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domingo, 4 de agosto de 2013

Cuento de Miguel Bravo Vadillo: El afilador

Afilador. Fuente de la imagen en Internet

EL AFILADOR
Miguel Bravo Vadillo 

Hoy me he levantado con ganas de releer algunos cuentos de Poe. Comencé con El gato negro. Apenas había leído unas líneas –“Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma”, nos confesaba el narrador–, cuando los monótonos acordes con los que se presenta el afilador callejero llegaron a mi oído a través de la ventana abierta de mi estudio. Recordé entonces que tenía un cuchillo que afilar, y salí a la calle en busca de aquel que mejor sabe hacer su oficio.
Era el afilador un hombre de abatida figura, enjuto de carnes, de piel morena y curtida. Sus ropas, holgadas ya para su reducido esqueleto, estaban sucias y raídas. Rondaría los cincuenta años. Una barba descuidada, de unos tres o cuatro días, dejaba entrever, más que ocultar, las penurias de su rostro. Peinaba hacia atrás su cabello ceniciento, por lo que su augusta frente quedaba por completo al descubierto; esa frente en la que se labraban algunos surcos cuando el afilador, inclinada la cabeza hacia delante, miraba directo a los ojos de quien esto escribe. Parecía un afilador de otra época, casi un personaje velazqueño.
Antes de comenzar la tarea echó un trago de vino de una vieja bota que llevaba colgada en el manillar. Bebió sin invitarme, pero no lo tomé a mal porque enseguida sospeché que aquel caldo no debía de ser del que aclara las ideas. Luego, al par que pedaleaba y hacía girar la rueda de amolar, me contó que de joven había sido músico (aunque ya nadie lo diría viendo sus manos) y que tuvo que vender el violín para comprar la herrumbrosa bicicleta y la siringa de plástico, la cual había aprendido a tocar sin despegarse el pitillo de los labios. Me hizo una demostración, y sonrió orgulloso, mostrando una hilera desigual de dientes ennegrecidos. Tampoco el cigarrillo perdía el equilibrio con sus risas y parloteos. Era un hombre que, al verlo, arrumbado bajo el triste sol de noviembre, daban ganas de invitarlo a una sopa caliente.
Pensaba yo en la sopa cuando miró por encima de mi cabeza, como si detrás de mí hubiese una figura alta y poderosa. Abrió sus ojos desmesuradamente y tembló el cigarrillo, que, ahora sí, cayó al suelo. Yo sentí un escalofrío en la nuca, pero al girarme no pude ver nada (ni a nadie) que justificara aquel terrorífico asombro. El hombre continuó su labor sin volver a mirarme, ni a abrir la boca; y poco después, cabizbajo, me entregó el cuchillo perfectamente afilado. Pregunté cuánto le debía. Me respondió que invitaba la casa, y se marchó como alma que lleva el diablo. Qué buen tipo, pensé; pero volví a mi estudio con una rara sensación de desasosiego. Una repentina curiosidad me hizo mirar por la ventana y vi cómo el afilador se alejaba calle abajo, montado en su bicicleta, gesticulando como si hablara con su sombra.
Me senté a mi mesa de trabajo, pero no pude dejar de pensar en algunas supersticiones que todavía perviven en mi pueblo. Por lo visto, la llegada de un afilador siempre anuncia lluvias. Y es así que, indefectiblemente, llueve a los pocos días. Pero para algunos, los más agoreros, también es vaticinio de alguna muerte. Ese mal agüero está extendido por muchos pueblos de esta región, y sé de uno, cuyo nombre prefiero no citar, en que sus habitantes han prohibido la entrada a los afiladores ambulantes. Aunque parezca mentira, desde entonces (y hace seis años de eso) allí no ha muerto nadie. Ya lo llaman el pueblo de los inmortales. Sin embargo, cuando lo pronostica el hombre del tiempo, se sigue viniendo el cielo abajo, tal y como ocurría antes de tan extravagante prohibición.
¿Pero qué vería detrás de mí ese afilador velazqueño, a través de su vino turbio? Quizá una inquietante borrasca, quizá el rostro huesudo de La Muerte esperando su turno para afilar la guadaña. ¿Por qué no preguntarle?, me dije, y salí en su busca. Recorrí todo el pueblo con mi coche, pero ya no pude encontrarlo. Tal parecía que se lo hubiese tragado la tierra.
Ahora anochece y un fatídico presentimiento aflige el centro mismo de mi alma mientras pienso en la siniestra figura del afilador alejándose horizonte abajo, arrastrando tras sí el destino incierto de los hombres.



