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domingo, 10 de noviembre de 2019

Cuento de Joaquim Machado de Assis: Misa del gallo



Nunca pude entender la conversación que tuve con una señora hace muchos años; tenía yo diecisiete, ella treinta. Era noche de Navidad. Había acordado con un vecino ir a la misa de gallo y preferí no dormirme; quedamos en que yo lo despertaría a medianoche.
La casa en la que estaba hospedado era la del escribano Meneses, que había estado casado en primeras nupcias con una de mis primas. La segunda mujer, Concepción, y la madre de ésta me acogieron bien cuando llegué de Mangaratiba a Río de Janeiro, unos meses antes, a estudiar preparatoria. Vivía tranquilo en aquella casa soleada de la Rua do Senado con mis libros, unas pocas relaciones, algunos paseos. La familia era pequeña: el notario, la mujer, la suegra y dos esclavas. Eran de viejas costumbres. A las diez de la noche toda la gente se recogía en los cuartos; a las diez y media la casa dormía. Nunca había ido al teatro, y en más de una ocasión, escuchando a Meneses decir que iba, le pedí que me llevase con él. Esas veces la suegra gesticulaba y las esclavas reían a sus espaldas; él no respondía, se vestía, salía y solamente regresaba a la mañana siguiente. Después supe que el teatro era un eufemismo. Meneses tenía amoríos con una señora separada del esposo y dormía fuera de casa una vez por semana. Concepción sufría al principio con la existencia de la concubina, pero al fin se resignó, se acostumbró, y acabó pensando que estaba bien hecho.
¡Qué buena Concepción! La llamaban santa, y hacía justicia al mote porque soportaba muy fácilmente los olvidos del marido. En verdad era de un temperamento moderado, sin extremos, ni lágrimas, ni risas. En el capítulo del que trato, parecía mahometana; bien habría aceptado un harén, con las apariencias guardadas. Dios me perdone si la juzgo mal. Todo en ella era atenuado y pasivo. El propio rostro era mediano, ni bonito ni feo. Era lo que llamamos una persona simpática. No hablaba mal de nadie, perdonaba todo. No sabía odiar; puede ser que ni supiera amar.
Aquella noche el escribano había ido al teatro. Era por los años 1861 o 1862. Yo debería de estar ya en Mangaratiba de vacaciones; pero me había quedado hasta Navidad para ver la misa de gallo en la Corte [alude a la ciudad de Río de Janeiro, por esos años capital del Imperio bajo el reinado de don Pedro II]. La familia se recogió a la hora de costumbre, yo permanecí en la sala del frente, vestido y listo. De ahí pasaría al corredor de la entrada y saldría sin despertar a nadie. Había tres copias de las llaves de la puerta; una la tenía el escribano, yo me llevaría otra y la tercera se quedaba en casa.
 —Pero, señor Nogueira, ¿qué hará usted todo este tiempo? —me preguntó la madre de Concepción.
 —Leer, doña Ignacia.
Llevaba conmigo una novela, Los tres mosqueteros, en una vieja traducción del Jornal do Comércio. Me senté en la mesa que estaba en el centro de la sala, y a la luz de un quinqué, mientras la casa dormía, subí una vez más al magro caballo de D’Artagnan y me lancé a la aventura. Dentro de poco estaba yo ebrio de Dumas. Los minutos volaban, muy al contrario de lo que acostumbran hacer cuando son de espera; oí que daban las once, apenas, de casualidad. Mientras tanto, un pequeño rumor adentro llegó a despertarme de la lectura. Eran unos pasos en el corredor que iba de la sala al comedor; levanté la cabeza; enseguida vi un bulto asomarse en la puerta, era Concepción.
 —¿Todavía no se ha ido? —preguntó.
—No, parece que aún no es medianoche.
—¡Qué paciencia!
Concepción entró en la sala, arrastraba las chinelas. Traía puesta una bata blanca, mal ceñida a la cintura. Era delgada, tenía un aire de visión romántica, como salida de mi novela de aventuras. Cerré el libro; ella fue a sentarse en la silla que quedaba frente a mí, cerca de la otomana. Le pregunté si la había despertado sin querer, haciendo ruido, pero ella respondió enseguida:
—¡No! ¡Cómo cree! Me desperté yo sola.
