martes, 13 de diciembre de 2011

Los mejores cuentos literarios de la Historia (108): "El pagano", de Jack London


Escritor Jack London (1876-1916). Fuente de la imagen


El escritor Emilio Gavilanes, a quien entrevistábamos días atrás con motivo de la reciente publicación de El reino de la nada (Menoscuarto, 2011), nos recomendó para esta sección el cuento "El pagano", de Jack London, porque
"Yo empecé a escribir cuentos leyendo los de Jack London. Los leía y pensaba: yo quiero hacer algo así algún día. Podría escoger muchos cuentos de Jack London, pero el que quiero señalar ahora es El idólatra, o El pagano, según la traducción. Trata de un occidental que salva la vida a un indígena de los Mares del Sur, que a partir de ese momento se siente en deuda con él y le sigue y le sirve como un esclavo. Renuncia a su individualidad hasta el punto de cambiar su nombre por el de quien le salvó la vida. Es un cuento que acaba con uno de los gritos más conmovedores y desgarradores de la historia de la literatura".
E.G. 



EL PAGANO
Jack London

Nos conocimos bajo los efectos de un huracán. Aunque los dos íbamos en la misma goleta, no me fijé en él hasta que la embarcación se había hecho pedazos bajo nuestros pies. Sin duda, lo había visto anteriormente con los demás marineros canacos, pero sin prestarle ninguna atención, cosa muy explicable, pues la Petite Jeanne rebosaba de gente. Había zarpado de Rangiroa con una dotación de once individuos -ocho marineros canacos y tres hombres de raza blanca: el capitán, el segundo y el sobrecargo-, seis pasajeros distinguidos, cada cual con su camarote, y unos ochenta y cinco que viajaban en cubierta y eran indígenas de las islas Tuomotú y Tahití. Esta muchedumbre de hombres, mujeres y niños llevaba consigo un número proporcionado de colchonetas, mantas y fardos de ropa.
La temporada perlera de Tuamotú había terminado y todos los que habían trabajado en ella regresaban a Tahití. Los seis pasajeros que disponíamos de camarote éramos compradores de perlas. Había entre nosotros dos americanos, un chino (el más blanco que he visto en mi vida) que se llamaba Ah Choon, un alemán y un judío polaco. Yo completaba la media docena.
La temporada fue tan próspera, que ni nosotros ni los ochenta y cinco pasajeros de cubierta teníamos motivos para quejarnos. Las cosas nos habían ido bien y todos estábamos deseando llegar a Papeete para descansar y divertirnos.
No cabía duda de que la Petite Jeanne iba excesivamente cargada. Sólo desplazaba setenta toneladas, y la cantidad de gente que llevaba a bordo era diez veces la que debía llevar. Las bodegas reventaban de copra y madreperla, y el cargamento había invadido incluso la cámara donde se efectuaban las transacciones comerciales.
Los marineros tenían que vencer grandes dificultades para realizar las maniobras: como en la cubierta no se podía dar un paso, tenían que subirse a las bordas y pasar por ellas. Por las noches pisaban los cuerpos, materialmente amontonados, de los que dormían, y a esto había que añadir los cerdos y las gallinas que correteaban por la cubierta, y además los sacos de ñame, las guirnaldas de cocos y los racimos de plátanos que se veían por todas partes. A una banda y a otra, entre los obenques de proa y los de la mayor, se habían tendido chicotes lo bastante bajos para que la botavara de mesana no los tocase al moverse, y de cada una de aquellas cuerdas pendían no menos de cincuenta racimos de plátanos.
La travesía se presentaba desagradable, aunque pudiéramos hacerla en sólo dos o tres días, que no necesitaríamos más si soplasen con fuerza los alisios del Sudeste. Pero estos alisios no soplaban con fuerza. A las cinco horas de viaje, el viento cesó por completo, después de lanzar una docena de soplos agónicos. La calma continuó durante toda aquella noche y al día siguiente. Era una de esas calmas resplandecientes y oleosas que hieren la vista hasta el extremo de producir dolor de cabeza.
Al otro día murió un hombre, un indígena de la isla de Pascua que se había distinguido entre los pescadores de perlas que aquella temporada habían buceado en la laguna. La enfermedad que lo mató fue la viruela, mal que no entiendo cómo entró en la goleta cuando en tierra, antes de zarpar de Rangiroa, no tuvimos un solo caso. Pero es lo cierto que la viruela ya estaba entre nosotros y había producido una muerte, contaminando, además, a otros tres pasajeros.
No se podía hacer absolutamente nada. No podíamos aislar a los enfermos ni cuidarlos. Íbamos como sardinas en lata. No teníamos más remedio que morirnos. Ésta fue nuestra única perspectiva desde la noche que siguió a la primera muerte. Aquella noche el segundo de a bordo, el sobrecargo, el judío polaco y cuatro pescadores de perlas indígenas huyeron en la ballenera grande. Nunca se volvió a saber de ellos. A la mañana siguiente, el capitán se apresuró a desfondar los botes que quedaban, y así estábamos.
Aquel día se produjeron dos defunciones más; al siguiente, tres; luego tuvimos ocho de golpe. Era curiosa la diversidad de nuestras reacciones. Los indígenas se hundieron en un temor apático y estoico. El capitán -se llamaba Oudouse y era francés- perdió el control de sus nervios y charlaba por los codos. Incluso tenía un tic. Era un hombre corpulento y mofletudo, que pesaba lo menos noventa kilos y no tardó en convertirse en una especie de montaña de grasa que temblaba como la jalea.
El alemán, los dos americanos y yo compramos todo el whisky escocés que había a bordo y permanecíamos en un continuo estado de embriaguez. En teoría, esta medida era perfecta. Estando empapados de alcohol como una esponja, todos los gérmenes de la viruela que establecieran contacto con nosotros quedarían inmediatamente hechos ceniza. Y el sistema dio resultado en la práctica, si bien debo confesar que el capitán Oudouse y Ah Choon tampoco fueron atacados por la epidemia, aunque el francés no probaba el alcohol y Ah Choon se limitaba a ingerir una copita diaria.
¡Bonita situación! El sol, que declinaba hacia el Norte, se proyectaba sobre nuestras cabezas. No se percibía ni un soplo de viento, pero de vez en cuando se alzaban rachas fortísimas que duraban de cinco minutos a media hora y terminaban con un verdadero diluvio. Después de cada chubasco, aquel sol abrasador salía de nuevo y hacía brotar nubes de vapor de la empapada cubierta.
