![]() |
| Alejo Carpentier (1904-1980). Fuente de la imagen |
Golem, coordinador del blog Golem. Memorias de lecturas, cita el cuento "Viaje a la semilla", de Alejo Carpentier como
"uno de los mejores cuentos de la historia. Un maravilloso recorrido en contra del tiempo. Escrito en 1944, según contaba el autor de un tirón en una sola noche, creo que lo leí por primera vez en los años 70. Lo he vuelto a leer estos días. Y he vuelto a los orígenes. Excepcional".
"Viaje a la semilla" fue publicado en por primera vez en 1944. El libro constaba del citado cuento y de una novela corta: Concierto barroco.
VIAJE A LA SEMILLA
Alejo Carpentier
I
-¿Qué quieres, viejo?...
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de
los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro,
fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases
incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos
con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de
mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales
y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas
aparecían -despojados de su secreto- cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas,
guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los
testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición,
una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de
mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos.
Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque
bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros,
negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa.
El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la
estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables.
Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas
concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves
desagradables y pechugonas.
Dieron las cinco. Las cornisas y
entablamentos se despoblaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el
salto del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores,
blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos
pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de
sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las
fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez
las habitaciones dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de
escombros.
Contrariando sus apetencias, varios capiteles
yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal.
Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un
aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra.
Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas
de sus bisagras desorientadas.
II
Entonces el negro viejo, que no se había
movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de
baldosas.
Los cuadrados de mármol, blancos y negros,
volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se
encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a
hundirse en sus hoyos, con rápida rotación.
En los canteros muertos, levantadas por el
esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro
torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa
creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La
Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó
begonias olvidadas.
El viejo introdujo una llave en la
cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones
sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo
corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro
murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de
chocolate.
Don Marcial, el Marqués de Capellanías,
yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por
cuatro cirios con largas barbas de cera derretida
III
Los cirios crecieron lentamente, perdiendo
sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre.
Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y
los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y
abrió los ojos.
Confusas y revueltas, las vigas del techo
se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el
escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron
de sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo profesional,
el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada
negra y cejuda del Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados,
la confesión se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho
tenía, en el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se
encontró, de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las
sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se
desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose,
poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche
cerrado, cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.
Don Marcial no se sentía bien. Al
arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Bajó
al despacho donde lo esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes,
para disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus
pertenencias se irían a manos del mejor postor, al compás de martillo golpeando
una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los misterios de la letra
escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas
afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos,
alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras,
árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las
piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al
cuello, que apretaban su sordina al percibir el sonido temible de las palabras
en libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y
enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de carne se hacía hombre de
papel. Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la
tarde.
IV
Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos
por un remordimiento cada vez mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a
aquel aposento se le hacía casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de
un cuerpo nuevo fueron desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al
flagelo. Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa,
sintiendo luego un deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la
Marquesa volvió, una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los
caballos de la calesa no traían en las crines más humedad que la del propio
sudor. Pero, durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la
cuadra, irritados, al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.
Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se
rompió en el baño de la Marquesa. Luego, las lluvias de mayo rebosaron el
estanque. Y aquella negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo de la
cama, que andaba por el patio murmurando: "¡Desconfía de los ríos, niña;
desconfía de lo verde que corre!". No había día en que el agua no revelara
su presencia. Pero esa presencia acabó por no ser más que una jícara derramada
sobre el vestido traído de París, al regreso del baile aniversario dado por el
Capitán General de la Colonia.
Reaparecieron muchos parientes. Volvieron
muchos amigos. Ya brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas
de la fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas
perdían anillos. Las enredaderas saltaban la primera cornisa. Blanquearon las
ojeras de la Ceres y los capiteles parecieron recién tallados. Más fogoso
Marcial solía pasarse tardes enteras abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas
de gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor
de pintura fresca llenó la casa.