La encaré y dudé de su respuesta. Sus ojos no eran de alguien que se acabara de dormir; parecían no haber empezado el sueño. Sin embargo, esa observación, que tendría un significado en otro espíritu, yo la deseché de inmediato, sin advertir que precisamente tal vez no durmiese por mi causa y que mintiese para no preocuparme o enfadarme. Ya dije que ella era buena, muy buena.
—Pero la hora ya debe de estar cerca.
—¡Qué paciencia la suya de esperar despierto mientras el vecino duerme! ¡Y esperar solo! ¿No le dan miedo las almas del otro mundo? Observé que se asustaba al verme.
—Cuando escuché pasos, me pareció raro; pero usted apareció enseguida.
—¿Qué estaba leyendo? No me diga, ya sé, es la novela de los mosqueteros.
—Justamente; es muy bonita.
—¿Le gustan las novelas?
—Sí.
—¿Ya leyó La morenita [la novela A Moreninha (1844), de Joaquim Manuel de Macedo]?
—¿Del doctor Macedo? La tengo allá en Mangaratiba.
—A mí me gustan mucho las novelas, pero leo poco, por falta de tiempo. ¿Qué novelas ha leído?
Comencé a nombrar algunas. Concepción me escuchaba con la cabeza recargada en el respaldo, metía los ojos entre los párpados a medio cerrar, sin apartarlos de mí. De vez en cuando se pasaba la lengua por los labios, para humedecerlos. Cuando terminé de hablar no me dijo nada; nos quedamos así algunos segundos. Enseguida vi que enderezaba la cabeza, cruzaba los dedos y se apoyaba sobre ellos mientras los codos descansaban en los brazos de la silla; todo esto lo había hecho sin desviar sus astutos ojos grandes.
«Tal vez esté aburrida», pensé.
Y luego añadí en voz alta:
—Doña Concepción, creo que se va llegando la hora, y yo…
—No, no, todavía es temprano. Acabo de ver el reloj; son las once y media. Hay tiempo. ¿Usted si no duerme de noche es capaz de no dormir de día?
—Lo he hecho.
—Yo no; si no duermo una noche, al otro día no soporto, aunque sea media hora debo dormir. Pero también es que me estoy haciendo vieja.
—Qué vieja ni qué nada, doña Concepción.
Mi expresión fue tan emotiva que la hizo sonreír. Habitualmente sus gestos eran lentos y sus actitudes tranquilas; sin embargo, ahora se levantó rápido, fue al otro lado de la sala y dio unos pasos, entre la ventana de la calle y la puerta del despacho de su marido. Así, con su desaliño honesto, me daba una impresión singular. A pesar de que era delgada, tenía no sé qué cadencia en el andar, como alguien que le cuesta llevar el cuerpo; ese gesto nunca me pareció tan de ella como en aquella noche. Se detenía algunas veces, examinaba una parte de la cortina, o ponía en su lugar algún adorno de la vitrina; al fin se detuvo ante mí, con la mesa de por medio. El círculo de sus ideas era estrecho; volvió a su sorpresa de encontrarme despierto, esperando. Yo le repetí lo que ella ya sabía, es decir, que nunca había oído la misa de gallo en la Corte, y no me la quería perder.
—Es la misma misa de pueblo; todas las misas se parecen.
—Ya lo creo; pero aquí debe haber más lujo y más gente también. Oiga, la Semana Santa en la Corte es más bonita que en los pueblos. Y qué decir de las fiestas de San Juan, y las de San Antonio…
Poco a poco se había inclinado; apoyaba los codos sobre el mármol de la mesa y metía el rostro entre sus manos abiertas. No traía las mangas abotonadas, le caían naturalmente, y le vi la mitad de los brazos, muy claros y menos delgados de lo que se podría suponer. Aunque el espectáculo no era una novedad para mí, tampoco era común; en aquel momento, sin embargo, la impresión que tuve fue fuerte. Sus venas eran tan azules que, a pesar de la poca claridad, podía contarlas desde mi lugar. La presencia de Concepción me despertó aún más que la del libro. Continué diciendo lo que pensaba de las fiestas de pueblo y de ciudad, y de otras cosas que se me ocurrían. Hablaba enmendando los temas, sin saber por qué, variándolos y volviendo a los primeros, y riendo para hacerla sonreír y ver sus dientes que lucían tan blancos, todos iguales. Sus ojos no eran exactamente negros, pero sí oscuros; la nariz, seca y larga, un poquito curva, le daba a su cara un aire interrogativo. Cuando yo subía el tono de voz, ella me reprimía:
—¡Más bajo! Mamá puede despertarse.
