“La escritura de Schwob, lejos de los
decadentistas y simbolistas que predominaban en su época, denota un talento
especial para conjugar la invención y la fábula. Es una escritura fluida y
envolvente, elegantemente erudita, sorpresiva e inquietante, y cuya
arquitectura narrativa está perfectamente aquilatada. Pero lo más destacable de
Schwob, como testimonia Paul Léautaud en sus Diarios, era su curiosidad
incesante: leyendo enfebrecidamente, queriendo conocer —sin método ni
disciplina— toda novedad de sus coetáneos, analizando y
"deconstruyendo", sin ánimo de competencia o descrédito, las formas y
filiaciones de sus lecturas. Sus amigos (Renard, Remy de Gourmont, Valéry,
Colette, Claudel, Anatole France, Oscar Wilde, Stevenson...) le consideraban
una biblioteca andante. Esa inteligencia se complementaba con su simpatía y
bonhomía; virtudes que explican la cantidad y calidad de sus amistades. Cuando
su vida se apagó en su apartamento de la calle Saint-Louis-en-l'Ile, a todos
los que tuvieron la fortuna de tratarle se les enlutó el alma”.
Alberto Hernando