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jueves, 23 de enero de 2020

Relato muy corto de Francisco Ayala: Otro pájaro azul

Escritor Francisco Ayala


Francisco Ayala tuvo tiempo durante su longeva vida (vivió nada más ni menos que 103 años, 1906-2009) a producir una exitosa obra literaria, articulada en novelas, cuentos, ensayos y artículos periodísticos.

Además, fue traductor (y a veces también autor del prólogo) de libros de grandes autores como Thomas Mann (Lotte in Weimar, 1941, y Las cabezas trocadas, 1970), Carl Schimtt (Teoría de la constitución (1934), Benjamin Constant (Mélanges de la Littérature et de Politique, 1943), Rainer Maria Rilke (Die Aufzeichnungen von Malte Laurids Brigge, 1944) o Alberto Moravia (La romana, 1950).

Su obra bien requiere la atención de los buenos lectores. Siendo tan amplia, nos limitaremos por ahora a ir abriendo boca con uno de sus breves: “Otro pájaro azul”.

Cuento corto de Francisco Ayala: Otro pájaro azul

“Mira, mira qué pájaro tan hermoso, allí, en el árbol, allí arriba; qué colores”, casi gritaste corriendo hacia la ventana, llamándome a la ventana.

Habíamos pasado un rato en silencio, y escuchábamos a los pájaros cantar fuera, en aquella neblina, con aquel viento. “Esos pobres petirrojos se obstinan en cantar –había observado yo-. Por más que llueva y haga un viento frío, ellos cantan: reclaman la primavera prometida.” Y fue entonces cuando viste tú agitarse allá al fondo, grande, azul, en lo alto de una rama, a ese pájaro de belleza única, y me atrajiste a compartir tu admiración, tu júbilo.

Pero en seguida pudimos darnos cuenta de que no era tal ave. Lo que se movía en el árbol extendiendo y agitando con frenesí su oscuro azul, no era un ave; era quizá un trapo, un jirón de tela prendido a las ramas en el viento.

Por consolarte, te dije yo (y así lo sentía): “Querida: es más hermoso y me gusta más que si hubiera sido de verdad, porque ese pájaro lo has creado tú, tú lo has inventado, es obra tuya.” Pero al mismo tiempo que te lo decía me acudió este pensamiento: Si no seré yo también una invención de tus ojos magos, y algún día, en algún momento...

Francisco Ayala

El origen de la palabra "nivola"



