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lunes, 25 de noviembre de 2019

La Navidad es triste para los pobres (relato de John Cheever)


Escritor estadounidense John Cheever


Relato corto de John Cheever: La Navidad es triste para los pobres

La Navidad es una época triste. La frase acudió a la mente de Charlie un instante después de que el despertador hubo sonado, y le trajo otra vez la depresión amorfa que lo había perseguido toda la tarde anterior. Al otro lado de la ventana, el cielo estaba negro. Se sentó en la cama y tiró de la cadenilla de la luz que colgaba delante de su nariz. «El día de Navidad es el día más triste del año —pensó—. De todos los millones de personas que viven en Nueva York, yo soy prácticamente el único que tiene que levantarse en la fría oscuridad de las seis de la mañana el día de Navidad; prácticamente el único.»
Se vistió, y al bajar la escalera desde el piso superior de la pensión donde vivía, sólo oyó unos ronquidos, para él groseros; las únicas luces encendidas eran las que habían olvidado apagar. Desayunó en un puesto ambulante que no cerraba en toda la noche, y, en un tren elevado, marchó hacia la parte alta de la ciudad. Recorrió la Tercera Avenida hasta desembocar en Sutton Place. El vecindario estaba a oscuras. Los edificios levantaban, a ambos lados de las luces callejeras, muros de ventanas negras. Millones y millones de personas dormían, y aquella pérdida general de conciencia generaba una impresión de abandono, como si la ciudad se hubiera desmoronado, como si aquel día fuese el fin del tiempo. Charlie abrió las puertas de hierro y cristal del edificio de apartamentos donde trabajaba como ascensorista desde hacía seis meses, cruzó el elegante vestíbulo y entró en el vestidor de la parte trasera. Se puso el chaleco de rayas con botones de latón, un falso fular, unos pantalones con una franja azul cielo en lacostura, y una chaqueta. El ascensorista de noche dormitaba en el banquillo dentro del ascensor. Charlie lo despertó. El hombre le dijo con voz espesa que el portero de día se había puesto enfermo y que no vendría. Enfermo el portero, Charlie no dispondría de tiempo para almorzar, y muchísima gente le pediría que saliera a buscar un taxi.
Charlie llevaba trabajando unos minutos cuando lo llamaron desde el piso catorce. Era una tal señora Hewing, que —Charlie se había enterado por casualidad— tenía fama de inmoral. La señora Hewing todavía no se había acostado, y entró en el ascensor ataviada con un vestido largo bajo el abrigo de pieles. La acompañaban dos perros de aspecto raro. Él la bajó y miró cómo salía a la oscuridad de la calle y acercaba los perros al bordillo. No estuvo fuera más de unos minutos. Volvió a entrar y él subió con ella otra vez a la planta catorce.
Al salir del ascensor, ella dijo:
—Felices pascuas, Charlie.
—Bueno, para mí hoy no es precisamente un día festivo, señora Hewing —repuso él—. Creo que las Navidades son las fechas más tristes del año. Y no es porque la gente de esta casa no sea generosa, quiero decir, recibo muchas propinas, pero ¿sabe usted?, vivo solo en un cuarto de alquiler y no tengo familia ni amistades, o sea, que la Navidad no es para mí una fiesta precisamente.
—Lo siento, Charlie —dijo la señora Hewing—. Yo tampoco tengo familia. Es bastante triste estar solo, ¿verdad?
Llamó a sus perros y entró tras ellos en su apartamento. Él volvió a bajar en el ascensor.
Todo estaba tranquilo, y Charlie encendió un cigarrillo. A aquella hora, la calefacción del sótano acompasaba la respiración del edificio con su vibración regular y profunda, y los tétricos ruidos de vapor caliente que despedía la caldera empezaron a resonar primero en el vestíbulo y después en cada uno de los dieciséis pisos. Aquel despertar puramente mecánico no alivió la soledad ni el malhumor del ascensorista. La oscuridad al otro lado de las puertas de cristal se había vuelto azul, pero aquella luz azulada parecía carecer de origen; como surgida en medio del aire. Era una luz lacrimosa, y a medida que iba invadiendo la calle vacía, Charlie tuvo ganas de llorar. Entonces llegó un taxi y los Walser se apearon, borrachos y vestidos con trajes de noche, y él los subió al ático. Los Walser le hicieron reflexionar sobre la diferencia entre su propia vida en un cuarto de pensión y la vida de la gente que residía allí arriba. Era terrible.
Después empezaron a llamar los que madrugaban para ir a la iglesia, que aquella mañana no fueron sino tres personas. Algunos más salieron hacia la iglesia a las ocho en punto, pero la mayoría de los inquilinos siguieron durmiendo, aun cuando el olor a beicon y café ya penetraba en la caja del ascensor.
Poco después de las nueve, una niñera bajó con un niño. Tanto ella como él exhibían un bronceado intenso: Charlie sabía que acababan de volver de las Bermudas. Él nunca había estado en las Bermudas. Él, Charlie, era un prisionero confinado ocho horas al día en una caja de dos metros por dos y medio, a su vez confinada en un hueco de dieciséis pisos. En un inmueble u otro, llevaba diez años ganándose la vida como ascensorista.
Según sus cálculos, el trayecto medio venía a tener unos doscientos metros, y, cuando pensaba en los miles de kilómetros que había recorrido sin moverse del sitio, cuando se imaginaba a sí mismo conduciendo el ascensor a través de la bruma por encima del mar Caribe y posándose en una playa de coral de las Bermudas, no atribuía a la naturaleza misma del ascensor la estrechez de sus viajes: para él, los pasajeros eran los culpables de su confinamiento, como si la presión que aquellas vidas ejercían sobre la suya le hubiese cortado las alas.

