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viernes, 25 de septiembre de 2020

Cuento de Isaac Babel: Shabos-najmú

 


Relato corto de Isaac Babel: Shabos-najmú

Y hubo tarde y mañana, quinto día. Y hubo tarde y mañana, día sexto. El sexto día —en la noche del viernes— hay que rezar. Después de la oración, a recorrer el pueblo con capucha de fiesta, para regresar a casa a la hora de cenar. En casa del judío se bebe una copa de vodka y kuguel con pasas. Después de la cena se vuelve alegre. Cuenta a su mujer anécdotas, después se queda dormido con un ojo cerrado y la boca abierta. Mientras él duerme, en la cocina Gapka escucha música; se le antoja que del pueblo ha venido el violinista ciego y se ha puesto a tocar al pie de la ventana.

Es lo que hacen todos los judíos. Mas no todos los judíos son Guérshele. Por eso es famoso en todo Ostropol, en todo Berdíchev y en todo Viliuisk kuguel.

Guérshele festejaba uno de cada seis viernes. Las demás noches él y su familia las pasaban a oscuras y tiritando de frío. Los niños lloraban. La mujer le lanzaba reproches. Cada uno pesaba como un guijarro. Guérshele le respondía en verso.

Una vez —así dicen— Guérshele quiso ser previsor. El miércoles fue a la feria a ganar dinero para el viernes. Donde hay feria hay un pan kuguel. A cada pan le rondan diez judíos. A diez judíos no les sacas ni tres céntimos. Escucharon los chistes de Guérshele, pero a la hora de pagar todos ellos habían salido de casa.

Guérshele volvió a casa con la barriga más vacía que un instrumento de viento.

—¿Has ganado algo? —le preguntó la mujer.

—He ganado la gloria eterna —respondió—. Ricos y pobres me la prometieron.

La mujer de Guérshele tenía sólo diez dedos. Los iba doblando uno por uno. Su voz retumbaba como el trueno en la montaña.

—Todas las mujeres tienen un marido como Dios manda. El mío alimenta a su mujer con chistes. Quiera Dios que para el año nuevo le dé una parálisis a la lengua, a las manos y a los pies.

—Amén —respondió Guérshele.

—En cada ventana arden cirios y parece que en las casas queman encinas. Mis velas son delgadas como cerillas y el humo que sueltan sube al cielo. El pan blanco ya ha madurado para todos, pero mi marido me trae leña húmeda como la trenza recién lavada.

Guérshele no rechistó. ¿Para qué atizar el fuego que arde bien? Eso lo primero. ¿Y qué se puede objetar a la esposa gruñona que tiene razón? Eso, lo segundo.

Pasó el tiempo y la mujer se cansó de gritar. Guérshele se retiró, tumbóse en la cama y se puso a pensar.

—¿Por qué no voy a ver al rabino Borujl?, se preguntó.

(Como es notorio, el rabino Borujl padecía de melancolía negra y el mejor remedio era la palabra de Guérshele).

—¿Por qué no voy a ver al rabino Borujl? Los monaguillos del zaddik me dan los huesos y se quedan con la carne. Así es. Mejor la carne que los huesos y mejor los huesos que el aire. Iremos a ver al rabino Borujl.

Guérshele se levantó y se dispuso a aparejar. El caballo le lanzó una mirada severa y triste.

“Bueno, Guérshele —dijeron los ojos del caballo—, ayer no me diste avena, anteayer no me diste avena, hoy estoy en ayunas. Si mañana tampoco me das avena me veré obligado a recapacitar sobre mi vida”.

Guérshele no resistió la mirada atenta, bajo la vista y acarició los labios suaves del caballo. Después suspiró tan fuerte que el caballo se hizo cargo de todo, y Guérshele decidió:

—Voy a ver al rabino Borujl a pie.

El sol estaba muy alto cuando Guérshele emprendió la marcha. El camino caliente corría delante de él. Bueyes blancos arrastraban lentas carretas con heno oloroso. Los campesinos iban sobre las altas cargas con los pies colgados y blandían largos látigos. El cielo era azul y los látigos negros.

Cuando llevaba recorrida una parte del camino —unas cinco verstas— Guérshele llegó a un bosque. El sol ya se largaba de su sitio. En el cielo prendían suaves incendios. Niñas descalzas traían las vacas del prado. Cada vaca mecía una ubre rosácea, cargada de leche.