Este vaho no me hacía ni pizca de gracia. Era el vapor de la muerte: transportaba millones y millones de microbios. Cuando lo veíamos desprenderse de los muertos y los moribundos, nos echábamos un trago, seguido, por regla general, de dos o tres copas de whisky casi puro. También nos acostumbramos a tomar una copa cada vez que lanzaban un muerto a los tiburones que rebullían alrededor de la goleta.
Al cabo de una semana de vivir bajo esta continua pesadilla, el whisky se terminó. Afortunadamente, porque, de lo contrario, yo ya no estaría vivo. Sólo teniendo la cabeza despejada se podía afrontar lo que vino después. El lector estará de acuerdo conmigo cuando conozca el pequeño detalle de que sólo dos hombres salieron con vida del trance. Uno fui yo, naturalmente, y el otro el Pagano, como oí que lo llamaba el capitán Oudouse en el momento en que por primera vez fijé la atención en aquel hombre. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
Al finalizar aquella semana, cuando ya no nos quedaba ni una gota de whisky y todos los compradores de perlas estábamos serenos, eché una mirada casual al barómetro colgado en la escalera que conducía a mi camarote. En las Tuamotú señalaba normalmente 29'90, y también se consideraba normal que oscilase entre 29'85 y 30, e incluso 30'05. Pero verlo tan bajo como yo lo vi -marcaba 29'62- era algo que podía serenar en un instante al más embriagado traficante de perlas que haya podido ahogar microbios de viruela en whisky escocés.
Me apresuré a comunicárselo al capitán Oudouse y éste me respondió que hacía ya varias horas que estaba observando el descenso.
Poca cosa podíamos hacer, pero la hicimos a conciencia, en vista de las circunstancias. Oudouse mandó arriar las velas ligeras, dejando a la goleta con el trapo suficiente para capear el temporal; dispuso se tendieran cuerdas salvavidas y esperó a que el viento se levantase. Pero cuando éste empezó a soplar, Oudouse cometió la equivocación de ponerse a la capa con el aparejo de babor. Esta maniobra es ciertamente la adecuada para un barco que navega al sur del ecuador, pero no cuando la nave se encuentra, como ocurría a la nuestra, en plena ruta del ciclón.
Sí, el ciclón venía derecho hacia nosotros. Lo advertí al notar el aumento incesante de la fuerza del viento y el descenso igualmente continuo del barómetro. Yo habría corrido el temporal con el viento en la cuarta de babor, y sólo cuando el descenso del barómetro hubiera cesado, me habría puesto a la capa. Así se lo dije al capitán. Discutimos. Él se acaloró y no dio su brazo a torcer. Lo peor era que yo no podía conseguir que los demás compradores de perlas me respaldasen. ¿Cómo podía yo saber más sobre la mar y sus caprichos que un capitán de carrera? Así pensaban ellos, sin duda.
El mar se encrespó amenazadoramente al azote de aquel ventarrón, como era lógico. En mi vida olvidaré las tres primeras olas que saltaron sobre la Petite Jeanne. El barco desobedecía, como suele suceder cuando se va a la capa, y la primera ola produjo efectos devastadores. Los cabos salvavidas sólo tenían utilidad para los fuertes y los sanos, e incluso para éstos resultaron inútiles cuando las mujeres y los niños, los plátanos y los cocos, los cerdos y los hatillos, mezclados con enfermos y moribundos, fueron barridos como una masa compacta que chillaba y gemía.
La segunda ola llenó la cubierta de la Petite Jeanne hasta las bordas; y al hundirse su popa y alzarse su proa hacia el cielo, todo el mísero abarrote de seres humanos y bagajes se vertió por la popa, como un torrente humano. Aquellos infelices caían de cabeza, de pie, de costado, rodando, retorciéndose, serpenteando, debatiéndose... De vez en cuando, uno de ellos podía aferrarse a un candelero o a un cabo; pero el peso de los cuerpos que venían detrás lo obligaba a soltar su asidero.
Vi a un hombre con la cabeza atrapada entre las bitas de estribor, y esta cabeza se cascó como un huevo. Al darme cuenta de lo que se avecinaba, salté al techo del camarote, y de allí a la mayor. Ah Choon y uno de los americanos intentaron hacer lo mismo, pero ya no pudieron: el americano fue barrido por la ola y saltó por la amura de popa como una brizna de paja; Ah Choon se aferró a una cabilla del timón y se mantuvo asido a ella. Pero una rolliza vahine de Rarotonga, que debía de pesar más de cien kilos, fue arrastrada junto a él y le pasó un brazo por el cuello. Con la otra mano se cogió al timonel canaco, y, en aquel preciso instante, la goleta dio un bandazo a estribor.
La riada de cuerpos y de agua de mar que bajaba por el pasillo de babor, entre el camarote y la amura, se desvió súbitamente hacia estribor. Y allá fueron todos, arrastrando a la vahine, a Ah Choon y al timonel. Juraría que el chino me sonrió con filosófica resignación mientras su cuerpo saltaba por la borda y se hundía bajo las aguas espumantes.
La tercera ola, aunque fue la mayor de las tres, no causó tantos daños, pues cuando llegó casi todos estaban en el guarnimiento, aferrados al aparejo, a las jarcias o al cordaje. En cubierta quedaban quizás una docena de infelices medio ahogados y dando boqueadas, o arrastrándose, aturdidos, con el deseo de ponerse a salvo. Todos ellos saltaron por la borda con los restos de los dos botes que nos quedaban. Los traficantes de perlas que quedaban y yo, entre ola y ola, conseguimos meter a unas quince mujeres y niños en los camarotes y fijar los listones de los encerados de las escotillas. Pero esto sirvió de poco a aquellas pobres criaturas.
El vendaval era espantoso. Nunca hubiera creído que el viento pudiese soplar con tanta fuerza. No hay palabras para describirlo. No es fácil describir una pesadilla. Y en el mismo caso estaba aquel huracán. Nos arrancaba las ropas del cuerpo. Sí, nos las arrancaba. No pido al lector que me crea: me limito a referir algo que vi y experimenté. A veces incluso a mí me cuesta creerlo. En fin, el caso es que conseguí salir con vida. Parecía imposible que alguien saliera vivo de aquel huracán. Era algo monstruoso, y más monstruoso aún que fuera en aumento.