En todo esto pensaba cuando llamaron los DePaul, que vivían en el piso nueve.
Le desearon también una feliz Navidad.
—Bueno, son ustedes muy amables por pensar en mí —les dijo mientras bajaban—, pero para mí no se trata de un día festivo. La Navidad es una fecha triste cuando uno es pobre. Vivo solo en un cuarto de alquiler. No tengo familia.
—¿Con quién va a comer hoy, Charlie? —preguntó la señora DePaul.
—No voy a tener comida navideña —dijo Charlie—. Nada más que un bocadillo.
—¡Oh, Charlie! —La señora DePaul era una mujer corpulenta, de corazón vehemente, y la queja de Charlie cayó sobre su talante festivo como un súbito chubasco—. Ojalá pudiéramos compartir con usted nuestra comida de Navidad —dijo—. Yo soy de Vermont, ¿sabe?, y cuando era niña, ¿me entiende?, solíamos invitar a mucha gente a nuestra mesa. El cartero, ¿sabe?, y el maestro, y cualquiera que no tuviese familia propia, ¿no?, y ojalá pudiéramos compartir nuestra comida con usted, digo, como entonces, y no veo por qué no podemos. No podremos sentarlo a nuestra mesa porque no puede usted dejar el ascensor, ¿no es cierto?, pero en cuanto mi marido trinche el pavo, le daré un timbrazo y prepararé una bandeja para usted, ya verá, y quiero que usted suba y comparta, aunque sea así, nuestra comida de Navidad.
Charlie les dio las gracias, sorprendido por tanta generosidad, pero se preguntó si no olvidarían su promesa al llegar los parientes y amigos del matrimonio.
Luego llamó la anciana señora Gadshill, y cuando ella le deseó felices fiestas, él bajó la cabeza.
—Para mí no es precisamente fiesta —repitió—. La Navidad es un día triste para los pobres. No tengo familia, ¿sabe? Vivo solo en una habitación de huéspedes.
—Yo tampoco tengo familia, Charlie —dijo la señora Gadshill. Habló con deliberada amabilidad, pero su buen humor era forzado—. Es decir, hoy no tendré conmigo a ninguno de mis chicos. Tengo tres hijos y siete nietos, pero nadie encuentra manera de venir al este a pasar las Navidades conmigo. Yo entiendo sus problemas, desde luego. Ya sé que es difícil viajar con niños en vacaciones, aunque yo siempre me las arreglaba cuando tenía su edad, pero la gente tiene distintas formas de ver las cosas, y no podemos juzgarla por lo que no entendemos. Pero sé cómo se siente, Charlie. Yo tampoco tengo familia. Estoy tan sola como usted.
El discurso de la anciana no conmovió a Charlie. Sí, quizá estuviese sola, pero tenía un apartamento de diez habitaciones y tres criadas, y mucha, muchísima pasta, y diamantes por todas partes, y había cantidad de niños pobres en los suburbios que se darían sobradamente por satisfechos si tuvieran ocasión de hacerse con la comida que su cocinera tiraba. Entonces pensó en los niños pobres. Se sentó en una silla del vestíbulo y se puso a pensar en ellos.
Ellos se llevaban la peor parte. A partir de otoño comenzaba toda aquella agitación a propósito de las Navidades y de que eran fechas dedicadas a ellos. Después del Día de Acción de Gracias, no podían escaparse; estaba establecido que no podían escaparse. Guirnaldas y adornos por todas partes, campanas repicando, árboles en el parque, Santa Claus en cada esquina y fotos en diarios y revistas, y en todas las paredes y las ventanas de la ciudad les anunciaban que los niños buenos tendrían cuanto quisieran. Aunque no supiesen leer, sabrían esto. Aunque fuesen ciegos. Estaba en la atmósfera que los pobres críos respiraban. Cada vez que salían de paseo, veían todos aquellos juguetes caros en los escaparates; escribían cartas a Santa Claus, y sus padres y madres les prometían echarlas al correo, y cuando los niños se habían ido a la cama, las quemaban en la estufa. Y al llegar la mañana de Navidad, ¿cómo explicarles, cómo decirles que Santa Claus sólo visitaba a los niños ricos, que nada sabía de los niños buenos? ¿Cómo mirarlos a la cara, cuando todo lo que uno podía regalarles era un globo o una piruleta? 

Al volver a casa unas cuantas noches atrás, Charlie había visto a una mujer y a una chiquilla que bajaban por la calle Cincuenta y Nueve. La niña lloraba. Adivinó que estaba llorando, y supo que lloraba porque había visto en los escaparates todos los juguetes de las tiendas y no alcanzaba a comprender por qué ninguno era para ella. Imaginó que la madre era sirvienta, o quizá camarera, y las vio camino de vuelta a una habitación como la suya, con paredes verdes y sin calefacción, para cenar una sopa de lata el día de Nochebuena. Y vio luego cómo la niña colgaba en alguna parte sus raídos calcetines y se quedaba dormida, y vio a la madre buscando en su bolso algo quemeter en los calcetines… El timbre del piso once interrumpió su ensoñación. 

Subió; el señor y la señora Fuller estaban esperando. Cuando le desearon feliz Navidad, él dijo:
—Bueno, para mí no es precisamente fiesta, señora Fuller. La Navidad es un día triste cuando uno es pobre.
—¿Tiene usted hijos, Charlie? —preguntó ella.
—Cuatro vivos —dijo él—. Dos en la tumba. —Se sintió abrumado por la majestad de su embuste—. Mi mujer está inválida —añadió.
—Qué triste, Charlie —lamentó la señora Fuller. Salió del ascensor cuando llegaron a la planta baja, y dio media vuelta—. Voy a darle algunos regalos para sus hijos, Charlie. Mi marido y yo vamos a hacer una visita, pero cuando volvamos le daremos algo para sus niños.
Él le dio las gracias. Luego llamaron del cuarto piso, y subió a recoger a los Weston.
—No es que sea un día festivo para mí —les dijo cuando le desearon feliz Navidad—. Es una fecha triste para los pobres. Ya ven, yo vivo solo en una pensión.
—Pobre Charlie —dijo la señora Weston—. Sé exactamente cómo se siente. Durante la guerra, cuando el señor Weston estaba lejos, yo pasé sola las Navidades. No tuve comida navideña, ni árbol ni nada. Me preparé unos huevos revueltos, me senté y me eché a llorar.
Su marido, que ya estaba en el vestíbulo, la llamó impacientemente.
—Sé exactamente cómo se siente usted —declaró la señora Weston.
Al mediodía, el olor de aves y caza había reemplazado al de beicon y café en el recinto del ascensor, y la casa, como una gigantesca y compleja granja, estaba ensimismada en la preparación de un festín doméstico. Todos los niños y las niñeras habían vuelto del parque. Abuelas y tías llegaban en enormes automóviles. La mayoría de la gente que atravesó el vestíbulo llevaba paquetes envueltos en papel de colores y lucía sus mejores pieles y sus ropas nuevas. Charlie siguió quejándose ante casi todos los inquilinos cuando éstos le deseaban felices pascuas, ya en su papel de solterón solitario, ya representando a un pobre padre, según su talante, pero aquella efusión de melancolía y la compasión que suscitaba no lograron mejorarle el ánimo. 

