jueves, 23 de febrero de 2012

Relato de Mely Rodríguez Salgado: "Rosas en el jardín helado"



Jardín de heliotropos. Fuente de la imagen

                                                               
"Algunas veces, con cierta opresión, solíamos acercarnos a la verja cerrada, y a través de los barrotes les hacíamos señas a las tres niñas y las invitábamos a jugar con nosotras. Lo hacíamos de manera apresurada, nerviosas, como si de entre la maleza más profunda fuera a salir un ente maligno que nos pudiera arrastrara, succionándonos, hasta esa profundidad opaca. Pero ellas tan sólo se limitaban a mirarnos y jamás nos hablaban. Otras veces, como si obedecieran a alguna voz imperiosa proveniente de la casa, entraban apresuradas y ya no las volvíamos a ver hasta el día siguiente. Pero a pesar de nuestra extrañeza, jamás profundizamos en aquel misterio".   
M.R.S. 
                                                               


ROSAS EN EL JARDÍN HELADO
Mely Rodríguez Criado


La casa del jardín era distinta a todas las viviendas de la calle. Yo vivía en un bloque bastante alto con la fachada descolorida, los balcones pequeños y una estética uniforme y rancia. En el borde de las aceras crecían unas filas de árboles enclenques que jamás florecían. Pero la casa del jardín era grande, de dos plantas, casi señorial. El jardín era muy hermoso, con árboles ornamentales y una fuentecilla en el centro. Sin embargo, aquel jardín tenía un aire misterioso que nos arrastraba hasta las rosas y los heliotropos, con garras invisibles e hipnóticas, y nos introducía en su atmósfera sombría, como si en aquel lugar el viento se volviera de repente tan helador, que parecía provenir de un invierno perpetuo. Así y todo nos quedábamos pegadas a la verja siempre cerrada, eternamente estática, donde empezaba el misterio, dentro de un núcleo que, sin saber por qué, nos repelía, como si estuviera configurado por un algo siniestro que lo llenaba todo.
La ciudad donde vivía era pequeña y triste, con personas anodinas que llevaban grabada en el rostro una expresión inequívoca de conformismo y frustración. Nuestra mayor diversión era salir todas las tardes a jugar a la calle. Nos entreteníamos correteando o explorando los alrededores. El lugar de nuestros encuentros, y donde casi siempre dejábamos pasar las horas, estaba enfrente de la casa del jardín. Desde allí podíamos ver los árboles más altos y el gran balcón corrido, y muchas tardes a las tres niñas, que habitaban en ella, asomadas al balcón. Éstas nos miraban con la nostalgia dibujada en sus ojos y una sonrisa triste. Nosotras nos acostumbramos a verlas como unos elementos más de la calle que asociábamos a nuestros juegos y vivencias más misteriosas, sobre todo, porque las comparábamos con las rosas del jardín de tallos altos y desgarbados, y pétalos amoratados que se apretaban unas contra las otras, como si quisieran protegerse entre sí y se afanaran por sobrevivir en aquel hábitat a toda costa.
Nos intrigaba el hecho de ver a las tres hermanas siempre en su balcón, porque aquellas niñas apenas bajaban al jardín ni salían a la calle. Simplemente se limitaban a mirarnos y a seguir nuestros juegos con ojos desesperanzados. Fue una de esas tardes, mientras intercambiábamos cromos y chucherías, cuando escuché un taconeo diferente a esas pisadas monótonas, sin magia ni atractivo, que jamás llamaban nuestra atención; pero aquel sonido nos pareció irresistible. Miramos y vimos, deslumbradas, los zapatos de tacón más bonitos que jamás pensamos que pudieran existir. Eran de color malva, con un tenue brillo que los realzaba de manera armoniosa y los elevaba a la categoría de zapatos de película americana. La poseedora de tal maravilla pasó a nuestro lado con aire ausente y desdeñoso; estábamos fascinadas. La dueña de los zapatos era una mujer diferente a las que estábamos acostumbradas a tratar y a ver, incluidas nuestras madres. Aquella mujer, sin ser muy alta, resultaba esbelta, de ojos oscuros y rasgados, que hubieran sido más bonitos de no haber estado velados por una sombra de tristeza, sus facciones eran delicadas, pero severas; su aire, arrogante, y la boca, de labios carnosos y bien trazados, no tenía ninguna sonrisa. Sin embargo, a aquella mujer la envolvía un halo sombrío y distante a pesar de su distinción, que acusé de manera violenta pero que no asimilé. La desconocida se detuvo en la entrada de la casa del jardín, abrió la cancela, atravesó el sendero de las rosas, acompañada por su taconeo, y se metió en la casa. Sin duda, no era la primera vez que pasaba por allí, pero nunca habíamos reparado en ella, porque quizás también era la primera vez que se había puesto esos zapatos tan atractivos que tanto nos llamaron la atención. Inmediatamente conjeturamos sobre si sería una profesora o institutriz que iba a impartir sus clases a las niñas, porque según se comentaba en la calle, las tres hermanas no iban al colegio. Nos equivocábamos: era su madre.