Imagínese el lector millones y millones de toneladas de arena. Imagínese después esta arena cruzando el espacio a ciento cincuenta, a ciento sesenta, a doscientos kilómetros por hora, e incluso más. Imagínese luego que esta arena es invisible, impalpable, pero que conserva todo el peso y toda la densidad de la arena. Imagínese todo esto, y tendrá una idea aproximada de lo que era aquel viento.
Tal vez la comparación resulte más exacta sustituyendo la arena por barro, un barro invisible, impalpable, pero con todo su peso. No, tampoco esto es exacto. Consideremos cada molécula de aire como un banco de lodo. Luego tratemos de imaginarnos los múltiples impactos de estas masas cenagosas. No, no soy capaz de describirlo. Las palabras tal vez sirvan para expresar los hechos normales de la vida, pero no es posible aplicarlas a aquel huracán apocalíptico. Debí atenerme a mi intención original de no intentar describirlo.
Diré únicamente esto: la mar, que al principio se había encrespado, terminó aplacada por el huracán. Es más, parecía que el vendaval había absorbido todo el océano para arrojarlo violentamente contra aquella porción del espacio que antes había estado ocupada por una porción de la atmósfera.
Por supuesto, hacía ya rato que nos habíamos quedado sin velas, pero el capitán Oudouse tenía a bordo de la Petite Jeanne algo que yo no había visto hasta entonces en ninguna goleta de las que navegaban por los mares del Sur: un ancla flotante. Era de lona, tenía la forma de un colador, y un enorme aro de hierro mantenía abierta su boca. El ancla flotante se lanza poco más o menos como una cometa y ofrece resistencia al agua del mismo modo que una cometa ofrece resistencia al viento. La única diferencia es que el ancla flotante permanece a flor de agua, en posición vertical. Un cabo de gran longitud la unía a la goleta. Gracias a este artilugio conseguimos mantener la Petite Jeanne proa al viento y al oleaje.
La situación hubiera sido francamente favorable de no habernos hallado en medio del camino de la galerna. Bien es verdad que el viento nos arrancó las velas de los tomadores, zarandeó terriblemente nuestros masteleros y nos hizo trizas el aparejo, pero aún hubiéramos salido airosos del trance si no hubiéramos estado en el centro del ciclón. Ésta fue nuestra sentencia de muerte. Yo había caído en un estado de aturdimiento, en una especie de colapso de confusión y paralización a causa de los embates del viento, y creo que ya estaba a punto de rendirme a la muerte cuando el centro del huracán cayó sobre nosotros. El golpe que recibimos consistió en un recalmón absoluto. No soplaba ni un hálito de aire. El efecto que esto nos produjo fue aterrador.
Recuerde el lector que llevábamos varias horas de espantosa tensión muscular, soportando la terrible presión de aquel viento. Y, de pronto, esta presión cesó. Me pareció que iba a estallar, que mi cuerpo iba a saltar a trozos en todas direcciones. Era como si todos los átomos que componían mi persona se repeliesen mutuamente y estuvieran a punto de desparramarse por el espacio. Pero esto sólo duró un momento. La destrucción se avecinaba.
Al faltar el viento y la presión, la mar se elevó, saltó materialmente hacia las nubes. Desde todos los puntos de la rosa de los vientos el huracán soplaba hacia aquel centro en calma, con furia incontenible, y esto dio lugar a que la mar se alzara por todas partes en aquella zona donde no había vientos que la contuvieran. Las olas subían como tapones de corcho desprendidos del fondo de una bañera, sin orden ni concierto, en una especie de loca danza. La menor de ellas alcanzaba veinticinco metros de altura. En realidad, no eran olas. No se parecían a nada conocido. Eran monstruosos surtidores de veinticinco metros de altura. ¿Veinticinco? Tal vez más. Aventajaban a nuestros masteleros. Eran trombas, explosiones, columnas de agua que parecían borrachas. Caían por todas partes, de cualquier modo. Chocaban y se zarandeaban mutuamente. Se abalanzaban una contra otra o se separaban como mil cataratas simultáneas. Aquel centro del huracán no se parecía a ningún océano conocido por el hombre. Era algo caótico, confuso hasta lo indescriptible..., la anarquía acuática, un trozo de mar endemoniado que se había vuelto loco.
¿Y la Petite Jeanne? No lo sé. El Pagano me dijo después que él tampoco lo sabía. La goleta fue abierta en canal, desgarrada, triturada, aniquilada. Cuando me di cuenta de lo que sucedía, me encontré en el agua, nadando maquinalmente, medio ahogado. No recuerdo cómo llegué adonde estaba. Recuerdo únicamente que vi saltar en pedazos a la Petite Jeanne en el instante mismo en que quedé inconsciente a consecuencia de los golpes y el zarandeo. Pero allí estaba, tratando de mantenerme a flote, aunque las perspectivas eran muy poco esperanzadoras. El viento se había levantado de nuevo, la mar estaba mucho menos encrespada y las olas eran más regulares. Por todo esto comprendí que habíamos salido del centro del ciclón. Por fortuna, no había tiburones en los alrededores. El huracán había diseminado la horda voraz que seguía al barco de la muerte para devorar los cadáveres que iban cayendo.
La Petite Jeanne debió de hacerse añicos alrededor del mediodía, y, aproximadamente dos horas después, tropecé, de improviso, con el cuartel de una escotilla. Entonces llovía a mares, y fue obra del azar que encontrase el cuartel de aquella escotilla. Del asidero de cuerda pendía un chicote. Comprendí que podría durar todo un día, suponiendo, claro es, que los tiburones no volviesen. Tres horas después, o tal vez un poco más, cuando me hallaba junto al madero con los ojos cerrados, poniendo toda mi alma en el empeño de llevar suficiente aire a mis pulmones, ya que de ello dependía mi vida, y procurando al mismo tiempo no tragar demasiada agua para no ahogarme, me pareció oír voces. Había cesado la lluvia, el viento amainaba y en el mar empezaba a reinar una calma magnífica. A menos de seis metros, asidos a otro cuartel de escotilla, estaban el capitán Oudouse y el Pagano. Luchaban por la posesión del madero. Cuando menos, esto era lo que hacía el francés.
-Pdien noir! -le oí gritar y, al mismo tiempo, vi que asestaba un furioso puntapié al canaco.