domingo, 10 de noviembre de 2019

Cuento de Joaquim Machado de Assis: Misa del gallo



Nunca pude entender la conversación que tuve con una señora hace muchos años; tenía yo diecisiete, ella treinta. Era noche de Navidad. Había acordado con un vecino ir a la misa de gallo y preferí no dormirme; quedamos en que yo lo despertaría a medianoche.
La casa en la que estaba hospedado era la del escribano Meneses, que había estado casado en primeras nupcias con una de mis primas. La segunda mujer, Concepción, y la madre de ésta me acogieron bien cuando llegué de Mangaratiba a Río de Janeiro, unos meses antes, a estudiar preparatoria. Vivía tranquilo en aquella casa soleada de la Rua do Senado con mis libros, unas pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña: el notario, la mujer, la suegra y dos esclavas. Eran de viejas costumbres. A las diez de la noche toda la gente se recogía en los cuartos; a las diez y media la casa dormía. Nunca había ido al teatro, y en más de una ocasión, escuchando a Meneses decir que iba, le pedí que me llevase con él. Esas veces la suegra gesticulaba y las esclavas reían a sus espaldas; él no respondía, se vestía, salía y solamente regresaba a la mañana siguiente. Después supe que el teatro era un eufemismo. Meneses tenía amoríos con una señora separada del esposo y dormía fuera de casa una vez por semana. Concepción sufría al principio con la existencia de la concubina, pero al fin se resignó, se acostumbró, y acabó pensando que estaba bien hecho.
¡Qué buena Concepción! La llamaban santa, y hacía justicia al mote porque soportaba muy fácilmente los olvidos del marido. En verdad era de un temperamento moderado, sin extremos, ni lágrimas, ni risas. En el capítulo del que trato, parecía mahometana; bien habría aceptado un harén, con las apariencias guardadas. Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. El propio rostro era mediano, ni bonito ni feo. Era lo que llamamos una persona simpática. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sabía odiar; puede ser que ni supiera amar.
Aquella noche el escribano había ido al teatro. Era por los años 1861 o 1862. Yo debería de estar ya en Mangaratiba de vacaciones; pero me había quedado hasta Navidad para ver la misa de gallo en la Corte [alude a la ciudad de Río de Janeiro, por esos años capital del Imperio bajo el reinado de don Pedro II]. La familia se recogió a la hora de costumbre, yo permanecí en la sala del frente, vestido y listo. De ahí pasaría al corredor de la entrada y saldría sin despertar a nadie. Había tres copias de las llaves de la puerta; una la tenía el escribano, yo me llevaría otra y la tercera se quedaba en casa.
 —Pero, señor Nogueira, ¿qué hará usted todo este tiempo? —me preguntó la madre de Concepción.
 —Leer, doña Ignacia.
Llevaba conmigo una novela, Los tres mosqueteros, en una vieja traducción del Jornal do Comércio. Me senté en la mesa que estaba en el centro de la sala, y a la luz de un quinqué, mientras la casa dormía, subí una vez más al magro caballo de D’Artagnan y me lancé a la aventura. Dentro de poco estaba yo ebrio de Dumas. Los minutos volaban, muy al contrario de lo que acostumbran hacer cuando son de espera; oí que daban las once, apenas, de casualidad. Mientras tanto, un pequeño rumor adentro llegó a despertarme de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba de la sala al comedor; levanté la cabeza; enseguida vi un bulto asomarse en la puerta, era Concepción.
 —¿Todavía no se ha ido? —preguntó.
—No, parece que aún no es medianoche.
—¡Qué paciencia!
Concepción entró en la sala, arrastraba las chinelas. Traía puesta una bata blanca, mal ceñida a la cintura. Era delgada, tenía un aire de visión romántica, como salida de mi novela de aventuras. Cerré el libro; ella fue a sentarse en la silla que quedaba frente a mí, cerca de la otomana. Le pregunté si la había despertado sin querer, haciendo ruido, pero ella respondió enseguida:
—¡No! ¡Cómo cree! Me desperté yo sola.
La encaré y dudé de su respuesta. Sus ojos no eran de alguien que se acabara de dormir; parecían no haber empezado el sueño. Sin embargo, esa observación, que tendría un significado en otro espíritu, yo la deseché de inmediato, sin advertir que precisamente tal vez no durmiese por mi causa y que mintiese para no preocuparme o enfadarme. Ya dije que ella era buena, muy buena.
—Pero la hora ya debe de estar cerca.
—¡Qué paciencia la suya de esperar despierto mientras el vecino duerme! ¡Y esperar solo! ¿No le dan miedo las almas del otro mundo? Observé que se asustaba al verme.
—Cuando escuché pasos, me pareció raro; pero usted apareció enseguida.
—¿Qué estaba leyendo? No me diga, ya sé, es la novela de los mosqueteros.
—Justamente; es muy bonita.
—¿Le gustan las novelas?
—Sí.
—¿Ya leyó La morenita [la novela A Moreninha (1844), de Joaquim Manuel de Macedo]?
—¿Del doctor Macedo? La tengo allá en Mangaratiba.
—A mí me gustan mucho las novelas, pero leo poco, por falta de tiempo. ¿Qué novelas ha leído?