Miguel Bravo Vadillo nace en Badajoz en 1971. Es colaborador habitual de la revista cinematográfica Versión Original, editada por la Fundación ReBross de Cáceres. En los últimos años ha publicado poemas y cuentos en la colección El vuelo de la palabra, editada por el ayuntamiento de Badajoz. Fue uno de los autores seleccionados para la 4ª entrega de “3X3 Colección de poesía”, que dirige Antonio Gómez y publica la Editora Regional de Extremadura. En 2013 Ediciones Vitruvio ha publicado su poemario Destellos.



jueves, 22 de noviembre de 2012

Microrrelato de Ángela Velasco Bello: "El vestido de lunares"

Keira Knightley con un vestido de lunares.
Fuente de la imagen en Internet


EL VESTIDO DE LUNARES
Ángela Velasco Bello
Yo con aquel vestido de lunares que tanto le gustaba y él sin aparecer. (Disimulé mi espera bebiendo copas y enredando con  mis amigas).
Cuando ya había perdido toda esperanza de verlo aquella noche, alguien se me acercó por detrás y me susurró al oído…
–Estás preciosa.
Enseguida supe que era él porque todo mi eros se derramó con aquella chorrada, que todavía recuerdo.

(Leer el relato de Ángela Velasco Bello: "La daga").

jueves, 20 de septiembre de 2012

"Partir de cero", en el Ateneo de Cáceres


Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo.
Edición de Irene Andres-Suárez

Hace un par de años, la ensayista Irene Andres-Suárez, gran estudiosa del microrrelato, me pidió permiso para publicar algunos textos míos en una antología que vería la luz en la editorial Cátedra. Gracias a otros blogs me enteré, días atrás, de que el libro en cuestión, Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, ya estaba en la calle. Y ha sido esta misma mañana cuando esta joya literaria ha llegado a mis manos. 
Es todo un honor para mí participar en dicha antología con tres microrrelatos: "Luis Alberto", "La web de Marina" y "La verdad sobre La Metamorfosis". Es un honor por la demostrada calidad y seriedad con la que Andres-Suárez encara todos sus ensayos, y por la suerte de poder acompañar a los mejores autores del género. 

lunes, 9 de abril de 2012

Presentación de "Mis días con Marcela" en Mérida





  • Mis días con Marcela, Bucéfalo, María Carvajal, relatos, narrativa breve, Mérida, Daniel Casado
    Mis días con Marcela, de María Carvajal (Rumorvisual, 2011)

  • Nuestra compañera María Carvajal, coordinadora de la sección Curiosidades Literarias, presenta en Mérida su colección de relatos Mis días con Marcela. Fecha: el próximo viernes, 13 de abril de 2012. Oficiará como presentador el poeta Daniel Casado y tocará en directo el grupo de rock Bucéfalo. 
  • Os dejo todos los datos sobre el acto. 

lunes, 12 de marzo de 2012

Presentación en Cáceres de "El roce", de Victoria Pelayo



El roce, de Victoria Pelayo (Rumorvisual, Cáceres, 2012)

El próximo sábado, 17 de marzo, a las 21:00, se presenta en el café-teatro La Machacona (Cáceres) el libro de relatos El Roce, de Victoria Pelayo, que hace el número 9 de la colección Me Pirra (Editorial Rumorvisual). Presenta: Vicente Rodríguez Lázaro. 

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¿Necesitas un corrector de estilo? 
Escribe a ciconia1@gmail.com y pide presupuesto sin compromiso. 

Nota: narrativabreve.com es un blog sin ánimo de lucro que trabaja como espacio de creación y redifusor de textos literarios, y en señal de buena voluntad indica siempre -que es posible- la fuente de los textos y las imágenes publicados. En cualquier caso, si algún autor o editor quisiera renunciar a la difusión de textos suyos que han sido publicados en este blog, no tiene más que comunicarlo en la siguiente dirección: ciconia1@gmail.com

sábado, 9 de julio de 2011

Relato de Amelia Coll Vilar: "Tu casa o la mía"


Mujer en el sofá, de Amanda Virginia Echevarría

"Asentí, complacido de que me hubieras reconocido. A continuación, escuchaste mi explicación de cómo me había distraído en esa escena al advertir el reflejo en la cámara de una interesante mujer leyendo, sentada en un sofá, con las piernas estiradas y lo que parecía un gato dormitando en su regazo". 