Y no salía de aquella posición, que me llenaba de gusto, tan cerca quedaban nuestras caras. Realmente, no era necesario hablar en voz alta para ser escuchado; murmurábamos los dos, yo más que ella, porque hablaba más; ella, a veces, se quedaba seria, muy seria, con la cabeza un poco torcida. Finalmente se cansó; cambió de actitud y de lugar. Dio la vuelta y vino a sentarse a mi lado, en la otomana. Volteé, y pude ver, de reojo, la punta de las chinelas; pero fue sólo el tiempo que a ella le llevó sentarse, la bata era larga y se las tapó enseguida. Recuerdo que eran negras. Concepción dijo bajito:
—Mamá está lejos, pero tiene el sueño muy ligero, si despierta ahora, pobre, se le va a ir el sueño.
—Yo también soy así.
—¿Cómo? —preguntó ella inclinando el cuerpo para escuchar mejor.
Fui a sentarme en la silla que quedaba al lado de la otomana y le repetí la frase. Se rio de la coincidencia, también ella tenía el sueño ligero; éramos tres sueños ligeros.
—Hay ocasiones en que soy igual a mamá; si me despierto me cuesta dormir de nuevo, doy vueltas en la cama a lo tonto, me levanto, enciendo una vela, paseo, vuelvo a acostarme y nada.
—Fue lo que le pasó hoy.
—No, no —me interrumpió ella.
No entendí la negativa; puede ser que ella tampoco la entendiera. Agarró las puntas del cinturón de la bata y se pegó con ellas sobre las rodillas, es decir, la rodilla derecha, porque acababa de cruzar las piernas. Después habló de una historia de sueños y me aseguró que únicamente había tenido una pesadilla, cuando era niña. Quiso saber si yo las tenía. La charla se fue hilvanando así lentamente, largamente, sin que yo me diese cuenta ni de la hora ni de la misa. Cuando acababa una narración o una explicación, ella inventaba otra pregunta u otro tema, y yo tomaba de nuevo la palabra. De vez en cuando me reprimía:
—Más bajo, más bajo.
Había también unas pausas. Dos o tres veces me pareció que dormía, pero sus ojos cerrados por un instante se abrían luego, sin sueño ni fatiga, como si los hubiese cerrado para ver mejor. Una de esas veces, creo, se dio cuenta de lo embebido que estaba yo de su persona, y recuerdo que los volvió a cerrar, no sé si rápido o despacio. Hay impresiones de esa noche que me aparecen truncadas o confusas. Me contradigo, me cuesta trabajo. Una de ésas que todavía tengo frescas es que, de repente, ella, que apenas era simpática, se volvió linda, lindísima. Estaba de pie, con los brazos cruzados; yo, por respeto, quise levantarme; no lo permitió, puso una de sus manos en mi hombro, y me obligó a permanecer sentado. Pensé que iba a decir alguna cosa, pero se estremeció, como si tuviese un escalofrío, me dio la espalda y fue a sentarse en la silla, en donde me encontrara leyendo. Desde allí, lanzó la vista por el espejo que quedaba encima de la otomana, habló de dos grabados que colgaban de la pared.
—Estos cuadros se están haciendo viejos. Ya le pedí a Chiquinho que compremos otros.
Chiquinho era el marido. Los cuadros hablaban del asunto principal de este hombre. Uno representaba a «Cleopatra»; no recuerdo el tema del otro, eran mujeres. Vulgares ambos; en aquel tiempo no me parecieron feos.
—Son bonitos —dije.
—Son bonitos, pero están manchados. Y además, para ser francos, yo preferiría dos imágenes, dos santas. Éstas se ven más apropiadas para cuarto de muchacho o de barbero.
—¿De barbero? Usted no ha ido a ninguna barbería.
