lunes, 25 de enero de 2016

Cuento de Francisco Rodríguez Criado: Una noche con Jack Kerouac



Beatniks. Fuente de la imagen

 

Cuento de Francisco Rodríguez Criado: Una noche con Jack Kerouac


El sol se había ocultado ya. No importaba: nos contentábamos con el brillo de las luces de neón de mil y un bares, la brisa del mar y un tímido airecillo que nos despeinaba burlonamente. Atrás quedaba el siniestro y oscuro tumulto del Black Mask, donde el tenso ambiente de borrachos, chulos, viejos y busconas jugueteaba con el impetuoso humo que asfixiaba el local.
–¿Lo viste? Es el mejor. No hay duda. ¿Viste cómo su boca, sus pulmones, su corazón, no eran más que una prolongación de ese loco e indómito saxo? ¿Lo viste o no, sucio borracho?

Sí, era el mejor. Nuestro amigo Bird nos había deleitado una vez más con su talento. Lo vi, claro que lo vi. Sí que era un borracho. No un sucio borracho, pero sí un borracho. Como Jack, otro borracho como él.
–Ya puedo morir tranquilo. Después de ver, oír y oler una vez más a mi gran Charlie Parker, el mundo no me debe nada –decía pletórico de entusiasmo.
Y, entre frase y frase, canturreaba alguna de aquellas melodías bop que tanto le gustaban, mientras se entretenía dando patadas a una lata.
Íbamos calle abajo por Heavenly Lane.
La noche era cálida, muy cálida. Algunos niños jugaban al balón; otros corrían por esas empinadas colinas, ya en forma de calles, que configuraban la Bahía de San Francisco. Y de cuando en cuando, las sirenas de algún viejo barco ululaban tímidamente, no queriendo despertar a la noche de ese clima veraniego que se podía aspirar bajo miles de estrellas.
Un día cualquiera a finales de agosto de 1953. 
No es una historia, ni un relato, tan sólo un viejo pero entrañable recuerdo de mi juventud que ahora revivo en voz alta.
Por aquella época coincidía mucho con Jack, un tipo verdaderamente especial a quien conocía desde mi infancia. Yo nunca había intimado excesivamente con él; era mi hermano Ben con quien había mantenido una estrecha amistad durante años. Hasta que Ben murió. En verdad no murió, sino que se casó, lo que, al fin y al cabo, resultó ser lo mismo. A partir de ese momento mi hermano estimó más satisfactorio pasar los días y las noches en el confortable ambiente del hogar, y yo, sin darme cuenta, tomé su relevo. Películas de Marlene Dietrich en casa de Jimmy Lowell, borracheras sin sentido, peleas sin sentido, mujeres sin sentido... Quizá lo único apreciable de mi relación con Jack eran aquellos paseos nocturnos, iluminados por la generosidad de las farolas y por el excelso contenido de las instructoras palabras de mi amigo.
Jack había cortado con Margot, una jovencita medio india, medio mulata, medio qué sé yo. Loca, irracional, salvaje... bonita, muy bonita. Pero había tenido un asunto con un tipo tan loco como ella, algo que había empujado a Jack otra vez a la libertad. ¿O no era libertad? (Supongo que no se puede ser libre cuando algo o alguien te empuja...).
He de reconocer que yo había tomado a Jack como una importante influencia en mi vida. Para mí era una especie de mito, de ídolo, de dios viviente que me embrujaba con su rico vocabulario, digno del escritor que era a pesar de sí mismo. Atrás quedó su época de guapo futbolista, de aspirante a cantante de jazz, de hombre cuerdo. Y lo que perdió en sensatez lo ganó en talento. Bohemio, golfo y ególatra, arrastraba sus enfermizas vanidades por el abrasador asfalto de San Francisco, que sólo la complicidad de la noche conseguía apaciguar. Y como siempre, sentados sobre el césped de algún parque, hablábamos del mundo, de las estrellas, de música, de deporte, de