Comencé a nombrar algunas. Concepción me escuchaba con la cabeza recargada en el respaldo, metía los ojos entre los párpados a medio cerrar, sin apartarlos de mí. De vez en cuando se pasaba la lengua por los labios, para humedecerlos. Cuando terminé de hablar no me dijo nada; nos quedamos así algunos segundos. Enseguida vi que enderezaba la cabeza, cruzaba los dedos y se apoyaba sobre ellos mientras los codos descansaban en los brazos de la silla; todo esto lo había hecho sin desviar sus astutos ojos grandes.
«Tal vez esté aburrida», pensé.
Y luego añadí en voz alta:
—Doña Concepción, creo que se va llegando la hora, y yo…
—No, no, todavía es temprano. Acabo de ver el reloj; son las once y media. Hay tiempo. ¿Usted si no duerme de noche es capaz de no dormir de día?
—Lo he hecho.
—Yo no; si no duermo una noche, al otro día no soporto, aunque sea media hora debo dormir. Pero también es que me estoy haciendo vieja.
—Qué vieja ni qué nada, doña Concepción.
Mi expresión fue tan emotiva que la hizo sonreír. Habitualmente sus gestos eran lentos y sus actitudes tranquilas; sin embargo, ahora se levantó rápido, fue al otro lado de la sala y dio unos pasos, entre la ventana de la calle y la puerta del despacho de su marido. Así, con su desaliño honesto, me daba una impresión singular. A pesar de que era delgada, tenía no sé qué cadencia en el andar, como alguien que le cuesta llevar el cuerpo; ese gesto nunca me pareció tan de ella como en aquella noche. Se detenía algunas veces, examinaba una parte de la cortina, o ponía en su lugar algún adorno de la vitrina; al fin se detuvo ante mí, con la mesa de por medio. El círculo de sus ideas era estrecho; volvió a su sorpresa de encontrarme despierto, esperando. Yo le repetí lo que ella ya sabía, es decir, que nunca había oído la misa de gallo en la Corte, y no me la quería perder.
—Es la misma misa de pueblo; todas las misas se parecen.
—Ya lo creo; pero aquí debe haber más lujo y más gente también. Oiga, la Semana Santa en la Corte es más bonita que en los pueblos. Y qué decir de las fiestas de San Juan, y las de San Antonio…
Poco a poco se había inclinado; apoyaba los codos sobre el mármol de la mesa y metía el rostro entre sus manos abiertas. No traía las mangas abotonadas, le caían naturalmente, y le vi la mitad de los brazos, muy claros y menos delgados de lo que se podría suponer. Aunque el espectáculo no era una novedad para mí, tampoco era común; en aquel momento, sin embargo, la impresión que tuve fue fuerte. Sus venas eran tan azules que, a pesar de la poca claridad, podía contarlas desde mi lugar. La presencia de Concepción me despertó aún más que la del libro. Continué diciendo lo que pensaba de las fiestas de pueblo y de ciudad, y de otras cosas que se me ocurrían. Hablaba enmendando los temas, sin saber por qué, variándolos y volviendo a los primeros, y riendo para hacerla sonreír y ver sus dientes que lucían tan blancos, todos iguales. Sus ojos no eran exactamente negros, pero sí oscuros; la nariz, seca y larga, un poquito curva, le daba a su cara un aire interrogativo. Cuando yo subía el tono de voz, ella me reprimía:
—¡Más bajo! Mamá puede despertarse.
Y no salía de aquella posición, que me llenaba de gusto, tan cerca quedaban nuestras caras. Realmente, no era necesario hablar en voz alta para ser escuchado; murmurábamos los dos, yo más que ella, porque hablaba más; ella, a veces, se quedaba seria, muy seria, con la cabeza un poco torcida. Finalmente se cansó; cambió de actitud y de lugar. Dio la vuelta y vino a sentarse a mi lado, en la otomana. Volteé, y pude ver, de reojo, la punta de las chinelas; pero fue sólo el tiempo que a ella le llevó sentarse, la bata era larga y se las tapó enseguida. Recuerdo que eran negras. Concepción dijo bajito:
—Mamá está lejos, pero tiene el sueño muy ligero, si despierta ahora, pobre, se le va a ir el sueño.
—Yo también soy así.
—¿Cómo? —preguntó ella inclinando el cuerpo para escuchar mejor.
Fui a sentarme en la silla que quedaba al lado de la otomana y le repetí la frase. Se rio de la coincidencia, también ella tenía el sueño ligero; éramos tres sueños ligeros.
—Hay ocasiones en que soy igual a mamá; si me despierto me cuesta dormir de nuevo, doy vueltas en la cama a lo tonto, me levanto, enciendo una vela, paseo, vuelvo a acostarme y nada.
—Fue lo que le pasó hoy.
—No, no —me interrumpió ella.
No entendí la negativa; puede ser que ella tampoco la entendiera. Agarró las puntas del cinturón de la bata y se pegó con ellas sobre las rodillas, es decir, la rodilla derecha, porque acababa de cruzar las piernas. Después habló de una historia de sueños y me aseguró que únicamente había tenido una pesadilla, cuando era niña. Quiso saber si yo las tenía. La charla se fue hilvanando así lentamente, largamente, sin que yo me diese cuenta ni de la hora ni de la misa. Cuando acababa una narración o una explicación, ella inventaba otra pregunta u otro tema, y yo tomaba de nuevo la palabra. De vez en cuando me reprimía:
—Más bajo, más bajo.