—Pero me imagino que los clientes, mientras esperan, hablan de señoritas y de enamoramientos, y naturalmente el dueño de la casa les alegra la vista con figuras bonitas. En casa de familia es que no me parece que sea apropiado. Es lo que pienso; pero yo pienso muchas cosas; así, raras. Sea lo que sea, no me gustan los cuadros. Yo tengo una Nuestra Señora de la Concepción, mi patrona, muy bonita; pero es escultura, no se puede poner en la pared, ni yo quiero, está en mi oratorio.
La idea del oratorio me trajo la de la misa, me recordó que podría ser tarde y quise decirlo. Creo que llegué a abrir la boca, pero luego la cerré para escuchar lo que ella contaba, con dulzura, con gracia, con tal languidez que le provocaba pereza a mi alma y la hacía olvidarse de la misa y de la iglesia. Hablaba de sus devociones de niña y señorita. Después se refería a unas anécdotas, historias de paseos, reminiscencias de Paquetá [una isla distante unas pocas millas de la bahía de Guanabara], todo mezclado, casi sin interrupción. Cuando se cansó del pasado, habló del presente, de los asuntos de la casa, de los cuidados de la familia que, desde antes de casarse, le habían dicho que eran muchos, pero no eran nada. No me contó, pero yo sabía que se había casado a los veintisiete años.
 Y ahora no se cambiaba de lugar, como al principio, y casi no salía de la misma actitud. No tenía los grandes ojos largos, y empezó a mirar a lo tonto hacia las paredes.
—Necesitamos cambiar el tapiz de la sala —dijo poco después, como si hablara consigo misma.
Estuve de acuerdo para decir alguna cosa, para salir de la especie de sueño magnético, o lo que sea que fuere que me cohibía la lengua y los sentidos. Quería, y no, acabar la charla; hacía un esfuerzo para desviar mis ojos de ella, y los desviaba por un sentimiento de respeto; pero la idea de que pareciera que me estaba aburriendo, cuando no lo era, me llevaba de nuevo los ojos hacia Concepción. La conversación moría. En la calle, el silencio era total.
Llegamos a quedarnos por algún tiempo —no puedo decir cuánto— completamente callados. El rumor, único y escaso, era un roído de ratón en el despacho, que me despertó de aquella especie de somnolencia; quise hablar de ello, pero no encontré la manera. Concepción parecía divagar. Un golpe en la ventana, por fuera, y una voz que gritaba: «¡Misa de gallo!, ¡misa de gallo!».
—Allí está su compañero, qué gracioso; usted quedó de ir a despertarlo, y es él quien viene a despertarlo a usted. Vaya, que ya debe de ser la hora; adiós.
—¿De verdad? —pregunté.
—Claro.
—¡Misa de gallo! —repitieron desde afuera, golpeando.
—Vaya, vaya, no se haga esperar. La culpa ha sido mía. Adiós, hasta mañana.
 Y con la misma cadencia del cuerpo, Concepción entró por el corredor adentro, pisaba mansamente. Salí a la calle y encontré al vecino que me esperaba. Nos dirigimos de allí a la iglesia. Durante la misa, la figura de Concepción se interpuso más de una vez entre el sacerdote y yo; que se disculpe esto por mis diecisiete años. A la mañana siguiente, en la comida, hablé de la misa de gallo y de la gente que estaba en la iglesia, sin excitar la curiosidad de Concepción. Durante el día la encontré como siempre, natural, benigna, sin nada que hiciera recordar la charla de la víspera. Para Año Nuevo fui a Mangaratiba. Cuando regresé a Río de Janeiro, en marzo, el escribano había muerto de una apoplejía. Concepción vivía en Engenho Novo, pero no la visité, ni me la encontré. Más tarde escuché que se había casado con el escribiente sucesor de su marido.
El cuento “Misa de gallo”, de Joaquim Machado de Assis, fue publicado por primera vez en 1984, en A Semana.


lunes, 23 de septiembre de 2019

El reloj de oro, un relato corto de Machado de Assis



Joaquim Machado de Assis (1839-1908) no es cualquier cosa. Reconocido por muchos como el mejor escritor brasileño, no deja impasible a nadie a quien le guste la buena literatura.

