lunes, 5 de noviembre de 2012

La brevedad en Ortega y Nietzsche


Filósofo Ortega y Gasset
Filosofo José Ortega y Gasset. Fuente de la imagen

Asociar el adjetivo "breve" a dos autores como Ortega y Nietzsche no es algo habitual. Y, sin embargo, es posible: lo ha hecho Álvaro Pombo en este artículo, publicado en el número 137 de la revista Mercurio. En estas líneas Pombo analiza las características de la obra de estos grandes filósofos para esclarecer hasta qué punto su estilo podría estar bendecido por la brevedad. 

DE LA BREVEDAD DE ORTEGA Y NIETZSCHE
ÁLVARO POMBO
"Al leerlos, tiene uno la sensación de que las ocurrencias se escapan de los textos, volviéndolos instantáneos"

Parece estúpido hablar de la brevedad expositiva de dos autores cuya obra completa es extensísima, muy compleja y muy larga. Autores, ambos, que desearon que su vida filosófica fuese, como diría Rilke, una larga tarea.
La brevedad es un concepto somero que queda expresado, con cierto como regodeo, en el dicho “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Esto de la doble bondad de un bien por razón de su brevedad nos parece hoy en día —incluso en este tiempo nuestro de abreviaturas y aceleraciones— una gansada escolar, propia de personas solo moderadamente deseosas de ilustración, que confían en que los conferenciantes vayan al grano y se enrollen lo menos posible. El dicho hace alusión también a un ideal de concisión o contención, que queda contradicho por la célebre frase alemana Einmal, keinmal (una vez, ninguna vez). Kierkegaard se burla un poco de esta idea alemana, como si fuera verdad que para que algo nos guste (sea bueno) tiene que dársenos mucho, incluso demasiado, con excesiva frecuencia. Los frescos y juveniles estudiantes parisienses del sesenta y ocho, temían las largas intervenciones de Sartre y escribían junto a su nombre, en la mesa de los conferenciantes: “Sartre, sé breve”. Los lectores de Sartre sabemos que era fascinantemente preciso y claro y que no podía ser breve, como no pudo serlo Proust, ni Henry James, este último ni siquiera al escribir recados.
Con Nietzsche y Ortega me sucede a mí, sin embargo, que, al leer sus escritos, tengo con frecuencia una sensación de intensa brevedad. Esta sensación es coincidente con, pero distinta del hecho de que Nietzsche escribiera con gran frecuencia aforismos y Ortega artículos de periódico. Con ambos autores tengo yo una sensación de fragmentación voluntaria, de abreviatura centelleante, de continua sintetización vital de ocurrencias, de ideas y de desarrollos, que otros pensadores han desarrollado quizá con menos fortuna, pero con mucha mayor extensión. Una manera antigua de calificarlos a ambos es decir que sus prosas son ensayísticas. Con lo cual se quería decir que eran sugerentes, atrevidas, pero faltas quizá de la argumentación y de las pruebas explícitas. La brevedad de Ortega no es la de los microrrelatos ni la de los aforismos, ni tampoco, como la de Nietzsche, fruto de una intención anti-sistemática (Nietzsche creía que la filosofía se había acabado de decir a sí misma en la obra de Hegel y los hegelianos —que eran plúmbeos— y que lo que requerían los nuevos tiempos, a mediados del XIX, era una filosofía antisistemática, fulgurante, capaz de capturar la Gaya Ciencia, el saber relampagueante de la existencia. Le parecía que el aforismo, en esa realidad relampagueante, captaba mejor que los desarrollos laboriosos la esencia del pensar. Para calificar a Nietzsche me valdré de su propia teoría en “Sobre la locuacidad de los escritores”, hay –dice– una locuacidad cortante del enojo, frecuente en Lutero. Otra locuacidad conceptual con un excesivo acopio de grandes fórmulas, como en Kant. Y otra, como en el propio Nietzsche, como en Montaigne, debida al “deseo de proponer siempre nuevos giros de la misma cosa”. Esta locuacidad, giratoria, originante, que propone siempre nuevos y nuevos aspectos de las cosas, podría decirse común a Ortega y a Nietzsche. Al leerlos, tiene uno, por eso, la sensación de que las ocurrencias desbordan y se escapan de los textos entrecortándolos, abreviándolos, volviéndolos instantáneos por largos que sean. Pero hay otra dimensión de la brevedad en la prosa de Nietzsche y de Ortega que correspondería a la experiencia de la brevedad de la vida. En su epílogo a la Historia de la filosofía de Julián Marías, escribe Ortega: “En los sitibundos desiertos de Arabia hay un proverbio de caravana que dice: bebe del pozo y deja tu sitio a otro”. La brevedad centelleante de la prosa, el relampagueante hacer ver el mundo de estos dos grandes pensadores, resulta, además, una pasmosa abreviatura, cada vez, de toda la filosofía occidental.


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