El capitán Oudouse había perdido todas sus ropas. Sólo conservaba el calzado, unas botas bastas y recias. Por lo tanto, el golpe fue cruel. Alcanzó al Pagano en la boca y el mentón, y lo aturdió momentáneamente. Yo esperaba que replicaría al ataque, pero se limitó a alejarse, con gesto desolado, para permanecer a la prudente distancia de tres metros. Cada vez que un movimiento de la mar ponía al Pagano a su alcance, el francés, aferrándose con las manos al madero, lo golpeaba con los dos pies, y lo llamaba «pagano negro».
-¡Por menos de cinco céntimos te ahogaría, animal blanco! -le grité sin poder contenerme.
Si no puse en práctica esta amenaza, fue por el tremendo cansancio que sentía. La simple idea de ir nadando hasta él me producía náuseas. Así, pues, llamé al canaco y compartí con él mi madero. Entonces él me dijo que se llamaba Otoo. También me explicó que era natural de Borabora, la isla más occidental del archipiélago de la Sociedad. Más tarde supe que él fue el primero en encontrar el madero flotante. Poco después había visto al capitán Oudouse y le había llamado para repartirse con él el asidero y el francés se lo agradeció apartándolo a puntapiés.
Así fue como Otoo y yo nos conocimos. Él no tenía espíritu combativo. Por el contrario, era todo dulzura y amabilidad, un hombre lleno de simpatía, aunque medía casi un metro ochenta y tenía la musculatura de un gladiador. No era pendenciero, pero esto no quiere decir que fuese un cobarde. Tenía el arrojo de un león. En los años siguientes le vi correr riesgos que yo no me habría atrevido a afrontar. En resumidas cuentas, que si bien no era de carácter belicoso y rehuía las peleas, nunca se hacía el desentendido cuando tenía que afrontarlas forzosamente. Sólo se lanzaba a la lucha cuando era verdaderamente necesario. Nunca olvidaré lo que le hizo a Bill King. Ocurrió en la Samoa alemana. Bill King era el campeón de los pesos pesados de la armada norteamericana. Era un verdadero bruto, un gorila, un tipo duro de los que pegan con intención de hacer daño, y que, además, manejaba con destreza los puños. Un día que buscaba camorra hubo de dar dos puntapiés y un puñetazo a Otoo antes de que éste considerase que no había más remedio que luchar. La contienda duró cuatro minutos escasos. Al final de ella, Bill King era el desdichado propietario de cuatro costillas rotas, un antebrazo fracturado y una paletilla dislocada. Otoo no sabía una palabra de boxeo científico, pero sí cómo debía atacar a su adversario. Bill King tardó cosa de tres meses en reponerse de la lección que recibió aquella tarde en la playa de Apia.
Pero me estoy adelantando a los acontecimientos. Decía que ofrecí a Otoo una parte de mi tabla de salvación. Empezamos a hacer guardias por turnos. Mientras uno descansaba tendido sobre el madero, el otro permanecía asido a él y hundido en el agua hasta el cuello. Durante dos días con sus noches, pasando del agua al madero y del madero al agua, fuimos a la deriva por el océano. Últimamente, yo deliraba casi de continuo, y, a veces, oía que también Otoo profería palabras incoherentes en su idioma natal.
Nuestra continua inmersión nos evitó morir de sed, aunque el agua de mar y los ardientes rayos del sol constituyeron una infernal combinación de fuego y salmuera.
Finalmente, Otoo me salvó la vida. Cuando recobré el conocimiento me vi tendido en una playa, a seis metros del agua, protegido del sol por dos hojas de palmera. Solamente Otoo había podido arrastrarme hasta allí y prepararme aquella sombrilla. Le vi tendido a mi lado. Volví a desmayarme y cuando recuperé nuevamente el conocimiento, noté fresco y vi la noche estrellada sobre mi cabeza, mientras Otoo aplicaba un coco partido a mis labios para que bebiese.
Éramos los únicos supervivientes de la Petite Jeanne. El capitán Oudouse debió de perecer agotado, pues unos días después su madero fue arrojado a la playa por el oleaje. Otoo y yo vivimos con los indígenas del atolón durante una semana. Luego fuimos rescatados por un crucero francés, que nos llevó a Tahití. Pero antes habíamos realizado la ceremonia del cambio de nombres. En los mares del Sur esta ceremonia establece entre dos hombres vínculos más estrechos que los de sangre. La iniciativa fue mía, y Otoo mostró un entusiasmo indescriptible cuando se lo propuse.
-Es una gran idea -dijo en tahitiano-. Hemos sido compañeros durante dos días en la misma boca de la muerte.
-Pero la muerte tartamudeaba -le dije, sonriendo.
-Hiciste algo magnífico, patrón -me contestó-, y la muerte no cometió la vileza de hablar.
-¿Por qué me llamas «patrón»? -le pregunté, contrariado-. Hemos cambiado nuestros nombres. Para ti, yo soy ahora Otoo; para mí tú eres Charley. Y entre tú y yo, para siempre jamás, tú serás Charley y yo seré Otoo. Es una ley de los mares del Sur. Y cuando muramos, si seguimos viviendo más allá de las estrellas y del cielo, tú seguirás siendo Charley para mí y yo seguiré siendo Otoo para ti.
-Sí, patrón -respondió él, mientras sus ojos luminosos brillaban de ternura y de alegría.
-¡Ya lo has vuelto a decir! -exclamé, indignado.
-¿Qué importa lo que digan mis labios? -repuso él-. No son más que mis labios los que lo dicen. Yo siempre diré Otoo con el pensamiento. Cada vez que piense en mí, pensaré en ti. Cada vez que me llamen por mi nombre, pensaré en ti. Y más allá del cielo y las estrellas, para siempre jamás, tú serás para mí Otoo. ¿Te parece bien, patrón?
Tratando de disimular una sonrisa, le contesté que me parecía bien.
En Papeete nos separamos. Yo me quedé en tierra para reponer mis fuerzas y él se fue en un cúter a su isla natal, Borabora. Seis semanas después estaba de vuelta. Esto me sorprendió, porque me había hablado de su mujer y comunicado su intención de permanecer a su lado y dejar de navegar.
-¿Adónde vas, patrón? -me preguntó cuando nos hubimos saludado.
Yo me encogí de hombros. La pregunta era peliaguda.
-Por todo el mundo -respondí-, por todo el mundo; por toda la mar y por todas las islas que hay en la mar.