Frecuentó géneros como la poesía, la novela, el teatro, la crítica literaria y, por supuesto, el cuento. Se calcula que escribió unos doscientos relatos cortos.

A continuación, os dejo uno de mis preferidos: "El reloj de oro". La aparición de esta pieza –tal como se aprecia desde las primeras líneas– genera un conflicto en el matrimonio formado por Luis Negreiro y la bella Clarinha hasta desembocar en un final magistral que da sentido a todo el cuento, y que amplifica ciertas observaciones del narrador que hasta ese momento habíamos pasado por alto. 


"El reloj de oro", incluido en Historias de medianoche (1873) es una obra maestra de la narrativa breve. Muy recomendable.




Relato corto de Machado de Assis: El reloj de oro

Ahora contaré la historia del reloj de oro. Era un gran cronómetro, perfectamente nuevo, que pendía de una elegante cadena. Luis Negreiros tenía toda la razón para quedarse boquiabierto cuando vio el reloj en casa, un reloj que no era suyo, ni podía ser de su mujer. ¿Sería ilusión de sus ojos? No lo era; allí estaba el reloj sobre la mesa de la alcoba, mirándolo, tal vez tan espantado como él del lugar y la situación.
Clarinha no estaba en la alcoba cuando Luis Negreiros entró en ella. Se había quedado en la sala, hojeando una novela, sin corresponder mucho ni poco al beso con que el marido la saludó en el momento de su entrada. Era una linda muchacha esta Clarinha, si bien un tanto pálida, o quizás por ello mismo. Era pequeña y delgada; de lejos, parecía una niña; de cerca, quien le mirase los ojos vería bien que era una mujer como pocas. Estaba blandamente reclinada en el sofá, con el libro abierto y los ojos en el libro, los ojos apenas, porque su pensamiento no sé con certeza si estaba en el libro o en alguna otra parte. En todo caso parecía ajena al marido y al reloj. Luis Negreiros se apoderó del reloj, con una expresión que no me atrevo a describir. Ni el reloj ni la cadena eran suyos; tampoco de alguno de sus conocidos. Se trataba de una charada. Luis Negreiros gustaba de las charadas y tenía fama de descifrarlas hábilmente; pero gustaba de charadas en las revistas y en los periódicos. Charadas palpables o cronométricas y sobre todo sin clave final, no eran del aprecio de Luis Negreiros. Por este motivo, y otros que son obvios, comprenderá el lector que el esposo de Clarinha se dejara caer en una silla, se mesara con rabia los cabellos, golpeara el suelo con el pie y arrojara sobre la mesa el reloj y la cadena. Terminada esta primera manifestación de furor, Luis Negreiros tomó de nuevo los fatales objetos, y de nuevo los examinó. Quedó en las mismas. Cruzó los brazos durante algún tiempo y reflexionó sobre el caso, interrogó todos sus recuerdos y concluyó al fin que, sin una explicación de Clarinha, cualquier actitud sería errada y precipitada. Fue a hablar con ella. Clarinha acababa en ese momento de leer una página, y pasaba la hoja con el aire indiferente y tranquilo de quien no se ocupa de descifrar charadas de cronómetro. Luis Negreiros la encaró y sus ojos parecían dos relucientes puñales.
–¿Qué tienes? –preguntó la muchacha con esa voz dulce y suave que todo el mundo admiraba en ella. Luis Negreiros no respondió a la pregunta de su mujer; la miró durante un rato; después dio dos vueltas por la sala, pasándose la mano por los cabellos. Así que la joven le preguntó de nuevo:
–¿Qué tienes?
Luis Negreiros se paró frente a ella.
–¿Qué es esto? –dijo sacando del bolso el fatal reloj y poniéndoselo delante de los ojos–. ¿Qué es esto? –repitió con voz de trueno.
Clarinha se mordió los labios y no respondió. Luis Negreiros permaneció algún tiempo con el reloj en la mano y los ojos en la mujer, la cual tenía los suyos en el libro. El silencio era profundo. Luis Negreiros fue el primero en romperlo,  tirando estrepitosamente el reloj contra el suelo, y diciendo enseguida a su esposa:
–¿Vamos, de quién es este reloj?
Clarinha levantó lentamente los ojos hacia él, los bajó después y murmuró:
–No sé.