Algunas veces, con cierta opresión, solíamos acercarnos a la verja cerrada, y a través de los barrotes les hacíamos señas a las tres niñas y las invitábamos a jugar con nosotras. Lo hacíamos de manera apresurada, nerviosas, como si de entre la maleza más profunda fuera a salir un ente maligno que nos pudiera arrastrara, succionándonos, hasta esa profundidad opaca. Pero ellas tan sólo se limitaban a mirarnos y jamás nos hablaban. Otras veces, como si obedecieran a alguna voz imperiosa proveniente de la casa, entraban apresuradas y ya no las volvíamos a ver hasta el día siguiente. Pero a pesar de nuestra extrañeza, jamás profundizamos en aquel misterio. Aquello terminó pareciéndonos natural, igual que todo lo que nos rodeaba. La calle triste, los bloques de pisos, mezquinos e insignificantes, los escasos coches que pasaban por allí, la vulgaridad de las mujeres con sus zapatones negros o marrones, deformados de tanto usarlos, la prepotencia machista de los hombres, el olor a guiso añejo, la nota discordante de un viento estremecedor que venía del jardín que rodeaba una casa donde tres niñas vivían cautivas, con sus miradas tristísimas y sus sonrisas desdibujadas, y nuestra infancia que, en su inocencia, nos alejaba de una realidad en la que no queríamos adentrarnos. Sólo la mujer que pasaba algunas veces camino de la casa, a la que habíamos rodeado con un aura misteriosa, dejaba su rastro a perfume desconocido y mundano, y, con ello, ponía un toque diferente a aquel panorama habitual. Y como si nos doliera inconscientemente la situación de las tres hermanas, sin necesidad de llegar a conclusiones maduradas con antelación, no volvimos a invitarlas a jugar con nosotras. Un temor o una piedad que empezamos a sentir por ellas nos decía sin cesar que aquella mujer extraña y distinguida, tan rabiosamente contradictoria, nos vigilaba y podía enfurecerse y, con ello, castigar a sus hijas, e incluso prohibirles asomarse al balcón.
Una tarde de domingo estival en que no habíamos ido con nuestros padres al parque más próximo, como solíamos hacer siempre los días festivos, mientras jugábamos en la calle vimos salir de la casa del jardín a las niñas acompañadas por sus padres. Estábamos asombradas. Era la primera vez que los veíamos juntos en la calle. Las tres hermanas iban vestidas de igual forma, con unos vestidos muy bonitos y peinadas de manera impecable, con sus largas melenas lacias y negras perfectamente cortadas. Lo que vimos fueron tres muñecas que nos miraron y nos sonrieron al pasar, con idéntica tristeza que cuando se asomaban al balcón. Tal vez intimidadas por la presencia de la madre, apenas les devolvimos la sonrisa. Con aquel código de silencio pensábamos, de manera cándida, que las protegíamos de su autoritaria madre. Cuando desaparecieron, les dije a mis hermanas que las tres niñas tenían unos ojos idénticos a los de su madre, la misma mirada melancólica donde ya aparecían, intermitentes, destellos sombríos; y unas sonrisas comedidas que ellas solitas habían inventado. Mis hermanas tacharon a aquella mujer misteriosa de dominante y comentaron que, según habían oído decir, no dejaba jugar a sus hijas con las niñas de la calle para que no se volvieran vulgares, por eso ella misma les impartía la enseñanza. Por primera vez escuchaba esto en boca de mis hermanas, y en cada inflexión de sus voces creía estar oyendo a la vecina de al lado contárselo a nuestra madre. Desde entonces empecé a mirar a aquella mujer con otros ojos. Sus zapatos malvas ya no me gustaban tanto.
Al marido lo veíamos casi todos los días de regreso del banco donde, según oímos decir, era el director. Se bajaba de su coche grande y negro, abría la verja y caminaba despacio y ostentoso con su cartera en busca del refugio de una casa de apariencia gélida. Era un hombre de mirada fría y un aire ausente. Sin embargo, parecía correcto, pero tenía una actitud reservada, distante, hacia todo lo que le rodeaba. No parecía un hombre feliz, como sus hijas, como la madre a pesar de su aire distinguido. Sin embargo, este hombre nos era indiferente. La compasión que podía suscitar en nosotras por el hecho de tener que compartir su vida con una mujer como aquella, que hacía desdichados a los suyos y, tal vez, se hacía daño a sí misma, no era relevante ni interfería en nuestros auténticos pensamientos infantiles, salvo el hecho de vivir en frente de aquella casa y sentir el aliento desasosegador que nos llegaba de sus interioridades como un vahído.
Pasó el tiempo, a mi padre lo trasladaron a otra ciudad a causa de su trabajo. El traslado nos supuso a mis hermanas y a mí una novedad, pero también un poco de pena. A fin de cuentas nos despedíamos para siempre de la infancia vinculada a aquel lugar. La última tarde que pasé en la calle fue mientras esperábamos al taxi que nos llevaría a la estación. Yo me movía inquieta y mis hermanas discutían por nada. Hacía calor y era la hora de la siesta. Mi madre estaba nerviosa y mi padre consultaba el reloj constantemente. La calle estaba solitaria a aquella hora. Por fin vimos aparecer el coche, que se detuvo para recogernos; el taxista nos ayudó a colocar algunas maletas en la baca y otras en el maletero. Cuando ya nos disponíamos a subir, miré, inconscientemente, el balcón de la casa del jardín y vi asomada a una de las tres niñas. El sol estival hacía brillar su pelo oscuro, y sus ojos parecían agrandados de repente, me miraban expresivos y ansiosos, aunque indescifrables. Yo le sonreí, como otras veces, pero ella no me devolvió la sonrisa. Cuando monté me asomé por la ventanilla y la seguí mirando, algo me empujaba a no dejar de hacerlo. Y, en el momento en que el coche se puso en marcha, la vi correr hasta el extremo del balcón y apretar su cuerpecillo contra los barrotes mientras movía sus brazos convulsivamente, no ya en una despedida, sino como en una apremiante llamada de socorro. A lo lejos, perdiéndose ya, aún pude ver sus manos agitándose y al sol iluminar, de manera macilenta, el balcón de hierro oxidado.