A la una y media llamaron del piso nueve, y al subir encontró al señor DePaul, que, de pie en la puerta de su piso, sostenía una coctelera y un vaso.
—Un pequeño brindis navideño, Charlie —dijo, y le sirvió una copa. Después apareció una sirvienta con una bandeja de platos cubiertos, y la señora DePaul salió del cuarto de estar.
—Feliz Navidad, Charlie —le deseó—. Le dije a mi marido que trinchara pronto el pavo para que usted pudiera probarlo, ¿sabe? No puse el postre en la bandeja porque tuve miedo de que se derritiera, así que cuando vayamos a tomarlo ya le avisaremos.
—Y ¿qué es una Navidad sin regalos? —dijo el señor DePaul, y sacó del recibidor una caja grande y plana que colocó encima de los platos cubiertos.
—Ustedes hacen que este día me parezca un auténtico día de Navidad —dijo Charlie. Las lágrimas le asomaban a los ojos—. Gracias, gracias.
—¡Feliz Navidad! ¡Felices pascuas! —exclamaron los otros, y vieron cómo Charlie se llevaba su comida y su regalo al ascensor.
Guardó ambas cosas en el vestidor cuando llegó abajo. En la bandeja había un plato de sopa, un pescado con salsa y una ración de pavo. Sonó otro timbre, pero antes de contestar abrió la caja que le habían regalado y vio que contenía una bata. La generosidad de los DePaul y la bebida que había ingerido empezaban a hacerle efecto, y subió lleno de júbilo a la planta doce. La sirvienta de la señora Gadshill lo esperaba en la puerta con una bandeja, y a su espalda estaba la anciana.
—¡Felices Navidades, Charlie! —le dijo. Él se lo agradeció y de nuevo le afluyeron las lágrimas.
Al bajar tomó un sorbo del vaso de jerez que había en la bandeja. La aportación de la señora Gadshill era un plato combinado. Comiócon los dedos la chuleta de cordero. Sonaba el timbre otra vez; se limpió la cara con una servilleta de papel y subió a la planta once.
—Feliz Navidad, Charlie —dijo la señora Fuller, que estaba en la puerta con los brazos llenos de paquetes envueltos en papel de regalo, como en un anuncio comercial. El señor Fuller, a su lado, rodeaba con el brazo a su mujer, y ambos parecían a punto de echarse a llorar.
—Aquí tiene algunas cosas para llevar a sus hijos —dijo el señor Fuller—. Y esto es para su mujer, y esto otro para usted. Y si quiere llevarlo todo al ascensor, dentro de un minuto le tendremos preparada su comida.
Charlie llevó todos los obsequios al ascensor y regresó en busca de la bandeja.
—¡Felices pascuas, Charlie! —exclamó el matrimonio cuando él cerró la puerta.
Guardó la comida y los regalos en el vestidor y abrió el paquete que iba a su nombre. Dentro había una cartera de piel de cocodrilo con las iniciales del señor Fuller en la esquina. La bandeja contenía también pavo; comió con los dedos un pedazo de carne y lo estaba regando con bebida cuando sonó el timbre. Subió de nuevo. Esta vez eran los Weston.
—¡Feliz Navidad, Charlie! —le dijeron, y lo invitaron a un ponche de huevo, le ofrecieron pavo y le entregaron un regalo. El presente era también una bata.
Luego llamaron del siete, y él subió y le dieron más comida y más obsequios. Sonó el timbre del catorce, y cuando llegó arriba vio en el recibidor a la señora Hewing, vestida con una especie de salto de cama, llevando un par de botas de montar en una mano y varias corbatas en la otra. Había estado llorando y bebiendo.
—Felices fiestas, Charlie —le deseó tiernamente—. Quería regalarle algo, he pensado en ello toda la mañana, he revuelto todo el apartamento y éstas son las únicas cosas útiles para un hombre que he podido encontrar. Es lo único que dejó el señor Brewer. Me figuro que las botas no le sirven para nada, pero ¿por qué no se queda con las corbatas?
Charlie las aceptó, le dio las gracias y volvió precipitadamente al ascensor, porque el timbre había sonado ya tres veces.
Hacia las tres de la tarde, Charlie tenía catorce bandejas de comida esparcidas por la mesa y por el suelo del vestidor, y los timbres seguían sonando. Cuando empezaba a probar un plato, tenía que subir y recoger otro, y en mitad del buey asado de los Parson tuvo que dejarlo para ir a buscar el postre del matrimonio DePaul. Dejó cerrada la puerta del vestidor, porque intuía que un acto de caridad era exclusivo y que a cada uno de sus amigos le habría disgustado descubrir que no eran ellos los únicos que trataban de aliviar su soledad. Había pavo, ganso, pollo, faisán, pichón y urogallo. Había trucha y salmón, escalopes a la crema, langosta, ostras, cangrejo, salmonete y almejas. Había pudín de ciruela, bizcocho con frutas, crema batida, trozos de helado derretido, tartas de varias capas, torten, éclairs y dos porciones de crema bávara. Tenía batas, corbatas, gemelos, calcetines y pañuelos, y uno de los inquilinos le había preguntado su talla y después le había regalado tres camisas verdes. Había una tetera de cristal, llena —según rezaba la etiqueta— de miel de jazmín, cuatro botellas de loción para después del afeitado, varios sujetalibros de alabastro y una docena de cuchillos de carne. La avalancha de caridad que Charlie había precipitado llenaba el vestidor y a ratos lo hacía sentirse inseguro, como si hubiera abierto un manantial del corazón femenino que fuese a enterrarlo vivo bajo una montaña de comida y batas. No había hecho notables progresos en la ingestión de los platos, porque todas las raciones eran anormalmente grandes, como si los donantes hubieran pensado que la soledad genera un apetito descomunal. Tampoco había abierto ninguno de los regalos para sus hijos imaginarios, pero se había bebido todo lo que le habían dado, y en derredor yacían los posos de martinis, manhattans, old-fashioneds, cócteles de champán con zumo de frambuesas, ponches, bronxes y sidecars.
Le ardía la cara. Amaba al mundo y el mundo lo amaba a él. Al recordar su vida, la veía bajo una luz rica y maravillosa, rebosante de asombrosas experiencias y amigos excepcionales. Pensó que su trabajo de ascensorista —surcar de arriba abajo cientos de metros de peligroso espacio— requería el nervio y el intelecto de un hombre-pájaro. Todas las limitaciones de su vida, las paredes verdes de su habitación, los meses de desempleo, se desvanecieron. Nadie pulsó el timbre, pero entró en el ascensor y lo disparó a toda velocidad hasta el ático para descender de nuevo y volver a subir otra vez, a fin de poner a prueba su maravilloso dominio del espacio.
Sonó el timbre del doce mientras él viajaba, y se detuvo en el piso el tiempo necesario para recoger a la señora Gadshill. Cuando la caja inició el descenso, él soltó los mandos, en un paroxismo de júbilo, y gritó:
—¡Ajústese el cinturón de seguridad, señora! ¡Vamos a hacer una acrobacia aérea!
La pasajera chilló. Después, por alguna razón, se sentó en el suelo del ascensor. ¿Por qué la mujer estaba tan pálida?, se preguntó Charlie. ¿Por qué se había sentado en el suelo? Ella soltó otro chillido. Charlie hizo que la caja se posase suavemente e incluso, a su juicio, hábilmente, y abrió la puerta.
—Siento haberla asustado, señora Gadshill —dijo mansamente—. Estaba bromeando.
Ella gritó de nuevo. A continuación, salió al vestíbulo llamando a gritos al superintendente.
El superintendente del inmueble despidió en el acto a Charlie, y ocupó el puesto de éste en el ascensor. La noticia de que se había quedado sin empleo escoció a Charlie durante un minuto. Era su primer contacto del día con la mezquindad humana. Se sentó en el vestidor y empezó a roer un mondadientes. El efecto de las bebidas empezaba a abandonarlo, y aun cuando no había cesado todavía, preveía una sobriedad fatal. El exceso de comida y regalos comenzó a provocarle una sensación de culpabilidad y desprecio por sí mismo. Lamentó largamente haber mentido con respecto a sus imaginarios hijos. Era un solterón con necesidades bastante elementales. Había abusado de la bondad de los inquilinos. Era despreciable.
Entonces, mientras desfilaba por su pensamiento una secuencia de ideas ebrias, evocó la nítida silueta de su casera y de sus tres hijos flacuchos. Pudo imaginárselos sentados en el sótano. La alegría de la Navidad no había existido para ellos. La escena le llegó al alma. Darse cuenta de que él se hallaba en condiciones de dar, de hacer dichoso al prójimo sin el menor esfuerzo, le devolvió la sobriedad. Cogió un gran saco de arpillera que se usaba para la recogida de basuras y empezó a llenarlo, primero con sus propios regalos y luego con los obsequios para los niños que no tenía. Procedió con la prisa de un hombre cuyo tren se acerca a la estación, porque apenas era capaz de esperar el momento en que aquellas largas caras se iluminasen cuando él cruzara la puerta. Se cambió de ropa y, espoleado por una desconocida y prodigiosa sensación de poderío, se echó el saco al hombro como un Santa Claus cualquiera, salió por la puerta trasera y se dirigió en taxi a la zona baja del East Side.