En el bosque, Guérshele se sumergió en el frescor, en la penumbra silenciosa. Las hojas verdes se inclinaban unas hacia otras, se acariciaban con las manos planas, murmuraban muy bajito allá en lo alto y retornaban a su sitio, susurrando y temblando.

Guérshele no prestaba oído al murmullo. En la panza le tocaba una orquesta tan grande como la de un baile del conde Pototski. Aún tenía que recorrer un largo camino. Desde los costados de la tierra una ligera penumbra llegaba, presurosa, se cerraba sobre la cabeza de Guérshele y se desparramaba por el suelo. Inmóviles faroles se encendieron en el firmamento. La tierra quedó callada.

Anochecía cuando Guérshele llegó a una venta. En la pequeña ventana ardía una luz. En un cuarto caliente, junto a la ventana, estaba la dueña, Zelda, y cosía pañales. Tenía un barrigón como para alumbrar trillizos. Guérshele observó la menuda carita roja con ojos azules de la mujer y la saludó.

—¿Podría parar aquí, señora?

—Sí.

Guérshele se sentó. Las aletas de su nariz se hincharon como fuelle de herrero. Un fuego cálido brillaba en el horno. En una gran cazuela el agua hervía y cubría con la espuma blancos ravioles. Una gallina rolliza flotaba en un caldo dorado. El horno desprendía un olorcito a tarta con pasas.

Sentado en un banco, Guérshele se retorcía como la parturienta antes de dar a luz. En un instante en su cabeza maduraron más planes que esposas tuvo el rey Salomón.

La habitación estaba en silencio, el agua hervía y la gallina se mecía en las olas doradas.

—¿Dónde está su marido, señora? —preguntó Guérshele.

—Mi marido ha ido a pagar la renta al señor. —La mujer volvió a callar. Sus ojos infantiles quedaron en blanco. De pronto dijo:

—Estoy a la ventana y pensando. Quiero hacerle una pregunta, señor judío. Usted debe andar mucho por el mundo, estudió con el rebe y conoce nuestra vida, diga, señor judío: ¿vendrá pronto Shabos-najmú?

“Ya, ya —pensó Guérshele—. La pregunta tiene miga. De todo hay en la viña del señor…”.

—Se lo pregunto porque mi marido prometió que iríamos a ver a mi madre cuando llegue Shabos-najmú. Te compraré un vestido y una peluca y pediremos al rabino Motalemí que nos nazca un hijo y no una hija —todo eso cuando llegue Shabos-najmú. Parece que es un hombre del otro mundo.

—Dice usted bien, señora —respondió Guérshele—. Fue Dios el que puso en sus labios tales palabras… usted tendrá un hijo y una hija. Shabos-najmú soy yo, señora.

Los pañales rodaron de las rodillas de Zelda. Ella se incorporó y golpeó su pequeña cabecita contra la viga del techo, porque Zelda era alta y gorda, roja y joven. Sus pechos subidos parecían dos sacas repletas de trigo. Sus ojos azules se abrieron como los de un niño.

—Yo soy Shabos-najmú —confirmó Guérshele—. Ya llevo andando un mes y pico, señora, ayudando a la gente. Del cielo a la tierra hay un gran trecho. He desgastado las botas. Y aquí le traigo un saludo de todos los suyos.

—¿De la tía Pesia —gritó la dueña—, del padre y de la tía Golda? ¿Acaso los conoce usted?

—¿Y quién no los conoce? —respondió Guérshele—. Estuve hablando con ellos como con usted ahora.

—¿Y qué tal se vive por allí? —preguntó la dueña, cruzando sobre el vientre los dedos temblones.

—Mal —profirió Guérshele compungido—. ¿Qué vida puede tener un hombre muerto? Allí, de fiestas nada…

Los ojos de la dueña se llenaron de lágrimas.

—Hay allí frío —continuaba Guérshele—, frío y hambre. Comen como los ángeles. En el otro mundo nadie tiene derecho a comer más que los ángeles. ¿Qué puede necesitar un ángel? Con un trago de agua ya tiene bastante. En cien años usted no verá allí ni una copa de aguardiente…

—Pobre padrecito… —susurró la dueña asombrada.

—En Pascua se conforma con una taza. Un buñuelo le basta para todo el día…

—Pobre tía Pesia —se echó a temblar la dueña.