Cuando mi marido me dijo que tenía que ir por motivos de trabajo a la ciudad que conoció mi infancia, me alegré. Casi siempre solía acompañarlo en sus viajes, aunque nunca pensé en la posibilidad de que algún día pudiera volver allí. La idea de ver de nuevo aquella ciudad, que guardaba un regusto de vivencias infantiles, me pareció apetecible. Mi deseo era ir a la calle donde viví una vez.
 Una vez instalados, y después de que mi marido se marchara a sus negocios, decidí salir del hotel a dar una vuelta por la ciudad. Quería cumplir el sueño de la infancia de poder pasear algún día por aquella calle vestida con cierta distinción. Cuando puse mis pies en aquel lugar, los recuerdos se precipitaron. Tuve la impresión de que el tiempo se detuvo la última tarde cuando nos fuimos. Los bloques de pisos no habían cambiado apenas. Algunos los habían derribado para construir otros más altos pero también más feos. La estética de la calle era parecida a la de entonces, los árboles se habían robustecido pero seguían siendo tan poco atractivos como siempre lo fueron, las aceras estaban aún más deterioradas e igual de estrechas, y la gente pasaba, abstraída, a sus cosas. Eso sí, ahora había muchos más coches y menos niños jugando por allí. Por fin me detuve un instante en la casa del jardín, que me pareció abandonada. La verja pintada de verde estaba descascarillada con manchas de óxido. Un súbito desasosiego me invadió en el instante en que me asomé al jardín. En él sólo crecía la maleza. De las rosas macilentas no quedaba ni rastro. Dominaba un murmullo agónico de pájaros y olía de manera diferente, a hierbajos marchitos que trataban de tapar otros olores soterrados y acres. Después, envuelta en melancolía, me encaminé hasta el portal del edificio donde viví. Decidí subir a ver a nuestra antigua vecina, una mujer que, incomprensiblemente, me reconoció enseguida. ¡Cómo has cambiado!, me dijo mientras me apretujaba entre sus brazos. Y enseguida vino el aluvión de preguntas y después los recuerdos, nuestras travesuras, las anécdotas, los pequeños problemas, las superaciones y, tentándome, allí estaba la casa del jardín. Mientras la mujer iba a la cocina a preparar café, yo me distraje contemplando, a través de la ventana, la casa de las niñas. De pronto, todo me vino a la memoria. Sus sonrisas teñidas de desesperanza, la tristeza de sus miradas, el porte, algo espectacular y siempre distinguido, de su autoritaria madre, los zapatos malvas que tanto me fascinaron al principio y con los que siempre soñé. Sonreí con este recuerdo, pero al instante dejé de hacerlo y me ensombrecí cuando recordé la despedida apremiante de aquella niña cuando nos vio partir la última tarde.
Tomamos el café despacito, estaba delicioso. Saboreamos la conversación con cierta complicidad, acompañada de dulces caseros y fotografías de familiares; después de hablar y recordar lo suficiente, le señalé la casa del jardín, más vieja y desvencijada de lo que a simple vista podía parecer. Los cristales de las ventanas estaban rotos, las persianas medio arrancadas, parte de la techumbre, hundida, y la fachada ennegrecida y desconchada. Deshabitada, me dijo ella. Y enseguida me habló, espantada, de todo aquello que terminó helándome el corazón. Mi antigua vecina me fue desgranando el terrible suceso ocurrido allí hacía muchos años... Incomprensiblemente no me extrañó, como si por aquellos días lo hubiera presentido y guardado dentro de las sensaciones más estremecedoras de mi cerebro:
“Por aquel entonces las chicas estudiaban internas en un colegio de otra ciudad, comenzó diciéndome. Ese día habían regresado a pasar las vacaciones, a dejarse encerrar en esa casa. Ocurrió por la noche, hacía mucho calor, no podíamos dormir. El marido era un hombre violento, acomplejado, lleno de celos. Siempre las vigilaba. La golpeó muchas veces en la cabeza, le destrozó el cráneo con algo contundente. La vida se le escapó por esas brechas... Ese individuo no las dejaba salir. Esas pobres criaturas estaban siempre encerradas en casa. Lo hacía para que ella estuviera obligada a cuidarlas a cada momento, de esta manera apenas pisaba la calle... Alguien descubrió lo ocurrido al día siguiente y llamó a la policía. Encontraron un hilillo rojo y rezumante en la entrada que provenía de la sala. Cuando abrieron la puerta vieron a dos de las chicas abrazadas entre sí, enloquecidas por el terror. La madre estaba tendida e irreconocible en el suelo. Las chicas lloraban desorientadas. Buscaron al monstruo. No estaba dentro de la casa. Bajaron al jardín y registraron hasta el último rincón, y allí, en lo más profundo, en un lugar tétrico donde las enredaderas y los zarzales formaban un nudo impenetrable, estaba agazapado y encogido como un animal rabioso, aún con rastros de sangre en sus manos, y de locura en sus ojos desorbitados. No volvimos a saber nada más. Las tres hermanas, sin duda, arrastrarán toda la vida esa tragedia. Lo peor de todo es que se dijo que el asesino no parecía arrepentido cuando lo detuvieron. Y pensar que siempre creímos que la autoritaria era ella; qué equivocados estábamos. ¿Sabes? El tipo la mató por celos, porque sobresalía sobre la vulgaridad de él... ¿Te apetece otro café?, me preguntó solícita y remota, como si volviera de otro lugar menos cotidiano.” “No, gracias, contesté conteniendo el aliento desfallecida, se me han quitado las ganas.” Noté los latidos en mi sien como punzadas, agitándome. Inconscientemente miré mis pies, y el color malva de mis zapatos se me antojó desvaído, como las rosas de aquel jardín, como los rostros de las tres niñas, atravesados por la desesperanza, y la boca sin sonrisas de la madre.
Salí del portal y respiré hondo en cuanto estuve en la calle. Me sentía desalentada, de repente muy mal. Frente a mí estaba el balcón corrido con la baranda de hierro oxidada por las intemperies, tan significativo. El hecho de contemplarlo me enervó aún más. ¿Por qué durante todos aquellos años no había podido olvidar a aquella mujer que, en realidad, trataba de engañar su miserable y terrible existencia poniendo un toque de distinción en su atuendo? Probablemente, lo de realzarse era su pequeña felicidad, un paliativo a su sufrimiento, algo que no toleró aquel ser enfermizo y peligroso. Volví a mirar la casa y sobre todo el balcón, me estremecí. Fue entonces, a medida que me alejaba de aquel lugar, cuando comprendí por qué me caló tanto la despedida angustiosa de la niña en el último momento aquella tarde cuando partíamos y la vi correr, como si se estuviera aferrando a una última esperanza. Probablemente, en su desesperación, que mi sensibilidad acusó de manera vehemente, quiso cruzar la diminuta frontera de hierro, insignificante pero terrible, que la separaba de la libertad y la retenía a la fuerza dentro de aquella cárcel, esa que traspasó un día de manera violenta, para alertarme y pedirme ayuda y huir para siempre de aquel infierno.   


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