fatalidades, de mujeres, de oscuros deseos hechos realidad. Y yo, como otro elemento más de ese paisaje veraniego, gris y adormecido, buscaba un sentido a mi existencia. Después de un par de horas, cuando el efecto del alcohol hubiese ahogado nuestras atropelladas palabras, caminaríamos en dirección a la calle Market, donde “accidentalmente” divisaríamos un empinado goteo de hermosas mujeres, jóvenes, niñas casi, insinuando sus cuerpos al mejor postor. Mejicanas de nacimiento y americanas de ese sueño americano que no existe, arrimarían sus cuerpos finos y transparentes hasta nuestras veleidades, en un poco disimulado intento de hacernos rascar el bolsillo para ganarse un dinero que nunca teníamos.
–Mira qué dos buenos mozos –decía una, representando la conocida y obsoleta actuación de prostitutas callejeras.
–¿Qué? ¿Nos damos una vueltecita antes de que cierre el tiovivo? –añadía su compañera de fatigas, igual de joven y picarona.
Eludiendo la invitación, continuábamos nuestra charla, simulando pasar  por allí de casualidad, como dos perdidos turistas a la búsqueda de algún lugar abierto donde poder comprar refrescos y palomitas antes de regresar a nuestro hotel –aunque aquella calle era tan conocida para nosotros como el olor a cerveza barata. A los dos nos gustaba aquella escena cotidiana. No en vano, rara era la noche en que no arrastrábamos nuestros indelebles espíritus de vagos bohemios por esa oscura acera. Pero ninguno hacía el menor comentario. Una especie de acuerdo tácito: disfrutar del espectáculo de tan lindas mujeres sin hacer la menor alusión.
(Jack, cómo me acuerdo de ti. Acababas de publicar tu primera novela, que apenas te reportaba beneficios, y estabas enfrascado ya en la segunda, en la que habías depositado todas tus esperanzas. Para ganar dinero, para ser famoso, para beber más. Sí, Jack, para beber aún más).
Y esa noche habíamos escogido el Lincoln Park como el lugar adecuado para no hacer nada. A menos de dos metros del banco en que estábamos sentados yacía un mendigo, que seguramente dormitaba otra estúpida borrachera. Mi amigo, ajeno a todo, se entretenía lanzando piedrecillas hacia el interior del sombrero del mendigo. Tenía buena puntería: al menos dos de cada tres conseguían su objetivo.
–Oye, Jack, tengo algo que decirte… He estado pensando últimamente –sin prestarme la menor atención, continuaba disparando contra el dichoso sombrero–. ¿Me oyes, Jack? Quiero ser como tú.
Me miró y sacó su cajetilla de tabaco rubio. Encendió el último cigarrillo y, mientras resoplaba el humo, hizo una pelota con el paquete y lo lanzó al interior del sombrero. Volvió a mirarme, ahora con una arrogancia muda; sus ojos parecían mascullar algo como “¿quién es este tipo junto a mí, que me está tomando el pelo?”. Y al tiempo que olfateaba a nuestro alrededor, como si fuese un sabueso de excelente pedigrí, me dijo, claro está, sin mirarme:
–¿Como yo…? ¿Quieres ser otro borracho? No te preocupes: ya lo eres. ¿O acaso pretendes decirme que aspiras a ser violento, gorrón, vago, pusilánime, hostil, un desarraigado? ¿Es eso lo que quieres ser?
–No, Jack, no es eso. Yo… lo que quiero ser, es escritor. Otro gran escritor como tú. Quiero contar cosas, escribir cómo veo el mundo, cómo funciona el sistema americano, cómo funciona la vida...
–¡Valientes pretensiones! Cometes el error de sobrevalorar la condición del artista. Porque eso es un escritor: un artista. Y yo, al contrario que tú, no tengo tan buen concepto de ellos. Mira qué hora es: más de la una. ¿Y qué hacemos aquí? Nada. Tirando piedras al sombrero de otro que, como nosotros, no es nadie. Y tú, amparado en tu juventud, diciendo tonterías.