domingo, 3 de julio de 2011

"El reloj parado a las siete", por Giovanni Papini


Fotografía: FRC

"Yo sé que la vida, la de verdad, es la suma de aquellos momentos que, aunque fugaces, nos permiten percibir la sintonía del universo".

domingo, 26 de junio de 2011

Cuento breve recomendado (13): "Los bárbaros", de Pedro Ugarte


Bárbaros. Fuente de la imagen


LOS BÁRBAROS
Pedro Ugarte (España, 1963)
Nosotros, los bárbaros, vivíamos en las montañas, en cuevas húmedas y oscuras, comiendo bayas, robando huevos de los nidos y apretándonos los unos contra los otros cuando la noche se hacía insufrible. 


Era cierto que, a veces, un trémolo sordo nos llamaba. Temerosos, descendíamos por el bosque hasta ver el camino que habían construido los hombres del poblado, y veíamos las caravanas, los ricos carruajes, los soldados de brillantes corazas. Y era tanto el odio y la envidia y la rabia, que precipitábamos sobre ellos gruesas piedras (eran nuestra única arma) y escapábamos antes de que nos alcanzaran sus dardos.

miércoles, 22 de junio de 2011

Relato de Arturo Barea: "En la sierra"

Fotografía de Gerta Pohorylle (Gerda Taro)


Arturo Barea (1897-1957) es conocido sobre todo por su trilogía sobre la Guerra Civil Española La forja de un rebelde, que consta de La forja, La ruta y La llama. Llamado a filas en 1920, tuvo que ir a Marruecos, donde fue testigo de la derrota de Annual, en 1921. Durante la Guerra Civil española apoyó al bando republicano. Finalizada la guerra se exilió en Londres, donde se entregó a la literatura hasta su muerte, en 1957. El conflicto bélico es en gran medida el tema central de su obra literaria.
Barea es también autor de cuentos. El que aquí publico, "En la sierra", es uno de los relatos incluidos en Valor y miedo (1938).
      

martes, 21 de junio de 2011

Relato de Samanta Schweblin: "En la estepa"


Samanta Schweblin. Fuente de la imagen

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) es una autora en auge, dentro y fuera de su país. Ha ganado diversos premios y algunos de sus relatos han sido traducidos a idiomas como el inglés, el francés, el alemán y el sueco. En NarrativaBreve.com ya leímos su cuento "Perdiendo velocidad", publicado en nuestra sección Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia
"En la estepa", con un registro diferente a "Perdiendo velocidad", está incluido en Pájaros en la boca (Random House- Lumen, 2009), que obtuvo el Premio Casa de las Américas 2008. El cuento, la nota biobibliográfica y la fotografía que publico están tomadas de la web de la autora

sábado, 18 de junio de 2011

Relato de Mario Benedetti: "Sábado de gloria"


La miseria (1886), de Cristóbal Rojas. Óleo sobre tela

SÁBADO DE GLORIA
Mario Benedetti

Desde antes de despertarme, oí caer la lluvia. Primero pensé que serían las seis y cuarto de la mañana y debía ir a la oficina pero había dejado en casa de mi madre los zapatos de goma y tendría que meter papel de diario en los otros zapatos, los comunes, porque me pone fuera de mí sentir cómo la humedad me va enfriando los pies y los tobillos. Después creí que era domingo y me podía quedar un rato bajo las frazadas. Eso -la certeza del feriado- me proporciona siempre un placer infantil. Saber que puedo disponer del tiempo como si fuera libre, como si no tuviera que correr dos cuadras, cuatro de cada seis mañanas, para ganarle al reloj en que debo registrar mi llegada. Saber que puedo ponerme grave y pensar en temas importantes como la vida, la muerte, el fútbol y la guerra.

domingo, 12 de junio de 2011

Relato de José Luis Ibáñez Salas: "Mi vida sin ti"


Slyline de Madrid. Imagen seleccionada por José Luis Ibáñez Salas. Fuente

José Luis Ibáñez Salas, a quien entrevistamos días atrás en calidad de director de la revista recientemente creada, Anatomía de la Historia, compagina su trabajo en el mundo editorial del libro de Historia con la creación literaria. "Mi vida sin ti" es uno de sus relatos.