-Te acompañaré -dijo sencillamente-. Mi mujer ha muerto.
Yo no he tenido hermanos; pero, por lo que he visto de los hermanos que tienen los demás hombres, dudo que nadie haya tenido jamás un hermano que fuese para él lo que Otoo fue para mí. Era hermano, padre y madre, todo en una pieza. Y puedo asegurar que me convertí en un hombre mejor y más honrado, gracias a Otoo. Me importaba muy poco la opinión ajena, pero quería portarme bien a los ojos de mi amigo. Por él, no me atrevería a envilecerme. Otoo había hecho de mí su ideal, componiéndome y adornándome según le dictaba su devoción y su amor fraternal. Más de una vez estuve a punto de hundirme en el cieno y, al pensar en Otoo, me contuve. Él estaba orgulloso de mí, y este orgullo se me había contagiado hasta el extremo de que no defraudarle se convirtió en una de mis principales normas de conducta.
Naturalmente, yo no conocí en seguida los sentimientos que lo inspiraba, pero al advertir que nunca me censuraba, ni me contradecía, poco a poco fui comprendiendo el alto concepto en que me tenía y el daño que le haría si no me esforzaba por no defraudarlo.
Estuvimos juntos diecisiete años. Sí, durante diecisiete años lo tuve a mi lado, velando mi sueño, cuidando de mí cuando la fiebre me dominaba o me habían herido, e incluso recibiendo heridas para defenderme. Se enroló en los mismos barcos que yo, y ambos recorrimos el Pacífico desde Hawai hasta Punta Sidney y desde el estrecho de Torres a las Galápagos. Fuimos en barcos de negreros desde las Nuevas Hébridas y las islas de la Sonda hacia el Oeste, atravesando las Lusíadas, Nueva Bretaña, Nueva Irlanda y Nuevo Hanover. Naufragamos tres veces: en las Gilbert, en el archipiélago de Santa Cruz y en las Fiji. Y comerciamos y ahorramos allí donde se podía hacer un dólar traficando con perlas, nácar, copra, trepang, carey y pecios embarrancados.
La cosa empezó en Papeete, inmediatamente después de manifestarme Otoo su deseo de acompañarme por los siete mares y sus islas. En aquellos días había en Papeete un casino donde se reunían los traficantes de perlas, los mercaderes, los capitanes de barco y toda la escoria de aventureros de los mares del Sur. En aquel mismo casino se jugaba fuerte y el alcohol corría a raudales; y yo me acostumbré a permanecer en el local hasta una hora avanzada de la noche, hasta mucho más tarde de lo conveniente. Pero, fuera cual fuere la hora en que salía, siempre encontraba a Otoo esperándome a la puerta para acompañarme a casa y dejarme en ella sano y salvo.
Al principio me limitaba a sonreír, pero después lo reprendí, y terminé por decirle lisa y llanamente que no necesitaba niñera. Después de esto ya no volví a tropezarme con él en la puerta del casino. Por pura casualidad, cosa de una semana después, descubrí que me seguía hasta la casa, deslizándose entre las sombras de los mangós para que no lo viese. ¿Qué podía hacer? He aquí lo que hice:
Sin darme cuenta, empecé a llevar una vida más regular, a volver a casa a una hora más prudente. Las noches en que llovía o había tormenta, por muchos esfuerzos que hiciera para divertirme, la idea de que Otoo estaba esperándome, empapado y rendido, bajo los mangós chorreantes, no se apartaba de mí. Indudablemente, hizo de mí un hombre mejor. Me regeneré. Sin embargo, ni tenía nada de mojigato ni -esto menos aún- conocía la moralidad cristiana al uso. En Borabora todos eran cristianos; pero él era pagano, el único ateo de la isla, un grosero materialista que consideraba que cuando muriese quedaría muerto y nada más. Únicamente creía en el juego limpio y en la honradez. El hurto y el engaño, por insignificantes que fuesen, eran para él algo casi tan grave como el homicidio deliberado, e incluso me atrevería a decir que sentía más respeto por un asesino que por un rufián.
No le gustaba que hiciese cosas que pudieran perjudicarme. El juego le parecía bien -él era un jugador empedernido-, pero no acostarse tarde, pues, según me explicó, era malo para la salud. Había visto morir abrasados por la fiebre a hombres que llevaban mala vida. No era un abstemio y se bebía una copa de buen grado cuando había que hacer maniobras a bordo con tiempo borrascoso, pero preconizaba la moderación en la bebida, pues había visto a demasiados hombres que morían o enfermaban por abusar del vino o del whisky.
Todo lo relacionado con mi bienestar le preocupaba. Preveía todas mis acciones, consideraba mis planes y ponía más interés en ellos que yo mismo. Al principio, cuando yo no me había dado cuenta aún del interés que sentía por mis cosas, llegaba incluso a adivinar mis intenciones. Así ocurrió cuando acaricié la idea de formar sociedad con un bribón, paisano mío, al que conocí en Papeete, para cierto negocio de guano. Entonces yo no sabía que aquel hombre era un bribón. Ni yo, ni ningún blanco de Papeete. Tampoco lo sabía Otoo. Pero cuando vio que me iba a asociar con él, lo averiguó, sin que yo se lo pidiese. A Tahití van a parar marineros procedentes de todos los confines del mundo. Otoo, que al principio sólo abrigaba ciertas sospechas, se mezcló con ellos y así pudo reunir una serie de datos que confirmaban sus sospechas. ¡Menudo pájaro estaba hecho el tal Randolph Waters! Apenas podía creer lo que Otoo me contó, pero cuando se lo referí al propio Waters, él se calló como un muerto y se fue en el primer vapor que zarpó hacia Auckland.
Al principio, lo confieso, me molestaba que Otoo se entrometiese en mis asuntos. Pero sabía que obraba con absoluto desinterés, y no pasó mucho tiempo sin que tuviese que agradecerle su prudencia y su discreción. Siempre estaba alerta, al acecho de lo más conveniente para mí, y era un hombre de visión penetrante y espíritu previsor. Andando el tiempo, se convirtió en mi consejero, y llegó a estar más enterado que yo de mis asuntos. A decir verdad, velaba por mis intereses con más celo que yo mismo. Yo vivía con la magnífica despreocupación de la juventud, pues prefería la vida novelesca a los dólares, y la aventura a un buen empleo y a pasar las noches en casa. Fue una suerte, pues, tener a alguien que velase por mí. Estoy convencido de que si no hubiese existido Otoo yo no estaría donde estoy.