–Pero eres escritor, y de los buenos –protesté–. Un genio. Lo sé. Y no soy el único que lo dice. Algún día toda América se rendirá ante tu talento.
–Algún día toda América se rendirá ante mi joven cadáver –matizó–. ¿No ves que no soy más que otro borracho? Eso es lo que soy, y no cambiará nunca, ni aunque escribiese cien exitosas novelas. Acuérdate de la fiesta del jueves pasado en casa de Bromberg. Estábamos todos: Allen, William, Henry, Julien... Todos borrachos, todos drogados, todos locos de lujuria, de pereza, de divinidad. Somos lo peor de lo peor. Mientras el país duerme preparándose para otra dura jornada laboral, nosotros, tirados en el suelo, farfullamos palabras sin sentido. No te dejes engañar: estamos muertos. No somos más que torpes especuladores tratando de crear un nuevo mundo: un mundo que ya apesta a vino del malo. No es bueno ser escritor, y si conoces a alguien que disfrute con ello, no es escritor. Porque, precisamente, nos recreamos en nuestras historias para huir de una vida que nos abandonó hace mucho. Mírate, Bill, aún eres joven. Tienes veintiuno, diez menos que yo. Es el momento de hacer algo importante con tu vida. Pero si sigues aquí no llegarás a nada. Como mucho, a esto, a meterte en la piel de los demás.
Dicho esto, volvió a hacer diana. El hombrecillo seguía tumbado, protegido por la sonrisa de miles de estrellas que adornaban el firmamento.
–Me alegra que tu hermano Ben haya conocido a Jennifer –prosiguió–. De no ser por ella, a estas alturas seguiría tan loco como yo.
–¿Y de qué le vale? Ya nunca será el pintor que soñó ser. Ahora es un hombre vulgar que vive para el trabajo y para su mujer. Otro esclavo más de esta sociedad materialista.
–¡No! Ahora es un ciudadano feliz: lo que deberíamos ser todos si no nos tuviéramos tanto miedo a nosotros mismos.
–¿Y qué voy a ser yo, Jack?
–Mira, en los viejos almacenes de la calle Lombard buscan gente joven para trabajar. Creo que no tendrías ningún problema para conseguir ese trabajo –Ante esta proposición, respondí con un agrio silencio–. ¿Ves a esas jóvenes desvergonzadas mejicanas que antes nos ofrecían un polvo? También ellas se iban a comer el mundo… pues ahí las tienes, ahora son carne de cañón. Aún estás a tiempo de no ser como ellas. Ni como yo.
–No te entiendo, Jack. Eres diferente, lo sabes. Privilegiado, con talento, puedes marcar la diferencia. Deberías de sentirte orgulloso de que tu vida tenga un sentido. Es cuestión de tiempo que el mundo reconozca tus méritos y te admire. Ya me gustaría a mí estar en tu piel…
–Creo que no lo entiendes, Bill. No comprendes el problema de los artistas; y eso te pasa porque tú no lo eres. Si fuese así, te darías cuenta de que estamos podridos, que apenas tenemos motivos para sentirnos orgullosos. ¿Conoces a un artista que no tenga problemas con el alcohol, la cocaína, la morfina, la heroína, o, en el mejor de los casos, serias desviaciones sexuales? Somos despreciables. ¿Qué nos ocurre? ¿Por qué no podemos comportarnos como personas civilizadas, ciudadanos respetables, decentes, casados, con hijos? No podemos seguir así: nuestro irresponsable concepto de la vida se volverá contra nosotros. ¿Por qué nos creemos con el derecho de mermar nuestra salud… simplemente por ser creativos? Muchas veces me hago este tipo de preguntas; siendo escritor y alcohólico debería de tener las respuestas; pues créeme que no es así. Y es sintomático que personas equilibradas, felices con un modelo de vida que a ti te parecerá mediocre, no serán nunca capaces de escribir, pintar o componer música. El arte sabe a qué tipo de individuos ha de escoger. Y eso, querido Bill, es preocupante –Ahora no paraba de hablar, algo que yo agradecía. En el fondo, sabía que tenía razón–. Creo que algún día el alcohol me matará, y ese día no querrás estar en mi piel. Pero no voy a dejarlo. O mejor dicho: él no me va a dejar a mí. Necesita gente como yo que le dé publicidad y cree un mito en torno a él. No seré el único. Y quizá –dijo mirando hacia el cielo– preferiría ser un tipo corriente pero dichoso de saber que podré seguir mirando estas estrellas durante muchos años.