La patrona y sus hijos acababan de comerse el pavo que les había enviado el Club Demócrata local, y estaban ahítos e incómodos cuando Charlie empezó a aporrear la puerta y a gritar: «¡Feliz Navidad!» Arrastró el saco tras él y derramó por el suelo los regalos de los niños. Había muñecas y juguetes musicales, cubos, costureros, un traje de indio y un telar, y tuvo la impresión de que, en efecto, como había esperado, su llegada disipaba la melancolía reinante. Una vez abierta la mitad de los regalos, dio un albornoz a la patrona y subió a su cuarto a examinar las cosas con que le habían obsequiado.
Ahora bien, los hijos de la casera habían recibido tantos regalos antes de que llegase Charlie que estaban confusos con aquella avalancha; la patrona, guiada por una intuitiva comprensión de la naturaleza de la caridad, les permitió abrir varios paquetes mientras Charlie estaba en la habitación, pero luego se interpuso entre los niños y los obsequios que quedaban sin abrir.
—Eh, chicos, ya tenéis bastante —dijo—. Ya habéis recibido vuestros regalos. Mirad todas las cosas que os han dado. Fijaos, ni siquiera habéis tenido tiempo de jugar con la mitad. Mary Anne, ni has mirado esa muñeca que te dio el Cuerpo de Bomberos. Sería una hermosa acción coger todo esto que sobra y llevarlo a esa pobre gente de Hudson Street: a los Deckkers. No habrán tenido regalos.
Un aura beatífica iluminó la cara de la casera cuando advirtió que podía dar, podía ser heraldo de alegría, mano salvadora en un caso de mayor necesidad que el suyo, y, al igual que la señora DePaul y la señora Weston, al igual que el propio Charlie y la señora Deckker, que a su vez habría de pensar posteriormente en los pobres Shannon, se dejó invadir primero por el amor, luego por la caridad y finalmente por una sensación de poder.
—Vamos, niños, ayudadme a recoger todo esto. De prisa, vamos, de prisa —dijo, porque ya había oscurecido y sabía que estamos obligados mutuamente a una benevolencia dispendiosa un solo y único día, y que ese día concreto estaba casi a punto de acabar. Estaba cansada, pero no podía quedarse tranquila, no podía descansar.

El relato inédito de John Cheever


Y de nuevo Chéjov...


martes, 29 de octubre de 2019

3 cuentos sobre abuelos: Grimm, Benedetti y Andersen

Imagen: Pixabay


Por tradición el abuelo ha sido un personaje importante en numerosos cuentos, tanto infantiles como para adultos.
A modo de ejemplo, os dejamos tres historias cortas de tres autores emblemáticos (cuatro, si tenemos en cuenta que los hermanos Grimm eran dos) en las que el abuelo es correa de transmisión de historias y valores.
Los autores, además de los citados Grimm, son Mario Benedetti y Hans Christian Andersen. Los dos primeros, “El abuelo y el nieto” y “Pacto de sangre”, son cuentos no solo sobre abuelos, sino también sobre la vejez.

sábado, 5 de octubre de 2019

HIPNOSIS, un relato corto de Octavi Franch

Imagen: Pixabay

El Dr. Harry Koontz era hipnólogo: practicaba regresiones a sus pacientes. Con este método, conseguía que la herida inherente que los martirizaba emergiera del abismo donde estaba recluida. Un montón de enfermos desfilaban por su consultorio, desde el amanecer hasta la medianoche; todos salían curados.

Pero lo que ningún cliente sabía era que él también sufría una pesadilla que lo acuciaba, desde que era un crío. Aquel sueño lo atormentaba cada noche, con puntualidad. Después de tantos años, ya se había acostumbrado a malvivir aquella escena a diario. No renunciaba, con un golpe de suerte, a entender su significado.
La primera visita de aquella tarde fue una mujer de unos treinta años con una cara de asustada que tiraba para atrás. El doctor le pidió que se acomodara, que se estirara en el diván. Entonces, empezó su ritual: bajó la persiana hasta conseguir la penumbra deseada, encendió el equipo de música y pinchó una recopilación de melodías celtas, y encendió una barra de incienso.
—Si ya está preparada, podemos empezar.
—De acuerdo. Cuando quiera... —contestó la paciente.
—Cierre los ojos. Respire hondo. Relájese. Muy bien, así. A partir de este momento, solo escuchará mi voz. Mis palabras la guiarán...
Cuando el doctor constató que la mujer estaba a punto para el viaje, le trazó el camino.
—Cuénteme ese sueño, ese que tanto la inquieta...
—...
—Tranquila... No debe tener miedo a nada... Confíe en mí...
—... Estoy en una casa... En el comedor... —dijo la mujer, inmersa en el trance.
—¿La casa de quién?
—De un hombre...
—¿Y de alguien más?
—De su compañera...
—¿Compañera? —preguntó el doctor, que no había acabado de entender el comentario.
—Sí... No están casados​​... Nadie lo hace ya...
—Siga, por favor.
—Es extraño... —prosiguió la chica.
—¿Qué?
—Todo lo que hay en la casa...
—¿Qué quiere decir? Pruebe a concretarlo más.
—Es de plástico... Todo es de plástico...
—¿Qué más ve?
—Llevan una máscara... —informó la hipnotizada.
—¿Por qué?
—Para respirar... Si no, morirían en el acto...
Aquella revelación golpeó el alma del doctor. No podía ser verdad. De ninguna de las maneras. No. Imposible. ¿El mismo sueño?
—¿Qué año es? —preguntó el hipnólogo, cada vez más asombrado.
—2513...
—Siga, siga... No se detenga ahora...
—El chico me mira, de reojo...
En la pesadilla del doctor, era al revés: la chica del sueño lo buscaba, él, con la mirada.
—¿Por qué lo hace? —le planteó Koontz.
—No lo sé...
—¿Qué pasa ahora?
—Están discutiendo... —confirmó la paciente.
—¿Por qué motivo?
—Ella le ha sido infiel...
—¿Con quién?
—Con su cuñada, la hermana de su hombre...
—¿Es lesbiana? —quiso aclarar el hipnotizador.
—No...: bisexual... Todo el mundo lo es...
—Siga, por favor... Por lo que más quiera...
—...
—¿Qué sucede?
—Él...
—¡¿Qué?!
—Me vuelve a mirar...
—¿Qué le dice?
—Me parece que...
—¿Qué?
—... Soy yo...
—¿Cómo dice? —intervino, intrigado, Harry.
—El hombre...
—¿Sí?
—Seré yo... de aquí 500 años —anunció la viajera onírica.
El Dr. Koontz empezaba a atar cabos y sacar el intríngulis. Ahora ya podía confirmarse que estaba del todo seguro: era su pesadilla, la misma. Y aquella chica era la pieza que faltaba en el rompecabezas.
—Siga...
—Se gritan..., se insultan... Ella le araña la cara...
—¿Quién es ella?
—Usted...
Saltó del sillón. Cada vez era todo más evidente.
—Y ahora, ¿qué ocurre?
De pronto, la mujer se revolvió. Sudaba mucho. Empezó a llorar.
—¡Dígame qué está pasando! —le exigió el doctor, a punto de perder los estribos.
—La ha matado...
—¿Quién?
—Él... El chico la ha matado... Yo lo he matado..., a usted...
—Le ha arrancado el tubo, ¿verdad?
—Sí... —afirmó la chica, al tiempo que hacía una mueca de extrañeza ante aquella apreciación. En ese momento, se dio cuenta de que el doctor conocía aquella historia tan bien como ella misma.
—Y él, ¿qué hace ahora? —insistió Harry, desconcertado.
—Lo mismo que ella...: se ha desconectado el tubo...
—¿Por qué? —preguntó, entre llantos, el médico.
—No puede vivir sin ella...
A continuación el Dr. Koontz, con los brazos temblorosos, se levantó del sillón, se dirigió hacia el diván y estranguló a su paciente, con sus propias manos. Al cabo de medio milenio ya pasarían cuentas, se dijo el doctor. Era la única manera que veía para justificarse del crimen que acababa de cometer. Poseso, salió corriendo del consultorio. Se adentró en la primera boca de metro con la que tropezó y, a continuación, se tiró a la vía.

