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| Jardín de heliotropos. Fuente de la imagen |
"Algunas veces, con cierta opresión, solíamos acercarnos a la verja cerrada, y a través de los barrotes les hacíamos señas a las tres niñas y las invitábamos a jugar con nosotras. Lo hacíamos de manera apresurada, nerviosas, como si de entre la maleza más profunda fuera a salir un ente maligno que nos pudiera arrastrara, succionándonos, hasta esa profundidad opaca. Pero ellas tan sólo se limitaban a mirarnos y jamás nos hablaban. Otras veces, como si obedecieran a alguna voz imperiosa proveniente de la casa, entraban apresuradas y ya no las volvíamos a ver hasta el día siguiente. Pero a pesar de nuestra extrañeza, jamás profundizamos en aquel misterio".
M.R.S.
ROSAS EN EL JARDÍN HELADO
Mely Rodríguez Criado
La casa del jardín era distinta
a todas las viviendas de la calle. Yo vivía en un bloque bastante alto con la
fachada descolorida, los balcones pequeños y una estética uniforme y rancia. En
el borde de las aceras crecían unas filas de árboles enclenques que jamás
florecían. Pero la casa del jardín era grande, de dos plantas, casi señorial.
El jardín era muy hermoso, con árboles ornamentales y una fuentecilla en el
centro. Sin embargo, aquel jardín tenía un aire misterioso que nos arrastraba
hasta las rosas y los heliotropos, con garras invisibles e hipnóticas, y nos
introducía en su atmósfera sombría, como si en aquel lugar el viento se
volviera de repente tan helador, que parecía provenir de un invierno perpetuo.
Así y todo nos quedábamos pegadas a la verja siempre cerrada, eternamente
estática, donde empezaba el misterio, dentro de un núcleo que, sin saber por
qué, nos repelía, como si estuviera configurado por un algo siniestro que lo
llenaba todo.
La ciudad donde vivía era pequeña y triste,
con personas anodinas que llevaban grabada en el rostro una expresión
inequívoca de conformismo y frustración. Nuestra mayor diversión era salir
todas las tardes a jugar a la calle. Nos entreteníamos correteando o explorando
los alrededores. El lugar de nuestros encuentros, y donde casi siempre
dejábamos pasar las horas, estaba enfrente de la casa del jardín. Desde allí
podíamos ver los árboles más altos y el gran balcón corrido, y muchas tardes a
las tres niñas, que habitaban en ella, asomadas al balcón. Éstas nos miraban
con la nostalgia dibujada en sus ojos y una sonrisa triste. Nosotras nos
acostumbramos a verlas como unos elementos más de la calle que asociábamos a
nuestros juegos y vivencias más misteriosas, sobre todo, porque las
comparábamos con las rosas del jardín de tallos altos y desgarbados, y pétalos
amoratados que se apretaban unas contra las otras, como si quisieran protegerse
entre sí y se afanaran por sobrevivir en aquel hábitat a toda costa.
Nos intrigaba el hecho de ver a las tres
hermanas siempre en su balcón, porque aquellas niñas apenas bajaban al jardín
ni salían a la calle. Simplemente se limitaban a mirarnos y a seguir nuestros
juegos con ojos desesperanzados. Fue una de esas tardes, mientras intercambiábamos
cromos y chucherías, cuando escuché un taconeo diferente a esas pisadas
monótonas, sin magia ni atractivo, que jamás llamaban nuestra atención; pero
aquel sonido nos pareció irresistible. Miramos y vimos, deslumbradas, los
zapatos de tacón más bonitos que jamás pensamos que pudieran existir. Eran de
color malva, con un tenue brillo que los realzaba de manera armoniosa y los
elevaba a la categoría de zapatos de película americana. La poseedora de tal
maravilla pasó a nuestro lado con aire ausente y desdeñoso; estábamos
fascinadas. La dueña de los zapatos era una mujer diferente a las que estábamos
acostumbradas a tratar y a ver, incluidas nuestras madres. Aquella mujer, sin
ser muy alta, resultaba esbelta, de ojos oscuros y rasgados, que hubieran sido
más bonitos de no haber estado velados por una sombra de tristeza, sus
facciones eran delicadas, pero severas; su aire, arrogante, y la boca, de
labios carnosos y bien trazados, no tenía ninguna sonrisa. Sin embargo, a
aquella mujer la envolvía un halo sombrío y distante a pesar de su distinción,
que acusé de manera violenta pero que no asimilé. La desconocida se detuvo en
la entrada de la casa del jardín, abrió la cancela, atravesó el sendero de las
rosas, acompañada por su taconeo, y se metió en la casa. Sin duda, no era la
primera vez que pasaba por allí, pero nunca habíamos reparado en ella, porque
quizás también era la primera vez que se había puesto esos zapatos tan
atractivos que tanto nos llamaron la atención. Inmediatamente conjeturamos
sobre si sería una profesora o institutriz que iba a impartir sus clases a las
niñas, porque según se comentaba en la calle, las tres hermanas no iban al
colegio. Nos equivocábamos: era su madre.