Había también unas pausas. Dos o tres veces me pareció que dormía, pero sus ojos cerrados por un instante se abrían luego, sin sueño ni fatiga, como si los hubiese cerrado para ver mejor. Una de esas veces, creo, se dio cuenta de lo embebido que estaba yo de su persona, y recuerdo que los volvió a cerrar, no sé si rápido o despacio. Hay impresiones de esa noche que me aparecen truncadas o confusas. Me contradigo, me cuesta trabajo. Una de ésas que todavía tengo frescas es que, de repente, ella, que apenas era simpática, se volvió linda, lindísima. Estaba de pie, con los brazos cruzados; yo, por respeto, quise levantarme; no lo permitió, puso una de sus manos en mi hombro, y me obligó a permanecer sentado. Pensé que iba a decir alguna cosa, pero se estremeció, como si tuviese un escalofrío, me dio la espalda y fue a sentarse en la silla, en donde me encontrara leyendo. Desde allí, lanzó la vista por el espejo que quedaba encima de la otomana, habló de dos grabados que colgaban de la pared.
—Estos cuadros se están haciendo viejos. Ya le pedí a Chiquinho que compremos otros.
Chiquinho era el marido. Los cuadros hablaban del asunto principal de este hombre. Uno representaba a «Cleopatra»; no recuerdo el tema del otro, eran mujeres. Vulgares ambos; en aquel tiempo no me parecieron feos.
—Son bonitos —dije.
—Son bonitos, pero están manchados. Y además, para ser francos, yo preferiría dos imágenes, dos santas. Éstas se ven más apropiadas para cuarto de muchacho o de barbero.
—¿De barbero? Usted no ha ido a ninguna barbería.
—Pero me imagino que los clientes, mientras esperan, hablan de señoritas y de enamoramientos, y naturalmente el dueño de la casa les alegra la vista con figuras bonitas. En casa de familia es que no me parece que sea apropiado. Es lo que pienso; pero yo pienso muchas cosas; así, raras. Sea lo que sea, no me gustan los cuadros. Yo tengo una Nuestra Señora de la Concepción, mi patrona, muy bonita; pero es escultura, no se puede poner en la pared, ni yo quiero, está en mi oratorio.
La idea del oratorio me trajo la de la misa, me recordó que podría ser tarde y quise decirlo. Creo que llegué a abrir la boca, pero luego la cerré para escuchar lo que ella contaba, con dulzura, con gracia, con tal languidez que le provocaba pereza a mi alma y la hacía olvidarse de la misa y de la iglesia. Hablaba de sus devociones de niña y señorita. Después se refería a unas anécdotas, historias de paseos, reminiscencias de Paquetá [una isla distante unas pocas millas de la bahía de Guanabara], todo mezclado, casi sin interrupción. Cuando se cansó del pasado, habló del presente, de los asuntos de la casa, de los cuidados de la familia que, desde antes de casarse, le habían dicho que eran muchos, pero no eran nada. No me contó, pero yo sabía que se había casado a los veintisiete años.
 Y ahora no se cambiaba de lugar, como al principio, y casi no salía de la misma actitud. No tenía los grandes ojos largos, y empezó a mirar a lo tonto hacia las paredes.
—Necesitamos cambiar el tapiz de la sala —dijo poco después, como si hablara consigo misma.
Estuve de acuerdo para decir alguna cosa, para salir de la especie de sueño magnético, o lo que sea que fuere que me cohibía la lengua y los sentidos. Quería, y no, acabar la charla; hacía un esfuerzo para desviar mis ojos de ella, y los desviaba por un sentimiento de respeto; pero la idea de que pareciera que me estaba aburriendo, cuando no lo era, me llevaba de nuevo los ojos hacia Concepción. La conversación moría. En la calle, el silencio era total.
Llegamos a quedarnos por algún tiempo —no puedo decir cuánto— completamente callados. El rumor, único y escaso, era un roído de ratón en el despacho, que me despertó de aquella especie de somnolencia; quise hablar de ello, pero no encontré la manera. Concepción parecía divagar. Un golpe en la ventana, por fuera, y una voz que gritaba: «¡Misa de gallo!, ¡misa de gallo!».
—Allí está su compañero, qué gracioso; usted quedó de ir a despertarlo, y es él quien viene a despertarlo a usted. Vaya, que ya debe de ser la hora; adiós.
—¿De verdad? —pregunté.
—Claro.
—¡Misa de gallo! —repitieron desde afuera, golpeando.
—Vaya, vaya, no se haga esperar. La culpa ha sido mía. Adiós, hasta mañana.
 Y con la misma cadencia del cuerpo, Concepción entró por el corredor adentro, pisaba mansamente. Salí a la calle y encontré al vecino que me esperaba. Nos dirigimos de allí a la iglesia. Durante la misa, la figura de Concepción se interpuso más de una vez entre el sacerdote y yo; que se disculpe esto por mis diecisiete años. A la mañana siguiente, en la comida, hablé de la misa de gallo y de la gente que estaba en la iglesia, sin excitar la curiosidad de Concepción. Durante el día la encontré como siempre, natural, benigna, sin nada que hiciera recordar la charla de la víspera. Para Año Nuevo fui a Mangaratiba. Cuando regresé a Río de Janeiro, en marzo, el escribano había muerto de una apoplejía. Concepción vivía en Engenho Novo, pero no la visité, ni me la encontré. Más tarde escuché que se había casado con el escribiente sucesor de su marido.
El cuento “Misa de gallo”, de Joaquim Machado de Assis, fue publicado por primera vez en 1984, en A Semana.