Luis Negreiros hizo un gesto de agresión; se contuvo. La mujer se levantó, tomó el reloj y lo puso sobre una mesa pequeña. No pudo controlarse Luis Negreiros. Avanzó hacia ella y, asegurándole con fuerza las muñecas, le dijo:
–¿No me responderás, demonio? ¿No me explicarás este enigma?
Clarinha hizo un gesto de dolor, y Luis Negreiros de inmediato le soltó las muñecas ya enrojecidas. En otras circunstancias es probable que Luis Negreiros hubiese caído a sus pies, pidiéndole perdón por haberla maltratado. En aquel momento ni le pasó por la mente; dejándola en medio de la sala se puso a caminar de nuevo, siempre agitado, deteniéndose de vez en cuando, como si meditara algún suceso trágico. Clarinha abandonó la sala.
Poco después un esclavo vino a decir que la mesa estaba servida.
–¿Dónde está la señora?
–No lo sé, señor.
Luis Negreiros fue a buscarla; la encontró en la salita de costura, sentada en una silla baja, sollozando con la cabeza entre las manos. Al escuchar el ruido de la puerta que se cerraba Clarinha levantó la cabeza, y Luis Negreiros pudo ver su rostro húmedo de lágrimas. Esta situación resultó peor que la de la sala. Luis Negreiros no podía ver llorar a ninguna mujer, en especial a la suya. Iba a enjugarle las lágrimas con un beso, mas reprimió el gesto y avanzó frío hacia ella; aproximando una silla se sentó frente a Clarinha.
–Estoy tranquilo, como ves –dijo–. Respóndeme lo que te pregunté con la franqueza que siempre tuviste conmigo. No te acuso ni sospecho nada de ti. Simplemente quisiera saber cómo fue a parar allí aquel reloj. ¿Acaso tu padre lo olvidó aquí?
–No.
–Pero entonces…
–¡Oh! ¡No me preguntes nada! –exclamó Clarinha–; no sé por qué está aquí ese reloj… no sé de quién es… déjame.
–¡Es demasiado! –bramó Luis Negreiros, levantándose y tirando al suelo la silla.
Clarinha se estremeció, y permaneció quieta en su sitio. La situación se tornaba cada vez más grave; Luis Negreiros paseaba más agitado a cada momento, girando los ojos en las órbitas, dando la impresión de que en cualquier instante se arrojaría sobre la infeliz esposa. Esta, con los codos en el regazo y la cabeza entre las manos, tenía los ojos clavados en la pared. Transcurrió cerca de un cuarto de hora. Luis Negreiros se disponía a interrogar de nuevo a su esposa, cuando oyó la voz de su suegro, que subía la escalera gritando:
–¡Eh! ¡Luis! ¡Viejo mandarín!
–¡Aquí viene tu padre! –dijo Luis–; me las pagarás luego.
Salió de la sala de costura y fue a recibir a su suegro, que ya estaba en la mitad de la sala, haciendo girar el paraguas con grave riesgo de los jarrones y el candelabro.
–¿Estaban durmiendo?
–No señor, estábamos conversando…
–¿Conversando? –repitió Meireles.
Y agregó para sí mismo:
–Discutiendo, seguramente…
–Precisamente ahora vamos a comer –dijo Luis Negreiros–. ¿Nos acompaña?
–No vine acá para cosa distinta –replicó Meireles–; ceno aquí hoy y mañana también. No me convidaste, pero es igual.
–¿No lo convidé?
–Sí. ¿No cumples años mañana?
–¡Ah!, es verdad…
No había razón aparente para que, luego de decir estas palabras con un tono lúgubre, Luis Negreiros las repitiese, pero ahora con un tono descomunalmente alegre:
–¡Ah!, ¡es verdad!
Meireles, que ya se dirigía a colgar el sombrero en un perchero del corredor, volviose espantado hacia el yerno en cuyo rostro leyó la más franca, súbita e inexplicable alegría.
–¡Está loco! –murmuró Meireles.
–Vamos a comer –gritó el yerno, metiéndose por el interior de la casa, mientras que Meireles, siguiendo por el pasillo, iba a dar al comedor.