—Yo mismo paso hambre —profirió Guérshele, recostando la cabeza, y por su nariz rodó una lágrima que fue a perderse en la barba. Y no tengo más remedio que callarme, allí estoy considerado de la casa…

A Guérshele no le dio tiempo a terminar la frase.

Pisando con sus pies gordos, la dueña se acercaba apresuradamente a él: platos, fuentes, vasos, botellas. Y cuando Guérshele se puso a comer, la mujer se dio cuenta de que era un hombre del otro mundo.

Para empezar, Guérshele comió hígado picado con rodajas de cebolla, rociado con una grasa transparente. Se tomó una copa de vodka señorial (en el vodka nadaban unas cortezas de naranja). Después comió pescado, mezcló la aromática ujá con patata blanda y apiló en el borde del plato medio tarro de rábano picante, de un rábano que haría llorar a cinco panes con sus monetes y sus caftanes.

Después del pescado, Guérshele dio su merecido a la gallina y comió sopa caliente con gotas de grasa flotando. Los ravioles, que nadaban en mantequilla derretida, saltaban a la boca de Guérshele como sala la liebre que escapa del cazador. De más está contar lo que le ocurrió a la tarta. ¿Qué le iba a ocurrir si Guérshele se tiraba años sin ver una tarta?

Acabada la cena, la dueña enfardó las cosas que por mediación de Guérshele mandaría al otro mundo al padre, a la tía Golda y a la tía Pesia. Al padre le puso un taled nuevo, una garrafa de kirsch, un tarro de dulce de frambuesa y una saca de tabaco. Para la tía Pesia mandó calcetines grises calientes. A la tía Golda le envió una vieja peluca, una peineta grande y un devocionario. Además suministró a Guérshele botas, una hogaza de pan, torreznos y una moneda de plata.

—Muchísimos saludos, señor Shabos-najmú, muchos recuerdos a todos —decía a Guérshele, cargado con un pesado fardo—. Si no, espere un poco, mi marido está al llegar.

—No —respondió Guérshele—. Llevo prisa, ¿cree que es usted sola?

En el bosque oscuro dormían los árboles, dormían los pájaros, dormían las hojas verdes. Las empalidecidas estrellas que nos custodian se durmieron en el cielo.

A la versta de camino Guérshele se detuvo rendido, tiró la carga al suelo, se sentó sobre ella y comenzó a razonar consigo mismo.

—Tengo presente, Guérshele —se dijo—, que en el mundo hay muchos imbéciles. La ventera es tonta. Pero pueda ser que su marido es un hombre listo de puños grandes, carrillos gordos y látigo largo. Si regresa a casa y te echa mano en el bosque…

Guérshele no se detuvo a buscar la respuesta. Enterró inmediatamente el fardo y puso una señal para después hallar pronto el lugar secreto.

Echó a correr al otro extremo del bosque, se desnudó por completo, abrazó el tronco de un árbol y se puso a esperar. No duró mucho la espera. Al amanecer Guérshele escuchó el silbido de un látigo, el chasquido de unos labios y el trote de un caballo. Era el ventero que andaba persiguiendo al señor Shabos-najmú.

Cuando llegó hasta el sitio en que Guérshele estaba desnudo y abrazado a un árbol, el ventero detuvo el caballo y puso la cara de tonto que pondría un monje al ver al diablo.

—¿Qué hace usted aquí? —preguntó con voz sofocada.

—Soy hombre del otro mundo —respondió Guérshele compungido—. Me robaron, me quitaron documentos importantes, que llevaba al rabino Borujl…

—Sé quién le robó —gritó el ventero—. Yo también tengo con él cuentas pendientes. ¿Por qué camino se ha ido?

—No sabría decirle el camino —murmuró amargamente Guérshele Si quiere, déjeme el caballo y le alcanzaré en un dos por tres. Espéreme aquí. Desnúdese, póngase bajo el árbol y aguántelo bien, hasta mi regreso. Es un árbol sagrado. En nuestro mundo muchas cosas se apoyan en él…

Guérshele no necesitó mucho tiempo para descubrir de qué pie cojeaba aquel hombre. Comprendió en seguida que marido y mujer eran tal para cual.

Así, pues, el ventero se desnudó y se arrimó al árbol. Guérshele subió al carro y arrancó. Desenterró sus cosas, las echó al carro y las llevó al lindero del bosque.