V
Los rubores eran sinceros. Cada noche se
abrían un poco más las hojas de los biombos, las faldas caían en rincones menos
alumbrados y eran nuevas barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las
lámparas. Sólo él habló en la obscuridad. Partieron para el ingenio, en gran
tren de calesas -relumbrante de grupas alazanas, bocados de plata y charoles al
sol. Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal
interior de la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó
danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días olientes
a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras esparcidas, y sábanas
sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban caer sobre las lozas un mazo de
vetiver. El vaho del guarapo giraba en la brisa con el toque de oración.
Volando bajo, las auras anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas,
anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas que tenían diapasón de
cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido, aliviados de desconciertos
y cerrada la herida, ambos regresaron a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido
de viaje por un traje de novia, y, como era costumbre, los esposos fueron a la
iglesia para recobrar su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y
amigos, y, con revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle
de su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún
tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre
para ser desgrabados. Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de
las rejas, la Ceres fue sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de
la fuente adelantaron casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía
encendidas, pintada ya el alba, las luces de los velones.
VI
Una noche, después de mucho beber y
marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la
sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las
cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la
percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en
enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por
cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue
una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado,
ahora, a la meditación.
Y hubo un gran sarao, en el salón de
música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que
su firma había dejado de tener un valor legal, y que los registros y
escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que
los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne desestimada
por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los jóvenes
descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar, un salterio y un
serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la
Balada de los Lagos de Escocia.
Otro embocó un cuerno de caza que dormía,
enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado de
la flauta traversera traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando
atrevidamente a la de Campoflorido, se sumó al guirigay, buscando en el
teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron todos
al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el
repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En
entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un
espadín de Embajador, varias guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe
de la Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad
en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques
amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con
redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos.
La de Campoflorido redondeó los hombros
empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta
abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar los amansados
fuegos de un rico Síndico de Clarisas.
Disfrazados regresaron los jóvenes al salón
de música. Tocado con un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en
el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban
terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura,
recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían
hecho según el reciente patrón de "El Jardín de las Modas". Las
puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus
lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta
de tanto alboroto. Luego se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial,
oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en
la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de
Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se
alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se
pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde
tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder
nunca -así fuera de movida una guaracha- sus zapatillas de alto tacón. Y como
se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno
de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados.
Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una
negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando
miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.
VII
Las visitas de Don Abundio, notario y
albacea de la familia, eran más frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera
de la cama de Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para
despertarlo antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de
alpaca, cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al
fin sólo quedó una pensión razonable, calculada para poner coto a toda locura.
Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San Carlos.
Después de mediocres exámenes, frecuentó
los claustros, comprendiendo cada vez menos las explicaciones de los dómines.
El mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al principio, una
ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas, controversistas y
ergotantes, cobraba la inmovilidad de un museo de figuras de cera. Marcial se
contentaba ahora con una exposición escolástica de los sistemas, aceptando por
bueno lo que se dijera en cualquier texto. "León",
"Avestruz", Ballena", "Jaguar", leíase sobre los
grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo,
"Aristóteles", "Santo Tomás", Bacon",
"Descartes", encabezaban páginas negras, en que se catalogaban
aburridamente las interpretaciones del universo, al margen de una capitular
espesa. Poco a poco, Marcial dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un
gran peso. Su mente se hizo alegre y ligera, admitiendo tan sólo un concepto
instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma, cuando la luz clara de
invierno daba mayores detalles a las fortalezas del puerto? Una manzana que cae
del árbol sólo es incitación para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa
de ser un pie en una bañadera. El día que abandonó el Seminario, olvidó los
libros. El gnomon recobró su categoría de duende: el espectro fue sinónimo de
fantasma; el octandro era bicho acorazado, con púas en el lomo.
Varias veces, andando pronto, inquieto el
corazón, había ido a visitar a las mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas
azules, al pie de las murallas. El recuerdo de la que llevaba zapatillas
bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de calor, como
un dolor de muelas. Pero, un día, la cólera y las amenazas de un confesor le
hicieron llorar de espanto. Cayó por última vez en las sábanas del infierno,
renunciando para siempre a sus rodeos por calles poco concurridas, a sus
cobardías de última hora que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de
dejar a sus espaldas cierta acera rajada, señal, cuando andaba con la vista
baja, de la media vuelta que debía darse por hollar el umbral de los perfumes.
