El reportero cruzó la calle agujereada haciendo eses con la sobriedad del que tiene mucho miedo, se apostó detrás de un coche en ruinas, cargó la cámara y apuntó directamente a la ventana del edificio tumorado de odio. El francotirador enfocaba su rifle de precisión estalinista a la joven del pelo negro. Era bellísima, alta y esbelta, con la palidez de las princesas de los cuentos centroeuropeos y el pelo negro como el deseo enredándose en el viento de la guerra.