viernes, 1 de junio de 2012

Cuento breve recomendado (206): "Aquellos días en Odessa", de Heinrich Böll




Heinrich Böll. Fuente de la imagen


“Ser foco de malas interpretaciones y polémicas es el riesgo que suelen correr aquellos como Böll, que dicen lo que piensan y se pronuncian en temas candentes. El presidente del Pen Club alemán, Johanno Strasser, lo define como un gran defensor de los derechos humanos y un "poeta del humanismo". Fue también el escritor del hombre común, que plasmó en su obra la suerte corrida por los millones de personas que naufragaban en los escombros dejados por la II Guerra Mundial. "Böll siempre siguió siendo un escritor de la generación de postguerra, que vivió el desastre con los ojos abiertos y quería hacer las cosas mejor", apunta Strasser. Por este motivo sufrió una gran decepción al ver que la nueva Alemania no había roto en forma tan radical con el pasado como él hubiera querido. Su temperamento de tendencia melancólica no le impidió rebelarse en forma vehemente contra la injusticia, ni defender con vigor sus puntos de vista, aunque esto le valió más de alguna disputa…”. Fuente  

miércoles, 23 de mayo de 2012

Cuento breve recomendado (205): "Carta de allá", de Pablo Andrés Escapa




Pablo Andrés Escapa, John Steinbeck, J.D. Salinger, Ring Lardner, Juan Rulfo, literatura española, Cuentos breves recomendados
Pablo Andrés Escapa. Fuente de la imagen