 Octavi Franch (Barcelona, 1970). Escritor de todos los géneros en todos los formatos, ha publicado unos 75 libros y ganado más de 100 premios literarios. Retirado de las letras por motivos laborales durante 7 años, en 2015 resurgió de la penumbra. Actualmente está acabando de reeditar su obra en catalán, publicándola en castellano y empezando a editarla en inglés. Además, es dramaturgo, guionista audiovisual y articulista. También lleva a cabo, por encargo, cualquier función dentro del sector editorial. Visita su muro de Facebook

Historias cortas

martes, 17 de septiembre de 2019

6 cuentos sobre el suicidio

Escritor Giovanni Papini

La muerte en general y el suicidio en particular son temas literarios recurrentes que han sido abordados en todo tipo de géneros: ensayo, narrativa, poesía, teatro… Y también, cómo no, en el relato corto.
A continuación, os ofrecemos seis cuentos sobre el suicidio de seis autores con propuestas narrativas muy diferentes: Ryunosuke Akutagawa (Japón), el único de ellos que se suicidó en la vida real, Gabriel García Márquez (Colombia), Giovanni Papini (Italia), Rafael Dieste (España), Enrique Anderson Imbert (Argentina) y Guy de Maupassant (Francia).
Esperamos que estos relatos cortos sean de tu agrado y que nos dejes tu comentario sobre cuál de ellos te ha gustado más.

 

 

 Cuento de Ryunosuke Akutagawa: Muerte


Aprovechando la suerte de estar solo en el dormitorio, colgó el cinturón del enrejado de la ventana e intentó ahorcarse. Pero al tratar de introducir el cuello en el cinturón, lo asaltó el miedo a la muerte. No temía el dolor físico que se siente en el instante de morir. Sacó por segunda vez el reloj de bolsillo y decidió hacer la prueba de medir el suicidio por ahorcamiento. Entonces, después de una breve agonía, todo se volvió confuso. Si fuera capaz de superar al menos ese paso, sin duda alcanzaría la muerte. Consultó las agujas del reloj. El sufrimiento había durado más de un minuto y veinte segundos. Las tinieblas reinaban más allá de la ventana enrejada. Pero, de repente, la oscuridad fue quebrada por el canto fogoso de un gallo.




Microrrelato de Gabriel García Márquez: El drama del desencantado


…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.



Historia corta de Enrique Anderson Imbert: El suicida 


Al pie de la Biblia abierta –donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo– alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien –¿pero quién, cuándo?– alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.

EL NIÑO SUICIDA, un cuento de Rafael Dieste


Cuando el tabernero acabó de leer aquella noticia inquietante –un niño se había suicidado pegándose un tiro en la sien derecha– habló el vagabundo desconocido que acababa de comer muy pobremente en un rincón de la tasca marinera, y dijo:
–Yo sé la historia de ese niño.
Pronunció la palabra niño de un modo muy particular. Así que los cuatro bebedores de aguardiente, los cinco de albariño y el tabernero se callaron y escucharon con gesto inquisidor y atento.
–Yo sé la historia de ese niño –repitió el vagabundo. Y tras una sagaz y bien medida pausa, comenzó:
–Allá por el mil ochocientos treinta, una beata que después murió de miedo vio salir del camposanto florido y oloroso de su aldea a un viejo muy viejo desnudo. Aquel viejo era un recién nacido. Antes de salir del vientre de la tierra madre había escogido él mismo esa manera de nacer. ¡Cuánto mejor ir de viejo a mozo que de mozo a viejo!, pensó siendo espíritu puro. A Nuestro Señor le chocó la idea. ¿Por qué no hacer la prueba? Y así, con su consentimiento, se formó en el seno de la tierra un esqueleto. Y después con carne de gusano, se hizo la carne del hombre. Y en la carne del hombre hormigueó el calorcillo de la sangre. Y como todo estaba listo, la tierra–madre parió. Parió un viejo desnudo.
“Cómo después el viejo encontró ropa y alimento es cosa de mucha risa. Llegó a las puertas de la ciudad y como todavía no sabía hablar, los alguaciles, después de echarle una capa encima, lo llevaron delante del juez, como si hubiesen sido testigos: Aquí le traemos a este pobre viejo que perdió el habla con la paliza que le dieron unos ladrones desaprensivos. No le dejaron ni la ropa.
“El juez dio órdenes y el viejo fue llevado a un hospital. Cuando salió, ya bien vestido y alimentado, le decían las monjitas: Va hecho un buen mozo. Hasta parece que perdió años.
“Por aquel entonces ya había aprendido a hablar algo y se hizo mendigo. Así anduvo muchas tierras. En Lourdes estuvo dos veces, la segunda tan rejuvenecido que, los que le habían conocido la primera vez, pensaron que había sido un milagro de la Virgen.
“Cuando adquirió suficiente experiencia pensó que lo mejor era mantener en secreto aquella extraña condición que lo hacía más joven cuantos más años corriesen. Así, no sabiéndolo nadie –a no ser uno o dos amigos fíeles– podría vivir mejor su verdadera vida.
“Trabajó de viejo y se hizo rico para descansar de joven. De los cincuenta a los quince años su vida fue lo más feliz que imaginarse pueda. Cada día gustaba más a las muchachas y anduvo envuelto con muchas y con las más bonitas. Y hasta dicen que una princesa… Pero de eso no estoy seguro.
“Cuando llegó a niño comenzó la vida a complicársele. Le daba miedo la sorpresa con que lo veían entrar tan libre en las tiendas a comprar golosinas y juguetes. Algún ratero de visera calada lo había seguido a veces a lo largo de muchas calles tortuosas. Y alguna vez comió sus golosinas temblando de angustia, con las lágrimas en los ojos y el almíbar en los labios. La última vez que lo encontré –tenía ocho años– estaba muy triste. ¡Cuánto pesaban en su espíritu de niño los recuerdos de su vejez!
“Luego comenzó a atosigarlo día y noche una obsesión tremenda. Cuando pasaran algunos años lo recogerían en cualquier calleja perdida. Quizá alguna señora rica y sin hijos. Después… ¡Quién sabe lo que pasaría después! La lactancia, los paseos en un carrito, con un sonajero de cascabeles en la tierna manecita. Y al final… ¡Oh! El final daba espanto. Cumplir su destino de hombre que vive al revés y refugiarse en el seno de la señora rica –puede que cuando ella durmiese– para ir allí consumiéndose hasta transformarse primero en una sanguijuela, después en un corpúsculo, y luego en pequeñísima simiente…”
El vagabundo se levantó muy pensativo, con las manos en los bolsillos, y comenzó a pasear muy amargado. Finalmente dijo:
–Me explico, sí, me explico que se diese un tiro en la sien el pobre muchacho.
Los cuatro bebedores de aguardiente creían. Los cinco de albariño sonreían y dudaban. El tabernero negaba. Cuando todos discutían más animadamente, el tabernero de pronto se levantó de puntillas y se puso a mirar alrededor con los ojos muy abiertos. El vagabundo había desaparecido: sin pagar.

