domingo, 12 de julio de 2015

Cómo conocí al Gabo


 
Gabriel, Mercedes, Marvel, la esposa de Plinio, y Plinio Apuleyo. La Republica Foto 1970


Una amistad a pruebas de tintos

Estimados amigos:
Encontré entre mis libros este ejemplar escrito por uno de los grandes amigos que tuvo Gabriel García Márquez. Se trata de Plinio Apuleyo Mendoza, nacido en Tunja (Colombia). Fueron desde muy jóvenes, lo que se llama “una piel”, y aunque alguna vez discutieron y se distanciaron, nunca dejaron de ser amigos y buscarse en todos los puntos del globo. Mendoza terminó siendo compadre del Gabo y éste además, junto a su esposa Mercedes, “lo empujaron” prácticamente al matrimonio, instándolo a casarse con una barranquillera, ex reina de belleza, Marvel Moreno.

Este trance sucedió en 1962, y  Plinio  Apuleyo, obedeciendo los consejos de Mercedes Barcha (la mujer de Gabriel García Márquez), se casa con la escritora y ex reina del Carnaval de Barranquilla, Marvel Moreno. El matrimonio es apadrinado por sus íntimos amigos, Álvaro Cepeda Samudio y Tita de Cepeda. También es de esos tiempos su amistad con una cura: Camilo Torres Restrepo, el cual un día se aburrió de misas y escapularios y agarró un fusil y se fue a la montaña para juntarse con los campesinos oprimidos.
El pasaje transcrito y digitalizado por mí es el comienzo del citado libro. Plinio Apuleyo junto con Alvaro Mutis fueron los amigos confidentes del escritor de Cien años de soledad y de La Hojarasca. Plinio Apuleyo también recogió en otro libro, Gabo, cartas y recuerdos, su proximidad con el Premio Nobel. Es autor al mismo tiempo de Entre dos aguas, El olor de la guayaba. Conversaciones con García Márquez, Cinco días en la isla, Años de fuga, y El desertor, primeros cuentos del año 1973 o 1974 y que fue reeditado a comienzos de este siglo bajo el nombre de El día que enterramos las armas.

Ernesto Bustos Garrido
Periodista

Plinio Apuleyo Mendoza


Cómo conocí al Gabo
Plinio Apuleyo Mendoza

[Nota: La puntación del texto es original del autor]