He aquí un ejemplo: Antes de dedicarme al comercio de perlas en las Tuamotú, yo había navegado en algunos barcos negreros. Otoo y yo estábamos en la playa de Samoa, con los bolsillos vacíos, cuando se me presentó la ocasión de embarcar como reclutador en un negrero. Otoo se enroló conmigo en el bergantín, y durante los seis años siguientes, en los que cambiamos otras tantas veces de barco, recorrimos las regiones más salvajes de la Melanesia. Otoo consiguió siempre ir como primer remero en el bote que me transportaba a tierra. Nuestro sistema para reclutar mano de obra consistía en desembarcar al reclutador en la playa. El bote de cobertura siempre se quedaba a unos centenares de metros de la orilla, mientras el bote del reclutador, parado también, se mantenía muy cerca de ella. Cuando yo desembarqué con mis baratijas, fondeando el remo largo y pesado que me servía para gobernar el bote, Otoo abandonó su posición de bogavante y pasó a las escotas de popa, donde teníamos un Winchester oculto por una lona. La tripulación del bote iba también armada, con los Snider ocultos bajo una lona que corría por toda la regala. Mientras yo discutía con los caníbales de cabeza lanuda, tratando de convencerlos de que fuesen a trabajar a las plantaciones de Queensland, Otoo se mantenía alerta. Y, de vez en cuando, me anunciaba en voz baja movimientos sospechosos y traiciones inminentes. Su primera advertencia solía ser el rápido disparo de su rifle. Y cuando yo corría hacia el bote, siempre encontraba su mano amiga para izarme a bordo de un tirón. Recuerdo que una vez, cuando navegábamos en el Santa Ana, apenas llegó el bote a la orilla empezó el jaleo. El bote de protección acudió presuroso en nuestra ayuda, pero los salvajes, que eran varias docenas, nos hubieran liquidado antes de que llegaran nuestros amigos. Otoo saltó como una flecha a la playa, introdujo sus dos manos en el montón de baratijas y lanzó en todas direcciones el tabaco, las cuentas de vidrio, las hachas, los cuchillos, las telas de percal...
Los indígenas no pudieron menos de arrojarse sobre aquellos tesoros, y nosotros tuvimos tiempo para empujar el bote mar adentro, saltar a él y alejarnos más de diez metros de la playa. Además, en las cuatro horas siguientes, conseguí reclutar treinta negros en aquella misma playa.
El caso que menos puedo olvidar sucedió en Malaita, la isla más salvaje del grupo oriental de las Salomón. Los indígenas nos habían dado grandes muestras de amistad. ¿Cómo podíamos saber que todo el poblado llevaba más de dos años haciendo una colecta para comprar la cabeza de un hombre blanco? Aquellos salvajes son cazadores de cabezas, y las de los blancos tienen para ellos gran valor. El que consiguiese capturar una cabeza blanca recibiría el producto íntegro de la colecta. Como digo, se mostraban muy cordiales cuando yo estaba traficando en la playa, a más de cien metros del bote.
Otoo ya me había advertido y, como siempre que no le hacía caso, después tuve que arrepentirme.
Cuando menos lo esperaba, una nube de lanzas salió de la ciénaga de mangles en dirección a mí. Lo menos una docena de ellas se clavaron en mi cuerpo. Eché a correr, pero me enredé con una que se me había hincado profundamente en la pantorrilla y caí. Los salvajes corrieron en tropel hacia mí, armados con hachas de largo mango y hoja en forma de abanico, con las que se proponían cortarme la cabeza. Estaban tan ansiosos de ganar el premio, que se empujaban y se cerraban el paso unos a otros. En la confusión reinante evité varios hachazos hurtando el cuerpo a derecha e izquierda sobre la arena.
Entonces llegó Otoo, el que tan bien sabía entendérselas con los enemigos. Se había procurado no sé cómo una pesada maza de hierro, que para la lucha cuerpo a cuerpo resultaba un arma mucho más eficaz que el rifle. Se introdujo en el grupo de salvajes. Así, éstos no podían utilizar contra él sus lanzas y, menos todavía, sus hachas. Otoo luchaba por mí, y un frenesí espantoso lo poseía. ¡Había que verle manejar la maza de guerra! Con sus molinetes partía los cráneos como si fuesen naranjas maduras. Al fin los obligó a retroceder. Entonces me cogió en brazos y echó a correr hacia el bote. En este momento recibió sus primeras heridas. Llegó al bote con cuatro lanzas clavadas en el cuerpo. Pero echó mano de su Winchester y abatió tantos hombres como disparos hizo. Entonces regresamos a la goleta, donde nos asistieron.
Diecisiete años estuvimos juntos. Yo soy obra suya. De no haber existido él, hoy sería yo un sobrecargo, un reclutador de negros o un simple recuerdo.
-Ahora gastas el dinero y después puedes ganar más -me dijo un día-. Es fácil para ti ganar dinero ahora. Pero cuando te hagas viejo, ni tendrás dinero ni podrás ganarlo. Estoy seguro, patrón. He observado las costumbres de los hombres blancos. En las playas hay muchos viejos que antes fueron jóvenes y que ganaban el dinero como lo ganas tú. Pero ahora son viejos, no tienen nada y esperan que los jóvenes como tú bajen a tierra para que los inviten a una copa. El negro trabaja como esclavo en las plantaciones. Le dan veinte dólares al año y trabaja mucho. El capataz no trabaja tanto. Va montado a caballo y vigila a los negros mientras trabajan. Gana mil doscientos dólares al año. Yo soy marinero en la goleta. Gano quince dólares al mes. Los gano porque soy un buen marinero y trabajo mucho. El capitán tiene un buen camarote y bebe cerveza en largas botellas. Yo nunca lo he visto tirar de un cabo ni manejar un remo. Gana ciento cincuenta dólares mensuales. Yo soy un marinero. Él es un marino. Patrón, creo que te convendría estudiar el arte de navegar.
Otoo no cejó hasta que lo hice. Navegó conmigo como segundo de a bordo en la primera goleta que mandé y se enorgullecía de mi mando mucho más que yo. Más adelante me dijo:
-El capitán tiene una buena paga, patrón, pero el barco está a su cargo y él nunca está libre de cuidados. El dueño del barco gana más..., el dueño, que se queda en tierra entre sus criados, y se limita a invertir su dinero.
