lunes, 19 de marzo de 2012

Relato corto de Leonard Michaels: "Celos"



Leonard Michaels (Estados Unidos, 1933-2003). Fuente de la imagen

 "Cuando Leonard Michaels murió en 2003, su reputación literaria quedó algo olvidada debido a la brevedad de su obra. Pronto se alzaron voces que reivindicaban su calidad y excepcionalidad, situándolo a la misma altura que Saul Bellow, Bernard Malamud y, sobre todo que Philip Roth, con quien establece claras correspondencias. Destacan sobre todo sus extraordinarios cuentos, que recorren la vida urbana, el amor, el sexo, el deseo y el fracaso. Nació en 1933". 



CELOS 
Leonard Michaels



La chica que sólo porque caminaba del brazo de su amor miraba con calma a su alrededor. 
Kafka, Diarios


Llamó a su esposa la casa del amante de ella. Ella le pidió que repitiera lo que había dicho. Él estaba llorando y no se le entendía nada. Quería que volviera a casa y que se llevara su ropa. Sólo verlas era insoportable. Ella era consciente de lo que él sufría, pero en abstracto. A su amante ella le dijo “me siento culpable por no sentirme culpable”. Pero con su marido lloriqueando podía ver sus vestidos y sus zapatos en el armario del dormitorio y sentía algo fuerte, un tipo de urgencia. Fue a casa a recoger los vestidos. Su marido cerró la puerta detrás de ella y la golpeó. Escuché esa historia en un encuentro de escritores. Ella se quejaba de que no podía encontrar un modo convincente de escribirla. “Pero ocurrió realmente”, dijo, riéndose de ella misma, “salvó mi matrimonio. Cómo pueden pensar que podría escribir sobre eso”. Ella le había contado a su marido sobre el otro y le había dicho el nombre. Eso, para mí, era un matrimonio fallido. Su marido debería haberlo descubierto en el cuerpo de ella, debería haber adivinado que había otro hombre. Un cambio de olor en la química del erotismo, en especial en las orejas y las aletas de la nariz. En todas partes también. Las lilas se abren. El drama de su aventura amorosa debería haberle llegado por la manera en la que ella se entregaba. “¿Dónde aprendiste eso?” fue una pregunta que él nunca hizo. El hombre era estúpido. No deducía nada de sus luminosos estados de ánimo ni de su irracional petulancia. El asco de ella ante la forma de sus propios pies y su hábito de rascarse la cabeza no le golpeaban como desarrollos curiosos. Nada dedujo él mismo de su propia depresión y tristeza. Simplemente no sabía por qué no se había vuelto así. Era cruel hasta con su amante y no sabía por qué. Su `propia esposa le había tenido que contar que tenía un amante. Los sufrimientos del pobre hombre excedían su entendimiento. Él la golpeó. “Pero ocurrió realmente”, dijo riéndose como una loca de sí misma.
Otra mujer en el encuentro, alentada por la historia, dijo que su marido la acusaba de acostarse con su mejor amigo, con un maestro carpintero. Él les había ayudado a construir la barquita de vela. Las acusaciones comenzaban en el desayuno y seguían en la cena cuando el marido volvía a casa. Arruinaban las mejores cenas. Arruinaban su sueño. Todos los esfuerzos que ella hacía por lograr la felicidad –y ella lo intentaba realmente se volvían desagradables por las sospechas de él. El consejero matrimonial no ayudó mucho. El marido no trataba de “problemas reales”.
“¿Estabas?”, le pregunté.
“¿Qué?”
“¿Cogiéndote a su amigo?”
“Sí, pero ese no es el punto”.
Su enojo era fiero. Levantaba las manos, los dedos se doblaban en laboriosos nudos.
“Yo limpiaba. Yo cocinaba. Limpiaba sus asquerosos pelos de la bañera. Nuestra vida sexual era terrible. Especialmente, al final”.
Nadie podía decir nada.
En el vacío yo recordé cómo solía encontrarme con cierta mujer, los domingos por la mañana, en el estacionamiento detrás de su iglesia. Esperaba en mi carro, en la oscuridad de un sauce llorón, fumando hasta que terminaba el servicio. Después la veía cruzar el asfalto humeante con sus tacones y el vestido azul oscuro que usaba para ir a la iglesia, con una flor blanca en la solapa. Lucía perfecta, aunque mi carro era lo suficientemente bueno para ella. Era todo lo que necesitábamos. Mientras hablaba de Dios, su maravillosa nube de cabello brillaba en una luz más blanca. Su aliento llegaba perfumado. Una vez, me sorprendió con una voz amarga y llena de reproches como si yo hubiera hecho algo malo. Pero era su novio, no yo. Ella me dijo que le había montado una escena la noche anterior en un bar repleto de gente, gritándole “le chupaste la polla a otro hombre”.
Yo no sabía qué decir. No sabía qué pensar. Comencé a besarla, pero ella me apartó para dejarme ver cómo la piedad se mezclaba con la pena en sus ojos. “¿Puedes creer lo que me dijo? Toda esa gente comiendo ostras. ¿Puedes imaginarte cómo me sentía?”
Yo le decía que sí, que sí, que sí con la cabeza, pero ella quería que esperara, que la escuchara, que dejara que la sagrada plenitud de su pena me invadiera a mí también. Ella quería que me alimentara en su inmensa mirada suplicante, en su límpido traje azul, en la florecita de la solapa. No sé cómo, pero mientras esperaba, la abracé de nuevo contra mí. Ella se embutió la falda. Unos muslos flojos y calientes brillaron en la sombra del coche. La hermosa iglesia bailaba detrás del sauce. La visión de su prometida persistía diminuta, lejana. Tal sufrimiento debería importarle, pero en el compulsivo timbre de las cosas no hay un debería.
“Eres un egoísta”, dijo ella.
Le supliqué que se casara conmigo.
“Lo dice en serio, ¿no?”. Sus labios se movían sobre mi mejilla como si le estuviera hablando a un niño sordo. Cada palabra era una presión. “Ya sabes”, susurró, “nunca me han puesto una multa. Los polis me miran pero parece que no pueden escribirla. Cuando me pongan una, me lo vuelve a preguntar”.
Ella me salvó de mí mismo. ¿Por qué la quería? Apenas era diez años mayor que mi hijo. El había empezado a fumar droga. Tal vez hubiera escapado de casa.
“¿Puedes creer lo que me dijo mi prometido?”.
Su pregunta pasó por mi corazón como la sombra de un pájaro.

Leonard Michaels (New York, 1933 -Berkeley, 2003) es el autor las colecciones de relatos y ensayos Going Places, I Would Have Saved Them If I Could, Shuffle, A Girl With A Monkey, y To Feel These Things, así como de las novelas Sylvia y The Men's Club.

(Fuente del texto: Hermano Cerdo). 

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