  

 Cuento de Giovanni Papini: El suicida sustituto

Era inútil. Cada esfuerzo parecía agravar el inconveniente. El sombrerito de paño no quería cubrir adecuadamente aquella vergonzosa calvicie, surcada por escasos cabellos estirados que el peluquero extendía tres veces por semana a través del cráneo, última barrera de toda ilusión absalónica. Los manotazos que llevaban al sombrerito de derecha a izquierda eran, según la tácita opinión del matemático presente, un puro derroche de energía. Mi pobre amigo estaba más nervioso que los otros días. Una sola taza de café –¡y de qué miserable café!– lo había reducido a ese estado. No podía estar quieto: la silla se agitaba debajo de él con graves crujidos y bruscos estruendos sofocados por el piso. Los cigarrillos –había fumado dos paquetes en pocas horas–, le habían dado una especie de delirio confabulatorio que comenzaba a preocuparme. Desde muy temprano, cuando llegué a la ciudad, no tuve ánimo para dejarlo solo. Probablemente sufría, pero no quería hablar del motivo de su sufrimiento.
Viéndolo allí, en el café, con el lápiz en la mano, los ojos extraviados, el sombrero sobre una pared y el cigarrillo apagado, que surgía oblicuo y cayéndose de uno de los ángulos de los labios morados, daba casi miedo y ya el camarero, en secreto, me había pedido al oído que lo llevara a casa.
Se lo propuse.
–¿A casa? –me dijo, mirándome de través–. ¿Y dónde está mi casa? No tengo una piedra donde apoyar mi cabeza.
Estas últimas palabras las pronunció sonriendo levemente, pero de inmediato retomó su acento trágico.
–¿Por qué –continuó– no se puede tener el derecho de repetir las palabras de Cristo? ¿No somos hijos del hombre como él? ¿No debemos beber la hiel como él? Y si alguna vez lo quisiera, ¿no podría ser torturado como él?
El matemático, que hasta entonces no había abierto la boca más que para sorber su cafecito, se volvió hacia mí y dejó caer una breve sentencia como desde lo alto de la sabiduría:
–¡Literatura!
Mi amigo no contestó. Se tocó nuevamente el pobre sombrero y llamó en voz alta:
–¡Muchacho!
Entró el chico vestido de rojo; tenía una ancha boca de batracio.
–¡Una vela encendida!
Cuando le colocaron la vela delante, apoyó la mano sobre la llama apretando los labios.
–¿Qué haces?
Traté de retirarle el brazo, pero se defendió con el otro y mantuvo la mano curvada sobre el fuego. Los parroquianos del café fijaron su atención en nosotros y miraban: el propio dueño acudió, profundamente serio y con los ojos que parecían salírsele de las órbitas, sin saber qué decir. El matemático miró el reloj. Empezamos a sentir olor a quemado. Algunas personas se levantaron murmurando que era una porquería y se fueron sin pagar.
Le di un nuevo sacudón al brazo y apagué la vela. Mi amigo extrajo el pañuelo, se vendó la mano ennegrecida y dijo con voz furiosa:
–Lo hice para contestarle a ese imbécil.
Y se levantó. Dejamos el café en medio del vocerío de los espectadores. Hubo quien hablaba de llamar a la policía o a un médico. Una señora afirmaba con énfasis:
–¡Es un faquir! ¡Es un faquir!
Dejamos las calles del centro en silencio y atravesamos el puente para subir a la colina que tantas veces había hospedado nuestros entusiastas conciliábulos. El sol esparcía relámpagos desde el oro de la basílica y en medio de la fachada el enorme Cristo de mosaico, de cabellos negros y dilatados ojos, contemplaba duramente a la ciudad baja, extendida a sus pies, que no hacía caso de él.
Pero no llegamos hasta arriba. Dejamos la avenida y tomamos por una calle secundaria que lleva al prado de los olivos. Sobre el césped cortado se levantaban como siempre los horadados muros republicanos y arriba, en lo alto, las cruces de mármol blanco del cementerio de lujo. Sentada al pie de un árbol una vieja de chal rojo se peinaba con recogimiento, observando cada tanto el peine con singular atención.
–Detengámosnos aquí –dijo mi amigo–. No tengo ganas de caminar y querría decirte algo.
Nos sentamos como pudimos sobre las piedras que flanquean el sendero. Se escuchaba el chirrido del tranvía en la curva de la avenida y la voz de una niña que llamaba insistentemente a alguien. Mi pobre amigo parecía bastante calmado bajo la suave brisa que se explayaba en ese solitario rincón. Se tocaba por momentos la mano quemada y si alguna lágrima involuntaria no hubiese brillado entre las pestañas, se hubiera dicho que era un hombre como todos los demás. Ahora se le había pasado la vergüenza: había tirado el sombrerito de paño y su cabeza oblonga, desnuda en el centro y sobre la frente, totalmente roja por la congestión, se refrescaba bajo la brisa crepuscular.
–¿Sabes cuándo he nacido? –me preguntó luego de un largo rato de silencio.
–Sé que tienes treinta y dos años ya cumplidos, pero el día de tu nacimiento lo ignoro.
–Pasado mañana terminan mis treinta y tres años.
Dijo estas palabras en voz baja como si me revelara un gran secreto.
–¿Eso que quiere decir? –respondí con mi habitual estupidez antisentimental–. El tiempo pasa para todos, y al fin de cuentas todavía no eres viejo.
¡Qué desprecio vi en sus ojos grises! Lo recuerdo en este momento como no lo había visto nunca hasta entonces. No había advertido jamás el poderío de su mirada.
–Escucha –agregó–; tú no entiendes nada. Esperaba que pudieras comprender algo más que los otros y todavía no he perdido la esperanza. Te juro que haré todo lo posible, hasta la última gota de sangre, ¿comprendes?, para salvarte.
–¡Pero explícate de una buena vez! –repliqué entre fastidiado y ofendido–. Hoy no has hecho más que hablar de todo un poco sin sentido, y de todo has hablado mal sin dejarme meter baza. Hace un rato, en el café, has cometido esa triste payasada para molestar a un hombre que no tiene ninguna importancia. Ahora me sales con razonamientos misteriosos y enigmas sin sentido. ¿Qué quieres? ¿Quieres salvarme? ¿Y de quién? ¡Hablemos claro, de una vez por todas!