Algunas veces, con cierta opresión,
solíamos acercarnos a la verja cerrada, y a través de los barrotes les hacíamos
señas a las tres niñas y las invitábamos a jugar con nosotras. Lo hacíamos de
manera apresurada, nerviosas, como si de entre la maleza más profunda fuera a
salir un ente maligno que nos pudiera arrastrara, succionándonos, hasta esa
profundidad opaca. Pero ellas tan sólo se limitaban a mirarnos y jamás nos
hablaban. Otras veces, como si obedecieran a alguna voz imperiosa proveniente
de la casa, entraban apresuradas y ya no las volvíamos a ver hasta el día
siguiente. Pero a pesar de nuestra extrañeza, jamás profundizamos en aquel
misterio. Aquello terminó pareciéndonos natural, igual que todo lo que nos
rodeaba. La calle triste, los bloques de pisos, mezquinos e insignificantes,
los escasos coches que pasaban por allí, la vulgaridad de las mujeres con sus
zapatones negros o marrones, deformados de tanto usarlos, la prepotencia
machista de los hombres, el olor a guiso añejo, la nota discordante de un
viento estremecedor que venía del jardín que rodeaba una casa donde tres niñas
vivían cautivas, con sus miradas tristísimas y sus sonrisas desdibujadas, y
nuestra infancia que, en su inocencia, nos alejaba de una realidad en la que no
queríamos adentrarnos. Sólo la mujer que pasaba algunas veces camino de la
casa, a la que habíamos rodeado con un aura misteriosa, dejaba su rastro a
perfume desconocido y mundano, y, con ello, ponía un toque diferente a aquel
panorama habitual. Y como si nos doliera inconscientemente la situación de las
tres hermanas, sin necesidad de llegar a conclusiones maduradas con antelación,
no volvimos a invitarlas a jugar con nosotras. Un temor o una piedad que
empezamos a sentir por ellas nos decía sin cesar que aquella mujer extraña y
distinguida, tan rabiosamente contradictoria, nos vigilaba y podía enfurecerse
y, con ello, castigar a sus hijas, e incluso prohibirles asomarse al balcón.
Una tarde de domingo estival en que no
habíamos ido con nuestros padres al parque más próximo, como solíamos hacer
siempre los días festivos, mientras jugábamos en la calle vimos salir de la
casa del jardín a las niñas acompañadas por sus padres. Estábamos asombradas.
Era la primera vez que los veíamos juntos en la calle. Las tres hermanas iban
vestidas de igual forma, con unos vestidos muy bonitos y peinadas de manera impecable,
con sus largas melenas lacias y negras perfectamente cortadas. Lo que vimos
fueron tres muñecas que nos miraron y nos sonrieron al pasar, con idéntica
tristeza que cuando se asomaban al balcón. Tal vez intimidadas por la presencia
de la madre, apenas les devolvimos la sonrisa. Con aquel código de silencio
pensábamos, de manera cándida, que las protegíamos de su autoritaria madre.
Cuando desaparecieron, les dije a mis hermanas que las tres niñas tenían unos
ojos idénticos a los de su madre, la misma mirada melancólica donde ya
aparecían, intermitentes, destellos sombríos; y unas sonrisas comedidas que ellas solitas habían inventado. Mis
hermanas tacharon a aquella mujer misteriosa de dominante y comentaron que,
según habían oído decir, no dejaba jugar a sus hijas con las niñas de la calle
para que no se volvieran vulgares, por eso ella misma les impartía la
enseñanza. Por primera vez escuchaba esto en boca de mis hermanas, y en cada
inflexión de sus voces creía estar oyendo a la vecina de al lado contárselo a
nuestra madre. Desde entonces empecé a mirar a aquella mujer con otros ojos.
Sus zapatos malvas ya no me gustaban tanto.
Al marido lo veíamos casi todos los días de
regreso del banco donde, según oímos decir, era el director. Se bajaba de su
coche grande y negro, abría la verja y caminaba despacio y ostentoso con su
cartera en busca del refugio de una casa de apariencia gélida. Era un hombre de
mirada fría y un aire ausente. Sin embargo, parecía correcto, pero tenía una
actitud reservada, distante, hacia todo lo que le rodeaba. No parecía un hombre
feliz, como sus hijas, como la madre a pesar de su aire distinguido. Sin
embargo, este hombre nos era indiferente. La compasión que podía suscitar en
nosotras por el hecho de tener que compartir su vida con una mujer como
aquella, que hacía desdichados a los suyos y, tal vez, se hacía daño a sí
misma, no era relevante ni interfería en nuestros auténticos pensamientos
infantiles, salvo el hecho de vivir en frente de aquella casa y sentir el
aliento desasosegador que nos llegaba de sus interioridades como un vahído.