Aquí Guérshele cargó el fardo a la espalda, soltó el caballo y echó a andar por el camino que llevaba recto a casa del santo rabino Borujl.

Ya había amanecido. Cantaban los pájaros con los ojos cerrados. El caballo del ventero, cabizbajo, arrastró el carro hasta donde había dejado a su dueño.

Este esperaba arrimadito al árbol, desnudo bajo los rayos del sol. El ventero tenía frío y continuamente cambiaba de pie.

Otros cuentos judíos en Señor Breve

Curso de Ilustración de tu puño y tableta

El mejor microrrelato de la Historia

lunes, 4 de febrero de 2013

martes, 8 de mayo de 2012

Encuentro sobre Novela y Relato críticos actuales






Encuentro sobre Novela y Relato críticos actuales

"La mano invisible, de Isaac Rosa, e Historias de este mundo, de Matías Escalera Cordero: modos de narrar la realidad presente"

Intervienen
ISAAC ROSA, MATÍAS ESCALERA CORDERO (autores) y DAVID BECERRA (crítico)

martes, 27 de septiembre de 2011

Inscríbete en los talleres virtuales de la poesía y el relato


Taller de la poesía y el relato, financiados por la Junta de Extremadura

Comparto con vosotros la información sobre los talleres virtuales de la poesía y el relato, de la Red Regional de Talleres Literarios, que me han enviado desde AUPEX.
Plazo de inscripción: desde el 27 de septiembre al 13 de octubre. Los talleres son gratuitos. Os recuerdo de paso que la mayoría de los talleres presenciales no se van a hacer este año debido a los recortes de presupuesto.

domingo, 10 de julio de 2011

Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia (88): "Mesa para dos", de Lori Peikoff


Restaurante parisino. Fuente de la imagen


Alejandro Pérez de la Torrente, licenciado en Derecho y fiel lector de Paul Auster, ha escogido este texto para la sección Los mejores 1001 cuentos literarios”. El propio Pérez de la Torrente ha escrito unas líneas a modo de introducción en las que nos explica cómo nació el relato. 

viernes, 8 de julio de 2011

Relato de Juan José Arreola: "El guardagujas"




Caseta del guardagujas, del pintor José Catalá. Fuente de la imagen


-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.

jueves, 30 de junio de 2011

La novia de King Kong y otras 111 lecturas bien aprovechadas


La novia de King Kong, de David Mena. Berenice, 2011

Por decirlo en corto: que la escritura de microrrelatos sea una actividad de moda en los últimos años se debe en gran medida a la creencia (consciente o inconsciente) de que se trata de un género asequible, fácil. Pero si aceptamos -y yo lo acepto con muchas reservas- que un buen microrrelato lo escribe casi cualquiera, habrá que aceptar también que un buen libro de microrrelatos no está al alcance de casi nadie, sobre todo si quienes lo cultivan no le rinden el debido respeto. Frente a tanta ligereza y tanta molicie, opino que sin una formación literaria consolidada -que no se alcanza en cuatro o cinco tardes- es difícil domesticar este género, como difícil es domesticar cualquier otro... 

martes, 28 de junio de 2011

Cuento breve recomendado (14): "Muerte del cabo Cheo López", de Ciro Alegría



José Effio. El velorio del angelito

Ciro Alegría (Perú, 1909-1967) fue escritor, periodista y político. Es uno de los escritores más representativos de la narrativa indigenista, que se distinguía por su interés en reflejar la opresión sufrida por los indígenas. De Ciro Alegría son, entre otras, las novelas La serpiente de oro (1935), Los perros hambrientos (1939) y El mundo es ancho y ajeno (1941). 
El relato "Muerte del cabo Cheo López", prácticamente desconocido, fue publicado por primera vez en 1963, cuatro años antes de la muerte de su autor. 