Luis Negreiros fue en busca de su mujer a la sala de costura y la encontró de pie, arreglándose los cabellos frente a un espejo.
–Gracias –dijo.
La joven lo miró asombrada.
–Gracias –repitió Luis Negreiros–; gracias y perdóname.
Y diciendo esto, trató de abrazarla; pero la joven, con un gesto digno, rechazó el intento del marido y se dirigió al comedor.
–Tiene razón –murmuró Luis Negreiros.
Poco después estaban los tres sentados a la mesa, y fue servida la sopa que a Meireles le supo, como era natural, a hielo. Ya iba a hacer un discurso respecto a la desidia de los criados, cuando Luis Negreiros confesó que todo era culpa suya, porque la cena estaba hacía tiempo en la mesa. La declaración sólo consiguió mudar el asunto del discurso, que versó ahora sobre esa cosa terrible que es una cena recalentada, qui ne valut jamais rien.
Meireles era un hombre alegre, travieso, acaso demasiado frívolo para su edad pero, con todo, interesante. Luis Negreiros le tenía mucho afecto, y veía correspondido ese cariño de pariente y de amigo, tanto más sincero si se piensa que Meireles sólo accedió tarde y de mala gana al matrimonio de su hija. Duró el noviazgo cerca de cuatro años, de los cuales el padre de Clarinha invirtió más de dos en meditar y resolver el asunto del casamiento. Al final dio su aprobación, y esto, decía él, más por las lágrimas de la hija que por los atributos del yerno. La causa de tan larga vacilación eran los hábitos poco austeros de Luis Negreiros; no los que mostró durante el noviazgo, sino los que había tenido antes y que bien podría volver a tener después. Meireles confesaba ingenuamente que había sido marido poco ejemplar, y juzgaba que por eso mismo debía dar a la hija mejor esposo de lo que él fuera. Luis Negreiros desmintió las aprensiones del suegro; el león impetuoso de antes se transformó en tranquilo cordero. Una amistad franca nació entre suegro y yerno, y Clarinha se convirtió en una de las más envidiadas jóvenes de la ciudad. Y era mayor el mérito de Luis Negreiros si se piensa que no le faltaban tentaciones. El diablo se metía a veces en la piel de algún amigo, e iba a convidarlo a recordar buenos tiempos. Pero Luis Negreiros respondía que se había retirado a buen puerto y no quería arriesgarse otra vez a las tormentas del alto mar. Clarinha amaba tiernamente al marido, y era la más dócil y afable criatura que por entonces respirara el aire fluminense. Nunca había existido disgusto entre ellos; la limpidez del cielo conyugal era siempre la misma, y parecía mostrarse duradera. ¿Qué mal destino sopló allí la primera nube?
Durante la cena, Clarinha no pronunció palabra, o dijo pocas y aun así las más breves y frías.
“Están de riña, no hay duda”, pensó Meireles al ver la pertinaz mudez de su hija. “Y la ofendida es sólo ella porque él parece estar muy alegre”.
Luis Negreiros, en efecto, se deshacía en agrados, mimos y cortesías con su mujer, que ni siquiera lo miraba de frente. El marido se exasperaba ya con la presencia del suegro, ansioso de estar a solas con la esposa para la reconciliación final. Clarinha no parecía compartir ese deseo; comió poco y dos o tres veces se le escapó del pecho un suspiro. Ya puede verse que la cena, a pesar de los esfuerzos, no era como la de los otros días.
Meireles, sobre todo, se sentía molesto, aunque de ningún modo recelaba un problema mayor; su opinión era que sin riñas no se aprecia la felicidad, como no se aprecia el buen tiempo sin tempestades. Con todo, las tristezas de la hija siempre conseguían quitarle la tranquilidad. A la hora del café, Meireles propuso que se fueran los tres al teatro; Luis Negreiros aceptó la idea con entusiasmo. Clarinha rehusó secamente.
–No te entiendo hoy, Clarinha –dijo el padre con impaciencia–. Tu marido está alegre y tú pareces abatida y preocupada. ¿Qué tienes?
 Clarinha no respondió; Luis Negreiros, sin saber qué decir, se dedicó a hacer bolitas con las migas del pan. Meireles se encogió de hombros.
–Allá se entiendan ustedes –dijo–. Si mañana, a pesar del día que es, continúan así, les prometo que no han de verme ni la sombra.
