sorpresa– un pacto, el primero de la legislatura, para poner en marcha un plan europeo de empleo juvenil. No son tiempos para creer en las promesas de los políticos, pero parece una buena noticia que ambos líderes hayan fumado la pipa de la paz para tratar de darles una salida a estos jóvenes que conforman lo que algunos empiezan a denominar, en términos laborales, la “generación perdida”.


(Artículo publicado en El Periódico Extremadura el domingo, 28 de julio de 2013).

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jueves, 4 de julio de 2013

El sueño de España

Selección española en el Mundial del 82. Fuente de la imagen

EL SUEÑO DE ESPAÑA
De niño jugábamos en el patio del colegio a ser Garrincha, Rivelino o –ya puestos– Pelé. En casa también teníamos o habíamos tenido grandes jugadores (Iribar, Amancio, Pirri), pero como soñar era gratis íbamos a lo grande: a los brasileños. Brasil era entonces el Fútbol, en mayúsculas, ese deporte al que todos jugaban pero que –así nos lo parecía– siempre ganaban los cariocas con sus regates de fantasía.  
Sin embargo, con el paso de los años el rumboso Brasil se fue deshinchando. Aunque igual de malabaristas que siempre, su juego no terminaba de cuajar y eran selecciones intrusas las que se imponían en los Mundiales. Y por extraño que antaño pudiera parecer cuando parecíamos anclados ad eternum a la furia (eufemismo con el que abrazábamos nuestra impotencia), la selección española acabó por convertirse en la mejor del mundo. Pelé y los suyos habían vuelto a nacer y ahora hablaban español e incluso catalán.
Pero a veces el mito acaba venciendo a la realidad y el sueño se convierte en pesadilla. Es lo que ocurrió el pasado domingo en el más mítico de los estadios: el Maracaná. La goleada de Brasil a España (3-0) en la final de la Copa Confederaciones ha venido a demostrar que donde hay patrón no manda marinero. O al menos hasta el próximo mundial, que está a la vuelta de la esquina, donde España posiblemente habrá de vérselas de nuevo con Brasil, y quién sabe si en la final. Será el momento de consolidar nuestra fe en que España es mucho más que el sueño de una noche de verano pergeñado por cuarenta millones de ciudadanos a quienes vencer se les antoja un verbo que solo hablan los brasileños.

(Artículo publicado en El Periódico Extremadura el miércoles, 3 de julio de 2013).

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