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Fotograma de la película Germinal, basada en la obra de Zola e
interpretada por Gérard Dupardieu
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martes, 16 de diciembre de 2014
Comentario de "Germinal", de Émile Zola
Etiquetas: narrativa breve, literatura, cuentos
Ediciones Olympia,
Émile Zola,
Ernesto Bustos Garrido,
Gérard Dupardieu
miércoles, 17 de septiembre de 2014
50 opiniones de un corrector de estilo
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| Book Mountain, biblioteca municipal de Spijkenisse, Holanda. Fuente de la imagen |
Con el post que publiqué ayer, "Las llaves acuáticas" (una llamada de atención a esos avisos incomprensibles que tantas veces leemos aquí y allá), la sección Opiniones de un corrector de estilo alberga ya cincuenta artículos que pretenden poner el foco en los malos usos del lenguaje español y de paso reflexionar sobre el oficio del corrector de estilo. Comencé la sección en agosto de 2012 y poco a poco, sin prisas pero sin pausa, ahí está, cumpliendo -cabe suponer- un servicio a los interesados en la corrección lingüística.
Espero que sea de vuestro interés.
Francisco Rodríguez Criado
domingo, 20 de octubre de 2013
Edita Nómada Cáceres
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| Edita ´Nómada Cáceres. |
Os dejo el cartel y la nota informativa sobre Edita Nómada Cáceres, un encuentro literaria que va a tener lugar en Cáceres el 25 de noviembre de 2013. Los interesados en participar en estos actos pueden contactar con la organizadora del acto en Cáceres, María Carvajal.
La información está publicada en Aupex.
Etiquetas: narrativa breve, literatura, cuentos
Edita Nómada Cáceres,
María Carvajal,
Uberto Stabile
domingo, 4 de agosto de 2013
Cuento de Miguel Bravo Vadillo: El afilador
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| Afilador. Fuente de la imagen en Internet |
EL AFILADOR
Miguel
Bravo Vadillo
Hoy
me he levantado con ganas de releer algunos cuentos de Poe. Comencé con El
gato negro. Apenas había leído unas líneas –“Mañana voy a morir y quisiera
aliviar hoy mi alma”, nos confesaba el narrador–, cuando los monótonos acordes
con los que se presenta el afilador callejero llegaron a mi oído a través de la
ventana abierta de mi estudio. Recordé entonces que tenía un cuchillo que
afilar, y salí a la calle en busca de aquel que mejor sabe hacer su oficio.
Era
el afilador un hombre de abatida figura, enjuto de carnes, de piel morena y
curtida. Sus ropas, holgadas ya para su reducido esqueleto, estaban sucias y
raídas. Rondaría los cincuenta años. Una barba descuidada, de unos tres o
cuatro días, dejaba entrever, más que ocultar, las penurias de su rostro.
Peinaba hacia atrás su cabello ceniciento, por lo que su augusta frente quedaba
por completo al descubierto; esa frente en la que se labraban algunos surcos
cuando el afilador, inclinada la cabeza hacia delante, miraba directo a los
ojos de quien esto escribe. Parecía un afilador de otra época, casi un
personaje velazqueño.
Antes
de comenzar la tarea echó un trago de vino de una vieja bota que llevaba
colgada en el manillar. Bebió sin invitarme, pero no lo tomé a mal porque
enseguida sospeché que aquel caldo no debía de ser del que aclara las ideas.
Luego, al par que pedaleaba y hacía girar la rueda de amolar, me contó que de
joven había sido músico (aunque ya nadie lo diría viendo sus manos) y que tuvo
que vender el violín para comprar la herrumbrosa bicicleta y la siringa de
plástico, la cual había aprendido a tocar sin despegarse el pitillo de los
labios. Me hizo una demostración, y sonrió orgulloso, mostrando una hilera
desigual de dientes ennegrecidos. Tampoco el cigarrillo perdía el equilibrio
con sus risas y parloteos. Era un hombre que, al verlo, arrumbado bajo el
triste sol de noviembre, daban ganas de invitarlo a una sopa caliente.
Pensaba
yo en la sopa cuando miró por encima de mi cabeza, como si detrás de mí hubiese
una figura alta y poderosa. Abrió sus ojos desmesuradamente y tembló el
cigarrillo, que, ahora sí, cayó al suelo. Yo sentí un escalofrío en la nuca,
pero al girarme no pude ver nada (ni a nadie) que justificara aquel terrorífico
asombro. El hombre continuó su labor sin volver a mirarme, ni a abrir la boca;
y poco después, cabizbajo, me entregó el cuchillo perfectamente afilado.
Pregunté cuánto le debía. Me respondió que invitaba la casa, y se marchó como
alma que lleva el diablo. Qué buen tipo, pensé; pero volví a mi estudio con una
rara sensación de desasosiego. Una repentina curiosidad me hizo mirar por la
ventana y vi cómo el afilador se alejaba calle abajo, montado en su bicicleta,
gesticulando como si hablara con su sombra.
Me
senté a mi mesa de trabajo, pero no pude dejar de pensar en algunas
supersticiones que todavía perviven en mi pueblo. Por lo visto, la llegada de
un afilador siempre anuncia lluvias. Y es así que, indefectiblemente, llueve a
los pocos días. Pero para algunos, los más agoreros, también es vaticinio de
alguna muerte. Ese mal agüero está extendido por muchos pueblos de esta región,
y sé de uno, cuyo nombre prefiero no citar, en que sus habitantes han prohibido
la entrada a los afiladores ambulantes. Aunque parezca mentira, desde entonces
(y hace seis años de eso) allí no ha muerto nadie. Ya lo llaman el pueblo de
los inmortales. Sin embargo, cuando lo pronostica el hombre del tiempo, se
sigue viniendo el cielo abajo, tal y como ocurría antes de tan extravagante
prohibición.