Pasó el tiempo, a mi padre lo trasladaron a
otra ciudad a causa de su trabajo. El traslado nos supuso a mis hermanas y a mí
una novedad, pero también un poco de pena. A fin de cuentas nos despedíamos
para siempre de la infancia vinculada a aquel lugar. La última tarde que pasé
en la calle fue mientras esperábamos al taxi que nos llevaría a la estación. Yo
me movía inquieta y mis hermanas discutían por nada. Hacía calor y era la hora
de la siesta. Mi madre estaba nerviosa y mi padre consultaba el reloj
constantemente. La calle estaba solitaria a aquella hora. Por fin vimos
aparecer el coche, que se detuvo para recogernos; el taxista nos ayudó a
colocar algunas maletas en la baca y otras en el maletero. Cuando ya nos
disponíamos a subir, miré, inconscientemente, el balcón de la casa del jardín y
vi asomada a una de las tres niñas. El sol estival hacía brillar su pelo
oscuro, y sus ojos parecían agrandados de repente, me miraban expresivos y
ansiosos, aunque indescifrables. Yo le sonreí, como otras veces, pero ella no
me devolvió la sonrisa. Cuando monté me asomé por la ventanilla y la seguí
mirando, algo me empujaba a no dejar de hacerlo. Y, en el momento en que el
coche se puso en marcha, la vi correr hasta el extremo del balcón y apretar su
cuerpecillo contra los barrotes mientras movía sus brazos convulsivamente, no
ya en una despedida, sino como en una apremiante llamada de socorro. A lo
lejos, perdiéndose ya, aún pude ver sus manos agitándose y al sol iluminar, de
manera macilenta, el balcón de hierro oxidado.
Cuando mi marido me dijo que tenía que ir
por motivos de trabajo a la ciudad que conoció mi infancia, me alegré. Casi
siempre solía acompañarlo en sus viajes, aunque nunca pensé en la posibilidad
de que algún día pudiera volver allí. La idea de ver de nuevo aquella ciudad,
que guardaba un regusto de vivencias infantiles, me pareció apetecible. Mi
deseo era ir a la calle donde viví una vez.
Una
vez instalados, y después de que mi marido se marchara a sus negocios, decidí
salir del hotel a dar una vuelta por la ciudad. Quería cumplir el sueño de la
infancia de poder pasear algún día por aquella calle vestida con cierta
distinción. Cuando puse mis pies en aquel lugar, los recuerdos se precipitaron.
Tuve la impresión de que el tiempo se detuvo la última tarde cuando nos fuimos.
Los bloques de pisos no habían cambiado apenas. Algunos los habían
derribado para construir otros más altos pero también más feos. La estética de
la calle era parecida a la de entonces, los árboles se habían robustecido pero
seguían siendo tan poco atractivos como siempre lo fueron, las aceras estaban
aún más deterioradas e igual de estrechas, y la gente pasaba, abstraída, a sus
cosas. Eso sí, ahora había muchos más coches y menos niños jugando por allí.
Por fin me detuve un instante en la casa del jardín, que me pareció abandonada.
La verja pintada de verde estaba descascarillada con manchas de óxido. Un
súbito desasosiego me invadió en el instante en que me asomé al jardín. En él
sólo crecía la maleza. De las rosas macilentas no quedaba ni rastro. Dominaba
un murmullo agónico de pájaros y olía de manera diferente, a hierbajos
marchitos que trataban de tapar otros olores soterrados y acres. Después,
envuelta en melancolía, me encaminé hasta el portal del edificio donde viví.
Decidí subir a ver a nuestra antigua vecina, una mujer que,
incomprensiblemente, me reconoció enseguida. ¡Cómo has cambiado!, me dijo
mientras me apretujaba entre sus brazos. Y enseguida vino el aluvión de
preguntas y después los recuerdos, nuestras travesuras, las anécdotas, los
pequeños problemas, las superaciones y, tentándome, allí estaba la casa del
jardín. Mientras la mujer iba a la cocina a preparar café, yo me distraje contemplando,
a través de la ventana, la casa de las niñas. De pronto, todo me vino a la
memoria. Sus sonrisas teñidas de desesperanza, la tristeza de sus miradas, el
porte, algo espectacular y siempre distinguido, de su autoritaria madre, los
zapatos malvas que tanto me fascinaron al principio y con los que siempre soñé.