-De acuerdo, pero una goleta vale cinco mil dólares -objeté-. Es más, por ese precio sólo se puede comprar un barco viejo y desvencijado. Cuando consiga tener ahorrados cinco mil dólares, ya seré viejo.
-Los hombres blancos pueden reunir dinero rápidamente -dijo Otoo, señalando la playa bordeada de cocoteros.
En aquel entonces nos hallábamos en las Salomón, embarcando un cargamento de marfil vegetal en la costa este de Guadalcanal.
-Entre la desembocadura de este río y la del siguiente hay más de tres kilómetros -prosiguió Otoo-. El terreno es llano hasta muy al interior. Ahora no vale nada. El año que viene, o el otro, ¿quién sabe?, estos terrenos subirán mucho. El fondeadero es bueno. Los grandes vapores pueden acercarse bastante a tierra. Podrías comprar el terreno, una faja de más de seis kilómetros de ancho y que vaya de río a río. El viejo jefe te lo vendería por diez mil pastillas de tabaco, diez botellas de ron y un Snider, que te costará cien dólares a lo sumo. Luego registras la escritura ante el comisario, y el año que viene o el otro, lo vendes y ganarás dinero suficiente para comprar un barco.
Seguí estas indicaciones y sus predicciones se cumplieron, aunque no en dos años, sino en tres. Después realicé la ventajosa transacción de los pastos de Guadalcanal, extensión de veinte mil acres, que me arrendó el gobierno por novecientos noventa y nueve años mediante el pago de una suma nominal. Tuve en arriendo estas tierras exactamente noventa días. Después las cedí a una compañía por una suma más que respetable. Siempre era Otoo quien preveía las cosas y veía las ocasiones. Gracias a él realicé el desguace del Doncaster, que compré en una subasta por cien libras y me proporcionó una ganancia neta de tres mil. También fue idea de Otoo el negocio de la plantación de Savaí y la transacción de cacao de Upolu.
No navegábamos tanto como en los primeros tiempos. Mi situación económica era ya floreciente. Me casé y viví como un señor. Pero Otoo seguía siendo el de siempre. Iba por la casa y por la oficina con la pipa de madera, el torso cubierto por una camiseta que le había costado un chelín, y un lava-lava de cuatro chelines alrededor de su cintura. Yo le ofrecía dinero, pero él no lo aceptaba. La única compensación que admitía por lo mucho que había hecho por mí era que le devolviera con creces su afecto. Y bien sabe Dios que en esto le complacíamos holgadamente. Todos nosotros lo queríamos de veras. Los niños lo idolatraban y, si se hubiera dejado malcriar, no cabe duda de que mi esposa lo habría echado a perder.
¡Cómo adoraba a los niños! Él les enseñó a dar los primeros pasos en la vida, después de enseñarles a andar. Los cuidaba cuando estaban enfermos y, aún hacían pinitos, como suele decirse, cuando se los llevaba a la laguna para convertirlos en verdaderos anfibios. Llegaron a saber mucho más que yo acerca de las costumbres de los peces y del modo de pescarlos. Y en lo concerniente a la selva ocurrió lo mismo. A los siete años, Tom sabía sobre la caza y los bosques cosas que yo ni siquiera sospechaba que existiesen. A los seis años, Mary pasaba sobre la Roca Resbaladiza sin inmutarse, siendo así que yo había conocido a hombres hechos y derechos que no se atrevían a poner los pies en ella. Y en cuanto a Frank, al cumplir los seis años ya se sumergía a tres brazas de profundidad para recoger monedas.
-A mis paisanos de Borabora, todos cristianos, no les gusta la gente pagana. Y a mí no me gustan los cristianos de Borabora -me dijo un día en que yo, con el propósito de obligarlo a gastar parte del dinero que le pertenecía por derecho propio, trataba de convencerlo de que hiciera una visita a su isla natal en una de nuestras goletas, un viaje organizado exclusivamente para él y en el que yo estaba decidido a gastar el dinero a manos llenas.
Aunque he dicho una de «nuestras» goletas, a la sazón todos los barcos eran exclusivamente míos, por lo menos legalmente, a pesar de que había hecho denodados esfuerzos para que aceptase ser mi socio.
Al fin, un día me dijo:
-Hemos sido socios desde el día en que la Petite Jeanne se fue a pique, pero nos asociaremos ante la ley si así lo desea tu corazón. Yo no tengo nada que hacer, pero gasto mucho. Bebo, como, fumo sin parar..., en fin, que soy un manirroto. Al billar juego de balde porque utilizo tu mesa, pero esto no impide que tenga mis gastos. La pesca en el arrecife es un pasatiempo para ricos. Los anzuelos y el sedal de algodón están por las nubes. Sí, es preciso que nos asociemos ante la ley. Necesito dinero. Se lo pediré al jefe de las oficinas.
Entonces firmamos los documentos del caso en la notaría. Al año siguiente, no pude por menos de quejarme de su proceder.
-Charley -le dije-, eres un viejo trapacero, un miserable avaro, un roñoso cangrejo de tierra. Los beneficios que te corresponden este año como socio de nuestra empresa ascienden a miles de dólares, y, según una nota que me acaba de entregar el jefe de nuestras oficinas, tú sólo has retirado ochenta y siete dólares con veinte centavos.
-¿De modo que aún me deben dinero? -preguntó ansiosamente.
-Miles y miles de dólares, ya te lo he dicho.
Su semblante se iluminó como si sintiese un inmenso alivio.
-¡Magnífico! -exclamó-. Cuídate de que el jefe de la oficina lleve bien las cuentas. Cuando retire mi dinero, no quiero que falte ni un centavo. Si falta -añadió con expresión feroz, tras una pausa-, tendrá que ponerlo el jefe de su sueldo.
Yo no sabía entonces -me enteré más tarde- que su testamento, hecho ante Carruthers, y en el que me nombraba su único heredero, estaba depositado ya en la caja de caudales del consulado americano.
Pero como todo se acaba en este mundo, nuestra íntima amistad terminó un día. El final ocurrió en las islas Salomón, escenario de nuestras más locas aventuras en los turbulentos años de nuestra juventud. Ahora fuimos en viaje de recreo, pero también para visitar nuestras propiedades de la isla Florida y ver las posibilidades que había de pescar perlas en el Paso de Mboli. Estábamos fondeados en Savu, donde habíamos desembarcado para comprar algunas curiosidades y recuerdos.