Leer el cuento "Mi vida sin ti"


miércoles, 1 de junio de 2011

Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia (71): "Aquí empieza nuestra historia", de Tobias Wolff


Nighthawks, de Edward Hopper (1882-1968)


El novelista y crítico literario José María Guelbenzu publicó en el número 172 de Revista de libros, correspondiente a abril de 2011, una reseña titulada "Aquí empieza nuestra historia" en referencia al titulo de una antología de relatos de Tobias Wolff, y a su vez al título de un relato del citado autor, que Guelbenzu considera "el mejor relato jamás escrito sobre el tema de la iniciación a la escritura". Doy el relato, incluido en De regreso al mundo (Alfaguara, 1968), traducido por Maribel de Juan.

Aunque existe una antología de relatos de Tobias Wolff con el mismo título, Aquí empieza nuestra historia es originalmente el título de un relato suyo que forma parte de la colección De regreso al mundo (Alfaguara), relato que, curiosamente, no aparece en la antología antes mencionada y que es, en mi opinión, el mejor relato jamás escrito sobre el tema de la iniciación a la escritura. 
José María Guelbenzu 



Relato de Gabriel García Márquez: "Solo vine a hablar por teléfono"



Madhouse. (Desconozco el autor de la fotografía). 


SOLO VIENE A HABLAR POR TELÉFONO
Grabriel García Márquez
Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.

sábado, 14 de mayo de 2011

Relato de Fredric Brown: "El último tren"


EL ULTIMO TREN

Fredric Brown

Eliot Haig estaba sentado solo en un bar, del mismo modo que antes se había sentado solo en muchos bares, mientras afuera caía el crepúsculo, un extraño crepúsculo. El interior de la taberna estaba en penumbra y sombrío, casi más que el exterior. El espejo azul de la barra aumentaba este efecto en él. Haig creía verse como en la pálida luz de una melancólica luna. Se vio a sí mismo pálida pero claramente; no doble, a pesar de los tragos que había bebido, sino solo. Tremendamente solo. Y, como siempre que bebía durante varias horas seguidas, pensó: «Quizás esta vez lo haga».

domingo, 24 de abril de 2011

Ni Kafka ni Max Brod

Franz Kakfa y un amigo. Foto incluida en "Kafka. Imágenes de una vida", de Klaus Wagenbach.
   

NI KAFKA NI MAX BROD
Francisco Rodríguez Criado 
A la vuelta de mi estancia en Brasil me contaron con todo detalle el asunto de mi amigo M., quien, sintiéndose víctima de un galopante cáncer de pulmón, le había entregado una pila de manuscritos inéditos al que entonces era su editor. A mi amigo, en su día un famoso escritor, le habían hospitalizado por segunda vez en dos semanas y eso, a su juicio, bien merecía una decisión trascendental.
–Si de veras me aprecias –le dijo solemnemente al editor al tiempo que una corpulenta enfermera entraba en la habitación para suministrarle la medicación–, hazme un favor: quema todos mis manuscritos. No valen nada y no me gustaría, una vez muerto, verlos publicados por algún familiar desaprensivo.
El editor se preguntó en voz alta cómo podría el moribundo ver publicados sus trabajos después de muerto. El enfermo, que empezaba a sentir el efecto adormecedor de los brebajes, obvió el comentario irónico –no exento de argumentos, todo hay que decirlo– y, agotando sus últimas energías, consiguió forzar una promesa por parte de su interlocutor de que sus deseos serían cumplidos. “No temas, que no te fallaré”. En un gesto de agradecimiento, mi amigo le cogió cariñosamente la mano antes de rendirse al sueño. 
El editor, que demostró ser no un ángel de la guardia sino simplemente eso, un editor, cumplió su palabra. Esa misma tarde pasó por el piso de M. y recogió todos sus papeles, que quemó sin contemplaciones al día siguiente durante la celebración de una barbacoa familiar. Ni siquiera les echó un vistazo, hacía tiempo que le aburría leer cualquier frase que viniera firmada por su representado, a quien consideraba off the record un escritor sin futuro. (Lo tenía por un escritor malogrado que “ya no aportaba beneficios a su editorial”). Estaba convencido de que, como había confesado el propio autor en un momento de debilidad, aquellos manuscritos “no valían nada”.  