–Escúchame –contestó con voz cambiada y casi patética– tú sabes que siempre te he querido y que has sido el único hombre del cual he esperado algo. Siempre me he franqueado contigo, no del todo, pero mucho más que con los otros. Muchas veces elegí tu compañía, te escribí cartas que no puedes haber olvidado. Ahora te escojo una vez más para esta última confesión y tú quieres hacerme sentir a la fuerza que no eres digno de ella. Pero no tengo tiempo que perder y no te dejo. No creas que me hago el loco y el enigmático para hacerme el interesante. Otras veces lo hice porque un poco de charlatanería bien manejada ayuda hasta a un genio, pero hoy no tengo ganas. Te hablaré lo más francamente que puedo. Ya te dije que dentro de dos días terminan mis treinta y tres años. No lo recordé para hacer literatura nostálgica cuando se nos va la juventud. Para mí, ésta es una fecha importante. Para los otros hombres el pasar de los treinta y tres a los treinta y cuatro no significa nada. Es el cambio de una cifra y nada más. Para mí, sin embargo, se trata de un momento extremadamente grave. Treinta y tres años constituyen para mí la edad sagrada, divina, perfecta. A mi parecer, quien no ha demostrado su capacidad de grandeza hasta entonces no hará nunca nada bueno, aunque viviese mil años. Los que no han demostrado a los treinta y tres años su genio o no dieron indicios ciertos de lo que puede esperarse de ellos en un futuro próximo tienen un definido y terrible deber. A los treinta y tres años fue muerto Jesús. Esta es la edad clásica y solemne del sacrificio supremo. Quien no ha podido dar su alma a los hombres debe darles por lo menos su vida. Yo me encuentro en esta circunstancia. Durante muchos años pensé hacer algo superior a lo que hicieron los demás y me he arrastrado detrás de mi estéril inconformismo hasta este momento, esperando siempre el milagro y confiando en el futuro. Ahora estoy condenado y renuncio a todo. Troncharé mi existencia perfectamente inútil. Terminaré en un mismo día mis años y mi vida. Estoy decidido firmemente a este final y nadie podrá disuadirme. Me sacrificaré también yo por alguien y mi muerte no será llana como fue mi nacimiento. Óyeme bien, porque se trata de ti. Me mataré justamente por ti, me mato en tu lugar, abandono mi vida para salvar la tuya.
“Como te dije, eres el único hombre en el que tuve esperanzas. Últimamente hubiese querido que tú hicieras lo que yo no podía hacer, que te convirtieras en aquel que yo no había podido ser. Hay en ti momentos y gérmenes de genialidad, síntomas de una profunda diferencia con los otros. Tuve y tengo esperanza en ti, aunque no quieras entender lo que digo ni lo que espero. Desde hace algún tiempo llevas una vida que me desagrada. No lees más, no trabajas, no vienes a buscarme. Te has juntado con imbéciles y lo que escribes es pura chapucería de salón, de café, fría, sin nervio. No te veo ir más al campo, pero sé que frecuentas muchas mujeres; no te encuentro más solo, siempre acompañado de hombres de los que deberías huir como de la peste. No eres más el que eras: todas tus ambiciones han caído como alas rotas; miras más en ganar que en asombrar, buscas mas bien vivir cómodo que ascender. Nunca te dije estas cosas tan crudamente, pero ahora las oyes de un moribundo que te estima. Por eso he pensado hacer una última y desesperada tentativa para salvarte. Debo morir pasado mañana, de todos modos, pero quiero que sepas que muero por ti. Estás demasiado aferrado a la vida y no tienes el valor de matarte. Tras la caída de estos últimos meses, si tú volvieras a pensar en lo que has sido y en lo que deseabas ser deberías matarte, pero sé que no lo harás.
“Yo tomaré tu lugar y cargaré también con tus pecados. No pudiendo soportar más el espectáculo penoso de tu olvido de ti mismo, hago lo que deberías hacer y no te atreves. Me mato con la esperanza de que mi sacrificio por ti sacuda de tal manera tu alma que logre sacarla a flote y cambie su esencia hasta su muerte.
“Nada se obtiene sin sacrificio, sin sangre. Yo me sacrifico por ti; mi sangre la derramo en aras de tu grandeza. También yo, como Jesús a los treinta y tres años, marcho voluntariamente al suplicio extremo. Él murió para salvar a todos los hombres; yo, que no soy Dios, muero para salvar a uno solo. Esperemos que mi holocausto sea más afortunado que el suyo. Puede ser que yo me engañe y que tú estés ya tan enfangado en la mediocridad que ni siquiera la impresión que te cause mi muerte pueda hacerte rezarte y hacer que recuerdes tu verdadero yo. Pero quiero esperar hasta el final. Cuando sepas que un hombre que tú estimabas se mató por la pena de verte tan bajo y por la esperanza de devolverte a tu verdadero destino, quizás no sonrías más como en este momento. Yo no bromeo. Dentro de dos días te enterarás si me he comportado como un payaso o si te he dado verdaderamente la máxima prueba de amor que un hombre puede dar a otro hombre.”
No lo interrumpí hasta ese momento y escuché el largo discurso sin poder menos que sonreír bobamente cada tanto. Pero algo quería decir también yo. No puedo olvidar la lógica ni siquiera en los más graves momentos.
–Perdona –le dije con tranquila ironía– no he comprendido bien si te matas porque no has sido capaz de hacer nada o porque quieres forzarme a hacer algo. En el primer caso, no tengo ninguna razón especial para conmoverme o estremecerme; en el segundo, aguardaré la experiencia, si es que has hablado seriamente.
¡Ojalá no lo hubiese dicho! Mi amigo, sin mirarme siquiera, se acomodó en la cabeza el sombrero de fieltro y se alejó inmediatamente de mí, agitando convulsivamente la mano envuelta en el pañuelo. Intenté seguirlo, pero la noche caía y algo de niebla ofuscaba ya las avenidas desiertas. El desdichado corría desesperadamente con su andar desgarbado de hombre cansado. En uno de los recodos lo perdí de vista y no pude saber dónde había entrado. ¿Qué podía hacer? La famosa fecha ha pasado y nunca más he vuelto a verlo.