Las aguas de Savu están infestadas de tiburones. La costumbre indígena de lanzar los muertos al mar atrae cantidades ingentes de estos voraces escualos a aquellas aguas. Tuve la mala suerte de regresar a bordo en una diminuta canoa de las que usan aquellos nativos, inestable embarcación que volcó, debido al exceso de carga. Íbamos en ella cuatro indígenas y yo, y nos quedamos en el agua los cinco, aferrándonos desesperadamente a la canoa volcada. La goleta se hallaba a un centenar de metros aproximadamente. Yo pedía a gritos que nos enviasen un bote. De pronto, uno de los indígenas lanzó un alarido. Se asió con todas sus fuerzas a un extremo de la canoa, desapareció varias veces bajo la superficie, haciendo cabecear la embarcación, y, al fin, se hundió definitivamente. Un tiburón se lo había llevado.
Los otros tres indígenas trataron de encaramarse a la quilla de la canoa. Yo los apostrofé y golpeé con el puño al que tenía más cerca, mientras lo colmaba de maldiciones, pero fue inútil. Estaban muertos de miedo. La canoa no habría podido sostener ni siquiera a uno. Bajo el peso de los tres, se hundió y dio la vuelta, arrojándolos de nuevo al agua.
Entonces yo dejé la canoa y empecé a nadar hacia la goleta, con la esperanza de que me recogiese el bote por el camino. Uno de los indígenas decidió acompañarme, y ambos nadamos juntos y en silencio. De vez en cuando introducíamos la cabeza en el agua para ver si había tiburones por los alrededores. Los gritos de los hombres que se habían quedado en la canoa nos hicieron comprender que habían sido atacados. Cuando escudriñaba las profundidades, vi pasar un enorme tiburón exactamente por debajo de mí. Tenía casi cinco metros de largo. No perdí detalle de lo que entonces sucedió. El escualo apresó al indígena por la cintura y se lo llevó a flor de agua, mientras el pobre diablo asomaba la cabeza, los hombros y los brazos, lanzando gritos desgarradores. El tiburón lo llevó a rastras muchos metros por la superficie y, finalmente, desapareció con él debajo del agua.
Yo seguía nadando frenéticamente, con la esperanza de que no hubiese más tiburones por las cercanías. Pero había uno. No sé si era el mismo que había atacado antes a los indígenas, u otro que ya había conseguido una buena pitanza en otro lugar. Lo cierto era que no demostraba la acometividad de sus hermanos. Yo ya no nadaba tan de prisa; me lo impedía la atención que tenía que prestar al merodeador. Lo estaba mirando cuando realizó su primer ataque. Tuve la suerte de poder atenazarle el morro con ambas manos, y, aunque su acometida me hizo bucear momentáneamente, conseguí esquivarlo. Él dio media vuelta y empezó a describir nuevos círculos a mi alrededor. Logré eludir su ataque por segunda vez mediante la misma maniobra, y el tercero fue un fracaso para los dos. El animal se desvió en el mismo instante en que yo iba a cogerlo por el morro, pero su piel, áspera como el papel de lija, me desolló un brazo desde el codo hasta el hombro, ya que de cintura arriba me cubría únicamente con una camiseta sin mangas.
Pero me sentía exhausto y perdí toda esperanza. La goleta se hallaba aún a sesenta metros por lo menos. Con la cabeza sumergida, observaba al escualo que se disponía a atacar de nuevo, cuando un cuerpo moreno se interpuso entre ambos. Era Otoo.
-¡Nada hacia la goleta, patrón! -me dijo. Y lo curioso es que hablaba alegremente, como si aquello le divirtiera-. Yo conozco a los tiburones. Son como hermanos míos.
Le obedecí y seguí nadando lentamente; mientras Otoo daba vueltas a mi alrededor, interponiéndose constantemente entre el tiburón y mi cuerpo, desviando sus ataques y dándome ánimos.
-El aparejo del pescante se ha desprendido y están arreglando las betas -me explicó poco después, antes de zambullirse para repeler un nuevo ataque.
Cuando me encontraba a menos de diez metros de la goleta ya no podía con mi alma. Apenas tenía fuerzas para moverme. Desde la embarcación nos arrojaban cabos, pero no nos alcanzaban. El tiburón, al ver que no le hacíamos ningún daño, se había envalentonado. Varias veces estuvo a punto de atraparme, pero siempre llegó Otoo a tiempo para salvarme. Por supuesto, Otoo se habría podido salvar fácilmente, pero no me quería abandonar.
-¡Adiós, Charley! -pude decir-. ¡Ya no puedo más!
Sabía que había llegado mi último momento y que, transcurridos unos segundos, levantaría los brazos y me hundiría como una piedra. 
Pero Otoo se echó a reír y me dijo:
-Ahora verás qué jugarreta. Menudo susto le voy a dar a ese tiburón.
Y se zambulló a mis espaldas, cuando el tiburón se disponía a lanzarse sobre mí.
-¡Un poco más a la izquierda! -gritó al emerger-. ¡Ahí tienes una cuerda! ¡A la izquierda, patrón, a la izquierda!
Cambiando de rumbo, braceé desesperadamente. Apenas sabía ya lo que hacía. Cuando mi mano se cerró en torno a la cuerda, oí gritos a bordo. Me volví para mirar adonde estaba Otoo y ya no vi ni rastro de él. Un momento después salió a flote. Tenía ambas manos cercenadas por la muñeca, y de los muñones brotaba la sangre a raudales.
-¡Otoo! -me dijo con voz queda. Y en su mirada leí el mismo amor que temblaba en su voz.
Sólo entonces, al final de nuestros años de hermandad, me llamó por su nombre.
-¡Adiós, Otoo! -me dijo.
Luego desapareció bajo la superficie y yo fui izado a bordo, donde me desmayé en brazos del capitán.
Así murió Otoo, mi salvador. Hizo de mí un hombre y, finalmente, me salvó la vida por segunda vez. Nos conocimos en las fauces de un huracán y nos separamos ante las fauces de un tiburón. Vivimos diecisiete años en una camaradería que no creo que haya existido jamás entre un hombre blanco y uno de piel oscura. Si Yahvé, desde su altísimo trono, ve morir hasta al más humilde gorrión, no cabe duda de que habrá acogido en su reino a Otoo, el único pagano de Borabora.


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