“Yo soy hombre de condición pacífica hasta en las metáforas, de manera que no he matado a ningún padre de letras todavía. Mis pasiones literarias son benignas y nunca he sentido la necesidad de renegar de un magisterio ni de una lectura. Lo que no me interesa lo olvido con facilidad y lo que me gusta me acompaña siempre. Soy también un hombre lento en asimilar las cosas, lo cual influye seguramente en que mi curiosidad sea limitada. Los confines literarios en los que llevo encontrándome a gusto desde que tengo alguna conciencia de escribir tienen que ver con un tipo de literatura que cuida la palabra y busca la emoción. Lo de siempre, podríamos decir. Pero hay sitio para lo inexplicable porque, según este doble principio recién citado, un escritor como Pío Baroja debería quedar fuera de mis intereses y resulta que lo admiro y disfruto con sus libros desde niño. Por el contrario – y sigo asumiendo las contradicciones–, escritores meticulosos como Jorge Luis Borges o Bioy Casares que me deslumbraron durante un tiempo, escritores muy precisos en su lenguaje y perfectos en la disposición de sus tramas, ahora me seducen menos. Sospecho que con el tiempo me he ido inclinando más por el movere que por el delectare y en ese camino han perdurado en mí Juan Rulfo y W. Faulkner, por citar dos escritores de lejos, a los que podría añadir agradecidamente los nombres de John Steinbeck, J.D. Salinger y Ring Lardner. Ya entre nosotros, no sabría dormirme hoy más feliz que tras una lectura de Cunqueiro, Rafael Dieste o Antonio Pereira. Le debo muy buenas horas a Stevenson y a Conrad y no se me olvidan algunas páginas de Eça de Queiroz ni de Buzzati. Tampoco se agota mi admiración por Miguel Torga y Jesús Fernández Santos, especialmente sus cuentos, y por el Jiménez Lozano de El Mudejarillo, por Las cosas del campo de Muñoz Rojas, por Cortejo de sombras de Julián Ríos. Y he dejado para el final un librito que en mi memoria es muy grande: Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta. Por último, mi deuda con Cervantes, al menos la consciencia de mi deuda, ha sido tardía pero tal vez le corresponda a él más magisterio que a nadie en mi maduración como escritor. Leyendo el Quijote se aprende magia en vez de trucos”.

P.A.E.

viernes, 18 de mayo de 2012

Cuento breve recomendado (204): "Prischepa", de Isaac Bábel



Isaac Babel. Fuente de la imagen


“El 15 de mayo de 1939, Isaac Bábel, un escritor cuya celebridad le había ganado el privilegio de una dacha en el campo, fue arrestado en Peredelkino e internado en la prisión moscovita de Lubyanka, sede de la policía secreta. Sus escritos fueron confiscados y destruidos –entre ellos textos a medio terminar, obras de teatro, guiones cinematográficos y traducciones. Seis meses después, al cabo de tres días y noches de inmisericordes interrogatorios, se declaró culpable de un falso cargo de espionaje. Al año siguiente fue sometido a un breve juicio clandestino en las últimas horas del 26 de junio. Bábel se retractó de su confesión inicial y clamó su inocencia y, a las 01:40 de la madrugada siguiente, fue ejecutado sumariamente por un pelotón de fusilamiento. Su última súplica no fue en su beneficio, sino por el poder y la verdad de la literatura: ‘¡Permítaseme terminar mi trabajo!”.

Cynthia Ozick

domingo, 13 de mayo de 2012

Cuento breve recomendado (203): "La escopeta", de Julio Ardiles Gray


Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo.
Edición de Irene Andres-Suárez

Hace un par de años, la ensayista Irene Andres-Suárez, gran estudiosa del microrrelato, me pidió permiso para publicar algunos textos míos en una antología que vería la luz en la editorial Cátedra. Gracias a otros blogs me enteré, días atrás, de que el libro en cuestión, Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, ya estaba en la calle. Y ha sido esta misma mañana cuando esta joya literaria ha llegado a mis manos. 
Es todo un honor para mí participar en dicha antología con tres microrrelatos: "Luis Alberto", "La web de Marina" y "La verdad sobre La Metamorfosis". Es un honor por la demostrada calidad y seriedad con la que Andres-Suárez encara todos sus ensayos, y por la suerte de poder acompañar a los mejores autores del género. 

miércoles, 2 de mayo de 2012

Cuento breve recomendado (201): "Paternidad responsable", de Carlos Alfaro Gutiérrez


Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo.
Edición de Irene Andres-Suárez