Ahora vivía su crisis mística, poblada de
detentes, corderos pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul
celeste, estrellas de papel dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el
Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un
gran vacío entre los hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto
perdido. Tropezaba con la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echando mano
al rosario de cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz
triste a imágenes que recobraban su color primero.
VIII
Los muebles crecían. Se hacía más difícil
sostener los antebrazos sobre el borde de la mesa del comedor. Los armarios de
cornisas labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la
escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran
mas hondas y los sillones de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No
había ya que doblar las piernas al recostarse en el fondo de la bañadera con
anillas de mármol.
Una mañana en que leía un libro licencioso,
Marcial tuvo ganas, súbitamente, de jugar con los soldados de plomo que dormían
en sus cajas de madera. Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo, y
abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado
exigua para dar cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso.
Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo,
rodeando al abanderado. Detrás, los artilleros, con sus cañones, escobillones y
botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes.
Los morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio
a más de un metro de distancia.
-¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...
Caían caballos, caían abanderados, caían
tambores. Hubo de ser llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a
lavarse las manos y bajar al comedor.
Desde ese día, Marcial conservó el hábito
de sentarse en el enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se
sorprendió por no haberlo pensando antes. Afectas al terciopelo de los cojines,
las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a notario -como Don
Abundio- por no conocer, con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo
tiempo. Sólo desde el suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y
perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos
de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando
llovía, Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar
la caja de resonancia, poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los
rayos para construir aquella bóveda de calderones -órgano, pinar al viento,
mandolina de grillos.
IX
Aquella mañana lo encerraron en su cuarto.
Oyó murmullos en toda la casa y el almuerzo que le sirvieron fue demasiado
suculento para un día de semana. Había seis pasteles de la confitería de la
Alameda -cuando sólo dos podían comerse, los domingos, después de misa. Se
entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando
por debajo de las puertas, le hizo mirar entre persianas. Llegaban hombres
vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce.
Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento
apareció el calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus
botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era Rey.
Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras
Melchor debía saltar una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego se
prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del
Comercio.
Al levantarse, fue a besar la mano de su
padre que yacía en su cama de enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su
hijo con el empaque y los ejemplos usuales. Los "Sí, padre" y los
"No, padre", se encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de
preguntas, como las respuestas del ayudante en una misa. Marcial respetaba al
Marqués, pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo
respetaba porque era de elevada estatura y salía, en noches de baile, con el
pecho rutilante de condecoraciones: porque le envidiaba el sable y los entorchados
de oficial de milicias; porque, en Pascuas, había comido un pavo entero,
relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta vez, sin duda
con el ánimo de azotarla, agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda,
llevándola en brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la
vio salir poco después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues
era la que siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.
El padre era un ser terrible y magnánimo al
que debía amarse después de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque
sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque
fastidiaba menos.
X
Cuando los muebles crecieron un poco más y
Marcial supo como nadie lo que había debajo de las camas, armarios y vargueños,
ocultó a todos un gran secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia
del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las
procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor.
Melchor venía de muy lejos. Era nieto de
príncipes vencidos. En su reino había elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas.
Ahí los hombres no trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones obscuras,
llenas de legajos. Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos
sacó el gran cocodrilo del lago azul, ensartándolo con una pica oculta en los
cuerpos apretados de doce ocas asadas. Melchor sabía canciones fáciles de
aprender, porque las palabras no tenían significado y se repetían mucho. Robaba
dulces en las cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos,
y, cierta vez, había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego
en las sombras de la calle de la Amargura.
En días de lluvia, sus botas se ponían a
secar junto al fogón de la cocina. Marcial hubiese querido tener pies que
llenaran tales botas. La derecha se llamaba Calambín. La izquierda, Calambán.
Aquel hombre que dominaba los caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos
en los belfos; aquel señor de terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan
altas, sabía también lo fresco que era un suelo de mármol en verano, y ocultaba
debajo de los muebles una fruta o un pastel arrebatados a las bandejas
destinadas al Gran Salón. Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto
de grageas y almendras, que llamaban el "Urí, urí, urá", con
entendidas carcajadas. Ambos habían explorado la casa de arriba abajo, siendo
los únicos en saber que existía un pequeño sótano lleno de frascos holandeses,
debajo de las cuadras, y que en desván inútil, encima de los cuartos de
criadas, doce mariposas polvorientas acababan de perder las alas en caja de
cristales rotos.