¿Dónde nos conocimos? En un café, hace muchísimo tiempo, cuando Bogotá era todavía una ciudad de mañanas heladas, de tranvías lentos, de campanas profundas, de carrozas funerarias tiradas por caballos percherones y conducidos por cocheros de librea y sombreros de copa.
Él debía tener unos veinte años y yo dieciséis.
Fue un encuentro rápido y accidental que no dejaba prever amistad alguna entre dos tipos tan distintos: un muchacho tímido, de lentes, criado por tías vestidas siempre de negro, en casas siempre glaciales, bajo cielos que a toda hora contenían una amenaza de lluvia, y un costeño que había crecido, vivido y pecado en el aire ardiente de las ciénagas y de las plantaciones de banano, a más de treinta grados a la sombra, oyendo el clamor de las chicharras en los duros mediodías, los grillos insomnes de la noche.
Aquel café, como todos los de entonces en Bogotá, es un antro sombrío, envenenado por olores rancios y el humo de cigarrillos, lleno de estudiantes y empleados que pasan horas sentados a la misma mesa.
Estoy con un amigo, Luis Villar Borda, estudiante de primer año de Derecho, cuando alguien lo saluda estrepitosamente desde lejos.
–Ajá, doctor Villar Borda, ¿cómo está usted?
Y enseguida, abriéndose paso entre las mesas atestadas, vibrando sobre el funerario enjambre de trajes y sombreros oscuros, nos sorprende el relámpago de un traje tropical, color crema, ancho de hombros y ajustado en las caderas, traje increíble que habría requerido un fondo de palmeras y quizás un par de maracas en las manos de quien lo lleva con tanto desenfado, un muchacho flaco, alegre, rápido como un pelotero de béisbol o un cantante de rumbas.
Sin pedir permiso a nadie, el recién llegado toma asiento en nuestra mesa. Su aspecto es descuidado. Tiene una camisa de cuello mugriento, una tez palúdica, un bigote inspirado y lineal. El traje de cantante de rumbas parece flotarle sobre los huesos.
Costeño, pienso. Uno de los tantos estudiantes que vienen de la costa caribe, cuya vida discurre en pensiones, cantinas y casas de empeño.
Vilar me presenta.
Lanzando las palabras con un ímpetu vigoroso, como si fueran pelotas de beisbol, el tipo me sorprende con un inesperado:
–Ajá, doctor Mendoza, ¿cómo van esas prosas líricas?
Yo me siento enrojecer hasta la raíz del pelo. Las prosas líricas de que habla, escritas sigilosamente como se escriben los sonetos de amor del bachillerato, han sido publicadas con reprobable ligereza por mi padre en Sábado, un semanario de amplia circulación que él dirige. Inspiradas por temas tales como la melancolía de los atardeceres en la sabana de Bogotá, prefiero ahora creer que han pasado inadvertidas para todo el mundo.
Pero el costeño aquel parece haberlas leído.
No sé qué contestarle. Por fortuna, la atención del otro se ha desviado, repentinamente hacia la camarera, una muchacha desgreñada y con los labios intensamente pintados de rojo, que acaba de aproximarse a la mesa, preguntándole qué desea tomar.
El costeño la envuelve en una mirada húmeda, lenta y procaz, una mirada que va tomando nota del busto y las caderas.
–Tráeme un tinto –dice, sin quitarle los ojos de encima.
Luego, sorpresivamente, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cómplice, apremiante.
–¿Esta noche?
La muchacha que está recogiendo botellas y vasos en nuestra mesa, hace un gesto de fastidio.
–¿Te aguardo esta noche? –insiste el otro, siempre con voz de susurro, a tiempo que su mano, al descuido, suave como una paloma, se posa en el trasero de ella.
–Suelte –protesta la mujer, esquivándole malhumorada.
El recién llegado la ve alejarse con una mirada lánguida, salpicada de malos pensamientos, apreciando sus pantorrillas y el balance de las caderas. Inquietas cavilaciones le nublan la frente cuando se vuelve hacia nosotros.
–Debe de tener la regla –suspira al fin.
Mi amigo lo examina con agudas pupilas llenas de risa. Bogotano, la forma de ser de los costeños lo divierte, sobremanera.
Yo, en cambio, empiezo a ver al tipo con una especie de horror. He oído decir que los costeños atrapan enfermedades venéreas como uno atrapa un resfrío y que en su tierra hacen el amor con las burras (y en caso de apuro con las gallinas).
Por mi parte, soy un puritano de dieciséis años, con una líbido profundamente sofocada, que me hace propenso a amores tristes, sin esperanza, por mujeres tales como Ingrid Bergman, Vivien Leigh o Maureen O’Hara, que veo reír, temblar, besar a otros hombres en las pantallas del cine Metro, los domingos en la tarde. Jamás se me ha ocurrido poner mi mano en el trasero de una camarera.
Cuando el costeño desaparece tan inesperada, rápida y alegremente como ha venido, sin pagar su café, Villar me explica quién es.
El Espectador ha publicado un par de cuentos. Se llama García Márquez, pero en la universidad le dicen Gabito. Todo un caso. Masoquista.
Yo no he oído bien.
–¿Comunista?
–No, hombre, masoquista.
–¿Qué es esa vaina?
–Masoquista, un hombre que se complace sufriendo.
–Pues a mí me pareció un tipo más bien alegrón.
–Es un masoquista típico. Un día aparece por la universidad diciendo que tiene sífilis. Otro día habla de una tuberculosis. Se emborracha, no presenta exámenes, amanece en los burdeles.
Villar se queda contemplando taciturno el humo del cigarrillo que acaba de encender. Su tono es el de un médico que da un diagnóstico severo, irremediable.
–Lástima, tiene talento. Pero es un caso absolutamente perdido.

  
*** Tomado de Aquellos tiempos con Gabo. Plinio Apuleyo Mendoza. Plaza & Janes editores. S.A. Febrero 2000. Barcelona.




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