Pero mi amigo no murió. Para su desazón no era cáncer lo que padecía sino una molesta aunque reparable pulmonía. En tiempos de Dostoievski le hubieran recetado unos emplastes y una instancia en la costa rusa, el último refugio para los personajes de la novela decimonónica. Pero ahora, gracias a los últimos avances médicos, regresó al mundo sin hacer el menor esfuerzo por su parte. Había esquivado la muerte sin mirarle siquiera a los ojos, perdiendo así una oportunidad de oro de alcanzar la posteridad. Nunca le perdonó al editor aquella infidelidad, un hombre –según quedó demostrado– a quien no se le puede confiar un último deseo.
“Lo que más me duele es que mis textos se han echado a perder junto a unas cintas de lomo y unos choricillos a la brasa”, solía quejarse, malherido.
Mi amigo, como todo artista, se consideraba un genio. Y había pensado que aquellos folios eran obras maestras que, para deleite del lector avezado, deberían haber pasado a la imprenta el mismo día de su muerte. Pero no tuvo suerte. El avaro destino ni siquiera permitió que fuera impresa la esquela de su defunción.
Estaba furioso. Muy furioso.
–Le digo que queme mis trabajos y los quema. ¡Será imbécil! Años y años de sacrificio…
–¡Qué quiere! Ni él es Kafka ni yo soy Max Brod –se defendía el editor en el Gran Casino ante las miradas acusadoras de distinguidos miembros del mundillo literario y de un busto en bronce de García Lorca a nuestras espaldas–. ¿Quería o no quería que quemara aquellos folios? Qué culpa tengo yo si él no se aclara…
Bien mirado, razón no le faltaba al editor. En cierta manera lo que había hecho mi amigo, sin saberlo, era dejar las ovejas a recaudo del lobo. Reflexionemos: ¿qué necesidad tenía de un tercero para eliminar sus escritos cuando él mismo podría haberlo hecho por su propia cuenta antes de ingresar en el hospital por segunda vez?
El asunto hizo mella en el espíritu de los tertulianos del Gran Casino, sede oficial de la chismografía cultural local. Creo –aunque no lo reconozcamos abiertamente– que aquel suceso nos hizo abrir los ojos. Intuyo que cada uno de nosotros se hizo la promesa, en el hipotético caso de que alguna vez decidiéramos destruir nuestros manuscritos inéditos, de enviarlos sin demora a un editor o a algún concurso literario después de inscribirlos en el Registro de la Propiedad Intelectual.
Nadie podrá reprocharnos tantas precauciones: quién sabe si, llevado por un concepto erróneo de la amistad o del deber, algún advenedizo podría tomarse la libertad de llevar a cabo nuestros más abnegados deseos.

(Relato incluido en Un elefante en Harrods, De la Luna Libros, Mérida, 2006).


viernes, 15 de abril de 2011

Relato de Slawomir Mrozek: "Una noche en un hotel"

"Esperando en la habitación del hotel", de James Hart Dyke
Slawomir Mrozek, autor muy influido por las propuestas del teatro del absurdo, es capaz de escribir con gran solvencia relatos mordaces, llenos de ingenio y edificante absurdo, a partir de la anécdota más  banal que uno pueda imaginar. Prueba de ello es esta narración breve: "Una noche en un hotel". 

sábado, 9 de abril de 2011

IV Concurso de Cuentos de Ciencia 2010-2011

concursos literarios, ciencia, Caixa, cuentos, relatos, narrativa breve, científicos


Dejo para los afortunados con edades comprendidas entre los 4 y los 18 años las bases del IV Concurso de Cuentos de Ciencia 2010-2011, organizado por CosmoCaixa. 
Fecha máxima de entrega de los trabajos: 22 de abril de 2011.
(Fuente de la información: CosmoCaixa). 

viernes, 11 de marzo de 2011

Relato de Rodrigo Atiliano González: "Conversación con un Dios de pacotilla"

Café en Gante
Pluma fuente | Acuarelas diluidas en café |
NaNo DrawMo01

Resulta que me gustaba el Blog. Sus relatos eran llamativos, excitantes, mantenían el suspenso de principio a fin, te agarraban a la primera y te sacudían. Es cierto, recurría a medidas artificiales para mantener la tensión, los finales estaban poco pulidos, pero en ellos se notaba un aire de frescura gratificante y fácil de percibir. Eran tres en total, bajo para un blog de Internet de los cuales hay miles, cada uno con dos dígitos en la sumatoria de los documentos publicados, pero estos tres me parecían especiales, eran una exploración de fondo, una ruptura de lo propuesto en la mayoría de la escritura amateur de Internet. Respecto a la página Web propiamente tal, no existía en ella más que letras y letras, sin dibujos, sin fondos, sin datos, ni hablar de influencias, foto no tenía, sólo un cuadro blanco y su nombre debajo, al estilo de la Editorial Tusquets y los libros de Thomas Pynchon.