Hace un par de años, la ensayista Irene Andres-Suárez, gran estudiosa del microrrelato, me pidió permiso para publicar algunos textos míos en una antología que vería la luz en la editorial Cátedra. Gracias a otros blogs me enteré, días atrás, de que el libro en cuestión, Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, ya estaba en la calle. Y ha sido esta misma mañana cuando esta joya literaria ha llegado a mis manos. 
Es todo un honor para mí participar en dicha antología con tres microrrelatos: "Luis Alberto", "La web de Marina" y "La verdad sobre La Metamorfosis". Es un honor por la demostrada calidad y seriedad con la que Andres-Suárez encara todos sus ensayos, y por la suerte de poder acompañar a los mejores autores del género. 

jueves, 26 de abril de 2012

Cuento breve recomendado (200): "[El hijo que viene de parte del hijo], de Luis Mateo Díez



Escritor y académico Luis Mateo Diez. Fuente de la imagen

En Cuentos Breves Recomendados llegamos hoy al número 200. Si echamos una mirada a esta ya larga selección de cuentos, tal vez lo primero que llame la atención sea la variedad de los textos en cuanto a temas, épocas y procedimientos narrativos y, en algunos casos muy concretos, la libertad en la inclusión de títulos que, tal vez, pudieran más bien situarse en el límite o frontera, pero no en ese territorio de pleno derecho y de características muy definidas que es el relato. No me ha importado en estos casos ceder a la atracción y la belleza de esos textos y abrirles con generosidad las puertas de esta sección. Lo que sí he procurado buscar siempre es el interés, la originalidad, altura y calidad literaria como presupuestos ineludibles de la selección realizada y, parafraseando al escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, que estas historias puedan entretener, emocionar, intrigar, o sorprender a los buenos lectores y, si todo ello junto, mejor que mejor.

domingo, 22 de abril de 2012

Cuento breve recomendado (199): "El vestido", de Dylan Thomas


Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo.
Edición de Irene Andres-Suárez

Hace un par de años, la ensayista Irene Andres-Suárez, gran estudiosa del microrrelato, me pidió permiso para publicar algunos textos míos en una antología que vería la luz en la editorial Cátedra. Gracias a otros blogs me enteré, días atrás, de que el libro en cuestión, Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, ya estaba en la calle. Y ha sido esta misma mañana cuando esta joya literaria ha llegado a mis manos. 
Es todo un honor para mí participar en dicha antología con tres microrrelatos: "Luis Alberto", "La web de Marina" y "La verdad sobre La Metamorfosis". Es un honor por la demostrada calidad y seriedad con la que Andres-Suárez encara todos sus ensayos, y por la suerte de poder acompañar a los mejores autores del género. 

sábado, 7 de abril de 2012

Cuento breve recomendado (195): "Cambio de rasante", de Daniel Sueiro



Daniel Sueiro, literatura española, cuento, narrativa breve
Escritor Daniel Sueiro (1931-1986)


“El cuento es una pequeña pieza literaria con principio y fin en sí mismo; en su corta extensión no cabe que despierte nuestro interés por una gran serie de hechos que excederían su contextura; en su prieta densidad, tampoco puede interesarnos sólo por su forma expresiva. Ha de unir ambas dimensiones, los dos aspectos. Pero, ¿cómo? Cada cual tiene su toque personal, y en ese toque o falta de toque está el misterio y la razón de que haya tan pocos cuentos excelentes y tan pocos buenos cuentistas en medio de tantos y tantos vastos cultivadores del breve e insignificante género. En el espacio y el tiempo de un cuento, con su tema o idea, con su pequeña anécdota, su breve argumento, sus fulgurantes personajes, sus hechos reales y también su belleza formal, debe tener cabida toda la filosofía de la vida y el concepto del mundo propios del autor.

viernes, 30 de marzo de 2012

Cuento breve recomendado (193): "Amor a tres bandas", de Luciano G. Egido





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Luciano G. Egido. Fuente de la imagen