Sonreí con este recuerdo, pero al instante dejé de hacerlo y me ensombrecí
cuando recordé la despedida apremiante de aquella niña cuando nos vio partir la
última tarde.
Tomamos el café despacito, estaba
delicioso. Saboreamos la conversación con cierta complicidad, acompañada de
dulces caseros y fotografías de familiares; después de hablar y recordar lo
suficiente, le señalé la casa del jardín, más vieja y desvencijada de lo que a
simple vista podía parecer. Los cristales de las ventanas estaban rotos, las
persianas medio arrancadas, parte de la techumbre, hundida, y la fachada
ennegrecida y desconchada. Deshabitada, me dijo ella. Y enseguida me habló,
espantada, de todo aquello que terminó helándome el corazón. Mi antigua vecina
me fue desgranando el terrible suceso ocurrido allí hacía muchos años...
Incomprensiblemente no me extrañó, como si por aquellos días lo hubiera
presentido y guardado dentro de las sensaciones más estremecedoras de mi
cerebro:
“Por aquel entonces las chicas estudiaban
internas en un colegio de otra ciudad, comenzó diciéndome. Ese día habían
regresado a pasar las vacaciones, a dejarse encerrar en esa casa. Ocurrió por
la noche, hacía mucho calor, no podíamos dormir. El marido era un hombre violento,
acomplejado, lleno de celos. Siempre las vigilaba. La golpeó muchas veces en la
cabeza, le destrozó el cráneo con algo contundente. La vida se le escapó por
esas brechas... Ese individuo no las dejaba salir. Esas pobres criaturas
estaban siempre encerradas en casa. Lo hacía para que ella estuviera obligada a
cuidarlas a cada momento, de esta manera apenas pisaba la calle... Alguien
descubrió lo ocurrido al día siguiente y llamó a la policía. Encontraron un
hilillo rojo y rezumante en la entrada que provenía de la sala. Cuando abrieron
la puerta vieron a dos de las chicas abrazadas entre sí, enloquecidas por el
terror. La madre estaba tendida e irreconocible en el suelo. Las chicas lloraban
desorientadas. Buscaron al monstruo. No estaba dentro de la casa. Bajaron al
jardín y registraron hasta el último rincón, y allí, en lo más profundo, en un
lugar tétrico donde las enredaderas y los zarzales formaban un nudo
impenetrable, estaba agazapado y encogido como un animal rabioso, aún con
rastros de sangre en sus manos, y de locura en sus ojos desorbitados. No
volvimos a saber nada más. Las tres hermanas, sin duda, arrastrarán toda la
vida esa tragedia. Lo peor de todo es que se dijo que el asesino no parecía
arrepentido cuando lo detuvieron. Y pensar que siempre creímos que la
autoritaria era ella; qué equivocados estábamos. ¿Sabes? El tipo la mató por
celos, porque sobresalía sobre la vulgaridad de él... ¿Te apetece otro café?,
me preguntó solícita y remota, como si volviera de otro lugar menos cotidiano.”
“No, gracias, contesté conteniendo el aliento desfallecida, se me han quitado
las ganas.” Noté los latidos en mi sien como punzadas, agitándome.
Inconscientemente miré mis pies, y el color malva de mis zapatos se me antojó
desvaído, como las rosas de aquel jardín, como los rostros de las tres niñas,
atravesados por la desesperanza, y la boca sin sonrisas de la madre.
Salí del portal y respiré hondo en cuanto
estuve en la calle. Me sentía desalentada, de repente muy mal. Frente a mí
estaba el balcón corrido con la baranda de hierro oxidada por las intemperies,
tan significativo. El hecho de contemplarlo me enervó aún más. ¿Por qué durante
todos aquellos años no había podido olvidar a aquella mujer que, en realidad,
trataba de engañar su miserable y terrible existencia poniendo un toque de
distinción en su atuendo? Probablemente, lo de realzarse era su pequeña
felicidad, un paliativo a su sufrimiento, algo que no toleró aquel ser
enfermizo y peligroso. Volví a mirar la casa y sobre todo el balcón, me
estremecí. Fue entonces, a medida que me alejaba de aquel lugar, cuando
comprendí por qué me caló tanto la despedida angustiosa de la niña en el último
momento aquella tarde cuando partíamos y la vi correr, como si se estuviera
aferrando a una última esperanza. Probablemente, en su desesperación, que mi
sensibilidad acusó de manera vehemente, quiso cruzar la diminuta frontera de
hierro, insignificante pero terrible, que la separaba de la libertad y la
retenía a la fuerza dentro de aquella cárcel, esa que traspasó un día de manera
violenta, para alertarme y pedirme ayuda y huir para siempre de aquel
infierno.
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