Cuento de Guy de Maupassant: Suicidas


No pasa un día sin que aparezca en los periódicos la relación de algún suceso como éste:
“Anoche, los vecinos de la casa número tal de la calle tal oyeron dos o tres detonaciones y, saliendo a la escalera para saber lo que ocurría, entre todos pudieron comprobar que se habían producido en el cuarto del señor X. Al abrir la puerta de dicho cuarto –después de llamar inútilmente– vieron al inquilino tendido en el suelo, sobre un charco de sangre y empuñando aún el revólver con el cual se había ocasionado la muerte.
“Se ignora la causa de tan funesta determinación, porque el señor X. vivía en posición desahogada y, teniendo ya cincuenta y siete años, disfrutaba de bastante salud.”
¿Qué angustiosos tormentos, qué ocultas desdichas, qué horribles desencantos convierten a esas personas, al parecer felices, en suicidas?
Indagamos, presumimos al punto, dramas pasionales, misterios de amor, desastres de intereses, y como no se descubre jamás una causa precisa, cubrimos con una palabra esas muertes inexplicables: “Misterio, misterio”.
Una carta escrita poco antes de morir, por uno de los muchos que “se suicidan sin motivo”, cayó en mi poder. La juzgo interesante. No descubre ningún derrumbamiento, ninguna miseria espantosa, nada de lo extraordinario que se busca siempre para justificar una catástrofe; pero pone de relieve la sucesión de pequeños desencantos que desorganizan fatalmente la existencia solitaria de un hombre que ha perdido todas las ilusiones y acaso explique –a los nerviosos y a los sensitivos, al menos– la tragedia inexplicable de “suicidios inmotivados”.
Leámosla:
“Son ya las doce de la noche. Cuando haya escrito esta carta, voy a matarme. ¿Por qué? Trato de razonar mi determinación, para darme cuenta yo mismo de que se impone fatalmente, de que no debo aplazarla.
“Mis padres eran gentes muy sencillas y crédulas. Yo creí en todo, como ellos.
“Mi engaño duró mucho. Hace poco, se desgarraron para mí los últimos jirones que me velaban la verdad; pero hace ya bastantes años que todos los acontecimientos de mi existencia palidecen. La significación de lo más brillante y atractivo se me presenta en su torpe realidad; la verdadera causa del amor llegó incluso a sustraerme de las poéticas ternuras.
“Nos engañan estúpidas y agradables ilusiones que se renuevan sin cesar.
“Envejeciendo, me había resignado a la horrible miseria de las cosas, a lo vano de todo esfuerzo, a lo inútil que resulta siempre la esperanza: cuando una luz nueva inundó el vacío de mi vida esta noche, después de comer.
“¡Antes yo era feliz! Todo me alegraba: las mujeres al pasar, las calles, mi vivienda, y aun la hechura de mis ropas constituía para mí una preocupación agradable. Pero las mismas ideas, los mismos actos repetidos, monótonos, acabaron por sumergir mi alma en una laxitud espantosa.
“Todos los días, a la misma hora, durante treinta años, me levanté de la cama; y todos los días, en el mismo restaurante, durante treinta años, a las mismas horas, me servían los mismos platos mozos diferentes.
“Me propuse viajar. El aislamiento que sentimos en ciudades nuevas, en residencias desconocidas, me asustó. Sentíame tan abandonado sobre la tierra, tan insignificante, que volví a tomar el camino de mi casa.
“Y, entonces, la inmutable fisonomía de los muebles, fijos en el mismo lugar durante treinta años, las rozaduras de mis sillones, que yo conocí nuevos, el olor de mi casa –cada casa que habitamos, con el tiempo adquiere un olor especial– acabaron produciéndome náuseas y la negra melancolía de vivir mecánicamente.
“Todo se repite sin cesar y de un modo lamentable. Hasta la manera de introducir –al volver cada noche– la llave en la cerradura; el sitio donde siempre dejo las cerillas; la mirada que al entrar esparzo en torno de mi habitación, mientras el fósforo se inflama. Y todo me provoca –para verme libre de una existencia tan ruin– a tirarme por el balcón.
“Mientras me afeito, cada mañana me seduce la idea de degollarme, y mi rostro, el mismo siempre, que se refleja en el espejo con las mejillas cubiertas de jabón, muchas veces me hizo llorar de tristeza.
“Ni siquiera me complace tropezar con personas a las cuales veía con gusto hace tiempo; las conozco tanto que adivino lo que me dirán y lo que les diré; a fuerza de razonar con las mismas, descubrimos la ilación de sus ideas. Cada cerebro es como un circo donde un pobre caballo da vueltas. Por mucho que nos empeñemos en buscar otros caminos, por muchas cabriolas que hagamos, la pista no varía de forma ni ofrece lances imprevistos ni abre puertas ignoradas. Hay que dar vueltas y más vueltas, pasando siempre por las mismas reflexiones, por los mismos chistes, por las mismas costumbres, por las mismas creencias, por los mismos desencantos.
“Al retirarme hoy a mi casa, una insistente niebla invadía el bulevar, oscureciendo los faroles de gas, que parecían candilejas. Pesaba el ambiente húmedo sobre mis hombros como una carga. Seguramente hago una digestión difícil.
“Y una buena digestión lo es todo en la vida. Ofrece inspiraciones al artista, deseos a los jóvenes enamorados, luminosas ideas a los pensadores, alegría de vivir a todo el mundo, y permite comer con abundancia –lo cual es también una dicha. Un estómago enfermo conduce al escepticismo, a la incredulidad, engendra sueños terribles y ansias de muerte. Lo he notado con frecuencia. Es posible que no me matara esta noche, haciendo una buena digestión.
“Después de haberme acomodado en el sillón donde me siento hace treinta años todos los días, miré alrededor, creyéndome víctima de un desaliento espantoso.
“¿De qué medio valerme para escapar a mi razón macilenta, más horrible aún que la desordenada locura? Cualquier empleo, cualquier trabajo me parece más odioso que la acción en que vivo. Quise poner en orden mis papeles.
“Hacía tiempo que deseaba registrar los cajones de mi escritorio, porque durante los treinta últimos años había metido allí, al azar, las cartas y las cuentas. Aquel desorden llegó a preocuparme algunas veces; pero me sobrecoge una fatiga tal en cuanto me propongo un trabajo metódico y ordenado, que nunca me atreví a empezar.
“Esta noche me senté junto a mi escritorio y abrí, resuelto a preservar algunos papeles y romper la mayor parte.
“Quedeme de pronto pensativo ante aquel hacinamiento de hojas amarillentas; luego cogí una.
“¡Oh! Si aprecian en algo su vida, no toquen jamás las cartas viejas que guardan los cajones de su escritorio. Y si no pueden resistir la tentación de abrirlos, cojan a granel, con los ojos cerrados, los paquetes de cartas para tirarlos al fuego; no lean ni una sola frase, porque sólo ver la escritura olvidada y de pronto reconocida, los lanza en un océano de recuerdos; quemen esos papeles que matan; cuando estén hechos pavesas, pisotéenlos para convertirlos en impalpables cenizas… Y si no lo hacen así, los anonadarán como acaban de anonadarme y destruirme.
“¡Ah! Las primeras cartas no me han interesado; eran de fechas recientes y de personas que viven y a las que veo, sin gusto, con alguna frecuencia. Pero, de pronto, la vista de un sobre me ha estremecido. Al reconocer los rasgos de la escritura se han cubierto mis ojos de lágrimas. Era la letra de mi mejor amigo, del compañero de mi juventud, del confidente de mis esperanzas. Y se me apareció tan claramente, con su bondadosa sonrisa, tendiéndome las manos, que sentí un escalofrío penetrante; hasta mis huesos vibraron. Sí, sí; los muertos vuelven. ¡Lo he visto! Nuestra memoria es un mundo más acabado aún que el universo; ¡puede hacer vivir hasta lo que no existe!
“Con la mano temblorosa y los ojos turbios, recorrí toda su carta, y en mi pobre corazón angustiado he sentido un desgarramiento espantoso. Mis lamentaciones eran tan lastimosas, como si me hubiesen magullado las carnes.
“Así he ido remontándome a través de mi vida, como remontamos un río, luchando contra la corriente. Aparecieron personas olvidadas, cuyos nombres no puedo recordar; pero su rostro sí lo recuerdo. En las cartas de mi madre resucitan criados antiguos, el aspecto de nuestra casa y mil detalles nimios que una inteligencia infantil recoge.
“Sí; he visto de pronto los vestidos que usó mi madre en distintas épocas y, según la moda y según el tocado, mostraba una fisonomía diferente. Sobre todo me obsesionaba con un traje de seda rameado, y recuerdo que un día, llevando aquel traje, me amonestó dulcemente: ‘Roberto, hijo mío, si no procuras erguirte un poco, serás jorobado toda tu vida’.
“Luego, al abrir otro cajón, aparecieron las prendas marchitas de mis amores: un zapatito de baile, un pañuelo desgarrado, una liga de seda, trencitas de pelo, flores… Y las novelas de mi vida sentimental me sumergieron más en la triste melancolía de lo que no vuelve. ¡Ah! ¡Las frentes juveniles orladas con rubios cabellos, las manos acariciadoras, los ojos insinuantes, la sonrisa que promete un beso, el beso que asegura un paraíso!… Y ¡el primer beso!… Aquel beso delicioso, interminable, que ofusca la mirada, que abate la imaginación, que nos posee y nos glorifica, ofreciéndonos a la vez un goce ideal y la promesa de otros goces deseados.
“Cogiendo con ambas manos aquellas prendas tristes de lejanas ternuras, las cubrí de caricias furiosas y en mi corazón desolado por los recuerdos sentía resonar cada hora de abandono, sufriendo un suplicio más cruel que las monstruosas leyendas infernales. ¡Ah! ¿Por qué las abandoné o por qué me abandonaron?
“Quedaba por ver una carta fechada hacía medio siglo. Me la dictó el maestro de escritura: ‘Mamita de mi alma: hoy cumplo siete años. A esa edad ya se discurre; ya sé lo que te debo. Te juro emplear bien la vida que me has dado.
‘Tu hijo que te adora, Roberto’.
“Me había remontado hasta el origen. El recuerdo era desconsolador. ¿Y el porvenir? Quise profundizar en lo que me faltaba de vida, y se me apareció la vejez espantosa y solitaria, con su cortejo de achaques y dolencias… ¡Todo acabado para mí! ¡Nadie junto a mí!
“El revólver está sobre la mesa… Es tentador…”
¡No lean nunca las cartas de otros tiempos! ¡No recuerden viejas memorias!… Así es como se matan muchos hombres en cuya plácida existencia no hallamos el verdadero motivo de su fatal resolución.