viernes, 17 de junio de 2011

Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia (78): "Los trenes de los muertos", de Sara Gallardo



Tren misterioso. Fuente de la imagen. 

La sección Los Mejores 1001 Cuentos Literarios de la Historia (que por abreviar cito a veces como 1001 cuentos) sigue dejándonos excelentes narraciones breves. Una de la ventajas de esta página es que no se limita a promover a los autores harto conocidos (lo cual está muy bien), sino que además nos remite a escritores de talento a quienes la posteridad no ha mimado lo suficiente. Yo al menos no conocía a Sara Gallardo, autora de "Los trenes de los muertos", que  nos llega por recomendación de la profesora Mª Ángeles Barón Peña. 
Sara Gallardo nació en 1931 en Buenos Aires, ciudad en la que fallecería en 1988. 



LOS TRENES DE LOS MUERTOS
Sara Gallardo 

El rápido a Bahía Blanca arrastró al hijo del capataz de la cuadrilla que reparaba las vías. Era un hombre triste desde la muerte de su mujer; con esto se dio a beber.
El hijo estuvo un mes como dormido. Cuando volvió a su casa no era el mismo.
Rengo. Pero sobre todo ausente.
Se entregó a encender pequeñas fogatas.
Las alimentaba de día, de noche.
A veces levantaba los brazos dando un grito.
Una tarde, su padre llegó del almacén y se puso a llorar. ¿Qué hacía con esos fuegos, por Dios Santo? Causaban la compasión de los vecinos.
A la hora del accidente, dijo el niño, vi los trenes de los muertos.
Cruzándose como rayos sobre el mundo. Unos venían y otros iban y otros subían o bajaban sin dirección y sin destino. Vio en las ventanillas las caras de los muertos de este mundo. Lívidas caras con sonrisa, caras dobladas. Caras sujetas por telas que asfixian, manos que cuelgan, pelos de colores, electricistas, amas de hogar, sacerdotes, presidentes de compañías. Muertos en vida. Pómulos cubiertos de polvillo de hueso. Zarandeándose.
Vio conocidos. Vecinos.
En trenes que refulgían como fantasmas que se levantan de pantanos. A cabezadas, rizos contra los vidrios, sin pedir ayuda, sin desearla. En una noche permanente, los trenes sin voz ni silbato, cruzándose. Sin señales, sin orden.
Se superponían, se sucedían, se cambiaban.
Nadie los oye ni los ve, volando en todas partes sobre el mundo.
El dolor que había visto era alegre junto al dolor en esos trenes. Vio, como si los tocara, que el frío congelaba a esos viajeros, igual que a los que duermen para siempre en los Andes. Y dentro de esos témpanos los ojos llamaban sin llamado.
Ponía señales para eso. Para los trenes de los muertos.

El país del humo (1977), Córdoba (República Argentina), Alción, 2003, págs. 185-186.



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