¿Pero
qué vería detrás de mí ese afilador velazqueño, a través de su vino turbio?
Quizá una inquietante borrasca, quizá el rostro huesudo de La Muerte esperando
su turno para afilar la guadaña. ¿Por qué no preguntarle?, me dije, y salí en
su busca. Recorrí todo el pueblo con mi coche, pero ya no pude encontrarlo. Tal
parecía que se lo hubiese tragado la tierra.
Ahora
anochece y un fatídico presentimiento aflige el centro mismo de mi alma
mientras pienso en la siniestra figura del afilador alejándose horizonte abajo,
arrastrando tras sí el destino incierto de los hombres.
Miguel Bravo Vadillo nace en Badajoz en 1971. Es colaborador habitual de la revista cinematográfica Versión Original, editada por la Fundación ReBross de Cáceres. En los últimos años ha publicado poemas y cuentos en la colección El vuelo de la palabra, editada por el ayuntamiento de Badajoz. Fue uno de los autores seleccionados para la 4ª entrega de “3X3 Colección de poesía”, que dirige Antonio Gómez y publica la Editora Regional de Extremadura. En 2013 Ediciones Vitruvio ha publicado su poemario Destellos.
“Una habitación propia”, de Virginia Woolf, en Grandes Libros, por Miguel Bravo Vadillo.
Etiquetas: narrativa breve, literatura, cuentos
cuentos,
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martes, 30 de julio de 2013
Becarios de la Generación Perdida
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| Becario. Fuente de la imagen en Internet |
BECARIOS DE LA GENERACIÓN PERDIDA
El Diccionario de la Real Academia Española define “becario” como “persona que disfruta de una beca para estudios”. Un enunciado que por tibio nos sabe a poco. En realidad, desde que la sociedad moderna le ha dado la espalda a la minería, no hay trabajo más duro que el del becario, ese aprendiz de pez que lucha por abrirse camino en un mundo laboral donde gobiernan los tiburones.
Según las estadísticas, los graduados españoles son los que más tardan, de toda Europa, en encontrar su primer empleo. El becario español no busca pues una oportunidad, busca un milagro: encontrar un primer trabajo tiene mal pronóstico en un país donde cinco millones de personas han perdido el que temen haya sido su último empleo.
Pero luchar es sobrevivir, y el becario, como el lince ibérico, sigue dando batalla. Quizá algún día triunfe en su profesión, gane mucho dinero y prestigio, pero por ahora tendrá que soportar convertirse en el chivo expiatorio de la empresa (si algo sale mal, suya será gran parte de la culpa), trabajar mucho para cobrar poco o nada, rendir sin cotizar a la Seguridad Social, y escuchar los discursos paternalistas de sus jefes y compañeros.
Rajoy y Rubalcaba, siempre en pie de guerra, han firmado –para nuestra sorpresa– un pacto, el primero de la legislatura, para poner en marcha un plan europeo de empleo juvenil. No son tiempos para creer en las promesas de los políticos, pero parece una buena noticia que ambos líderes hayan fumado la pipa de la paz para tratar de darles una salida a estos jóvenes que conforman lo que algunos empiezan a denominar, en términos laborales, la “generación perdida”.
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jueves, 4 de julio de 2013
El sueño de España
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| Selección española en el Mundial del 82. Fuente de la imagen |
EL SUEÑO DE ESPAÑA
De niño jugábamos en el patio del colegio a
ser Garrincha, Rivelino o –ya puestos– Pelé.
En casa también teníamos o habíamos tenido grandes jugadores (Iribar, Amancio, Pirri), pero
como soñar era gratis íbamos a lo grande: a los brasileños. Brasil era entonces
el Fútbol, en mayúsculas, ese deporte al que todos jugaban pero que –así nos lo
parecía– siempre ganaban los cariocas con sus regates de fantasía.
Sin embargo, con el paso de los años el
rumboso Brasil se fue deshinchando. Aunque igual de malabaristas que siempre,
su juego no terminaba de cuajar y eran selecciones intrusas las que se imponían en los Mundiales. Y por extraño que
antaño pudiera parecer cuando parecíamos anclados ad eternum a la furia (eufemismo con el que abrazábamos nuestra
impotencia), la selección española acabó por convertirse en la mejor del mundo.
Pelé y los suyos habían vuelto a nacer y ahora hablaban español e incluso
catalán.
Pero a veces el mito acaba venciendo a la
realidad y el sueño se convierte en pesadilla. Es lo que ocurrió el pasado
domingo en el más mítico de los estadios: el Maracaná. La goleada de Brasil a
España (3-0) en la final de la Copa Confederaciones ha venido a demostrar que
donde hay patrón no manda marinero. O al menos hasta el próximo mundial, que está
a la vuelta de la esquina, donde España posiblemente habrá de vérselas de nuevo
con Brasil, y quién sabe si en la final. Será el momento de consolidar nuestra
fe en que España es mucho más que el sueño de una noche de verano pergeñado por
cuarenta millones de ciudadanos a quienes vencer
se les antoja un verbo que solo hablan los brasileños.
(Artículo
publicado en El Periódico Extremadura el
miércoles, 3 de julio de 2013).
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