Leer el cuento "Muerte del cabo Cheo López".  

miércoles, 22 de junio de 2011

Relato de Ramón J. Sender: "El guaje"



Los fusilamientos del 3 de mayo. Francisco de Goya

Ramón J. Sender (1901-1982) fue un prolífico escritor y periodista que repartió su obra en los géneros de la novela, el relato, el ensayo y la poesía, aunque lo que más han trascendido son sus narraciones. La Guerra Civil Española lo sorprendió cuando veraneaba con su mujer y sus dos hijos en un pueblo de la sierra de Guadarrama. Su mujer y sus hijos se mudaron a Zamora y él se incorporó al ejército republicano. En octubre de 1936 su mujer fue fusilada. 
"El guaje", demoledor relato ambientado en la contienda, fue publicado el 15 de abril de 1936 en Ayuda. Revista del Socorro Rojo Internacional.
Como imagen que ilustre el texto he seleccionado uno de los cuadros más conocidos de Goya: Los fusilamientos del 3 de mayo

domingo, 19 de junio de 2011

Relato de David Garrido Navarro: "El rectángulo luminoso"




David Garrido Navarro, autor del relato "No temas por la calle", que ya publicamos en su momento, nos envía un nuevo relato, "El rectángulo luminoso". 

viernes, 25 de febrero de 2011

Relato de Rodrigo Atiliano González: "La caja"



Este relato del chileno Rodrigo Atiliano González G., por momentos metaliterario, está construido a partir de la epifanía que experimenta el personaje-narrador, Maximiliano, una vez que siente el repentino deseo de convertirse en escritor.
Se pueden leer otros relatos de Rodrigo en su blog Relatos de un ciudadano.


LA CAJA
A los 27 años, Maximiliano entendió que debía escribir. Lo   descubrió de golpe, como quien va al baño una mañana y se mira un grano en la nariz, sin mayor sorpresa, pero lo suficientemente notorio para no dejarlo pasar. Había leído de forma regular desde hace un par de años, convirtiéndose en un adulto con más conocimiento literario que el común de su edad. Siempre soñó que algún día escribiría, es cierto, aunque nunca se lo propuso como una forma de vida real hasta ese momento. Desde los 27 años, diría después, empezó a convertirse en

miércoles, 5 de enero de 2011

Relato de Manuel Abacá: "Estadística"


  
Estadística

Me llamo Belén, tengo veinticinco años y mucha gente dice que mi voz es una voz bonita. Vivo sola y, desde hace cuatro, trabajo en una empresa que elabora estadísticas. No es ésta, sin embargo, la razón por la que sé de una ley matemática que dice algo parecido a que un avión con cuatro motores tiene más probabilidades de avería que otro con dos.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Relato de Marco Denevi: "La cicatriz"



Según Gustav Büscher (El libro de los misterios, Barcelona, 1961) el arqueólogo alemán Hilprecht decifró los caracteres cuneiformes inscriptos en dos piedras que desenterró de las ruinas de Nippur, Babilonia, gracias a un sueño revelador: en ese sueño, un sacerdote, luego de aclararle que las piedras eran las dos mitades de una tabla votiva, le explicó el contenido de la inscripción. Al día siguiente Hilprecht pudo decifrar la escritura sin ninguna dificultad.
   Conozco un caso todavía más extraordinario de sueño revelador. Ascanio Baielli leía todos los domingos de 1960, por el servicio de la Radiodifusión Italiana (RAI), una serie de relatos ya imaginarios, ya históricos, agrupados bajo el título de Storie per la sera della domenica (Cuentos para le velada del domingo). "La anunciación del traidor", incluido en la presente antología, es uno de esos relatos.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Relato de Ernest Hemingway: "Los asesinos"

Forajidos (Robert Siodmak, 1946)
"Los asesinos", de Ernest Hemingway, es uno de los cuentos más conocidos del siglo XX. En esta historia el célebre autor estadounidense recurrió a algunos de los elementos que se repiten -en mayor o menor medida- en sus narraciones: la sencillez expositiva y la concisión, los diálogos directos, la elipsis, la omisión de datos argumentales, el final abierto...
El relato, publicado en 1927, inspiró dos películas: Forajidos (The killers, Robert Siodmak, 1946) y Código del hampa (The killers, Don Siegel, 1964). La imagen que acompaña al texto es el cartel de promoción de la primera, interpretada por Ava Gadner y Burt Lancaster. 
 

domingo, 14 de noviembre de 2010

¿Cuáles son las diferencias entre el relato y el cuento?

Los asistentes a los talleres de escritura creativa de Mempo Gardinelli ("tallereutas" los llama él) le preguntan a menudo por las diferencias entre el relato y el cuento. Gardinelli responde en estas líneas, incluidas en la parte crítica de su libro Así se escribe un cuento.