En verdad, eran hermosas aquellas estrellas. Supongo que como lo habrían sido y serían siempre; pero entonces reinaba en la atmósfera una sensación mágica.
Tras un largo silencio, decidimos abandonar el parque.
De regreso a casa, Jack, rompiendo ese halo de seriedad con el que me había reconfortado durante aquella interesante charla, volvía a sincopar sus temas preferidos. Los citaba a todos: Parker, Miles, Gillespie, Monk, Russell…
Volvimos a pasar frente a las mexicanas. Él, cómo no, seguía pateando objetos del suelo, dando muestras de esa sana locura que tantas veces se manifestaba en su interior. Las mismas chicas intimaban ahora con dos marines, quienes, al parecer por la estúpida sonrisa de sus rostros, estaban a punto de montar en ese tiovivo que habíamos rechazado (por miedo a marearnos, claro está, más que por otra cosa). Lo más gracioso de aquellos marines era su talante vanidoso, como si estuvieran seduciendo a esas mujeres, olvidando incluso el dinero que iban a desembolsar por el intercambio carnal. Por otro lado, mi amigo, erigiéndose en subterráneo dueño de la noche, se había girado hacia mí y, caminando de espaldas, me silbaba sonriente My little suede shoes. 
–¿Te vas a ligar a Lisa? Creo que te tiene ganas.
Lisa era la exuberante camarera del Black Mask, una hembra increíble.
–No lo sé; Bill. ¿La viste hoy, con ese ceñido top? ¡Esa hembra tiene las mejores tetas de todo San Francisco! Te lo digo en serio. Ya veremos, amigo, ya veremos...
La noche avanzaba reposadamente, sin prisa pero sin pausa. Y lo que nunca me había parecido digno de elogio, se presentó ante mí como algo excepcional. Me refiero a la suerte, privilegio más bien, de haber nacido en una ciudad como San Francisco. Mis sentidos, acostumbrados al sabor del Golden Gate Bridge, al olor de Broadway, al tacto del Belli Building, parecían aletargados, quizá no reconociendo la importancia de lugares tan admirables. Y a lo lejos, nuestra sombra, difusa y vana, parecía esfumarse de aquella escena nocturna como si del final de una película se tratase.
–Oye, Jack, ¿de veras crees que conseguiré trabajo en los almacenes de la calle Lombard?
–Sin duda. Conozco al tipo que trabaja allí como encargado. Estuvo un tiempo cortejando a mi madre; aún mantienen buenas relaciones. Seguro que si hablo con él, te dará trabajo.
–Gracias. Necesito algo de pasta, me estoy quedando sin un centavo.
Todo seguía igual. Jack y yo no éramos más que dos pequeñas piezas de la bahía. Como los barcos, como la brisa, como las estrellas, aunque mucho más anónimos. Pero si no nos hubieran reunido a todos, aquella noche veraniega en San Francisco no hubiera sido la misma.

Ahora, muchos años después, salgo algunas noches a dar un paseo por ese mismo recorrido. Los niños juegan, las guapas mejicanas siguen conquistando decrépitos clientes del placer, pobres mendigos duermen a la intemperie, y esa brisa marina sigue soplando…Todo, todo sigue igual que aquella noche salvo las estrellas…

... 

Cuento incluido en Sopa de pescado, Editoria Regional de Extremadura, 2001 


 

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