XI
Cuando Marcial adquirió el hábito de romper
cosas, olvidó a Melchor para acercarse a los perros. Había varios en la casa.
El atigrado grande; el podenco que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado
viejo para jugar; el lanudo que los demás perseguían en épocas determinadas, y
que las camareras tenían que encerrar.
Marcial prefería a Canelo porque sacaba
zapatos de las habitaciones y desenterraba los rosales del patio. Siempre negro
de carbón o cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba
sin motivo y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando,
también, vaciaba un huevo acabado de poner, arrojando la gallina al aire con
brusco palancazo del hocico. Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se
enfermaba cuando se lo llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la
cola, después de haber sido abandonado más allá de la Casa de Beneficencia,
recobrando un puesto que los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos
en la guardia, nunca ocuparían.
Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces
escogían la alfombra persa del salón, para dibujar en su lana formas de nubes
pardas que se ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos.
Pero los cintarazos no dolían tanto como
creían las personas mayores. Resultaban, en cambio, pretexto admirable para
armar concertantes de aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando
la bizca del tejadillo calificaba a su padre de "bárbaro", Marcial
miraba a Canelo, riendo con los ojos. Lloraban un poco más, para ganarse un
bizcocho y todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban al sol,
bebían en la fuente de los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las
albahacas. En horas de calor, los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí
estaba la gansa gris, con bolsa colgante entre las patas zambas; el gallo viejo
de culo pelado; la lagartija que decía "urí, urá", sacándose del
cuello una corbata rosada; el triste jubo nacido en ciudad sin hembras; el
ratón que tapiaba su agujero con una semilla de carey. Un día señalaron el
perro a Marcial.
-¡Guau, guau! -dijo.
Hablaba su propio idioma. Había logrado la
suprema libertad. Ya quería alcanzar, con sus manos, objetos que estaban fuera
del alcance de sus manos.
XII
Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas
Marcial redujo su percepción a la de estas realidades esenciales, renunció a la
luz que ya le era accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su
sal desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus
manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El
universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo
divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de
tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia
sustancia, resbaló hacia la vida.
Pero ahora el tiempo corrió más pronto,
adelgazando sus últimas horas. Los minutos sonaban a glissando de naipes bajo
el pulgar de un jugador.
Las aves volvieron al huevo en torbellino
de plumas. Los peces cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas en el
fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra
como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo
lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en
la gamuza de los guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el
vellón de carneros distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los
crucifijos, las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando
sus antiguas raíces al pie de las selvas.
Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba.
Un bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia los
mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes, las llaves, las
cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río
de metal que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se
metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro volvió al barro,
dejando un yermo en lugar de la casa.
XIII
Cuando los obreros vinieron con el día para
proseguir la demolición, encontraron el trabajo acabado. Alguien se había
llevado la estatua de Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de
quejarse al Sindicato, los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque
municipal. Uno recordó entonces la historia, muy difuminada, de una Marquesa de
Capellanías, ahogada, en tarde de mayo, entre las malangas del Almendares. Pero
nadie prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente,
y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la
pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte.
Nota: narrativabreve.com es un blog sin ánimo de lucro que trabaja como espacio de creación y redifusor de textos literarios, y en señal de buena voluntad indica siempre -que es posible- la fuente de los textos y las imágenes publicados. En cualquier caso, si algún autor o editor quisiera renunciar a la difusión de textos suyos que han sido publicados en este blog, no tiene más que comunicarlo en la siguiente dirección: ciconia1@gmail.com

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada
narrativabreve.com agradece tus comentarios.
Nota: el administrador de este blog revisará cada comentario antes de publicarlo para confirmar que no se trata de spam o de publicidad encubierta. Cualquier lector tiene derecho a opinar en libertad, pero narrativabreve.com no publicará comentarios que incluyan insultos.