“Mi niñez fue la nieve. Siempre nevaba sobre Salamanca y el frío acartonaba las orejas, ablandaba la nariz y trepanaba las rodillas, hasta el tuétano del hueso. El primer recuerdo que asentó mi memoria era una ciudad blanca, ensabanada y helada, traspasada por un viento gélido que enloquecía las veletas de las espadañas de las muchas iglesias, de las torres y palacios que erizaban el horizonte urbano y trastornaban mi cabeza. Mi madre me arropaba con amor y con mantas y coberteras, junto a un brasero débil que apenas llegaba a calentar las pantorrillas, insuficiente para vencer el aire congelado que se metía por las rendijas traicioneras de las ventanas y las puertas mal ajustadas. Los tejados destilaban los carámbanos, como cuchillos afilados, que agredían el paisaje de árboles sumisos y tejados unánimes, bajo la blancura de la nieve inmaculada. Siempre nevaba sobre nuestra pobreza de pan duro y leña escasa, administrada con usura por mi madre, que, para dormirme y hacerme olvidar el frío inhumano de la cama, me contaba la historia de mi abuelo, como si fuera un héroe de antiguas leyendas, invencible, alto como la catedral, fuerte como un tronco de caballos y loco como el Tormes, cuando se salía de madre. Era al mismo tiempo un príncipe dorado, un ogro hirsuto y un caballero andante, incansable y generoso, imprevisible y audaz”.

Luciano G. Egido, La piel del tiempo

miércoles, 28 de marzo de 2012

Cuento breve recomendado (192): "[El tiesto de Albahaca]", de Giovanni Boccacio



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Estatua de Giovanni Boccaccio en la entrada de la Galería de  los Ufizzi. Fuente de la imagen

"El escritor italiano Boccacio compuso su obra maestra, el Decamerón –«cien narraciones contadas a lo largo de diez días o jornadas»-, entre 1350 y 1365, uno de los más importantes libros de cuentos de la literatura universal. Por el variopinto mundo de estos cien relatos pululan toda clase de personajes y se entretejen sermones moralistas y aventuras eróticas desenfadadas, ecos del amor cortés e historias trágicas, apólogos orientales y alegres sátiras de costumbres. Toda la vida terrena está recogida en esta «comedia humana», desde los aspectos más cómicos hasta los más dramáticos, desde los más rastreros hasta los más sublimes, es decir, la extraordinaria variedad de las pasiones que agitan el corazón humano, los sucesos alegres o desventurados, los acontecimientos más insólitos o los más vulgares y grotescos. Y, además el genio literario de su autor supo expresar admirablemente esta humana materia bulliciosa con un arte narrativo nuevo, ágil y dotado de insospechados recursos. La historia propuesta pertenece a la cuarta jornada «en la que se habla de aquellos cuyos amores tuvieron un final infeliz»; se trata de un delicadísimo cuento de amor, venganza y muerte, en el que las dotes narrativas de Boccaccio se concentran en resaltar, con lograda efectividad, el dramatismo de la acción.

M.D.R.

domingo, 25 de marzo de 2012

Cuento breve recomendado (191): "El libro espejo", de Luis Morales



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Niños en la escuela. Fuente de la imagen

En una de esas travesías que, sin rumbo fijo, suelo hacer por la Red me encontré con el texto que hoy recomiendo y, como me pareció interesante y digno de ser incluido en esta sección, me puse en contacto con el autor, Luis Morales, que se define en su blog como “filólogo, camarógrafo, realizador, fotógrafo, diseñador gráfico pantagruélico, viajero, cuatrero antipoético y perspicaz, admirador de los hombres-orquesta”.

Esta fue su rápida y amable contestación.

(Miguel Díez R.). 

domingo, 18 de marzo de 2012

Cuento breve recomendado (188): "Seetetelané". Cuento popular africano


Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo.
Edición de Irene Andres-Suárez

Hace un par de años, la ensayista Irene Andres-Suárez, gran estudiosa del microrrelato, me pidió permiso para publicar algunos textos míos en una antología que vería la luz en la editorial Cátedra. Gracias a otros blogs me enteré, días atrás, de que el libro en cuestión, Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, ya estaba en la calle. Y ha sido esta misma mañana cuando esta joya literaria ha llegado a mis manos. 
Es todo un honor para mí participar en dicha antología con tres microrrelatos: "Luis Alberto", "La web de Marina" y "La verdad sobre La Metamorfosis". Es un honor por la demostrada calidad y seriedad con la que Andres-Suárez encara todos sus ensayos, y por la suerte de poder acompañar a los mejores autores del género.