–¡Ah, no! Tiene que venir –empezó a decir Luis Negreiros, pero fue interrumpido por su mujer, que rompió a llorar.
La cena acabó así, triste y enfurruñada. Meireles pidió una explicación al yerno, y éste prometió que se lo contaría todo en mejor ocasión.  Poco después salía el padre de Clarinha insistiendo de nuevo en que, de hallarse al día siguiente en el mismo estado, jamás volvería a aquella casa, y que si existía algo peor que una cena fría o recalentada, era una cena mal digerida. Este axioma valía tanto como el de Boileau, pero nadie le prestó atención. Clarinha se marchó a su cuarto; el marido, luego de despedir al suegro, fue en su busca. La encontró sentada en la cama, con la cabeza sobre una almohada, y sollozando. Luis Negreiros, arrodillándose ante ella, cogió entre las suyas una de sus manos.
–Clarinha –dijo–, perdóname todo. Ya sé la explicación del reloj; si tu padre no me hubiera hablado de venir mañana, no hubiera sido capaz de adivinar que el reloj era tu regalo de cumpleaños.
No me atrevo a describir el soberbio gesto de indignación con que la joven se levantó al oír estas palabras del marido. Luis Negreiros la miró sin comprender nada. La joven no dijo una sola sílaba; salió del cuarto y dejó al infeliz consorte más confuso que nunca.
–¿Pero qué enigma es éste? –se preguntaba a sí mismo Luis Negreiros–. Si no era un regalo de cumpleaños, ¿qué explicación puede tener el tal reloj?
La situación volvía a ser la misma de antes de la cena. Luis Negreiros tomó la resolución de descubrir todo aquella noche. Pensó, sí, que era preciso reflexionar maduramente sobre el caso y hallar una resolución que fuese decisiva. Con este propósito se recogió en su gabinete, y allí repasó todo lo que había pasado desde su regreso a casa. Pesó fríamente todas las razones, todos los incidentes, y buscó reproducir en su memoria las expresiones del rostro de la joven a lo largo de aquella tarde. El gesto de indignación y repulsa cuando él quiso abrazarla en la sala de costura, estaban a favor de ella; pero el ademán con que se mordió los labios en el momento en que él le mostró el reloj, las lágrimas en la mesa, y sobre todo el silencio que mantenía respecto a la procedencia del fatal objeto, todo eso hablaba en contra de la joven.
Luis Negreiros, después de mucho meditar, optó por la más triste y deplorable de las hipótesis. Una idea mala empezó a clavársele en el alma, como un estilete, y tan hondo penetró que se adueñó de él en pocos instantes. Luis Negreiros era hombre colérico cuando la ocasión lo pedía. Profirió dos o tres amenazas, salió del gabinete y fue a enfrentarse con la mujer. Clarinha se había recogido de nuevo en su cuarto. La puerta estaba sin seguro. Eran las nueve de la noche; una pequeña lamparilla daba luz escasa al aposento. La joven estaba como antes sentada en la cama, pero no lloraba; tenía los ojos fijos en el suelo. No intentó siquiera levantarlos cuando sintió entrar al marido.
Hubo un momento de silencio. Luis Negreiros fue el primero en hablar.
–Clarinha –dijo–, éste es un momento solemne. ¿Me responderás a lo que te pregunto desde esta tarde?
La joven no respondió.
–Piénsalo bien, Clarinha –continuó el marido–, puede estar en riesgo tu propia vida.
La joven se encogió de hombros. Una nube cruzó por los ojos de Luis Negreiros. El infeliz marido lanzó las manos al cuello de la esposa, y rugió:
–¡Responde, demonio, o mueres!
Clarinha soltó un grito.
–¡Espera! –dijo.
Luis Negreiros retrocedió.
–Mátame –dijo ella–, pero lee esto primero. Cuando esta carta llegó a tu oficina ya tú te habías ido: me lo dijo el mensajero que la trajo.
Luis Negreiros recibió la carta, se acercó a la lamparilla y leyó estupefacto estas líneas:

Mi bebé. Sé que mañana cumples años; te envío este recuerdo
Tu Zepherina


Así acabó la historia del reloj de oro.